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Del arte a la literatura: más allá de la caja blanca [Intervención Pechakucha]

[El pasado jueves 6 de septiembre, en la terraza de los Molinos del Río, participé en el Pechakucha Night de Murcia. En 6'40" hablé de mis libros amparado por 20 imágenes, cada una de las cuales duraba 20 segundos. Fue apenas un suspiro. Y, sin embargo, no resultó nada fácil prepararlo. Aunque allí improvisé, el día antes tuve que redactar un pequeño guion para no irme por las ramas. No sé si en algún momento subirán la intervención en vídeo a las redes. Mientras tanto, o en cualquier caso, aquí os dejo el guion con las veinte cosas que dije. No es mucho, pero intenta condensar algunas cosas que pienso sobre por qué, siendo un historiador del arte, decidí comenzar a escribir narrativa y dejar poco a poco de lado la crítica de arte. Espero que os interese.]


1. Hoy he venido aquí a hablar de mis libros. Y quiero hacerlo buscando lo que hay debajo de ellos, lo que los conecta, lo que en el fondo me ha llevado a intentar escapar del mundo del arte y encontrar amparo en la litera…

Los títulos de los demás

Titular es una de las cosas más difíciles que existen. Hay escritores a los que se le da muy bien. Y muchos otros que tienen serios problemas en encontrar un buen título. A mí se dan bien los títulos de artículos académicos, pero me cuesta encontrar los de las novelas. Intento de escapada se llamaba Iconostasis hasta que Herralde me dijo que así no la publicaba. Para El instante de peligro también barajé otros muchos títulos. Pero confieso que ninguna novela ha pasado por más títulos que El dolor de los demás. Los cuatro primeros borradores tienen cuatro títulos diferentes: Cabezo, El mar de niebla, Todos los llantos del pasado y El fin del mundo. Por distintas razones, ninguno de ellos cuajó. Hasta que un día Vicente Luis Mora me sugirió que titulase el libro como había titulado el capítulo central: "El dolor de los demás". Inmediatamente lo vi. Y le di las gracias. Porque ese título condensaba todo lo que quería decir. A partir de ese momento, la novela adquirió más reali…

La librería del pueblo

Ayer quedé a tomar una horchata con Emiliano. No nos habíamos visto prácticamente desde que acabé el instituto. Él tenía entonces un bazar en Beniaján y yo me gastaba ahí todo lo que me daban mis padres. Primero, en la consola Nintendo (bueno, "Nasa", la versión cutre) y, después, en todos los juegos que traía y que él me dejaba pagar poco a poco. Yo compraba mucha de mi ropa en la tienda de su madre. Y allí también adquiría algunas cintas que Emiliano grababa con la música de entonces (el Spotify de la época). Recuerdo haber comprado los Tubular Bells de Mike Oldfield y una recopilación de Pink Floyd (lo único que, más allá del siglo XIX, era música para mí en aquel tiempo).

Emiliano había leído la novela y decidimos vernos para charlar un rato y ponernos al día. Al principio quedamos en el Yeguas, pero en agosto estaba cerrado y cambiamos el plan por una horchata en la plaza de Alquerías. Yo no había vuelto al pueblo desde hacía más de diez años; quizá alguna vez lo había …

Lecturas de verano I: ciencia ficción

Me fascinan las películas y las series de ciencia ficción. Me meto en el cuerpo cualquier cosa en la que salgan extraterrestres, fines del mundo, viajes en el tiempo, universos paralelos, máquinas voladoras, invasiones alienígenas… y cualquier fenómeno paranormal. Es un vicio inconfesable. Si lleva marcianos, la veo seguro. Y si viajan en el tiempo, ya soy fan. Una serie o película con invasión extraterrestre, fantasmas y viajes en el tiempo ya sería lo más. Netflix lo sabe, y me recomienda toda la basura que produce y alberga, que yo consumo con avidez y emoción. La última, Extinción, que ya no se podía ni ver de lo mala que era, pero que disfruté como un crío. Sobre todo porque comenzaba con un sueño recurrente que suelo tener al menos una vez a la semana desde hace muchísimos años: nos invaden los extraterrestres (las naves aparecen siempre en el horizonte sobre los limoneros de la huerta) y tengo que huir para sobrevivir. Casi siempre pierden los humanos. Muy pocas veces formamos …

Compartir lecturas

Llevo más de un año sin escribir de los libros de los demás. Lo solvento todo con una fotografía en Instagram o con un comentario mínimo en Twitter y en Facebook. “Estoy leyendo esto”. “Me gusta”, “No me gusta”. A veces me quedo con ganas de decir algo más acerca de lo que leo. Este blog nunca ha sido un blog de reseñas –más allá de las que subía después de publicarlas en otro lugar–, pero sí de recomendaciones o comentarios; o, mejor, de impresiones lectoras. Así eran más o menos las impresiones sobre libros, películas y series en mis diarios. Y así serán a partir de ahora las que publique aquí. Porque como dije en un post anterior, voy a recuperar este espacio. Me resisto a que muera, arrinconado por el microblogging de Facebook y Twitter.

Creo que hay algo del blog que sigue siendo defendible: una limpieza de escritura y lectura. Continúa siendo un cuaderno digital, una bitácora, un espacio personal más individualizado que la estandarización de las redes sociales. Y por alguna razó…

Por la mañana fui a nadar

Cuatro días en el balneario. Escapada corta. Hace dos años estaba inmerso en El dolor de los demás. Me vine a desconectar y no pude hacerlo del todo. La historia me perseguía. El año pasado la historia también viajó conmigo. Aunque había terminado la primera versión de la novela, aquí reescribí algunos capítulos. Este año, por fin, he venido a descansar. Y aunque, por supuesto, algo nuevo comienza a aflorar y a abrirse paso en mi mente, he conseguido frenarlo. Dejarlo para después, para más adelante. Porque este año es tiempo para desconectar. Y sobre todo para nadar en el lago. Eso por encima de cualquier cosa. Y es que este año, aparte del año de la novela –y de mucho más, por supuesto–, lo recordaré especialmente como el año en que aprendí a nadar. Fue una de las propuestas que me hice en Nochevieja, mientras comía las uvas: de este año no pasa. Y no ha pasado.

No sabía nadar. No aprendí de pequeño. Mis padres no me llevaron ni a la playa ni a la piscina. Y cuando ya pude ir por mí…

Regresar

Cuatro meses han pasado desde la última entrada en este blog. Llegó la portada del libro y se hizo el silencio. Después llegó el libro, y ya no supe cómo romperlo.

Llevo unas semanas intentando hacerlo hacerlo, pero por alguna extraña no logro sentarme a escribir nada aquí. He llegado a pensar incluso en clausurar este no(ha)lugar antes de que salgan telarañas por las esquinas. Pero me resisto a hacerlo. Me da pena verlo convertido en un cadáver digital. Así que he decidido rescatarlo. No sé si de las cenizas, del fango o del olvido. Pero voy a intentar que esto no se muera.

Después de terminar El dolor de los demás, me quedé seco, como si no pudiera o no supiera escribir más. Supongo que es normal, pero nunca me había sucedido. No ha llegado al nivel de frustración que le sucede a la supuesta Delphine de Vigan en Basado en hechos reales, pero casi.

Durante estos meses no he cesado de tuitear, de subir fotos a Instagram y de compartir estados de Facebook. Escribir más de cinco líneas …