31/12/11

Fines y principios

Acaba el año. Ha habido de todo. Bueno y malo. Mi balance es positivo. No me puedo quejar. De hecho, no puedo pedir más. O no debo. Sobre todo si miro a mi alrededor y veo cómo está el patio. Así que este año mis deseos serán para los demás. Porque conozco a muchos que están jodidos. Muy, muy jodidos. Espero que el año que viene les vaya a todos mejor. Que a algunos les vaya por primera vez la cosa bien. Para mí no deseo nada más. Si acaso, que esto dure así algún tiempo. Pero si no lo hace, ya ha sido mucho más de lo que había imaginado. Gracias a todos y feliz 2012.

26/12/11

Tecnologías de segunda mano II (El cine como ruina y el museo como hospital)

Originalmente en Salonkritik

En la primera entrega de este texto, hablaba de la Selectric 251, la máquina de escribir anticuada que, en el mundo tecnológicamente avanzado de Fringe, sirve como herramienta de comunicación entre los dos universos paralelos de los que habla la serie, incorporando una especie de aura que convierte la tecnología en “médium” y la sitúa en el dominio de lo mágico y lo esotérico.

Otra máquina de escribir obsoleta, también encontrada en una tienda de objetos de segunda mano, en este caso en Vancouver, es la protagonista de Rheinmetall / Victoria 8 (2003), una de las piezas más célebres del artista canadiense Rodney Graham. En la obra, las imágenes de la Rheinmetall –un loop de 10’50’’ filmado en 35 mm en el que aparecen diversos planos de esta máquina de escribir alemana de los años treinta– conviven con el artefacto del que emergen las imágenes, el Victoria 8, un proyector italiano de 1961 que tiene una presencia material en la sala y que dialoga a varios niveles con la propia imagen que proyecta.

La película muestra una serie de primeros planos de la máquina de escribir. Planos en los que nada se mueve y que podríamos confundir con fotografías de no ser por el sutil, casi imperceptible, movimiento de la proyección, así como por el sonido del paso de los fotogramas, que nos hace conscientes de que, en efecto, no estamos ante una imagen fija, sino ante una imagen movimiento. Movimiento que se ve confirmado cuando, en un momento determinado, un nube de polvo blanco que emerge de la nada comienza a caer como una nevada sobre de la máquina de escribir y acaba cubriéndola casi por completo.

Escribe Rodney Graham que, cuando encontró la máquina, tuvo la sensación de que nadie jamás había escrito una sola palabra con ella. Estaba en su caja, flamante, inmaculada “como si hubiera estado perfectamente preservada en una cápsula del tiempo” (Graham 2004, 154). Descartada de la línea del tiempo, abandonada y dejada a un lado del curso del progreso, la máquina mantenía, sin embargo, toda su potencia absolutamente intacta. Era pura promesa. Un objeto sin ningún tipo de memoria de uso, pero al mismo tiempo cargado de futuro. La obsolescencia se presentaba allí de modo radical. Un objeto muerto antes de haber comenzado a respirar.

En los diez minutos que dura el film, Graham condensa la supuesta vida del objeto. Los primeros planos muestran la máquina en su caja original. Después, se presenta el objeto desde todas las perspectivas, casi como un catálogo de los diversos planos del objeto, mostrando la potencia y la promesa de ese objeto que nunca ha sido utilizado. Y por último, el objeto es devorado por el tiempo, representado por el polvo que lo arrasa y lo sepulta. El objeto, pura potencia, pura promesa, se convierte entonces en ruina. Y el artista escenifica este arruinamiento del objeto visibilizando a través del polvo algo que ya estaba ahí, aunque no era tan fácil del percibir: el paso del tiempo.


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23/12/11

Nostalgia de paralaje

Después de tres meses en Ithaca, regreso a casa, como los turrones El Almendro, por Navidad. Y es ahora, al regresar, cuando comienzo a sentir que realmente me he ido. Ahora, cuando estoy aquí, percibo la pequeña escisión de no haber llegado del todo, quizá porque tampoco me había ido nunca del todo. Es curioso, lo que se deja atrás se hace presente cuando realmente se abandona, y lo que vuelve, se aleja al regresar.

Cuando regresé de mi periodo en Williamstown me ocurrió exactamente lo mismo. He leído hoy lo que escribí entonces y creo que sigue sirviendo para describir ese trastorno de la distancia que hace que las cosas se alejen a medida que se acercan, como esa sensación óptica que uno tiene cuando va en el tren y el paisaje parece fracturarse entre lo que se quede atrás y las cosas que se resisten a abandonarnos. A esa ilusión óptica se la suele denominar "paralaje". Quizá tengamos que llamar entonces a esa nostalgia que uno siente al regresar "nostalgia de paralaje":


Creo que era Vila-Matas quien sugería que hay varias formas de volver y que la mejor de todas es, sin duda, no partir. También se podría decir lo contrario: que hay muchas maneras de quedarse, y que la mejor de todas, probablemente, sea regresar. Y es que cuando uno regresa a casa tras un largo período de tiempo, parece que no llega a regresar del todo. Hay algo que queda varado para siempre, a medio camino entre el lugar en el que se está y el lugar en el que se ha estado. Si uno lo piensa bien, toda partida es una pequeña pérdida. Una pérdida minúscula que, en cierto modo, adelanta esa gran pérdida a la que todos tememos. Toda despedida es una puesta en escena (por lo general, inconsciente) de la transitoriedad y fugacidad de la existencia. Decimos adiós porque sabemos de la posibilidad de no volver a encontrarnos. Toda nuestra vida está articulada en torno a la dialéctica presencia / ausencia, estar y no estar. Ya lo advirtió Freud al observar a su nieto jugar con una bobina de hilo que tiraba lejos para luego recuperarla: allí / aquí, lejos /cerca. La alegría del reencuentro trae siempre consigo la posibilidad de la pérdida. Por eso, en todo regreso hay un componente melancólico. Uno siempre vuelve con el rostro entristecido. No importa que se llegue al Paraíso, no importa que apenas se deje nada atrás, la melancolía nos viene a buscar, y se esconde tras los abrazos y las sonrisas. Todo volver, por tanto, es también un quedarse. Y todo reencuentro, en el fondo, no es sino la constatación de una pérdida irreparable.

Por cierto, regresé.

18/12/11

Los peligros de lo cool

En sus trabajos sobre la modernidad, Walter Benjamin escribía acerca de la potencia crítica de lo pasado de moda y las energías revolucionarias contenidas lo anticuado. Frente al ritmo de sustitución de la mercancía, lo obsoleto –el objeto sin el brillo de la seducción– revelaba la verdadera cara del capitalismo, la promesa incumplida de felicidad. Hoy, más de setenta años después, esa fascinación por lo anticuado como herramienta crítica a al progreso sigue estando presente. Sin embargo, en la era del capitalismo avanzado, el mercado ha integrado lo pasado de moda como una moda más, y lo obsoleto ya no es expulsado para siempre del tiempo, sino que regresa ahora bajo la forma de «lo retro», cargado de la nostalgia de un tiempo perdido, pero situado en la punta de lanza de una industria que capitaliza las emociones y las reconvierte en energía necesaria para que el sistema funcione.

Como señala Thomas Frank en La conquista de lo cool, lo anticuado se transforma en lo más moderno. Lo retro es lo más hip. Una modernidad que se presenta como resistencia a la mercantilización de la experiencia, pero que al final no es sino una estrategia de distinción en el sentido observado por Pierre Bourdieu. Un deseo de diferencia, una cuestión de clase. De este modo, lo retro renueva el brillo de la mercancía. Un brillo ahora satinado, apagado, cercano, cuya ilusión ya no está en el deslumbramiento sino en su ocaso, en la posibilidad de abrazarlo, nostálgicamente, como una mascota abandonada. Es la institucionalización de lo alternativo, que ya no es alternativo a nada, sino que es una forma alternativa de lo mismo. Es decir, por hablar en otros términos, que lo indie acaba convirtiéndose en "mainstream aburguesado."

Esta es una de las maneras en la que la contracultura, según la visión de Frank, se transforma en una parte perversa del capitalismo contra el que pretende luchar.

Esta semana, curiosamente, la portada de Time está dedicada a «The Protester», que para esta revista ha sido sin duda el personaje del año. Los indignados, los anónimos, los revolucionarios de Tahrir, de Wall Street… han sido, desde luego, los protagonistas del año. Han conseguido reactivar la conciencia política y nos han hecho pensar en la posibilidad de alternativas y modos de resistencia ante los poderes establecidos. De eso no hay duda. Pero la manera en la que aparecen en la revista es un síntoma de que, el cierta manera, ese sistema contra el que pretenden luchar ya ha ideado la estrategia perfecta de asimilación de la protesta: la moda.

La imagen de portada muestra al «protester» con el rostro cubierto con un pañuelo como si fuera un tuareg o un bandolero, con la mirada penetrante, desafiante y seductora. Es la iconografía romántica de la resistencia, la misma bajo la que, en otro momento, se presentó también al terrorista –ahora ya completamente desublimado y nada fashion–. Pero hoy el terrorismo ya no es cool. Lo que realmente vende es la revolución. Y hay allí todo un imaginario que capitalizar. El capitalismo ya no es una exterioridad, una fuerza antagónica a la que oponerse, sino que se ha inoculado en nuestro organismo como un virus mutante del que es prácticamente imposible desprenderse. El éxito de un movimiento como el 15-M dependerá, por tanto, no sólo de la lucha contra un afuera, sino también de la resistencia a aquello que lo constituye en su interior. Convertirse en algo cool y fashion es un peligro que acecha por todos los rincones. Tomar distancia, no creérselo, e idear estrategias de ruptura –o de aprovechamiento consciente– de esta asimilación por parte del sistema es uno de los retos de las revoluciones contemporáneas, casi tan difícil o más como el de intentar plantar cara. La resistencia, por tanto, ya no será una oposición para intentar derribar algo, sino un intento de proponer una diferencia inasimilable, o algo que al final acabe atragantándose.

