19/4/15

Versos al final de todo

[Publicado en La Opinión, 18/04/2015]

No soy yo muy de leer poesía. Por alguna razón extraña, la tengo abandonada. A veces la leo muy rápido y siento que me pierdo demasiadas cosas. Es problema mío, lo sé. Y tengo que solventarlo, también lo sé. Aun así, de vez en cuando cae en mis manos algún poemario que se me mete dentro y ya no sé cómo sacármelo. Es lo que me ha pasado recientemente con El hundimiento, el libro con el que Manuel Vilas ha ganado el XVII Premio de Poesía Generación del 27. Llevo unas semanas atrapado en su interior y no puedo parar de releerlo, una y otra vez. Se ha quedado a vivir en la mesita de noche y vuelvo a él de vez en cuando como si fuera una especie de droga perversa. Supongo que será que estoy melancólico estas semanas,  sensible, con las emociones a flor de piel. Será eso y será sobre todo que se trata de un libro sobrecogedor, terrible, brutal, absolutamente necesario. Cada poema es una bofetada. Algunos vibran directamente en las entrañas y te dejan sin aliento.

No soy crítico de poesía y no sabría juzgar el ritmo, los versos o el fraseado. Lo único que sé es que El hundimiento me ha dejado hundido. Que hay poemas allí de los que no encuentro el modo de salir. Poemas a los que vuelvo de modo obsesivo, como ocurre ante el trauma que no se puede superar y que sólo es posible repetir, de modo infinito, para hacerse aún más daño, para romperse un poco más, como una especie de pulsión masoquista. Así es como leo, por ejemplo, “974310439”, escrito a la muerte de su madre. Un bello y crudo poema en que la madre es un número de teléfono que ya nunca más aparecerá en la pantalla del móvil. 

En ese poema, como en todos los de este libro,  habita la desesperanza, la frustración, la sensación de fin, de acabamiento, de “hundimiento” y, sobre todo, de desdicha. Las cosas han salido mal; el plan era vivir de otro modo. Y aun así, al fondo late una pequeña luz, mínima, casi imperceptible: la luz de la memoria, la irradiación del pasado que se tuvo durante un momento fugaz e incluso del que se podría haber tenido. Una luz tenue y brumosa que llega al final, cuando todo está a punto de acabar o cuando ya es demasiado tarde y las cosas no tienen remedio. Es en ese momento postrero cuando recordamos a quienes hemos amado, el mundo que hemos perdido, la felicidad del aire que una vez respiramos y todo aquello que se ha desvanecido para siempre. Así ocurre en “Los cobardes”: “A cuántas mujeres has amado, di. Esa es la pregunta final, ¿en cuántas viste la felicidad universal? Hubo una, ¿te acuerdas? Hubo una, tan especial, de la que te acuerdas ahora que vas a morir.” Y así ocurre también en el poema a la madre: “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré / Te amo, finalmente.” Al final, por tanto, el reconocimiento. Pero también al final la toma de conciencia de que ya sólo queda eso. Y nada más puede hacerse: “Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero/ o te quise, ya no sé, y a quién le importa/ desde luego no a la Historia de España/ nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba/ la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.”



12/4/15

Contar historias

[Publicado en La Opinión, 11/04/2015]

Desde que leí La invención de la soledad, no puedo quitarme de la cabeza la expresión “contar historias para salvar la vida”. Allí Paul Auster aludía a la figura de Sherezade como metáfora de la pulsión de narrar para hacernos cargo de un mundo que nos sobrepasa y para suspender por un instante el momento de la finitud. Estos días he vuelto a hojear –o a “ojear”; nunca he sabido si se trata de pasar hojas o de echar un ojo– la maravillosa edición de Las mil y unas noches que ha publicado la editorial Atalanta y de nuevo he caído rendido ante la capacidad hipnótica de estos cuentos que son una especie de enciclopedia ficcional del medievo oriental. Y por supuesto, Sherezade me ha conquistado una vez más. Aunque parece seguro que el personaje es un añadido posterior para dotar de cierta linealidad a las historias, su presencia lo dota todo de un sentido diferente y convierte el libro en algo más que una serie de historias encadenadas, haciendo que los cuentos funcionen casi como una elipsis –como tiempo suspendido– de la historia con la que el lector realmente conecta, la de la propia narradora, que trabaja casi como una montadora de secuencias ya dadas, utilizando las historias de los otros para continuar pudiendo contar la suya propia.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de leer Coronel lágrimas, la primera novela del joven escritor Carlos Fonseca (Costa Rica, 1987), y allí encontré esa pulsión narrativa a la que se refería Auster. Con una prosa elegante y meditada, y una sorprendente capacidad para crear imágenes líricas, Fonseca es partícipe de esa mencionada necesidad de contar historias para entender el mundo y también para entenderse a uno mismo. En el libro, un viejo coronel se retira a los Pirineos para escribir la historia del mundo. Este retiro, que pudiera estar inspirado en los últimos días del matemático francés Alexander Grothendieck, es el punto de partida para una serie de historias donde el tiempo se retuerce y presente y pasado se confunden, y sobre todo, donde las vidas de los otros se entremezclan con la existencia del propio coronel, como si las vidas ajenas fueran configurando, casi como espejos, la vida propia.

