20/4/16

Diario de Ithaca 27 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 18/04/16. Escuchar Podcast] 

Me levanto a las cuatro y media de la mañana. A las seis sale el autobús para Nueva York, donde por la tarde tengo una charla en el master de escritura de NYU. Como no puede ser de otro modo, calculo mal y al final tengo que correr para llegar a tiempo. Subo al autobús sudado y el calor ya no se va en todo el viaje. Son cuatro horas y pico de estrechuras en las que intento dormir aunque apenas puedo cerrar los ojos.

En Nueva York llueve y hace un día desapacible. Recibo un correo de la universidad para corregir los datos de la memoria del proyecto de I+D. Tengo que pasar varias horas en un Starbucks encerrado ante el ordenador. En el hotel no me dejan hacer el check-in hasta las tres, así que deambulo por las calles como un flâneur melancólico, parándome en los semáforos con la mirada perdida, pensando entre otras cosas en lo que voy a decir por la tarde en la charla.

Me compro un teléfono nuevo y me meto en McNally Jackson, la librería en la que a finales de mes presentaré la traducción de Intento de escapada. Me pongo nervioso solo de pensarlo.

En el hotel intento dormir, pero tampoco puedo. No estoy en las mejores condiciones para hablar.

A las seis quedo con Sergio Chejfec y hablamos de literatura antes de la conferencia. Llegamos al King Juan Carlos I Center y allí nos espera Reinaldo Laddaga, al que he leído bastante pero no conocía hasta el momento. Nos presentan y dialogamos sobre arte y literatura delante de un público que parece interesado. La conversación fluye y me siento cómodo pudiendo hablar en español. De nuevo, lo percibo como un regalo.

Después de la charla, saludo a amigos como David y conozco a varios estudiantes del máster. Uno de ellos se llama como yo y me regala su libro. Oh, Lorem Ipsum! En Goodreads aparece como obra mía. Es mi primer libro escrito por otro. Pienso inmediatamente si me servirá para la ANECA. Supongo que mientras nadie lo reclame como suyo no habrá problema. Inmediatamente se me ocurre un cuento sobre un escritor que llena su currículum a través de los libros de los demás y que al final incluso consigue arrebatarles la autoría.


Por la noche, ceno en casa de Adriana, rodeado de argentinos. El apartamento es impresionante. Las vistas más aún. Desde el balcón se ve el Chrysler. Es el lugar en el que uno alguna vez ha soñado con vivir. Tras varias botellas de vino y una conversación que va desde lo extraño que sabe el mate con el agua de Nueva York a lo increíble que es la exposición de Jeremy Deller en la Fundación Proa, me doy cuenta de que son más de las dos de la madrugada y que mi autobús sale a las seis. Llego al hotel algo mareado y con el tiempo justo para recoger los libros que he comprado, tumbarme en la cama unos segundos, ducharme y salir para Bryant Park. 


De nuevo, en el autobús no puedo dormir. Es incluso más estrecho que el anterior y no encuentro el modo de descansar. Llego a Ithaca a las diez, en medio de una nevada y, sin solución de continuidad, me meto en el congreso de la Society sobre el tiempo. A las tres de la tarde, los ojos se me cierran y por un momento pierdo contacto con la realidad. Pero remonto y aguanto hasta la última conferencia. A las siete, no puedo con mi alma y aun así decido quedarme y me acerco al vino de la recepción. Conozco allí a una poeta amiga de Teju Cole y quedamos en hacer una lectura. De modo milagroso, sigo en la cena después de varios vasos de vino. Y me sumo al resto de los becarios cuando deciden tomar la última en The Rock, donde pido un Manhattan bien cargado para rematar la machada. Cuando salimos de allí, se me ocurre decir que en casa tengo el vino que traje de España y sigo un poco más con Craig, Jessica y Maria. Es en su casa donde decidimos bebernos las botellas que me traje la última vez. Se nos hacen más de las tres. La última la abrimos por vicio y apenas podemos probarla. Me canso incluso ahora al escribirlo.

Caigo en la cama y me levanto al día siguiente como si me hubiera pasado un tráiler por encima. Vomito varias veces y mi cuerpo no responde. Sólo al final de la tarde consigo resucitar.