15/12/11

Pensamientos de marca II

Siguiendo con las tonterías que se me ocurren de vez en cuando, aquí os dejo más pensamientos de marca para que los utilicéis como queráis.

Conduce tu inconsciente


El vaquero infinito

La televisión Real


La leche más abyecta

8/12/11

Kindle sorpresa

No sé cómo lo hago, pero cada vez que me vengo de estancia a los EE.UU., acabo llevándome de vuelta un cachivache electrónico. La otra vez fue el iPad. Ahora, el nuevo Kindle de Amazon, la versión touch que no se puede comprar en España. A priori, parecería que con el iPad, cualquier lector de libros electrónicos no tendría demasiado sentido. Sin embargo, después de tener el Kindle durante una semana, me he convencido de lo contrario: la comodidad de lectura que ofrece la pantalla, la ligereza, la integración con los contenidos de Amazon –para los que somos asiduos de la tienda–... merece la pena.

Más de uno ya me ha preguntado que ahora qué es lo que uso, el iPad o el Kindle. Y la respuesta que doy es: cada cosa tiene su cosa. Y cada cosa sirve para lo suyo. El iPad lo sigo utilizando –aparte, por supuesto, de sus utilidades como entretenimiento (juegos, música, películas...)– para trabajar especialmente en la lectura de Pdfs. Dos programas me han hecho la vida profesional más fácil: iAnnotate Pdf (para trabajar con archivos pdf, anotarlos, subrayarlos y quedarte con las citas) y Papers, que es una especie de librería que se integra con el programa para Mac. Estas dos aplicaciones son, con diferencia, lo que más uso, y lo que hacen el iPad una herramienta de trabajo muy potente y con muchas posibilidades para la vida académica.

Al Kindle uno no le puede pedir eso. Con muy pocas excepciones (por curiosidad alguna revista y algún ensayo he descargado), el Kindle lo voy a usar sobre todo para leer novelas. Es, en este sentido, un dispositivo unidireccional. Aunque permite tomar notas, tampoco uno se puede emocionar con eso. Lo que sí es más útil es el diccionario integrado que puede ser reemplazado por uno bilingüe. Para leer en otro idioma esta es la aplicación que siempre he soñado. No entiendes una palabra, pulsas sobre ella y tienes la traducción. Eso es lo que sigo esperando que incorpore algún día iBooks, la aplicación de lectura de iPad. No creo que sea tan difícil.

Por supuesto, lo ideal de la muerte sería tenerlo todo integrado en el dispositivo perfecto. Y es que, al final, uno acaba acumulando trastos por todos los lados. Y la mochila portátil acaba pesando tres quintales entre ordenador, iPad, Kindle, iPhone, cables, y algún moleskine con su lápiz por si hay un apagón y es necesario escribir algo en algún lugar. Y por supuesto, un libro físico por lo que pudiera pasar. Supongo que en algún momento, y no creo que tan, tan lejano, veremos estas cosas implantadas en la piel o integradas de alguna manera en los cuerpos. No sé si me gustará ese futuro. Supongo que al menos podremos disimular los kilos de más diciendo que son Gigabites de memoria o que nos hemos pasado un Tera con la dieta. Miedo me da.


3/12/11

Pensamiento de marca

Por alguna razón que se me escapa, he pasado la semana sin poder conciliar el sueño. En los momentos de delirio, no he podido evitar que continuasen viniéndome a la cabeza estas imágenes de "pensamiento de marca".

La moda más multitudinaria



La que hace hablar al subalterno


El mundo soñado sin catástrofe



Y lo que más se lleva en la casa del ser

30/11/11

La moda que viene

Y cierro la serie de esta moda filosófica con lo que más se llevará en "la comunidad que viene".

29/11/11

Culture Industry. Impossible is Nothing

Para hacer frente a la crisis de la Industria Cultural, nada mejor que equiparse como manda la dialéctica negativa.


Just think it

Y entre twittería y twittería, mientras acabo las reseñas de Exitbook y uno de los capítulos del libro sobre el arte y la obsolescencia, se me ha ocurrido esta idea para una camiseta. En cuanto vuelva, me la hago. Y por supuesto, llevaré los complementos a juego. Hegel, Marx y Lacan es lo que mejor le viene si te gusta lo retro.

#novelascutres

Como Twitter es un lugar sin memoria y todo se pierde, dejo aquí algunas de las twitterías que el otro día me mantuvieron entretenido un rato.

El talento de Mr. Proper
El de Camarón
Juego de Trenas
Está lento de lo demás
El beso de la mujer de Azaña
Iiiii iii iiii
Bouvard y Pacoche
A Jerez de la Frontera, al lado del Sol
El viaje horizontal
El retrete de Dorian Gray
Pereira no se sostiene,
El miedo del portero al saque de banda
Ciudad de metacrilato
La lavadora, instrucciones de uso
Tokio Fado (Lisboan wood)
Confesiones de una careta
Los amigos de Pascual Duarte
Rinconete y Asperger

20/11/11

Tecnologías de segunda mano I (Fringe y los límites de la melancolía)

Originalmente en SalonKritik

"Frente al temor de quedar pese a todo a la zaga del espíritu del tiempo y a ser arrojado al montón de barreduras de la subjetividad desechada, es preciso recordar que lo renombradamente actual y lo que tiene un contenido progresista no son ya la misma cosa. En un orden que liquida lo moderno por atrasado, eso mismo atrasado, después de haberlo enjuiciado, puede ostentar la verdad sobre la que el proceso histórico patina." –Th. W. Adorno, Minima moralia.
Selectric 251

En A New Day in the Old Town, el primer episodio de la segunda temporada de Fringe, el cambia-formas Lloyd Parr usa por primera vez la Selectric 251, una máquina de escribir que, a través de un espejo, parece tener la capacidad de comunicar los dos universos paralelos que articulan la serie. Este “telégrafo cuántico” –como lo califica Walter Bishop en otro episodio– parece funcionar casi como un chat analógico en el que el papel hace las veces de pantalla: el usuario escribe un mensaje y la máquina teclea sobre ese mismo papel el mensaje de respuesta.


Según el dependiente de la tienda de segunda mano en la que se encuentra el artilugio, la Selectric 251 –en realidad una IBM Selectric II, fabricada en 1971– es un modelo que no existe, al menos en nuestro universo, por lo que se intuye que proviene del “otro lado.” Más adelante, en el capítulo quinto de la cuarta temporada (Novation), encontraremos otra máquina de escribir que funciona de la misma manera (chat analógico sobre papel), aunque esta vez sin espejo, y con un modelo, una Hermes 3000 portátil –como la utilizada por Kerouac–, que sí existe en nuestro universo.

La presencia de estos dispositivos retro es una de las constantes de Fringe, una serie donde la tecnología más avanzada convive con residuos tecnológicos del pasado reciente –especialmente de los años setenta– que, a pesar de su aparente obsolescencia, no sólo siguen funcionando perfectamente sino que parecen conducir a lugares por los que la tecnología más avanzada no ha sabido transitar.

Como ha observado Jorge Carrión, la serie –entre otras muchas cosas– plantea una genealogía de la tecnología contemporánea en el ámbito de la psicodelia: “Internet fue pensado por consumidores de LSD que trabajaban para el MIT, la Universidad de Berkeley y el Departamento de Defensa.”Y este origen retorna en el presente tanto a la manera del trauma –en el caso de las “víctimas” de los experimentos, como sucede con la agente Olivia Dunham– como del complejo de culpa –el del científico Walter Bishop–, pero sobre todo retorna a través de la resurrección y reactivación de los dispositivos que fueron descartados y desplazados tiempo atrás. Tecnologías cuya potencia fue cortada en un momento determinado y sin embargo sigue estando latente.

La tecnología obsoleta vuelve ahora para intentar solucionar los problemas que ella misma creó –el resquebrajamiento del equilibrio entre universos, la inestabilidad de la vida psíquica del propio Walter– y que parece que sólo pueden ser arreglados por un retorno al origen. Como espectros, o mejor, como zombis, estos objetos muertos vuelven a la vida. O, por formularlo en términos benjaminianos, estos objetos y tecnologías dormidas, despiertan de su letargo y regresan al mundo presente. Un regreso que produce conflictos, pero también da lugar a convivencias y mezclas extrañas con la tecnología más avanzada, como si se reunieran ahora temporalidades, potencias y desarrollos distintos que no pueden anudarse del todo.

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14/11/11

Fin del mundo

Al final, el viernes pasado el mundo no acabó y parece que tendremos que esperar a 2012, como dice el calendario Maya y más de un agorero, para que la cosa explote del todo. En cualquier caso, lo curioso es que esta serie de fantasías apocalípticas, que se repiten insistentemente desde hace unos años –aunque nunca se han ido del todo–, coinciden hoy con un momento en el que, en efecto, la posibilidad de un futuro mejor parece no existir o directamente es negada. La crisis económica ha puesto de manifiesto una percepción de la contemporaneidad como un tiempo sin resolución posible.

Precisamente uno de los centros de debate de la filosofía contemporánea tenga que ver con esta ausencia de prognosis y falta de creencia en un futuro por venir. Después de la Modernidad, que privilegió el progreso y utopía, y de la Posmodernidad, que se encerró en el complejo de culpa y se quedó anclada en la revisitación del pasado, la Contemporaneidad se muestra como una época de presentismo radical. Una época preocupada por un presente que parece estancado y sin solución. Un presente continuo, dilatado –lento presente, como escribe Hans Ulrich Gumbrecht, que gira sobre sí mismo y al que no se le prevé salida alguna. No hay solución posible para lo nuestro. El mundo, como en la última película de Von Trier, se nos viene literalmente encima.

La propia ciencia ficción ya no imagina futuros utópicos, sino que –amparada en la física especulativa y la teoría de cuerdas– se centra en la exploración de universos paralelos, como ocurre en Fringe, Terra Nova o incluso en Perdidos, realidades alternativas a un mundo que parece haber agotado sus posibilidades de mejora.

