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Mostrando entradas de julio, 2010

Lerturitas

Ale, cerrado el chiringuito. Salvo alguna corrección que otra que tendré que hacer, no vuelvo a escribir una palabra académica hasta finales de agosto. Me siguen quedando las columnas de La Razón, pero es un trabajo que hago con gusto. Es tiempo ahora para la ficción y la literatura. Y como cada verano me voy a poner de libros hasta las cejas. Eso sí, a diferencia de otros veranos, el thriller salchichero y el best-seller de cabecera va a ser reducido a su mínima expresión. He pasado casi todo el año sin leer literatura inteligente y no puedo permitirme el lujo de tirarme al fango sueco como en otros años. El cebo, de José Carlos Somoza ha sido mi única incursión de momento. Somoza siempre me ha gustado. Zig Zag me pareció un novela magistral (dentro del género, hablamos), así como Clara y la penumbra. Pero este cebo no me ha acabado a mí de seducir del todo. Quizá es que esperaba demasiado. O que, como siempre, las circunstancias en las que lo he leído (con cientos de interrupciones …

Escribir de nuevo

Voy cerrando cosas y entregando textos. Parece que poco a poco voy agarrando el ritmo, aunque, desde luego, esto nada tiene que ver con los días dorados en los que escribía sin parar textos nuevos. Ahora la cosa se parece mucho más a tricotar. Postproducir lo ya hecho, adaptar, modificar, volver a relacionar. Las cosas nuevas me cuestan un trabajo enorme. Y sólo las puedo escribir por placer. He constatado que ahora no soy capaz de crear nada nuevo por encargo. O probablemente es que no quiero hacerlo. El futuro será diferente, espero. De todos modos, en cuanto acabe el texto que me falta, dejaré reposar la escritura académica varias semanas (si es posible, todo agosto) y dedicarme a la lectura y la escritura de ficción, brevemente, aunque sea un mes. Quiero volver al placer del texto. Estoy harto de que escribir se parezca cada vez, como ha sugerido Félix de Azúa en su magistral Autobiografía sin vida, a hacer los deberes del colegio.

Siete años en el Tíbet

Hoy hace siete años que murió mi padre. Aún me duelen los días. Nunca más una noche como aquella última en la que sólo quedaba esperar. Nunca más un cuerpo como aquél que se retorcía de dolor. Nunca más aquella mano que se aferraba a la mía como último anclaje a la vida. Y para siempre la ausencia y el vacío, la cicatriz en la memoria, el duelo infinito irresoluble, la noche oscura de la experiencia.

La orgía de la abstención

Vuelvo coyunturalmente estos días sobre Cioran. Abro un libro al azar y me quedo enganchado. Me veo reflejado en cada frase, en cada palabra, en cada trazo del maestro rumano. Su desencanto del mundo me contagia de nuevo. Su desconfianza de lo humano me subyuga otra vez. Me vuelvo a asombrar tras leer aforismos como "ser es estar acorralado". Y constato que en el fondo sigo siendo un pesimista con complejo de culpa. Y, sobre todo, que algún día quisiera aprender a saber decir que no. Por eso escribo ahora: "Siempre he deplorado tanto mis adhesiones como mis fobias. ¡Que no haya podido yo participar en la orgía de la abstención!".

Letra a letra

Hay textos que no salen de ninguna manera. Se meten dentro y no hay humano que los pueda sacar de ahí. Llevo varias semanas ya con uno de esos escondido en algún lugar de mi sistema nervioso. Anoche comencé a extraerlo, pero intuyo que el proceso será lento. Me lo estoy quitando con pinzas, letra a letra, signo a signo. Luego habrá que reconstruir y esperar a que la herida cicatrice. A este paso, el cuerpo textual no sanará nunca. Por eso, en última instancia, he pensado en vomitar, echarlo todo sin digerir y que sea lo que Dios quiera.

La imagen-(contra)tiempo

Imagen
Originalmente en Salonkritik

Has visto la imagen más de mil veces. Las dos torres, humeantes, a punto de desplomarse. Es la imagen del siglo. La imagen repetida, la imagen reiterada, el acontecimiento visual por excelencia. Tomado desde todos los puntos de vista. Apresado por todas las tecnologías de visión existentes. Has visto fotos, vídeos, imágenes de televisión, reproducciones en periódicos, imágenes digitales circulando por Internet, tomas precarias, tomas profesionales...


Crees haber visto todas las imágenes. Quizá por eso, en un primer momento, no le prestas atención a la fotografía que tienes frente a ti. Quizá por eso simplemente la dejas pasar y sigues leyendo. Pero enseguida la imagen te reclama. Hay algo en ella que te perturba. Y es entonces cuando adviertes que en esa imagen repetida algo que instaura una diferencia.

No es sólo la lejanía —has visto otras imágenes lejanas. No es tampoco la inversión —puede tratarse de un error de impresión. Hay algo más. Es la sensación in…

Alegría y distanciamiento

El fútbol es una de mis pasiones. En el campo, frente al televisor o junto a la radio he sufrido y me he emocionado muchas veces como un niño. Por haberme tocado ser del Real Murcia y de la selección española, los fracasos han sido muchos más que las alegrías: descensos, eliminaciones, injusticias varias... Por eso, el triunfo de ayer fue muy grande. Tan grande, que me dejó frio.

Aunque salté y grité con el gol de Iniesta, aunque estuve todo el partido nervioso, aunque me comí las uñas y me indigné con el Karate de los holandeses, al final, cuando se acabó la partido, cuando la cosa ya había sido ganada, cuando había que saltar de alegría y resarcirse de tantas frustraciones, cuando todo el mundo enloqueció, a mí me entró un ataque de ataraxia e inmovilidad, y me quedé tranquilo, en el sofá, como si todo aquello no fuera conmigo. No sé si me contagié de la frialdad de Vicente del Bosque (todo un señor) o si comencé a ver que la cosa se iba a salir de madre. El caso es que por la razó…

Más libros

Viaje relámpago a Madrid a una tesis doctoral. Intenso debate sobre modelos epistemológicos. El público casi muere de calor e inanición. Luego, breve, pero también intensa, incursión en La Central del Reina y en Electrico Ardor. La Mastercard queda temblando. Y las paredes de casa también. Ya no sé (y ahora la cosa comienza a ser seria) donde meter los libros. Lo peor es que estoy empezando. No quiero imaginar lo que pasará dentro de diez años. Espero que para entonces el ebook se haya desarrollado. El calor me puede. Y esto no acaba de acabar. Aún queda poner actas, terminar textos varios y quitarme de encima un marrón (también intenso) que me ha caído por no saber decir que no. Sólo a partir de entonces podré dedicar tiempo a este no (ha) lugar que parece haber quedado en el olvido.

La bienvenida infinita

Después de casi dos semanas, consigo sentarme frente al ordenador de casa. Exámenes, trabajos, tesis, tesinas, papeleos varios y textos para frenar un tren han sustituído la tranquilidad de Williamstown por el frenesí murciano. Un frenesí al que se suma, por supuesto, lo que yo ya comienzo a llamar "la bienvenida infinita", una suerte de eventos encadenados que van a acabar con mi hígado. Si la despedida ya causó estragos en el sistema bilial, esta vuelta a casa no le va a la zaga. Parece, afortunadamente, que la cosa comienza a tranquilizarse, pero intuyo que hasta mediados de julio no voy a dar la ida por la venida.