El domingo limpio la casa y lavo la ropa, como si así intentase también regresar a la rutina. Leo de un tirón El arte expandido, el último libro de Mario Perniola y comienzo a leer La generación de la posmemoria, de Marianne Hirst.

El lunes amanezco con la sensación de que de nuevo empieza el mundo. Durante la semana leo, escribo, trabajo, hago gestiones burocráticas e incluso relleno mi formulario de impuestos. Vida aburrida y normal. La necesito. Vine a Ithaca para encontrar la soledad y no he podido escapar de la locura.


14/4/16

Diario de Ithaca 26 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 11/04/16. Escuchar Podcast] 

Despierto en Ithaca solo y sin demasiadas cosas que hacer. No hay clase durante esta semana por el Spring Break. Hago unas compras, devuelvo el coche alquilado y regreso a casa con paso lento. Mientras desciendo la colina, miro a mi alrededor y comienzo a ser consciente de que esto se acaba. Un mes y medio  más, y adiós a la aventura americana. Ya empiezo a sentir la nostalgia que sentiré en el futuro.

Planifico lo que me queda de estancia y comienzo directamente a escribir el ensayo que quisiera terminar –al menos dejar esbozado– antes de volver. Escribo de un tirón durante varias horas sin siquiera levantarme. Estoy feliz. Escribiendo soy feliz.

El viernes por la mañana tomo un café con Daisy y hablamos de literatura, editoriales y agentes literarios. Por la tarde, hace sol y tomo unas cervezas en el porche con Joe. En un día he hablado más inglés que en las últimas semanas.

Por la noche, comienzo a leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la última novela de Patricio Pron. No la suelto prácticamente hasta que la acabo. Pron es uno de los escritores que más admiro. El modelo de escritor al que me gustaría parecerme algún día (junto a Tavares o Menéndez Salmón): intelectual, elegante y preciso. Y esta novela es un desafío. Mientras la leo no puedo dejar de pensar en Bolaño. Y también en Benjamin. Literatura, política, arte, violencia y crimen. Es una gran novela. Uno percibe desde el principio que está ante una obra maestra. Todo un desafío para el lector.


Me hace olvidarme de algo que debería haber recordado y que rápidamente comienza a atormentarme: la memoria del proyecto de investigación del ministerio. Tengo que presentar el informe anual, el informe final y la memoria económica. Paso tres días recluido sin hacer otra cosa que rellenar papeles con frases que ni siquiera yo me creo. Una inutilidad para justificar una miseria. Por momentos me desespera porque no tengo ni idea de cómo usar la aplicación ni de qué significan los términos que utilizan. Si el inglés se me da mal, el lenguaje burocrático directamente no lo comprendo.

Es algo para unos pocos privilegiados. O para gente con paciencia. Quizá en el fondo no sea más que una estrategia disuasoria. Conmigo, desde luego, lo han conseguido: no vuelvo a solicitar un proyecto mientras me acuerde.

Con la soledad y el estrés del proyecto, regresa el insomnio y tengo que masturbarme varias veces para poder dormir. Ni siquiera necesito porno. Me vale con la imaginación.

En internet comienzan las noticias sobre los Papeles de Panamá. Allí sale todo el mundo. Pero lo curioso es que ya nadie se extraña de nada. Igual que wikileaks y que todas las filtraciones. Nada es ya escandaloso porque todo ya huele a podrido. Algunos desfalcan, estafan y escapan de todo. Y otros tenemos que quemar días, noches y semanas para justificar la miseria que el ministerio te para comprar libros y organizar tres charlas.

En los descansos de la memoria, mientras tomo aire y maldigo al ministerio, la universidad y a toda su generación, veo alguna serie en la televisión para descansar la mente. Acabo los dos últimos capítulos de Colony. Me gusta. Comienzo a ver The Path. No me convence del todo. Veo el final de 11.22.63. Es magnífico. Incluso veo El ministerio del tiempo y me entretiene. Y pienso que tengo que escribir algo sobre los viajes en el tiempo y esa idea conservadora de intentar mantener las cosas como están porque otro presente seguro que habría sido peor.