Quizá hoy, como ha señalado Enzo Traverso, estén surgiendo las nuevas utopías. Movimientos como el 15M, con todas las contradicciones que uno quiera encontrarle, son el caldo de cultivo para la creencia en un futuro posible, para una solución de ese tiempo estancado del que parece que no podemos salir. "Juventud sin futuro", "No hay pan para tanto chorizo", "Lo llaman democracia y no lo es"... son lemas que en cierta manera están llenos de presentismo, de constatación de la realidad. Pero una constatación que, sin embargo, llama a la movilización, a la posibilidad de un cambio, una utopía que parte de la constatación de una posibilidad. Y si esa posibilidad es posible, quizá entonces no estemos del todo perdidos. Lo que está claro, en cualquier caso, es que es el momento –sigue siendo, nunca se ha ido– de revivir la llama de la utopía –sea esta cual sea– y comenzar seriamente a pensar cómo cambiar las cosas. No sea que lo de 2012 al final vaya a ser verdad y nos vayamos todos al final a tomar por donde amargan los pepinos.

13/11/11

Cena de gala

Siguiendo con Adorno y la actualidad de sus microensayos de Minima Moralia, no puedo evitar transcribir un pasaje de cena de gala, que describe a la perfección el sentido de la cultura burguesa como cultura de consumo:

"Cena de gala. (...) Como la clientela de la sociedad de masas desea estar inmediatamente a la última, no puede dejar escapar nada. Así como el aficionado del siglo XIX era capaz de asistir sólo a un acto de la ópera por su actitud un tanto bárbara de no permitir que ningún espectáculo pudiera acortar el disfrute de su cena, con el tiempo la barbarie actual, a la que se le ha privado del recurso a la cena, no puede de ningún modo saciarse con su cultura. Todo programa debe seguirse hasta el final, todo best-seller, debe leerse y toda proyección ha de presenciarse, mientras dure en la brecha, en las salas principales. La abundancia de las cosas consumidas indiscriminadamente se vuelve funesta. Hace imposible orientarse en ella, y así como en los monstruosos almacenes hay que buscarse un guía, también la población, ahogada en ofertas, espera al suyo.” (Minima Moralia, 117-118)

Encrucijada

Rebuscando en Minima Moralia, me encuentro esta cita de Theodor Adorno de hace sesenta años:

"Ninguna obra de arte, ningún pensamiento tiene posibilidad de sobrevivir que no conlleve la renuncia a la falsa riqueza y a la producción de primera calidad, al cine en color y a la televisión, a las revistas millonarias y a Toscanini. Los medios más antiguos, los que no se miden por la producción en masa, cobran nueva actualidad: la de lo marginal y la de la improvisación. Sólo ellos podrán eludir el frente único del trust y la técnica. En un mundo en el que hace tiempo que los libros no parecen libros, sólo valen como tales los que no lo son. Como en los comienzos de la era burguesa tuvo lugar la invención de la imprenta, pronto llegará su revocación por la mimeografia, el único medio adecuado, discreto, de difusión." (Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. 1951. Madrid, Taurus, 1999, p. 48).

La cosa da que pensar. Hoy estamos en esa misma encrucijada.

8/11/11

Artes y ciencias

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de las películas americanas sobre la universidad es la manera en la que parecen estar estructurados los estudios. Eso de que la chica salga de clase de física teórica y se meta corriendo en la de literatura francesa del siglo XIX para acudir después a un seminario sobre el amor en el arte medieval del sur de Asia; eso, a mí siempre me ha puesto de los nervios y me ha llevado a hacerme una y otra vez la misma pregunta: ¿pero qué narices estudia esta gente? ¿Qué carrera es esa en la que uno elige las asignaturas al tuntún?

Es curioso que haya tenido que venirme aquí para enterarme por fin de que la cosa es realmente así. El estudiante americano, excepto en algunos casos específicos como Derecho o Medicina, se gradúa en artes liberales –Arts & Sciences– y ya más tarde se especializa en algo concreto. Supuestamente el plan Bolonia de las universidades europeas tiende hacia ese modelo. Pero no llega ni de lejos. En España a nadie se le pasa por la cabeza que un estudiante de matemáticas se matricule en Estética Romántica. A priori, parece que no tiene mucho sentido. Y sin embargo, si uno lo piensa bien, la intersección de la ciencia con las letras es realmente productiva en términos de creatividad.

Aquí lo tienen claro. Y cuanto más avanzada es la universidad, más contaminación hay entre las disciplinas. Emociona que parte de la bibliografía del posgrado en Ciencias Espaciales de la Universidad de Cornell –por mencionar sólo un ejemplo– se componga de libros de ciencia ficción. Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, o por supuesto, Carl Sagan, uno de sus más insignes profesores, que dejó claro, antes de morir, que el material más preciado de la ciencia es la imaginación.

[Publicado en La Razón, 4-11-11]

4/11/11

Escribir, perder historias

Es curioso lo rápido que se olvida uno de las cosas, o lo rápido que pasa página. Antes siquiera de haber recibido una respuesta (positiva; porque esta gente no responde si es que no) de editores o agentes, ya me he comenzado a olvidar por completo de la novela que, con todo el esfuerzo del mundo había conseguido escribir. En el momento en el que imprimí los casi 300 folios, y aun sabiendo que había miles de cosas que podía mejorar –si supiera, claro está–, la cosa ya dejó de tener sentido. Y ahora, si digo la verdad, hasta me da igual que se publique o no. Yo ya he conseguido lo que quería. Acabarla. Saber lo que pasaba, contar una historia. El resto no importa demasiado. A mí me da de comer otra cosa.

Lo curioso es que, durante el tiempo en el que la estaba escribiendo, no dejaba de pensar en los posibles lectores, en la gente que querría que la leyese, en lo que podía gustar o no gustar, en enviarla a premios, a editoriales de prestigio... era una manera de mantener la ilusión. Pero fue acabarla y todo se desvaneció. Aunque seguiré insistiendo, por supuesto. Ya no es para mí algo vital que se publique.

Justo en el momento en el que acabé, el libro dejó de importarme. Y comencé a pensar entonces en otra historia. Una historia en la que estoy ahora y que no me quito de la cabeza. Quizá es que para que una historia entre otra tiene que salir. O al revés: la historia nueva tira a la basura todo lo anterior. Probablemente los personajes del mundo de ciencia ficción que he comenzado a trazar han echado por la fuerza a los artistas y a la gente del mundo del arte que habitaba la anterior novela. Parece que los extraterrestres borramemorias han podido con los artistas transgresores.

Y ahora comienzo a pensar otra vez en posibles lectores, en todos los que podrán leer la novela de ciencia ficción, en lo necesario y vital que sería que la leyeran... Pero intuyo que, si algún día logro terminar este nuevo proyecto (cosa que ahora dudo y que en cualquier caso va para muy largo), ese mismo día otros personajes y otra historia vendrán a desahuciar a los habitantes de Letheia y me dará lo mismo que alguien la lea o no. Quizá en el fondo esa necesidad de buscar lectores posibles, de pensar en editoriales o premios, sólo sea una estrategia de la mente para hacer la historia llegue a su fin. Porque al final es de lo único que se trata, de saber qué ocurre con esos personajes que comienzan a poblar tu mente, qué les pasa, adónde van, por qué han llegado ahí. Y sobre todo, cómo saldrán de ahí.

Si viajar, según Vila-Matas/Pessoa, es perder países, quizá escribir sea perder historias. Quizá uno escribe para alejarse de ellas, para quitárselas de encima. Como si panal de abejas cayera sobre ti y tuvieras que apartarlas todas a manotazos. Aunque por lo general la cosa suele caer más adentro, y el procedimiento se parece más a una operación, la extirpación de pequeños trozos de metralla repartidos por todo el cuerpo. El proceso es lento y en ocasiones incluso tedioso. Y sólo hay una oportunidad para seguir con vida: escribir.

27/10/11

Zombis antisistema

La segunda temporada de la serie The Walking Dead se ha convertido en una de las sensaciones del Otoño y, con ella, los zombis han vuelto a estar de actualidad. A diferencia del fantasma, que es un alma desencarnada, el zombi es un cuerpo sin alma. Es pura carnalidad animal, sin recuerdos, sin memoria y sin pensamiento. Y con un solo cometido: satisfacer su pulsión de alimentación. Una pulsión que, sin embargo, es humana y no animal –según Freud, los animales no tienen pulsiones, sino necesidades e instintos–. Por mucho que coma, el zombi nunca está satisfecho, siempre tiene un hambre voraz. Su deseo nunca puede ser colmado.

El zombi de The Walking Dead, además, como su nombre indica, es un caminante. No para quieto en ningún lugar. Es un sujeto nómada que siempre se está moviendo de un lado para otro, como si hubiera entrado en algún tipo de loop del que ya no puede salir. Hoy, en cierta manera todos vivimos como esos zombis. Vamos de un lado para otro y a veces ni siquiera sabemos por qué lo hacemos. Sólo nos movemos, seguimos con nuestras rutinas y no pensamos en el porqué de todo ello.

Pero sin duda, lo que más llama la atención de estos zombis es su pulsión vandálica y destrozona. No sólo es que ellos vayan hechos adefesios, con la ropa hecha jirones, como los zombis del célebre vídeo de Michael Jackson, es que ahora parece que encuentran una cierta satisfacción en hacerlo todo trizas. Y esto me hace pensar que en el fondo los zombis son antisistema, como los jóvenes de los disturbios de Londres, como los encapuchados de Roma, elementos que retornan a nuestro mundo para frustrar el estado del bienestar, destrozándolo todo y tocando donde más duele: el brillo de la mercancía.


25/10/11

Lección de Anatomía

Seguimos con las clases breves de historia de la imagen.

Rembrandt van Rijn, Lección de Anatomía del doctor Tulp, 1632. La herida abre cuerpo a la mirada. Luz exterior que ilumina la escena. Luz de la razón. Inicios de la mirada médica. Ya no es el cuerpo de Cristo, sino el de un humano cualquiera. Cuerpo anónimo. Pura carne, pero aún con dignidad.