En su análisis de la formación de la subjetividad, Jacques Lacan aludió a la “identificación con el otro” en el proceso de construcción de la identidad: comenzamos a ser conscientes de nosotros cuando nos reconocemos en el otro. Es en el afuera, en la alteridad, donde comienza a formarse lo que somos. El coronel de la novela de Fonseca parece entender esto a la perfección. Y contar la historia del mundo, una historia llena de pequeñas historias, le sirve como un modo de contarse la suya propia.


Entre otras muchas cuestiones que merecerían destacarse de este libro, me ha llamado poderosamente la atención el modo en que el narrador muestra el mundo como si fuera el operador de una cámara de cine, conduciendo los ojos del lector por los rincones de la historia. Con esa visión cinematográfica, Fonseca construye la narración a través de la focalización y el detalle, con acercamientos y alejamientos constantes tanto a la realidad física como a las historias contadas. Esta “escritura-zoom” muestra desde el principio una fuerte voluntad de estilo que confiere al libro de una alta potencia literaria y que hace pensar que cualquier relato que surja de ese dispositivo construido por Fonseca es susceptible de convertirse en una gran historia.

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29/3/15

Escritura y contemporaneidad

[Publicado en La Opinión, 28/03/15]

Hay libros que sientes que están escritos para ti, que te hablan y te aluden directamente, como si el escritor te hubiera tenido en la cabeza en todo momento como lector ideal. Evidentemente, se trata de una ilusión. Pero no deja de ser sorprendente, porque a veces se establece una intimidad y cercanía con lo leído que va un paso más allá de la habitual comunicación narrador-lector.

Algo así es lo que me ocurre con los libros de joven norteamericano Ben Lerner. Su primera novela, Saliendo de la estación de Atocha, la disfruté con una intimidad inusitada. Y, ahora, con 10.04, que acaba de publicar Reservoir Books, esa cercanía no sólo se ha vuelto a producir, sino que se ha hecho aún mayor. Hay algo en su escritura que me cautiva. Tiene mucho que ver, desde luego, con su capacidad de análisis de la realidad, su racionalización de la experiencia, su examen minucioso de las emociones y su desapego irónico respecto al mundo intelectual en el que se mueve. Y por supuesto, también con la atención prestada al arte contemporáneo y el lúcido recuento de su experiencia ante las obras –como ocurre en 10.04 con las instalaciones de Donald Judd en Marfa, las obras de Christian Marclay, o su absolutamente genial relato de los ready-mades desfetichizados del Instituto del Arte Siniestrado–. Pero sobre todo, si percibo esa cercanía, si siento que “Lerner escribe para mí”, es, creo, porque me habla desde un tiempo común; es decir, porque es mi contemporáneo. Mientras leía 10.04 percibía que era así como hay que escribir ahora, que ése es el lugar preciso de la novela: consciente de su artificialidad, mostrando sus costuras, aprovechándola como dispositivo de análisis de la realidad contemporánea. Lerner es, pues, nuestro contemporáneo. Lo escribí respecto a su primera novela y ahora lo repito. Toma el pulso al presente. Y le habla en su propio idioma.


10.04 me ha fascinado por muchísimas cosas, aunque reconozco que ha sido su reflexión sobre la temporalidad la que más ha llamado la atención. En realidad, todo el libro tiene que ver con las diversas maneras en las que percibimos el tiempo. La enfermedad que le diagnostican al protagonista le hace sentirlo de modo alterado y la propia novela, en sí, trabaja con el dentro y el fuera del tiempo, casi como en las obras de Escher. Todo camina hacia la toma de conciencia de la experiencia temporal, como sucede con la obsesión del protagonista por The Clock, la película de 24 horas realizada por Christian Marclay y compuesta por el montaje, minuto a minuto, de escenas de la historia del cine en la que aparece un reloj marcando la hora. 