El lunes conozco a una artista venezolana cuyo trabajo me impacta. Deborah Castillo. Una estudiante de mi seminario, Sara, ha organizado una charla y una exposición sobre ella. Y lo que muestra está lleno de sugerencias. Iconoclastia, fetichismo, política, historia, género. Es una obra potente sobre la que algún día me gustaría escribir. Por la noche, ceno con ella, Sara, Sonja, Rosa y Adrián y paso un velada muy agradable. A veces, estar aquí es una suerte.

Al llegar a casa, termino por fin la memoria y la envío por correo, consciente de que me habré equivocado mil veces. Y, en efecto, a la mañana siguiente me escriben para decirme que soy un desastre y que tengo que corregir mucho de lo que he hecho.

El martes lo vuelvo a enviar y cruzo los dedos. Después leo el paper para el seminario del día siguiente. Antes de dormir, disfruto con Artforum, una pequeña joya de César Aira. Una de esas que sí son buenas. De las mejores. Subrayo frases que uno se tatuaría: “La superstición es el verosímil de lo sobrenatural”. Y cosas así. Es Aira en su mejor versión. Me duermo con la miel de la buena en literatura en los labios. Creo que sueño con el Paraíso. Y me despierto feliz.




10/4/16

Diario de Ithaca 25 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 04/04/16. Escuchar Podcast] 

El viernes presento La edad media, la primera novela de Leonardo Cano que ha publicado la editorial Candaya. He esperado el momento casi como si hubiera escrito yo el libro. El Hemiciclo de Letras está a reventar y me pongo algo nervioso. Conversamos sobre la novela. Comienzo diciendo la ilusión que me hace haber podido venir, lo afortunado que soy por tener un amigo como Leo y lo mucho que lo quiero. Y enseguida intento dejar de lado la amistad y empiezo a hablar de literatura. Porque eso es La edad media, pura literatura. Tres historias encadenadas sobre los sueños rotos de toda una generación. Una novela valiente, hipnótica, construida como un rompecabezas. Un libro maduro que pone voz a las ansiedades de todos aquellos a los que les prometieron un mundo imposible que nunca llegó del todo.

Leo está pletórico. Y la conversación fluye. Después, en el Pura Vida celebramos la novela. Están todos los amigos. Apuramos la noche hasta que los cuerpos ya no responden. Incluso dejo que me pinten los ojos. Es mi última salida en Murcia antes de regresar a Ithaca. No quiero irme. La edad media es una fiesta.

De vuelta a casa, entro en la confitería del pueblo a pedir algo antes de acostarme. Los policías que toman allí el desayuno me miran extrañados. Cuando llego a casa y me miro al espejo, compruebo que sigo llevando los ojos pintados y parezco un travesti.

El domingo por la noche, comienzo a ser consciente de que dejo mi casa una vez más. Raquel está inquieta. Más de la cuenta. Apenas podemos dormir.

El lunes, antes de tomar el tren para Madrid, después de haber estado haciendo tiempo en la ciudad, me doy cuenta de que me he olvidado el portátil en casa. Falta menos de media hora para que el tren salga y parece imposible llegar. Pero Raquel conduce como si estuviera en un rally. Nunca la había visto así. Se salta varios semáforos y adelanta todo lo que puede.  Cuando estamos cerca y vemos que el coche ya no puede seguir avanzando, salgo con la maleta y comienzo a correr. Ni siquiera puedo abrazarla y decirle que la quiero. Cruzo todo el aparcamiento como si estuviera haciendo los cien metros lisos. Creo que nunca he corrido tan rápido. Llego justo cuando el tren va arrancar. Parece una película. Afortunadamente, esta tiene final feliz.

Al día siguiente, tomo el avión hacia Nueva York. Justo antes de embarcar, me entero del atentado de Bruselas. Viajo con la inquietud de no saber lo que está sucediendo. Cuando uno vuela, el mundo exterior desaparece. Al llegar a Nueva York me entero del desastre. El mundo se hace trizas y a veces las grietas nos tocan de cerca. Duelen más, pero forman parte del mismo resquebrajamiento.

Regreso a Ithaca y siento que ahí también está mi casa. En Murcia he estado una semana desubicado. Aquí es donde ahora tengo mis cosas. Volver a Ithaca es también volver a un hogar.