Lección de Anatomía 2.0. La mirada ha sido sustituída por la foto. La explicación ha sido desplazada por la comunicación instantánea. Una imagen vale más que mil palabras. Una foto más que mil descripciones. Ya no hace falta hablar. "Mira, Gadafi muerto. Aquí, delante de mí, ese cabrón. Aquí, como una puta escoria".

[*Adenda: Imagen multiplicada. Espejos digitales. Es la imagen de una imagen.]

Lecturas recomendadas:

Michel Foucault, El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica. México, Siglo XXI, 1966 [1963].

Lisa Cartwright, Screening the Body: Tracing Medicine's Visual Culture. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1995.

21/10/11

Gadafi y ETA. El zombie y el fantasma

Dos imágenes valen más que dos mil palabras.


La imagen contemporánea. Imagen informe, barroca, movimiento, cámara al hombro, visualidad pura. Lo obsceno, la carne, el zombie.


La imagen anacrónica. Composición clásica, reposo, forma cerrada, distanciamiento. El velo, el secreto, el fantasma.

20/10/11

Hacia el fin

Hoy es un día histórico. A la noticia del final del régimen de Gadafi –y su muerte– se ha sumado la del cese de la violencia por parte de ETA. Más allá de otras consideraciones, son noticias por las que merece la pena brindar –menos por la muerte de alguien, aunque sea Gadafi, que por el fin de las muertes de tantos–. Así que ya mañana habrá que reflexionar sobre todo ello con detenimiento, pero hoy hay que celebrar. Muchos dirán eso de no echar las campanas al vuelo. Pero creo que sí es para echarlas, y mucho. Mañana quizá haya que tirárselas en la cabeza a más de uno, pero hoy simplemente celebremos. Celebremos de modo agridulce, sin olvidar a las víctimas, sin olvidar estos años. Pero no pretendamos que el escepticismo lo tire todo por tierra. No es el final, pero es un paso tremendamente importante para el final. Es algo muy grande. Mucho más que la copa de Europa y el ascenso a primera división. Y si no lo celebramos y le damos a la noticia la importancia que merece, si nos quedamos viendo Telecinco y seguimos con lo nuestro como si nada hubiera pasado, es que realmente estamos todos fuera de juego.

14/10/11

Extraña familiaridad

Dos semanas en Ithaca y aún estoy aterrizando. Y por otra parte tengo la sensación de haber aterrizado hace ya mucho tiempo. Es extraño, todo me parece familiar, como si hubiera estado viviendo aquí toda la vida. No tengo la sensación de estar lejos en ningún momento. Es como si todo lo hubiera asumido demasiado pronto. Y, al mismo tiempo, precisamente por eso, por esa sensación de estar aquí desde hace siglos, de no percibir nada extraño y de haberlo naturalizado todo antes de lo previsto, creo que aún no he llegado del todo. Suele ocurrir a veces. Cuando uno asume las cosas enseguida, en el fondo se deja algo sin llenar, un espacio, un tiempo de extrañamiento que es necesario para adecuarse a la novedad. Pasa lo mismo que con el duelo. Es necesario un tiempo para asumir la pérdida. Una transición que, si no se lleva a cabo, luego acaba pasando factura.

Aquí tengo la sensación de no haber hecho el duelo del viaje. Y esa familiaridad excesiva de las cosas ahora me comienza a resultar extraña. Es a eso, sin suda, a lo que Freud llamaba "das unheimlich", lo siniestro o, mejor, la inquietante extrañeza. Esa extrañeza de lo conocido, pero también esa familiaridad de lo desconocido.

En Ithaca me resulta siniestro que nada me extrañe, que camine por la universidad de Cornell como si fuera la de Murcia, que aparque la bici frente a la Society for the Humanities como si estuviera en mi calle, que agarre por la mañana el vaso de cartón de café americano y que ya no lo suelte hasta mediodía, como si fuera lo más natural del mundo. Una naturalidad que sólo se vuelve artificial y distanciada cuando me pongo a pensar en lo que estoy haciendo, cuando trato de verme desde fuera y observo como si fuera un extraño. Pero eso, que por lo general en mí es habitual, la curiosidad antropológica, el mirar desde fuera las cosas como si uno no perteneciera a ellas, aquí me cuesta más trabajo que nunca. Es curioso, pero en este lugar siento que es más fácil estar dentro que fuera, y tengo que hacer un esfuerzo tremendo para dar un paso atrás y ver el marco de la escena. No sé, será cosa del Feng Shui y de que con tantos arroyos y cataratas por todos los lados, sea más fácil seguir la corriente, y dejarse llevar y fluir, como el Tao, sentirse parte de un todo y no pararse a pensar en cada momento qué está uno haciendo aquí.

4/10/11

Casas de citas

Llevo prácticamente dos días haciéndome con los programas de gestión de bibliografía para la investigación. Yo utilizaba Zotero, pero aquí he descubierto Refworks, que funciona mucho mejor, aunque no es gratuito. También estoy empezando a utilizar en serio Endnote. Una maravilla para las citas y las referencias bibliográficas. El problema de todo esto es que al final la investigación se convierte en algo cuantitativo, en una acumulación de citas que no lleva a ningún lado. Como decía en el post anterior, hay demasiada información disponible. Prácticamente está todo. Y esto, que en principio es fantástico para un investigador, puede acabar mandando al traste todo si no se utiliza correctamente, y sobre todo con mesura. Porque los textos corren hoy el peligro de convertirse literalmente en "casas de citas". Las herramientas académicas digitales contribuyen a eso. Es muy fácil llenar un texto de referencias y acabar no diciendo nada nuevo. En la investigación en Humanidades esto es un gran peligro. Y tal y como están las cosas, caminamos hacia un modelo cuantitativo heredado de las ciencias experimentales, pero también de las ciencias sociales (casi más culpables de esto), que cercena la creatividad y que, al final, cuestiona la investigación cualitativa. Quizá es el momento de reivindicar de nuevo la potencia de la escritura, del pensamiento y la reflexión, frente a la saturación del dato y la cita. Y todo esto, teniendo claro, por supuesto, que manejar información es imprescindible y necesario, y que es fundamental haberse hinchado a leer antes de escribir una línea.

1/10/11

En Ithaca, más leer y menos fotocopiar

Me he vuelto a aislar del mundo del mundo otra vez y me he escapado unos meses a Ithaca, invitado por la Universidad de Cornell para investigar un tiempo tranquilo sobre el arte contemporáneo, el tiempo y la cuestión de la obsolescencia. Ahora, después del tiempo de concentración en la novela –que reposará un rato hasta nueva orden–, me centraré en lo académico y en volver a leer otra vez con calma y sosiego a Benjamin y compañía.

Antes, salir a investigar era otra cosa, al menos en el ámbito de las humanidades contemporáneas (algo diferente sería ir a consultar archivos donde hay cosas específicas...), y se pasaba uno el tiempo de la estancia frente a la máquina de fotocopias, vulnerando todos los derechos de autor habidos y por haber, porque aquellos libros y artículos no los iba a volver a ver uno en la vida. Recuerdo mis estancias durante la tesis y la pulsión de fotocopia que tenía por aquel entonces. Irse a investigar era irse a fotocopiar libros y artículos y a desmantelar bibliotecas. Pero volvía uno igual de tonto, más o menos.

Hoy ya prácticamente –y aún
con demasiadas excepciones, claro– tenemos todo al alcance de la mano. Muchos de los libros y documentos que hay en la biblioteca de Cornell están accesibles de un modo u otro. Eso sí, verlos todos juntitos acojona y da la medida de lo poco que sabe uno y de lo que hay que leer. Tal y como están las cosas, en una semana o dos, como mucho, se puede hacer el trabajo de recopilación. Y lo verdaderamente interesante es comenzar a leer, reflexionar y escribir. Y, sobre la marcha, ya buscar las cosas que vayan saliendo. El tiempo que se tiene aquí, sin clases, ni compromisos de ningún tipo, es un regalo que no se puede desperdiciar solo recopilando cosas para otro momento que nunca llega –porque, no nos engañemos, las cosas que se archivan se quedan para siempre en el cajón de las estancias; todavía tengo libros fotocopiados en francés para empapelar París y no me han servido de nada.

Antes fotocopiaba uno cosas “por si acaso”. Pero eso ya no tiene sentido hoy. La investigación se hace en tiempo real y no para un futuro que nunca se hace presente. Mi estancia en el Clark Institute me sirvió para volver a apreciar la necesidad de trabajar con calma y sin presiones, pensando más en el presente que en el futuro, más en el proceso que en el resultado. Allí me di cuenta de que es mejor leer un libro que fotocopiar doscientos. En la investigación contemporánea en humanidades, la información ya no es el valor principal. Lo importante es lo que se hace con ella. Cómo se filtra, cómo se procesa. Y para eso se necesita tiempo. Y también quitarse de la cabeza muchas cosas, liberar espacio de memoria para que ese proceso tenga lugar. Eso es lo que espero conseguir aquí, en la Ithaca de Ulises, con un frío que amenaza ya con llegar, rodeado de libros, cataratas y bosques.

28/9/11

Una cosa hecha

Casi in extremis logro terminar la novela y registrarla. Trescientas páginas de devaneos artísticos y migratorios. Por supuesto, aún le queda bastante en repasos y reformulaciones. Pero en lo sustancial, está lo que puede ser el libro. Al final, han podido más las ganas de quitármela ya de encima y cambiar de tercio que las obsesiones de perfección. He asumido que no es lo que yo hubiera querido que fuera y ya está. Le daré aún mil vueltas, y seguro que puede llegar a mejorar, pero en cualquier caso seguirá sin ser esa gran idea que tenía en la cabeza y que se ha quedado en lo que mis capacidades narrativas han podido dar de sí (más bien poco). La cosa es que, una vez terminada, y aun sabiendo que no es lo que había pensado, y que desde luego no soy Vila-Matas ni Houellebecq, ni siquiera Antonio Gala o Boris Izaguirre, ahora toca defenderla a capa y espada. Y empezar a creer una vez se ha descreído. Esta es la única manera, supongo, de ofrecerla a editoriales o convencer a algún agente, creyendo que, a pesar de los pesares, la cosa merece la pena.

