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Mostrando entradas de diciembre, 2012

Amor, colega, amor

Estamos llegando al futuro. 2013 siempre me ha sonado a cosa interestelar. Supongo que nadie se lo había imaginado así. Los coches siguen sin volar y todavía no comemos a base de pastillas, sino de platos de cocido y macarrones a la boloñesa –los que tienen la suerte de poder comerlo–; eso sí, algunos frigoríficos ya hablan y muchas máquinas rigen nuestra vida. Pero el problema sigue siendo el mismo de siempre: la cosa está mal repartida. Unos tienen mucho y otros apenas tienen nada. Y lo peor es que esto no sólo ocurre con el dinero. Quizá eso sea lo más grave. Hay quien apenas tiene amor. O quien tiene demasiado odio. Esta es la catástrofe, la clave de todo lo demás. Y por eso el mundo es injusto. Porque algunos no han aprendido a amar. Así que este es mi único deseo para el año que comienza: que amemos un poquito más.

Lo mismo esto suena demasiado cristiano y se parece de modo siniestro a los tuits del Papa y a las cosas de Paolo Coelho. Pero al fin y al cabo, si lo pensamos bien, …

Jan Fabre y el retorno de la belleza

Hace tiempo que quería escribir esta entrada. Lo he ido dejando por muchas razones. Hace dos meses fui a Bruselas a ver la exposición de Jan Fabre. Pocos artistas me gustan más que él. Pero no encontraba la forma de afrontar una post sobre su obra. He estado pensando por qué, y al final he llegado a la conclusión de que si cuesta trabajo hablar de su obra es porque pone en jaque el discurso del crítico, especialmente la tendencia que tenemos los críticos a situar a los artistas en estilos, tendencias, movimientos o preocupaciones comunes. Y es que muchas veces necesitamos presentar mapas y cartografías de lo que sucede para poder aclararnos. Problemas, centros de tensión, modos de hacer… Sin embargo, muchas veces esos mapas dejan cosas fuera. Y en el arte contemporáneo nos encontramos con toda una serie de figuras que escapan de cualquier definición, que son como el mercurio, imposibles de atrapar, de definir, de meter en lugares para su estudio. Artistas que están más allá del tiem…

Seis años, y un origen.

Hoy hace seis años que comencé este blog. 29 de diciembre de 2006, lejos ya. La primera entrada la titulé "Buen comienzo, mañana más". Y su contenido era una cita de E. M. Cioran: "Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos". Nada más. La cosa parecía empezar, pues, con mal agüero, casi como una especie de crónica del hundimiento y la caída al fango. En seis años ha habido de todo, pero, más que de un hundimiento, muchas veces el blog se ha convertido en una herramienta para salir a flote, una especie de salvavidas digital, intangible, al que me he podido ir agarrando para aclarar ideas y saber lo que realmente pensaba.

Los primeros años del blog fueron, sin duda, los mejores. El blog antes de Facebook y Twitter. Antes de el microblogging y las comunidades digitales. En aquellos años, creo que de 2006 a 2010, en el blog había de todo. Fue realmente un no(ha)lugar, un espacio en el que se situaba todo lo que no cabía en otros textos…

Tocarse con el lenguaje

–¿Qué, cómo llevas las vacaciones?
–¿Vacaciones? Eso quisiera. No hay manera de cerrar nada. Mil textos me acosan, y a mí ahora solo me apetece leer.
–Pues lee, colega.
–Eso quisiera, pero leyendo me siendo culpable.
–¿Por?
–Por no escribir. Culpable por no escribir.
–Hay tiempo para todo en esta vida. Hay momentos en momentos en los que uno tiene que leer, sí o sí. Si no, ¿cómo vas a poder escribir algo en condiciones?
–Tienes razón. No se lo digas a nadie, pero, ¿sabes algo? Creo que soy mucho más lector que escritor. Al final escribo cuando no tengo más remedio. Y cuando escribo siento que debería estar leyendo, que se me está escapando algo. Es como hablar y escuchar. Cuando hablas demasiado no escuchas a los demás. Y por lo general los demás tienen mejores cosas que decir que uno.
–Te entiendo. Pero hay que guardar un equilibrio. A veces tienes que decir tú también. Imagino que habrá cosas que necesites decir y que no encuentres quien las diga, o al menos que las diga como a ti t…

Nostalgia de la melancolía

Debería sentir nostalgia. Y en cierto modo la siento. Es una emoción extraña. Nunca me ha gustado la Navidad. De niño, siempre me recuerdo renegando por los rincones. La casa se llenaba de gente. Venían todos mis hermanos, y mis cuñadas, y mis sobrinos. Después, el estrés de la cena. Mi madre preparaba todo con esmero. Desde bien temprano. Al final, acababa llamando por teléfono al bar porque mi padre y mis hermanos seguían allí aún prolongando el almuerzo. Ellos siempre llegaban tarde. Pero no había enfados. O si los había, yo no me enteraba. Todo se hacía de buenas maneras. Mi padre llegaba siempre contento. En todos los sentidos. El vino siempre le sentaba bien. Sacaba la pandereta grande y nos llevaba a cantar junto al belén. Después, en la cena, contaba chistes sin parar y yo tomaba buena nota de ellos. Era granadino. Y tenía más gracia que muchos de los que salen en la tele.

Todo era maravilloso. Ahora lo sé. Era maravilloso.  Pero por alguna razón, en aquellos momentos yo estab…

Mis tres libros

Como no podría ser de otro modo, llega la hora de la listas de los mejores libros. Yo solo puedo hablar de lo que he leído. No puedo ser más subjetivo en esto. Y aunque son muchísimas cosa las que me han gustado y me han parecido interesantes, me quedo con tres. Lista corta. Tres librazos. Libros de esos que a uno le gustaría haber escrito. Libros que, sin embargo, tristemente, uno sabe que jamás tendrá la capacidad de escribir.


1. Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares (Mondadori)



2. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)


3. Un buen chico, de Javier Gutiérrez (Mondadori)



Hay muchas más cosas que me han parecido muy buenas. He disfrutado con un sinfín de lecturas. Podría hacer una lista más larga. Pero si me pongo a pensar seriamente en los libros que me han marcado este año, creo que son estos tres. El libro de Tavares y el de Menéndez Salmón tienen mucho en común –siempre me ha parecido que estos dos escritores viven en mundos semejantes–: una escr…

Ola k ase? Corrigiendo galeradas

–Ola k ase?
–Pues aquí, corrigiendo las pruebas de la novela.
–Y komo lo yevas?
–No demasiado mal. Aunque ahora todo me acojona un poco.
–Normal, colega. Mazo de responsabilidad, k no
–Es que ahora me da el miedo escénico y ya no me fío de nada de lo que he escrito. Leo las frases en voz alta para buscar el tono perfecto y la palabra justa y todo me suena mal.
–Ya te digo.
–Es verdad. Es como cuando te pones a repetir la misma palabra muchas veces y deja de tener sentido.
–Jamón jamón jamón jamón jamón jamón... ostia tú, pues es verdad.
–Claro. Eso es lo que me pasa. Todo me suena extraño y ortopédico.
–Orto ké?
–Ortopédico. Sí, artificial, como si todas las palabras no fueran más que palabras. ¿Sabes una cosa?
–What?
–Me gustaría que la novela se publicara traducida.
–¿Mande?
–Sí. Me doy cuenta de que me gusta más lo que digo que cómo lo digo. Y pienso que en francés o inglés, o en cualquier otro idioma, todo va a sonar mucho mejor. No sé por qué pienso esto, pero me viene a la cabez…