Marta viene a visitarme en las vacaciones. Al final, de todos los amigos que habían dicho que iban a venir a verme, apenas se ha atrevido ninguno. Siempre ocurre igual cuando uno se va lejos. Todos dicen que van a ir y después nadie aparece.

Jueves santo tengo clase y no logro meterme en el papel. La semana en Murcia se ha llevado por delante la poca fluidez que había logrado. Por la noche, nos encontramos a Katrine y a los demás amigos en el Lot 10. Aquí también hay amigos.

Del sábado al miércoles, visito Nueva York. Una vez más, la experiencia de llegar conduciendo a Manhattan es fascinante. La sensación es curiosa. Por un lado, no me quito de la cabeza la idea de estar en medio de una película, conduciendo entre los grandes edificios, cruzando la quinta avenida. Pero por otro, se produce una normalización. Las calles llenas de gente, los taxis amarillos, las limusinas… acaban siendo como la carretera de la huerta, como la gran vía de Murcia. Al final es asfalto, coches y semáforos. Lo mismo que en cualquier otro lugar. Por muchas películas que se proyecten en el parabrisas.


Vemos la exposición de Broodhaers en el MoMA. Es uno de los artistas que más me interesan. Inteligente, sutil. Supo convertir la poesía en arte y el arte en reflexión. Sus obras siguen siendo pertinentes, aunque hay en ellas un aura retro nostálgica que desactiva la potencia crítica de sus reflexiones.

El martes por la noche, Madame Butterfly en el Metropolitan Opera. Nada más que por ver el ambiente merece la pena. La gente acude con sus mejores galas. Toma champán en los descansos y parece salida de otra época, como si se hubiera sincronizado con el espectáculo que ha venido a ver. Luego estamos los turistas, y la gente normal, de vaqueros, jersey y gorra, disfrutando de la suerte de poder ver y escuchar a Puccini y grabando a fuego estos recuerdos para siempre. 

El miércoles vuelvo a regresar a Ithaca. Una vez más. Ahora la casa está sola. Y yo también. Todo es extraño. Todo es silencio. Mañana comienza el mundo real.


25/3/16

Diario de Ithaca 24 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 23/03/16. Escuchar Podcast] 

La clase pasa más rápida de la cuenta. Comienzo a estar a gusto. Disfruto. Quizá sea porque mañana regreso a España unos días y sólo aprecio las cosas cuando empiezo a perderlas.   

Lleno las maletas de libros leídos y libros que sé que no voy a leer en los dos meses que me quedan. Como siempre, pensé que iba a poder hacer más de lo que realmente he hecho.

El viernes nos levantamos temprano y salimos para Nueva York en el coche alquilado. Ya conozco el camino casi de memoria. Lo he hecho más veces que el trayecto Murcia-Caravaca. Aunque me confundo al cruzar el Washington Bridge, llegamos al aeropuerto con tiempo para desesperarnos.

En el avión intento dormir pero no puedo. Leo de un tirón la novela La hora más corta, la novela que Francisco Díaz Klaassen me ha regalado. Sexo naturalizado, terreno, desublimado. El deseo se mezcla con la apatía y la falta de futuro, y todo parece estancado en una especie de presente incómodo que se resiste a moverse. Me gusta cómo escribe Francisco. Es una suerte haberlo conocido.

Después intento dormir otra vez y me molestan las luces del baño. Me pongo una servilleta sobre la cabeza y no me importa cómo me ven desde fuera.

Llegamos a Madrid antes de la cuenta. En el tren del aeropuerto todos tienen los ojos rojos. A la salida nos encontramos a Melendi con su guitarra y fantaseo con la idea de que haya viajado con nosotros. Ya tengo chiste para Facebook.

Tomamos el tren y ahí sí que dormimos del tirón casi las cuatro horas. Murcia me espera. Por la tarde ya estoy en el paraíso.

Al día siguiente, por la mañana, almuerzo con Leo y mis hermanos en el Yeguas. Cada vez me gustan más estas inmersiones en la huerta profunda. Continuamos el almuerzo al mediodía y nos acercamos al Luis de la Rosario a que nos insulte el camarero. Esa es la gracia del bar. Pero por alguna extraña razón el camarero es amable y me dice “hombre, cuánto tiempo, Michi. Cómo te va la vida”. Nos sirve rápido y es efectivo. Leo dice: la hemos fastidiado. Ya no volvemos más.