Lo que está claro es ahora hay que dejarlo todo reposar y dejar pasar un tiempo que permita mirarla con distancia. Y sobre todo, escuchar los comentarios de los primeros lectores del manuscrito. Ansioso estoy por conocer algunas reacciones. Uno no tiene ningún tipo de distancia frente a lo que escribe. Y un proyecto así, que ya lleva tiempo en la cabeza, es imposible saber cómo ha quedado todo y si las cosas que uno ha visto e imaginado pueden ser al menos esbozadas en la imaginación del lector.

Pero, vamos, que da mucha alegría, más alegría que incertidumbre, poner el punto final (aunque se sepa que hay que volver cien veces) y llevar la obra al registro (aunque se sepa que esto no sirve de demasiado). Comenzar a acabar ya es una buena noticia. Y lo es sobre todo porque, al final, uno se demuestra, que, con independencia del resultado, ha sido constante y ha podido finalizar algo. Lo más curioso de todo es que, en el momento de entregar la novela en el registro, casi antes de salir de allí, ya ha dejado de interesarme lo que he escrito y he comenzado a pensar en el ensayo sobre arte contemporáneo y temporalidad que quiero empezar a escribir en Cornell. Quizá sea cierto que uno acaba de escribir para seguir escribiendo.

25/9/11

El libro o la vida

En Una vida absolutamente maravillosa, Enrique Vila-Matas reúne algunos de sus mejores ensayos de los últimos veinte años, casi todos en torno al universo de los libros. Frente a la idea extendida de que la literatura nos aparta de la vida y que quien lee o escribe se pierde la verdadera experiencia vital de habitar el mundo, Vila-Matas siempre ha apostado por el libro como otra manera de experimentar las cosas. Una manera diferente, es cierto, pero no por eso menos intensa. Porque leer, como escribir, también es vivir.

Los mundos que creamos mientras escribimos, o los que imaginamos mientras leemos, existen realmente y tienen efectos en el mundo físico y tangible. Condicionan nuestras vidas, penetran en nuestras acciones y construyen nuestros pensamientos. Este libro de Vila-Matas, como toda su obra, nos enseña a amar la literatura, y a confiar en la utopía de un mundo regido por las letras. Como señala al final de “Escribir es dejar de ser escritor”, si pasásemos la vida leyendo o escribiendo nos mataríamos menos: “nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos”.

Lo que está claro es que uno acaba la lectura de estas pequeñas joyas vila-matasianas con unas ganas tremendas de leer y hasta de escribir. Y eso incluso a sabiendas de lo difícil que, más allá de la apariencias, es la escritura. Al menos, la buena escritura. Porque por mucho que uno imagina historias, cuando se pone a escribirlas la cosa cambia. Escribir bien es difícil, tanto como jugar bien al fútbol. Desde la grada, las jugadas se ven a la primera, pero correr la banda durante todo el partido ya es algo distinto. Y uno acaba siempre con la lengua fuera.

[Publicado en La Razón, 22/09/2011]

20/9/11

Eso o nada

Sigo enfrascado en la novela, sin apenas tiempo para otra cosa. Quiero dejarla acabada y registrada antes de partir para Ithaca, pero veo que no hay manera. Y sobre todo, que cansa, mucho. Cansa darse cuenta de que uno no escribe como le gustaría escribir, y que, a la hora de la verdad, el fracaso es la única perspectiva. Hay días que uno se levanta y piensa que lo que acaba de escribir es muy bueno. Pero enseguida cambia de opinión. Y cae en la cuenta de que no sólo no es muy bueno, sino que es malo hasta decir basta. Entonces echa mano de Beckett y de Rumbo a peor y piensa eso de "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor." Pero no es ningún consuelo. Porque el fracaso duele. Y no deja de ser un puto fracaso. Y comprende uno entonces a los escritores Bartlebys, y quisiera dejar de escribir. Pero luego llega la vanidad y se interpone y pretende ganar la batalla. Y uno se da cuenta de que sigue escribiendo por mera vanidad, por poder publicar al fin la novela y verse en los escaparates y en la mesa de novedades aunque sean dos días, y no porque lo escrito merezca la pena. Pero entonces llegan días como este en los que uno cree que sería mejor dejarlo todo antes de que sea demasiado tarde. Aunque ya haya escrito trescientas páginas, aunque le haya dado más de veinte vueltas a la historia.

Ahora, que todo está a punto de acabarse, cuando se vuelve a poner el punto y final del tercer borrador, uno se da cuenta de que todo es basurilla. Quizá no más basura que otras cosas publicadas y leídas, pero sí basura comparada con lo que se había imaginado. Y llega el dilema. ¿Qué hacer? ¿Seguir puliendo la basura hasta que reluzca sin dejar de ser basura y se convierta en basura brillante? ¿O dejar que la basura siga siendo basura y que se pudra en el cajón del olvido?

Realmente no lo sé. Hay días que pienso que más vale eso que nada. Y otros, como hoy, en los que pienso que más vale nada que eso.

10/9/11

Amazon is coming

Amazon llega a España el próximo 15 de septiembre. La noticia ha pasado inadvertida, pero supone una revolución absoluta en el mercado del libro. La venta de libros on-line no acababa de despegar en este país, y quizá por eso Amazon ha ido dejándonos para el final, implantándose antes en Francia, Alemania o incluso Italia. Hasta ahora en España sólo opera medianamente bien Agapea, a la que falta fondo, y los servicios on-line de algunas librerías tradicionales, a los que faltan servicios. Y en estas llega Amazon, con un fondo editorial extraordinario y con unos servicios de envío y unos tiempos que pocos van a conseguir igualar.

Como comprador de libros y asiduo de Amazon desde hace más de una década, me alegro muchísimo del desembarco –quizá mi bolsillo, no tanto–. Pero reconozco que si la iniciativa funciona, acabará siendo un grandísimo varapalo para las librerías tradicionales, sobre todo para las más pequeñas. Pero aquí no hay peros que valgan. Las cosas están cambiando. Y no saber adaptarse a los cambios, te deja fuera.

Esto por no hablar del libro electrónico, que será lo que acabe transformándolo todo. Con Amazon y su Kindle en España, supongo que las editoriales irán poco a poco abandonando Libranda, esa plataforma on-line formada por los grandes grupos que da vergüenza ajena. Y cuando esto suceda, pongamos un plazo de dos años, podremos decir por fin que eso del e-book ya es algo serio, aunque llegaremos con más de cinco años de retraso a lo que está sucediendo en medio mundo. Lo que está claro es que Amazon ha llegado. Y que su llegada sirva para dinamizar o para dinamitar el sistema sólo depende de que el resto se ponga las pilas o acabe claudicando.

[Publicado en La Razón, 9/9/11]

2/9/11

Septiembre

Ya se ha acabado lo bueno. La tranquilidad del verano, la concentración, el aislamiento, la sensación de que uno puede leer y escribir sin ser interrumpido... todo llega a su fin con el puñetero septiembre. De todos modos, con la que está cayendo, no me voy a quejar. Afortunado soy de tener trabajo y que además trabajar en lo que me gusta. Además, este año he concentrado todas las clases en el segundo cuatrimestre, y en el primero me voy de Visiting Scholar a la Universidad de Cornell, a Ithaca, a la de Nueva York, no la de Ulises, aunque también está bien lejos y no sé cómo llegaré. En tres semanitas, cruzaré de nuevo el océano para intentar aislarme una vez más y seguir investigando y escribiendo. Esta vez, sin embargo, me temo que el aislamiento será menor que en el Clark Institute. Ithaca es también una ciudad pequeña en torno a una universidad, pero intuyo que habrá algo más de vida que en Williamstown, donde había una calle, tres restaurantes y un cine en el que ponían películas muy raras. Eso sí, frío hará el mismo o más. En la ribera al lago Cayuga tiene la pinta de hacer una rasca que me va a hacer olvidar –y echar de menos– el agosto murciano.

29/8/11

Ni súper, ni ocho

Supuestamente se trataba de la sensación del verano, la vuelta al cine de aventuras de los ochenta y el homenaje a la tecnología de las cámaras Super 8. Sin embargo, desde mi punto de vista, la película de J.J. Abrams resulta un fiasco doble. Primero, la historia. Para conseguir la vuelta al cine tipo Los Goonies o E.T., lo que hace Abrams es coger todo lo que funcionaba de las películas de niños de los ochenta y ponerlo junto. Y, claro, como él es un maestro de la narración, pues aquí funciona. Es una película entretenida y con la que se pasa un buen rato. Pero ya está. Un director como él no puede caer en esa regresión y convertir su película en un pastiche llenó de clichés por todos los lados.

Ahora bien, lo que es más indignante es el «juego» con el Super 8. La película pretende mostrar la nostalgia por un medio y una tecnología que ha formado el imaginario de toda una generación. Sin embargo, aparte de lo anecdótico, en la película no hay lugar para el potencial de las cámaras Super 8. No tienen poder alguno de enunciación. Allí quien manda son los medios obscenos de Hollywood. La secuencia del accidente del tren está grabada con una tecnología que hace enmudecer al cine anterior. Despliegue de medios y de dinero, mucho dinero. No hay ninguna escena en la que se haya dejado hablar a la Super 8, que acaba siendo una simple cosa de niños, como la película del final. El mensaje que subyace es que con las tecnologías obsoletas uno esboza una sonrisa, pero con lo que realmente se acojona y disfruta es con la tecnología avanzada de la industria del espectáculo. Y esto es ser tramposo.

