Al final, el viernes pasado el mundo no acabó y parece que tendremos que esperar a 2012, como dice el calendario Maya y más de un agorero, para que la cosa explote del todo. En cualquier caso, lo curioso es que esta serie de fantasías apocalípticas, que se repiten insistentemente desde hace unos años –aunque nunca se han ido del todo–, coinciden hoy con un momento en el que, en efecto, la posibilidad de un futuro mejor parece no existir o directamente es negada. La crisis económica ha puesto de manifiesto una percepción de la contemporaneidad como un tiempo sin resolución posible. Precisamente uno de los centros de debate de la filosofía contemporánea tenga que ver con esta ausencia de prognosis y falta de creencia en un futuro por venir. Después de la Modernidad, que privilegió el progreso y utopía, y de la Posmodernidad, que se encerró en el complejo de culpa y se quedó anclada en la revisitación del pasado, la Contemporaneidad se muestra como una época de presentismo radical. Una ép...