Acabamos tarde después de varias horas de peregrinaje. Para ser el primer día, no está mal.

El lunes lo paso escribiendo un texto sobre la influencia de Cervantes en mis novelas. Me invento una historia. Siento que ése es el tono en el que quiero escribir a partir de ahora. De nuevo, algo a medio camino entre la narrativa y la autobiografía.  

Martes comemos en casa de mi vecina Julia. Dice que pasó mucha hambre en la guerra y que hay que repelar los platos. Está leyendo mi novela. Una página al día porque no ve demasiado bien. El marcapáginas es una estampita de la Virgen de la Huerta. Me dice que por qué he hecho yo todas esas cosas. Le contesto que no son verdad. No sé si la convenzo.

Por la tarde entro a la librería y casi me arruino. En los dos meses que he estado fuera se han publicado libros que estoy deseando leer. Pron, Jerome Ferrari, Tavares, Menéndez Salmón, Cercas… Quisiera que se parara el tiempo para esconderme a leer.


Pierdo tres horas de mi vida en un consejo de departamento bochornoso. El retorno de lo real. Ítaca de mi vida, escribo en un tuit.

El miércoles por la mañana la fisio intenta arreglarme el dolor de brazo. Después, el barbero me recorta la barba y me llena la cara de lociones.

Me acerco a la exposición de Pablo Genovés en Verónicas. Escribí de las obras sin haberlas visto. Son potentes, hipnóticas. Me quedó allí casi una hora.

Después, comida con Alejandro. Hablamos de proyectos y libros de arte. Por la noche, cena con Leo y Juan Antonio. Hablamos de cine y de literatura. No todo va a ser beber.

Hoy quería estirar la noche hasta el amanecer. Pero a las dos el masaje del fisio comienza a pasarme factura y casi no puedo tenerme en pie. Entramos al Revólver y me siento mayor. En un espejo me veo las canas de la barba. Tengo sueño y me duele todo. Es hora de volver a casa. Dormir también es una fiesta.


16/3/16

Diario de Ithaca 23 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 14/03/16. Escuchar Podcast]

El jueves la clase de nuevo se hace larga, aunque tenemos una discusión productiva y por un momento parece que todo avanza. Justo después de salir llega la traducción del texto sobre Bryce que tengo que presentar la semana que viene y me quedo en el despacho repasándola hasta bien tarde. Por la noche, en casa, sigo trabajando y me acuesto de madrugada con el texto ya casi acabado.

El viernes me levanto temprano, escaneo las imágenes, las inserto en el documento y envío por fin el paper al resto de los becarios. Siento el alivio directamente en la espalda, como si me hubieran quitado una losa que comenzaba a enquistarse en la piel.

Por la tarde, celebramos el cumpleaños de Craig en el Finger Lakes Cider House, una especie de restaurante en las afueras de Ithaca donde sirven sidra artesanal y comida local. El ambiente no puede ser más auténtico. La clientela, las barbas, las camisas de cuadros, los granjeros, el violinista y la cantante country… Lo observo como si fuera una imagen típica. Lo veo todo a través de un filtro de Instagram.

Después, nos quedamos con Maria y Jessica en el Argos y conocemos al dueño del bar y a unos artistas locales. Cuando cierran nos llevan a un almacén oscuro y polvoriento en el que trabajan. Raquel dice: “y ahora es cuando sacan la motosierra y comienza la película”. Es siempre la voz de la razón.

El sábado, a pesar de la resaca, logro trabajar toda la mañana y comienzo a perfilar la versión del texto sobre Bryce que tengo que enviar a la revista académica que ya me asedia. Me falta tan sólo la introducción. Siento ya el final en la punta de mis dedos.

Por la tarde, Tim me invita al partido de Hockey que juega Cornell contra Union. Es la primera vez que voy al Hockey. Y la experiencia me fascina. El ambiente, el himno, la banda de música, de nuevo todo se convierte en imagen. Otra vez estoy en una película. Tardo un tiempo en acostumbrar la vista a la rapidez de la pastilla. Es velocidad pura. Me hechiza el sonido de los sticks y los jugadores chocando con el cristal. Es una coreografía extraña e hipnótica. Al final gana Cornell. Pasan a los cuartos de final. Me alegro como si fuera mi Real Murcia. Será por los colores. Let’s go Reds.