[Publicado en La Razón, 26-08-2011]

22/8/11

El instante de la escritura: una lectura (benjaminiana) de Patricio Pron

[Publicado en Salonkritik, 21/06/2011]

“Articular históricamente el pasado no significa conocerlo 'tal y como ha sido'. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”. El comienzo de la sexta tesis sobre la historia de Walter Benjamin alude claramente a la fugacidad con la que aparece la posibilidad de conocer el pasado. Una posibilidad que se abre en un momento y desaparece para siempre. La historia se nos manifiesta en un instante. Y ese instante corre el peligro de desaparecer para siempre y no volver jamás a ser mostrado. Porque la imagen del pasado “pasa de largo velozmente”, y el pasado “sólo es atrapable como la imagen que relumbra, para nunca más volver, en el instante en el que se vuelve reconocible” (Tesis V).

Ese instante fugaz tras el que desaparece la posibilidad de conocimiento, ese instante oportuno, sólo puede ser percibido si el historiador se siente convocado en él, si se siente apelado y llamado por el pasado. Y es que “la imagen verdadera del pasado es una imagen que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella” (Tesis V). Ante la imagen del pasado, el historiador ha de sentirse tocado, punzado, atravesado y movilizado incluso físicamente. La imagen dialéctica benjamiana funciona de modo muy semejante a como lo hace el punctum en la fotografía según Barthes, atravesándonos y tambaleándonos porque “reconocemos” algo nuestro que está en la imagen, algo que está allí y que debería estar aquí, una familiaridad extraña muy cercana al unheimlich freudiano. Es así como ha de tomar el historiador consciencia del pasado, sintiéndolo presente, tangible, espeso, real, igual que el recuerdo de la magdalena en Proust, una imagen que no es una mera imagen visual, sino una imagen-tacto que logra movilizar todo el cuerpo, que nos eriza la nuca al abrir el tiempo. Una imagen que actúa en el presente, y que demuestra que el pasado no es totalmente pasado, sino que se encuentra latente, vivo, denso, perceptible en el presente. Una imagen lo que lo revive. Una remembranza o, mejor, una recordación, que despierta lo que pudiera estar dormido.

[Seguir leyendo el artículo entero... en Salonkritik]

16/8/11

Impaciente

Llevo prácticamente una semana encerrado en mi habitación sin parar de escribir. Desde que regresé del balneario, y tras acabar el texto sobre Bernardí Roig, me he sumergido por fin con tiempo en la novela y estoy disfrutando como un crío. Está claro que estas cosas hay que tomarlas a tiempo completo. En una semana de enclaustramiento he avanzado más que en meses de escritura salteada. Pero sobre todo estoy sintiendo por fin que el mundo del que escribo toma forma, se va espesando y no me deja un momento libre en mi cabeza. Me tiene totalmente absorbido y obsesionado.

Sin duda esa es la palabra: obsesión. Y, visto lo visto, creo que sin eso no hay literatura. Y en mi caso, esa obsesión tiene que ir acompañada de concentración temporal. Día, tarde y noche, a todas horas, pegado al teclado del ordenador, repasando una y otra vez, volviendo a los párrafos sin cesar, recomponiendo historias, espesando argumentos, dando voz a los personajes... Eso es algo que yo no puedo hacer poco a poco a lo largo de temporadas. Necesito hacerlo de seguido. Sé que, de lo contrario, la cosa nunca acabará. Porque luego empieza el curso, y las clases, y las conferencias y los artículos... y la concentración disminuye y lo que había sido un mundo denso, vivo y absorbente, se convierte en un pequeño rumor que se hace escuchar sólo de vez en cuando.

Supongo que cada cual tiene su manera de escribir. Yo, sin duda, prefiero la escritura-grito, de sprint, que la de escritura-susurro, de maratón. Hay algo que me define por encima de todas las cosas: no tengo paciencia. Ninguna.

8/8/11

Regreso (descansado y leído)

Ya he vuelto. Y, como cabía esperar, el mundo no se acabado. Al menos, no del todo, porque el calor que hace en Murcia sólo se explica si se han dejado abierta la puerta de alguno de los siete infiernos. Qué disparate. Ni dormir se puede. Con el fresquito que hacía en en Alhama de Aragón, que teníamos incluso que taparnos por las noches. Pero bueno, el calor es lo suyo en estas fechas. No me voy a quejar después de la semana de relax que he pasado y que me ha venido de maravilla. Semana de no hacer absolutamente nada. Sólo descansar, tumbado al sol frente a un lago termal, leyendo, bañándome y comiendo. Comiendo mucho y bien. Y es que la mayoría del tiempo la hemos pasado en La Gastroteca del Gran Hotel Cascada, intentando descifrar algunos de los platos del chef, como el kebab deconstruido o Cosmopolitan gelatinado, una maravilla absoluta.

Por si me aburría, me fui cargado de literatura y monté en el hotel una minibiblioteca. Womahn decía que se me había ido la mano, y supongo que la limpiadora también se asustaría un poco al ver junto al albornoz y el gorro de baño aquella montonera de libros. Mucho era para una semana. Pero al final, entre baños calientes, aquatermas, masajes neurosedantes y termaspas, me he metido entre pecho y espalda casi la totalidad de la mercancía que me había llevado (tres se han quedado en el tintero).

Comencé con una cosa ligerita: Sin identidad, de Didier van Cauwelaer, un thriller que se lee rápido y que me interesaba para ver cómo planteaba una serie de giros para una cosita que quiero escribir. Es corto, se lee de un tirón y bueno, disfruta uno. Lo curioso es que acaban de hacer una película del libro, protagonizada por Liam Neeson con el mismo título. Bueno, mejor, han reeditado el libro con el título de la película. Porque el título original era La doble vida de Martin Harris. La cosa es que la película, que por curiosidad vimos una noche, cuando acabé el libro, se parece lo justo al libro. Cambian el argumento casi por entero y reformulan toda la trama. Vamos, que por poco no tienen que pagar ni siquiera por la adaptación. Yo me imagino en la piel del escritor, tirándome de los pelos y acordándome de la madre de alguien. Después del tiempo que uno se pasa para formular y estructurar la trama, viene un guionista y en tres tardes le da vuelta. Y lo peor es que le queda mejor que a ti. Una putada.

Después de este libro, que se lee en una tarde y poco, seguí con la literatura breve. Y leí Sin sangre, de Alessandro Baricco. Hacía tiempo que no leía nada del italiano. Me gustó Seda, y sobre todo, Novecento. Y también Oceano Mar. Pero desde entonces, aparte de dos ensayos, uno sobre la música y otro sobre la postmodernidad, había dejado de lado yo a este escritor. Y de nuevo fue muy placentera su lectura. Una tarde agradable y emotiva me hizo pasar, con su lenguaje pausado y cadencioso, con sus imágenes y dilemas morales fundamentales.

También me gustó La ciudad feliz, de Elvira Navarro. Aunque después de La ciudad en invierno, era muy difícil escribir algo tan intenso y perturbador como aquellas historias de niñas que aún en ocasiones me martillean la cabeza, lo cierto es que este libro, también breve, y también compuesto de historias (en este caso, dos), ha logrado satisfacer las expectativas que había puesto en él. He de decir, también es cierto, que me ha gustado mucho más la segunda parte (la relación entre una niña y un vagabundo) que la primera (la vida en torno al restaurante chino Ciudad Feliz vista por los ojos del pequeño Chi-Huei). Pero en los dos textos, como también ocurría en su primer libro, Elvira logra entrar la mente infantil de un modo que pocos autores contemporáneos –quizá con la excepción de Andrés Barba y su magistral Las manos pequeñas– han sabido hacer, recreando y transmiéndonces su perplejididad, su inocencia, pero también su perversidad y temeridad.

Después, me intenté sumergir en Thomas Pynchon. La subasta del lote 49. Nunca había conseguido entrar en Pynchon e intenté hacerlo con esta novela, regalo de un amigo para ver si podía llevarme al redil pynchoniano. Y seguramente me pilló mal o con el paso cambiado. Pero el caso es que se me atragantó y no me logró interesar nada. Perdí el hilo enseguida y las historias periféricas me despistaron enseguida. Tendré que darle otra oportunidad. Sin duda.

Para resarcirme, entré en otro americano. Don DeLillo. Y esto sí que fue grandioso. Ruido de fondo. Creo que he leído muy pocos libros (ahora no sabría decir cuántos, pero menos de diez seguro) mejores que este de DeLillo. Quisiera dedicarle en otro momento una atención especial y escribir algo como Dios manda. Porque es una novela total. Absoluta. Me faltan adjetivos y palabras para describir el ejercicio literario de este autor. Yo había leído Body Art, Punto Omega, y Contrapunto. Todos me habían gustado. Pero ninguno llega a la altura de Ruido de fondo. Es, sin duda, una novela de época. Si alguien pregunta "qué ocurría en los ochenta" –y sigue ocurriendo en gran parte hoy– en el mundo occidental, uno puede contestar dando a leer este libro. El miedo, el acecho de la catástrofe, el ruido de fondo de la tecnología, de la vida moderna, pero también el de la amenaza de la muerte... los temas que siguen hoy siendo centrales. Desde luego, después de leer algo así, te planteas si seguir escribiendo, o si comenzar a escribir novela; porque te apabulla, te anula, te deja a la altura del betún. Uno acaba la lectura y se da cuenta de que llegar a esos niveles es algo reservado a unos pocos. Y entonces entiende eso de "gran literatura", y se da cuenta de que el resto podremos llegar a escribir algún libro, pero poco más. Escritores de ese nivel, de esa altura, hoy se pueden contar con los dedos de la mano.

Después de DeLillo, y para no quedarme así con la impresión de no tener nunca ya más la intención de ponerme a escribir, leí algo más de andar por casa, aunque también buenísimo, al menos en mi opinión: Snuff, de Chuck Palahniuk. Me lo pasé genial. Hacía tiempo que no me reía tanto con una novela. Carcajadas y carcajadas, pero de lo animal que es Palahniuk. El argumento es ya para quedarse sentado: una actriz porno va a intentar lograr un record manteniendo sexo con 600 hombres en un mismo día. A partir de ahí, y de las divagaciones de cuatro protagonistas (tres actores que esperan su turno y la asistente de rodaje), la trama comienza a espesarse y al final llega a ser incluso sorprendente. Pero lo mejor del libro, sin duda, aparte del humor negro, verde y de todos los colores de Palahniuk, es su sagacidad para analizar el lugar de la industria del sexo en el mundo contemporáneo y globalizado. Una crítica incisiva y fulminante al capitalismo y a la cultura de consumo que está debajo del individualismo contemporáneo. Es decir, el tema central de Palahniuk desde El club de la lucha.

En resumen, que aparte de bañarme y tocarme lo que no suena, he podido leer algo esta semana. Y lo más importante, que he regresado con unas ganas tremendas de trabajar y escribir, y eso que es 9 de agosto. No sé si, como decía el del chiste, tumbarme de nuevo y esperar a que se me pasen.

1/8/11

Missing

Sí, amigos, lo sé, aún me quedan cosas por acabar. Hay textos que aún no entregado y me esperan con urgencia, papeles de la Aneca que están a medio rellenar, informes de tesis por entregar, cuestionarios por responder, reseñas por redactar; la exposición está parada y todavía no tengo claro las obras que hay que fotografiar para el catálogo y las que no, ni siquiera he tenido tiempo de escribir el texto de introducción y los institucionales, hay facturas que se me ha pasado pagar, no sé si acabé del todo las guías docentes, tengo varios mails importantes que contestar, algunas llamadas de teléfono que debería hacer cuanto antes... Cientos de cosas requieren mi atención. Y todas parecen ser muy importantes. Pero lo siento. Lo siento de verdad. Hoy me voy de vacaciones. Me pierdo durante una semana. La única de vacaciones reales en todo el año. Es 1 de agosto. Hasta la semana que viene estaré desaparecido. Desconectaré el móvil, no miraré el mail y no me conectaré a Internet. Me recluiré en un balneario a leer tranquilamente y a relajar el cuerpo y el espíritu. Así que cierro a cal y canto el chiringuito. Si el próximo lunes el mundo sigue en pie, continuaré con mis tareas. Si ha desaparecido, tampoco habría tenido mucho sentido seguir haciendo nada. Ahora me toca descansar, que ya va siendo hora.

30/7/11

Save our Bodies

Leyendo sobre la corporalidad, encuentro algunas ideas reveladoras en Paul Virilio. A pesar de su conservadurismo, el francés suele dar el clavo en muchas cuestiones centrales. Y su defensa apasionada del cuerpo frente a lo virtual me resulta más que pertinente en estos momentos:

"Hay que volver a bailar. Hay que recuperar el cuerpo. No es una cuestión de moral, sino de corporalidad. Reconquistar el cuerpo mediante la palabra, el baile, la asociación, mediante todo lo que hace cuerpo (...). En el origen de nuestra civilización europea, en el judeo-cristianismo, en los Griegos y los Romanos, está la negación del cuerpo en beneficio del espíritu. Toda nuestra cultura ha consistido en limitar el cuerpo en favor del espíritu. Hasta el horror de los campos de concentración tiene que ver con esa voluntad de eliminar lo corporal. Hoy en día, nos enfrentamos a la necesidad opuesta: rehabilitar el cuerpo."

"La invención del siglo XX es el S.O.S. lanzado en 1912 por el Titanic, el "Save our Souls", "salvad nuestras almas". La invención del siglo XXI es el S.O.B., "Save our Bodies", "salvad nuestros cuerpos", unos cuerpos amenazados por lo transgénico y las grandes manipulaciones."

[Paul Virilio y Enrico Baj, Discurso sobre el horror en el arte, Madrid, Casimiro, 2010, p. 34]

28/7/11

Descubrir

Leyendo sobre la obra de Bernadí Roig, me doy cuenta de que tenemos mucho en común. Veo sus obras, leo sus escritos y observo que estamos en el mismo lugar, al menos en un sitio cercano. Es curioso el modo en el que uno encuentra interlocutores perfectos sin haberlos buscado. Siempre me había parecido interesante su trabajo, pero nunca había profundizado lo suficiente en él. Lo había tenido delante de mis narices y nunca había advertido que estábamos hablando de lo mismo. A veces, los textos de encargo son la oportunidad perfecta para adentrarse en lugares que, de otro, modo apenas veríamos desde la lejanía. Me ha ocurrido con la obra de Jean Fabre y ahora me pasa con Bernardí Roig. Y la pregunta que no ceso de hacerme es siempre la misma: ¿por qué no habría mirado yo aquí antes? Y es que en Bernardí están todas mis referencias centrales: Berhnard, Beckett, Blanchot, y también algunos de los problemas que me han preocupado, especialmente la cuestión de la visión y la mirada. Todo ahí, concentrado, en una obra inteligente y llena de potencia visual. Más vale tarde que nunca, pienso. Y trato de conformarme. Pero parece que uno nunca llega a tiempo a donde debería haber llegado. Porque ahora ya estaba yo caminando hacia otro lugar, y veo que en el sitio en el que estaba había mucho más de lo que había visto. Y no sólo eso, sino que me había perdido lo más relevante. Eso me hace ahora volver la mirada. E intentar escribir un texto con el cuello torcido, mirando hacia atrás como Orfeo en busca de Eurídice. Sólo espero que mi mirada no cause que nadie tenga que volver al Averno.

27/7/11

Borrador

Acabar el primer borrador de tu novela y darte cuenta de que está plagado de todas las cosas que criticas en la literatura. Tópicos, ñoñerías, mal desarrollo, falta de profundidad, falta de ritmo, saturación de datos, falta de intensidad. Querer arreglarlo y darte cuenta de que no tienes las armas necesarias para cambiar nada. Ser consciente que hasta para escribir bodrios es necesario oficio y tiempo, mucho tiempo, y mucho oficio. Estar tentado a dejarlo. Resistir a la tentación. Volver a ser tentado. Escribir un post chorra como este intentando exorcizar algo que no sabes muy bien lo que es. Tomar aire, remangarse y meterse en faena, y sentir que hay que ponerse a fondo a trabajar la cosa si se quiere algo medianamente digno. Temer que ni aun así haya solución posible.

24/7/11

Morralla

El verano es tiempo de relax, de playa y siesta, pero también de cultura, de libro y museo. Y eso es bueno. Al menos, eso creemos. Pero hay que decirlo ya: ni leer libros ni ir a un museo es algo en sí mejor o peor que apedrear perros. Es tan sólo una actividad. Lo importante es leer “buenos” libros y ver “buen” arte. Hay que comenzar ya a hablar de calidad y no confundir cosas. “Libro” es un formato. Pero hay libros sublimes y hay libros terribles, libros que nos elevan y libros que atontan. Hoy nos contentamos con el mero hecho de que la gente lea, sin más. Y con el arte pasa igual. Que vayan a los museos, que vean arte y cultura, como si todas las cosas que están en los museos –o en el espacio simbólico del arte– fueran buenas y relevantes. Pero los museos –igual que las estanterías de las librerías– están también llenos de morralla, de obras absolutamente prescindibles que no aportan nada. Y no sólo los de arte contemporáneo, sino también los museos del pasado. Uno se asoma al Prado y al Louvre, y junto a los grandes maestros encuentra pinturas y esculturas realmente bodriosas e infumables. El verano, con sus viajes, es un tiempo propicio para descubir bodrios artísticos y para leer libros que son a la literatura, como ya dijo Stephen King de su obra, lo que MacDonald’s es a la gastronomía: pura basura. Y sin embargo, de vez en cuando nos apetece una hamburguesa. Hay que comer de todo, como decía aquél, pero también hay que tener claro que todo no es igual y que cuando nos referimos genéricamente a las cosas corremos el peligro de hacer creer a la gente que está en el Bulli cuando en realidad se está comiendo unos torreznos.

[Publicado en La Razón, 22/07/11]

22/7/11

Vanguardia popular

Anoche me escapé un ratito a La Mar de Músicas a escuchar a Ludovico Einaudi. Y me gustó, aunque lo encontré un poco cansino, la verdad. Cada vez que lo escucho, a él, o a Wim Mertens, o a George Winston, o a Michael Nyman, o incluso a Philip Glass, siempre acabo con la misma sensación: esto está bien, me gusta, pero podría haberlo hecho yo. Y no sé si eso es bueno o malo. El mal llamado "minimalismo musical" –mal llamado, porque entre Einaudi y Terry Riley o Steve Reich hay un abismo– siempre me produce esta sensación extraña. Pero en el caso de Einaudi se acentúa incluso aún más, porque, con diferencia, es el más evidente de los compositores de esta manera de hacer.

Una estructura armónica fácil (tres o cuatro acordes) y variaciones sobre ellos hasta la extenuación. En esto, más o menos, Mertens, Nyman, Glass y Einaudi comparten lo esencial. Pero desde luego, creo que incluso ahí, en lo mínimo, en el "Sota, Caballo, Rey", hay distancias. Y el italiano está lejos del belga, del inglés y del americano. Glass sí que parte del minimalismo histórico, lo populariza y lo exprime hasta el agotamiento. Es, si se puede decir así, el más genuino de todos. Y eso aunque parezca siempre igual. Porque es cierto que uno escucha cosas de los setenta y cosas de la semana pasada y parece que seguimos en el mismo lugar, con las mismas repeticiones, arpegio para arriba, arpegio para abajo. Aun así, las armonías son mucho menos evidentes, las variaciones están trabajadas para que nunca las cosas lleguen a ser esperadas del todo. Siempre hay una nota, una pequeña, que rompe la evidencia de la progresión, y eso activa la escucha y hace, al menos para mí, que Glass esté un peldaño por arriba del resto de los minimalistas populares.