Al llegar a casa, vemos tres capítulos de la nueva temporada de House of Cards. Creo que es incluso mejor que la anterior. El poder, el mal, la estrategia… y esa sensación de no saber de qué parte estás. De nuevo, como con Breaking Bad, uno se sorprende deseando que triunfe el villano.

El domingo por la mañana me levanto temprano y logro, por fin, acabar el texto. Lo envío y entonces cae la otra losa que aún estaba sobre mi espalda. Me quedo unos minutos sentado frente al ordenador, con la mirada perdida, como si estuviese asumiendo que realmente he podido con esto. En silencio, limpio la mesa de trabajo y lo dejo todo listo para empezar de nuevo. Ese espacio vacío que ahora es necesario llenar es lo que me da la vida.

Bajamos al pueblo y nos comemos una hamburguesa obscena para celebrarlo. Es el último domingo que Raquel está en Ithaca. Todo le sabe a nostalgia.

El lunes hace ocho años que murió mi madre. Es extraño cómo el paso del tiempo acaba quitándonos las palabras. He escrito mucho sobre esta pérdida. Pero ahora, ocho años después, no sé qué decir o escribir. Ni siquiera sé qué es lo que pienso. Sólo sé que hoy hace ocho años que murió mi madre.

Por la tarde hacemos un maratón de House of Cards y la acabamos del tirón. Las miradas a cámara del final me dejan petrificado. Los Underwood son la nueva Górgona Medusa.

El miércoles llega el seminario.  Supuestamente es el día de la performance mayor, el momento en que tengo que demostrar al resto de los becarios por qué estoy aquí. Todos han leído el paper. Yo sólo tengo que explicarlo durante unos minutos y después comienzan las dos horas de asedio. Quince intelectuales de alto nivel contra un señor de Murcia. Durante un instante veo esa imagen desde fuera. 

Me defiendo como puedo, y al final sobrevivo. Las felicitaciones parecen sinceras. Les ha gustado el artículo. Cuando acabo, entro en mi despacho unos segundos y respiro. Por un momento me siento parte de esa comunidad intelectual. Por un momento, siento el privilegio y la fortuna de estar aquí. Por un momento, le encuentro sentido a todo esto. Por un momento, sí. Ahora, mientras lo escribo, intento evocarlo.  



10/3/16

Diario de Ithaca 22 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 22/02/16. Escuchar Podcast]

Hoy la clase sale mejor de lo esperado. Me centro tanto en el tema que se olvida el inglés. Después, algunos alumnos me comentan que están aprendiendo con las lecturas y que tendría que estar contento. Me alegran la mañana.

Por la tarde asisto a una velada poética que organizan l]os estudiantes de Romance Studies. Leen en inglés y no me entero de nada. Pero disfruto de la experiencia. Me encantaría, eso sí, continuar con ellos en el sarao de después, pero soy responsable y regreso a casa a continuar con el texto sobre Fernando Bryce que tengo que entregar. Cuando me despido y digo que me tengo que ir se me parte el alma. Cuando llego a casa y me sitúo frente al ordenador me siento un héroe. A pesar de que esa noche apenas avance unos párrafos.

El viernes por la mañana no me concentro y decido acabar Marienbad eléctrico. Había previsto degustarlo a pequeños sorbitos, pero no me puedo aguantar y lo leo del tirón. Hay en Vila-Matas más sabiduría que en todos los textos sobre arte que estoy leyendo para el artículo que escribo. Leo el libro con pasión pero también con una especie de deseo. Ése es el tono que quisiera lograr en mi artículo, esas son las sensaciones que quisiera transmitir. Por supuesto, no soy Vila-Matas, ni quiero copiarlo. Pero no puedo evitar encontrar en él  la inspiración. Cuando acabo de leer, le hago una foto al libro con lo que debió de ser el despacho de Nabokov al fondo y se la envío a Vila-Matas. Me contesta con un e-mail brillante y cariñoso. Me alegra la mañana, el día y la semana.