Pasa lo mismo con Nyman. Su neobarroco ruidoso es también singular. Aunque, desde luego, musicalmente siga en el mencionado "sota-caballo-rey", la energía, expresividad, y el sentido de explosión musical que uno tiene después de escuchar sus composiciones también lo elevan del resto. Además, el conocimiento de la historia de la música y el trabajo con la "cita culta" lo sitúa en otro lugar. Mertens, en cambio, está más lejos de ellos, pero aun así, con cuatro cosas, ha logrado crear melodías (por decir algo) que realmente son pegadizas a través de la repetición. Y sobre todo, concisas y precisas. Repetitivo, sí. Simple, sí. Pero también efectivo. Y esto es algo que hay que pedirle a una música que se basa en la ausencia de riesgos armónicos y contrapuntísticos.

Pero llegamos a Einaudi, y a toda una legión de pianistas del estilo, que van desde la cosa New Age de Suzanne Ciani, hasta la ñoñada de Lito Vitale, y que trabajan sobre los mismos presupuestos. Simpleza, repetición, armonías facilonas y evidentes... Y quedan, la verdad, a veces demasiado cansinos. Porque no encuentro una palabra que mejor describa casi dos horas de concierto de estas cosas. Y de esto, también es cierto, no se libran los demás. Porque dos horas de Glass pueden ser para cortarse las venas. Pero al menos, Glass y Nyman, e incluso Mertens, no son tan esperables como los otros, que acaban llegando a la nota que uno espera que lleguen, que hacen la progresión de la melodía de modo tan previsible que ya está en el oído del público desde el momento en el que empieza. La sorpresa, la escucha activa, aunque sea en cantidades mínimas, es una cualidad esencial de la música.

Yo no soy crítico musical. Me gusta la música, siempre me ha gustado. He estudiado algo. Y de un tiempo a esta parte me ha dado por tocar el piano y componer también alguna cosilla. Y, lo confieso, todo me sale según ese "minimalismo" (que, como digo, no tiene nada que ver con el de verdad). Por eso, cuando estoy en algún concierto de estos compositores siempre tengo esa impresión de que la cosa no es tan difícil, que esa música se hace, por decirlo mal y pronto, con la punta de la p... ¿Que ya lo querría hacer yo así?Por supuesto. Faltaría más. Pero yo no lleno auditorios, ni espero llenarlos nunca. Y sobre todo, no tengo el convencimiento de que estoy haciendo nada sublime ni superior.

A veces, cuando uno lee un libro y ve claramente cómo está hecho, o ve una película, y nota a la legua las costuras, o escucha algo, y se le ven los huesos de modo tan fácil y evidente, uno –sobre todo si dedica a ello o medio entiende del asunto– entra en un estado extraño en el que disfruta, porque las cosas que funcionan, funcionan, pero al mismo tiempo cree que podría haber hecho eso perfectamente, y esto rompe algo la ilusión del disfrute. Sobre todo cuando las obras, como es el caso, no pretenden mostrar claramente la estructura, ni mostrar su artificialidad –sí que ocurre así con Glass– sino que intentan crear la ilusión de que aquello está bien y que es así, porque no hay otra manera en la pudiera ser. Y es entonces cuando a mí se me cae todo, cuando percibo que aquello pretende algo que no puede lograr. Y eso es todo lo contrario del minimalismo de verdad, que tenía como principio mostrar claramente la estructura y romper con la ilusión de totalidad, con la idea de que la obra es una cosa superior inaccesible.

Pero nada de eso hay en Einaudi, que es tan sólo un señor que –igual que otros tantos, y ahí me incluyo también– compone una música fácil que entra bien. Música vaselina, la podríamos llamar. Aun así, como digo, yo lo escucho, me gusta y, en ocasiones, logro disfrutar. Pero hay que tener siempre las cosas claras y saber qué lugar ocupa cada uno. Einaudi juega en la dimensión del best seller, del cine comercial, de la comida rápida. Es, como decía Mario Perniola de Nyman –aunque para mí Nyman está más allá–, "vanguardia popular". Kitsch pseudoclásico. Pero, bueno, tras los sesenta quedó claro que a todos, en el fondo, nos gusta el kitsch. Y que no hay nada malo en ello. Pero, eso sí, no confundamos las cosas.

20/7/11

In the mood for Bernhard

Preparando un texto sobre Bernardí Roig, vuelvo a Thomas Bernhard y me doy cuenta de que nunca tenía que haberme ido de allí, sobre todo porque me está costando volver. Bernhard ha sido una lectura central de estos años. El malogrado, Helada o Maestros Antiguos son pilares básicos de mi formación como lector y, sobre todo, de mi visión del mundo. Sin embargo, estos días, cuando volvía a Berhnard después de haberlo dejado durante algún tiempo –demasiado–, he constatado que no era tan fácil volver a caer en sus garras. Leer El italiano –uno de los textos básicos para el trabajo sobre Bernardí–, después de haberme metido en el cuerpo estos meses dosis altas de literatura contemporánea, está siendo una experiencia de reajuste. Estoy teniendo que poner mi organismo en modo "angustia" y no acabo de hacerlo funcionar del todo. Me está pasando igual con Klossowski, Bataille o Blanchot, también referencias cercanas, que el cuerpo tiene que ponerse a tono y no hay manera. Quizá sea que estos días de verano tengo yo el cuerpo revoltoso y juguetón y no me apetece el fango, aunque sepa y tenga claro que el fango es mi terreno natural. Por eso Bernhard, mi querido Bernhard, que tantas noches me ha privado del sueño, me ha pillado literalmente a contrapié. Por supuesto, enseguida entra uno al trapo. Pero me ha sorprendido cómo lo que, en principio, creía natural en mí, me está resultando tan impostado. Supongo que será cuestión de tiempo. A fuerza de invocar el desgarro pasado, la herida comenzará de nuevo a sangrar. De momento, apenas estoy viendo las cicatrices.

17/7/11

Un hojita se suelta de un árbol

En el tren de vuelta de Madrid, otro momento perfecto para la toma de intimidad de con los libros, leí de un tirón Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky (Caballo de Troya). Había escuchado algo acerca de este autor, sobre todo varias reseñas sobre su Literatura de izquierda (Periférica) pero nunca había tenido la oportunidad de leer nada. Y el libro me sorprendió tanto que, desde la primera frase, no pude dejar de leerlo. Un libro sin aparente argumento. Una hoja que cae y es llevada por el viento –dos hojas, por momentos–. Durante esta caída, el autor presenta una cartografía de lo que ocurre –de algo de lo que ocurre– en una calle argentina. Aparentemente no pasa nada. Pero no cesan de ocurrir cosas. Eso es la vida, parece querer decir Tabarovsky, aunque al final escriba que no quiere decir nada, que esto no es una alegoría de nada, que simplemente la hojita cae y nada más. Una nueva sublimidad, de los pequeños movimientos. Movimientos que, según el punto de vista, pueden ser inmensos. Lo micro y lo macro, lo que parece que no se mueve y, sin embargo, no cesa de moverse.

Me ha parecido, sinceramente, magistral. Y lo escribo pulsando fuerte sobre el teclado, como si estuviera gritando, aunque no utilice negrita o mayúsculas. Y no lo hago porque el autor tampoco lo hace. Porque el autor escribe "como si nada". Pero la experiencia de lectura que uno obtiene es de "como si todo".

Tanto el acto casi intrascendente –vulgar, por jugar con el título del libro– de la hoja que cae como la radiografía constante de personajes y lugares de la calle, están realizados con una sabiduría tras la que es posible advertir un discurso articulado sobre el mundo y la literatura. Uno entresaca de allí mucho de teoría de la literatura, de teoría del arte o incluso de filosofía. Es un discurso tremendamente informado, del más alto nivel teórico. Una teoría que sirve casi de sutura, de pegamento entre el viaje de la hojita, que parece que es lo único que se mueve, y el movimiento parado de lo que sucede en la calle y en los edificios. La hoja y las estampas de la calle son imágenes que se activan a través de la reflexión, a través de una mirada que, casi literalmente, es dialéctica, en el sentido otorgado por Walter Benjamin. Un Benjamin que parece estar latiendo detrás de mucho de lo escrito en el este libro. En algunas ocasiones, esa presencia toma casi el valor de cita o guiño, como en este pasaje, que no he podido dejar de subrayar y releer durante minutos:

"Flotan las hojitas en el resplandor del futuro como si se hubieran multiplicado, o tal vez, desdoblado. ¿Hacia dónde van? Adonde están ya admitidas. Se dirigen a su origen, que es el futuro, el porvenir, el relato de una potencia. Ahora sí, vuelve el viento. Era hora. Flotan las hojitas en el remolino del tiempo que no avanza, de la historia que no progresa, del reloj que no marca la hora, del freno de mano que no funciona. Ya es demasiado tarde para suponer que un ángel se va a tornar ante la catástrofe para redimirla, para recuperar la memoria de los vencidos (aquí ya no hay vencidos: todos ganan, y eso es lo terrible)[págs. 70-71]."

Sin duda, son las tesis sobre la filosofía de historia las que aquí se encuentran replicadas, retorcidas. La esperanza de Benjamin en la revolución, en la posibilidad del freno del tren de la historia para partir de nuevo, en la parada del tiempo ejemplificada por los revolucionarios disparando sobre los relojes de París, la redención del ángel de la historia... parece ya imposible. Imposible porque ahora todo ya es lo mismo. Para el narrador de este libro, ya no se pueden cumplir, como quería Benjamin, las promesas del pasado: "La caída no es por lo que pudo ser y no fue, sino por lo que nunca fue, por lo que nunca llegó a ser, lo que nunca se concretó, lo que jamás existió". Es en la insignificancia, en lo pequeño, en lo mínimo, en lo único en lo que es posible poner la esperanza, en lo imperceptible. La literatura debería partir de eso que no se ve para encontrar sus paradojas, para abrir lo mínimo y activarlo. Pero eso, al final, como dice Tabarovsky, son solo palabras. "La realidad es completamente diferente (siempre la realidad es completamente diferente). Apenas pasa que una hojita cae de un árbol y no mucho más".