Por la noche cenamos en casa de Jonathan. No nos ha dado tiempo a pasar por el supermercado y somos los únicos que no llevamos nada. Afortunadamente llegamos los primeros y sólo los anfitriones se pueden hacer una mala imagen de nosotros. Cuando los demás llegan con flores, botellas, dulces y otros regalos miramos hacia el suelo intentando encontrar el sitio para escondernos. Aun así, la velada es agradable y la comida está deliciosa. Todo el mundo es simpático y complaciente. Regresamos a casa con la sonrisa en la boca.

El sábado amanece la calefacción rota y me subo a trabajar a la Society. Raquel se queda junto al radiador eléctrico. Paso toda el día en la oficina, solo, concentrado, intentando acabar el texto que ya se me está atragantado. El deadline es unos días y tengo también que traducirlo para el seminario de la semana próxima. No encuentro el modo de sacármelo de encima. Es una especie de condena. Creo que he engordado precisamente porque estoy somatizando la saturación de información  –de todo lo que he leído– y la imposibilidad de ponerla por escrito.

Sólo cuando por la noche comienzo a quitarle importancia a la tarea, el texto comienza a salir. A veces uno se bloquea porque piensa que las cosas son más importantes de lo que realmente son. Escribe un artículo para una revista académica y cree que lo va a leer todo el mundo. Pero en realidad está escribiendo para cuatro o cinco interesados. No más. No va a cambiar el mundo si el texto es mejor o peor. Cuando llego a esa conclusión y me relajo, el texto fluye. Hoy me alivia no tomarme demasiado en serio, aunque en el fondo sepa que no voy a poder escapar del todo a la responsabilidad.

El domingo por la mañana estamos invitados a un brunch en casa de Annetta. De nuevo, allí los fellows de la society son amables, agradables… buena gente. Hace un día soleado y apetece pasear, pero tras la comida me vuelvo a encerrar con el texto. Ya fluye, pero necesito horas y horas para terminarlo. Apenas salgo de la habitación para asomarme a la ceremonia de los oscars. Este año no he visto ninguna de las películas. Me interesa poco, pero me sirve para relajarme.

Al día siguiente acabo una parte y la envío a traducir. Voy acabando el texto por fragmentos. Al fondo comienzo a ver la luz. En una semana es posible que esté todo. 

Comenzamos a ver 11.22.63, la nueva serie de J. J. Abrams basada en la novela de Stephen King. Engancha desde un principio. Es magistral. El viaje en el tiempo está utilizado con una inteligencia tremenda. Después veo un episodio El ministerio del tiempo. Me gusta la serie y me divierto mucho con ella. Pero la cuestión de la verosimilitud y los problemas ideológicos que hay detrás –los menos evidentes– me dan mucho que pensar. Tomo notas para escribir algo en algún momento.


El miércoles, en el seminario, no me entero de mucho. Pongo el piloto automático y pienso en cómo acabar el texto sobre Bryce. Después, por la tarde, tampoco presto demasiada atención a la conferencia sobre Franz Fanon y la negritud. Me siento mal por tener la cabeza en otra cosa. Cuando intento engancharme a la charla ya es demasiado tarde y no logro seguirla. Aprovecho entonces y saco el cuaderno. Esbozo la entrada del diario de esta semana. Llego a casa y lo escribo de un tirón. Lo escribo mientras pienso en todo lo que me queda por hacer. Lo escribo, como todo lo que he hecho esta semana, con la cabeza en otra cosa, en otro lugar, en un tiempo por venir, en un tiempo que se resiste a llegar.




4/3/16

Diario de Ithaca 21 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 22/02/16. Escuchar Podcast] 

En la clase de nuevo hablo más de la cuenta. No consigo que los estudiantes se suelten. Y las dos horas se me hacen eternas. Es una pesadilla, el inglés. Me pregunto ya seriamente por qué sucede eso, por qué me afecta de esa manera. Y me doy cuenta de que para mí el idioma no es sólo es sólo el modo de comunicación, es también mi herramienta de trabajo. No es un medio para un fin, es un fin en sí mismo. No soy más que lenguaje. Es todo lo que tengo. No puedo entender a escritores como Beckett, como Cioran, o como Nabokov, que abandonan un idioma, un mundo, y se adentran en otro complemente diferente. Es como tirarse al océano. Confieso que soy más cobarde, y que me gusta bañarme en la orilla, donde no cubre. Es ahí donde sé nadar y hacer las piruetas. En mi piscina del lenguaje.

Por la tarde es la conversación sobre El instante de peligro Romance Studies. En español. Por fin. Lo ha organizado Simone y le estoy tremendamente agradecido. Converso con Francisco y Katryn. Simone les ha dicho que sean severos e incisivos, que no se convierta el acto en una presentación autocomplaciente sino en una discusión sobre literatura. Y yo, sin embargo, disfruto como un crío. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien en un acto. Es la primera vez aquí que hablo en público en español. Vocalizo como si no fuera murciano, siento que estoy hablando el español más bello de la historia. Intento ser preciso en el lenguaje, en las contestaciones. Disfruto cada palabra, cada frase, cada giro, cada ironía. La mantengo en la boca y la paladeo como si fuera un vino de reserva. Me emborracho con el idioma. Me habría quedado en esa sala toda la tarde.



Luego Katryn está preocupada por si ha sido demasiado dura y me ha hecho sentir incómodo con alguna de las preguntas. No imagina, no puede hacerlo, que aunque me hubiera preguntado la lista de los reyes godos no me habría incomodado. Cualquier cosa. Hoy, cualquier cosa.

La felicidad es completa cuando llega la pregunta de Enzo Traverso, uno de los historiadores que más admiro y que se ha acercado allí a escucharme. Llevo varios días leyendo sus libros sobre la historia europea y él me pregunta si escribo por la mañana o por la noche, y cuál es la diferencia entre escribir en uno o en otro momento. Me pregunta como si me tomara en serio, como si de verdad sintiera curiosidad por lo que escribo. Y yo respondo inventando sobre la marcha una teoría que al final consigo creerme: que escribir por la noche –que es cuando suelo escribir– afecta a la escritura porque uno intenta acabarlo todo, hay una urgencia, un temor de que quizá el día siguiente todo se haya desvanecido. Por la mañana uno decide dejar de escribir. Por la noche uno es vencido por el cuerpo. Y en su escritura hay un sentido de cercanía del fin del mundo. Me invento esto mientras hablo y parece que lo tuviera pensado y teorizado desde mucho antes. Ahora lo escribo aquí. Y no sé si tiene mucho sentido. 

Después de la charla bebemos hasta tarde en el Stadler hotel. Bebemos hasta que nos echan. Katryn  enciende un cigarro y nos obligan a salir de allí. Hemos sido incivilizados. Hemos roto las normas. Poner una bomba habría sido menos embarazoso. De vuelta a casa, tarde, vemos gente tirarse en trineos por la ladera. También están borrachos. Lo recuerdo como si fuera un sueño.

El fin de semana lo paso encerrado en casa escribiendo el artículo que tendría que haber entregado en octubre. Fernando Bryce y el anacronismo de las imágenes. Llevo leyendo sobre esto prácticamente desde que llegué, pero estoy bloqueado. Sólo a finales del domingo se desatasca la escritura y el texto comienza a salir.

El lunes me dispongo  leer un libro de Georges Didi-Huberman sobre el tiempo y justo en el momento en que lo abro recibo un mail suyo. Es la respuesta a un correo que envié hace varias semanas. Tampoco es tan extraño. Pero esa sincronización entre el sonido de la alerta del mail y la apertura de la página me hace especular sobre la sincronicidad y el modo en que todo está conectado.

Voy escribiendo en segundo plano el ensayo que he comenzado a fraguar. Lo escribo en la cabeza, mientras en la realidad tengo que terminar el texto que ya me solicitan. Creo que, definitivamente, he encontrado la forma perfecta. A medio camino entre narración y crítica de arte.

Me pregunto cómo será el último libro de Vila-Matas. No puedo esperar a llegar a España. Lo compro para el Kindle.

Tengo mil cosas que hacer. Apenas doy abasto con todo. Pero el tiempo se frena cuando comienzo a leer Marienbad eléctrico. Es Vila-Matas. Es el escritor que admiro. Es la literatura que algún día me gustaría poder escribir.