Cuando leía el momento en que se experimenta la instalación, no podía evitar pensar en el protagonista de Punto Omega, de Don DeLillo, que también nota cómo se ralentiza el tiempo en la obra de Douglas Gordon 24Hour Psycho. Allí el sujeto percibía el tiempo expandido, denso, casi táctil. En la obra de Ben Lerner, en cambio, el sujeto siente que el tiempo se diluye, se volatiza. Sin embargo, en ambos casos la escena artística es mostrada como un lugar en el que el tiempo fluye de modo diferente al de la vida cotidiana. Frente a los ritmos del capital y la mercancía, el arte propone experiencias temporales alteradas. Y esa trasformación del tiempo es, en cierto modo, una metáfora de la literatura –de la buena literatura–, que también nos hace conscientes del tiempo que habitamos, e introduce en él temporalidades alternativas que nos resitúan en el presente y nos hacen habitarlo conscientemente.



22/3/15

En el instante del peligro

[Publicado en La Opinión, 21/03/15]

La semana pasada hablábamos aquí de la editorial Candaya y de lo difícil y heroico que es montar una editorial en los tiempos que corren. Otra de esas iniciativas locas es Micromegas, el pequeño sello creado en Murcia por Javier Castro y Marisol Salanova, que, centrado en el ensayo sobre arte, ha logrado, también en muy poco tiempo, una gran visibilidad en el contexto español.

El último título de su colección, el sexto, es En el instante del peligro: postales y souvenirs del viaje hiper-estético contemporáneo, un texto de Fernando Castro Flórez que vuelve sobre las obsesiones de este profesor y crítico de arte, autor ya de una extensa obra en la que destacan libros como El texto íntimo: Kafka, Rilke, Pessoa o más recientemente Mierda y catástrofe. Con una escritura fragmentaria y plagada de citas –uno puede leer sus textos por arriba y por debajo–, Fernando Castro se interesa una vez más por las mutaciones de la cultura contemporánea y por las contradicciones de la modernidad avanzada. Y de nuevo, para analizar esos problemas, despliega una arquitectura teórica desbordante. Un corpus que emerge del cruce de la Filosofía, la Sociología, la Antropología, la Estética, el Psicoanálisis y la Historia del Arte y que realmente podríamos ponerlo en el ámbito de lo que en el contexto anglosajón se han llamado “estudios culturales”. Porque eso es en última instancia lo que presenta Castro en sus libros –y que de nuevo vemos aquí–:  un estudio de la cultura contemporánea, donde la imagen y el arte tienen un protagonismo especial, pero se encuentran rodeadas de otras manifestaciones fundamentales.



El diagnóstico que presenta Fernando Castro, y que coincide con algunos desarrollos de la teoría posmoderna (Baudrillard o Virilio), pasa por la idea de que la gran catástrofe está a punto de suceder. La sociedad va rumbo a peor y sólo hace poner la tele o mirar a nuestro alrededor para ser conscientes de eso. El lodazal del reality show, las formas del capitalismo avanzado contemporáneo, la industria del entretenimiento… han producido una banalización sin precedentes de la cultura y una extensión de la tontería que ha impregnado prácticamente todos los rincones de nuestra sociedad. Partiendo de ahí, Castro examina algunas de las connivencias de cierto arte contemporáneo con la industria cultural y con el turismo integrado –especialmente en una crítica mordaz al bienalismo y a ese arte aparentemente comprometido que en el fondo cae en el falso sociologismo y la pataleta mainstream–. Pero su texto no es sólo una denuncia de esas connivencias del arte con el sistema, también es una exploración de algunas estrategias certeras de resistencia, de la obra de algunos artistas, de algunos pensadores, que sí nos hacen ver lo que sucede a nuestro alrededor. Frente a los agoreros del “todo tiempo pasado fue mejor”, Castro propone que aún es posible el pensamiento y el arte, que aún hay espacio para la esperanza. Pero ese espacio sólo se abre si uno es consciente de que estamos “en el instante del peligro”. Esta fórmula, que proviene de la tesis VI de la filosofía de la historia de Walter Benjamin, recorre prácticamente todo el libro: debemos estar alerta; el pensador, el artista, el escritor… debe tener los ojos bien abiertos, jugárselo todo, como si estuviera ante un instante de peligro, como si le fuera la vida en ello. Todo o nada.


15/3/15

El anticuario

[Publicado en La Opinión de Murcia, 14/03/15]

En un tiempo relativamente corto –o largo, según se mire (diez años de trabajo incesante)– la editorial Candaya ha conseguido posicionarse como una de las referencias centrales en la publicación de literatura de calidad en el ámbito español. No es posible hacer una historia de la literatura contemporánea sin pasar por sus autores: descubrimientos españoles (como Agustín Fernández Mallo, Javier Moreno o Miguel Serrano), o escritores latinoamericanos cuya obra han logrado introducir –no sin cierta dificultad– en nuestro país. Autores centrales como Ednodio Quintero, Victoria de Stefano o Sergio Chejfec, que, por las más extrañas razones –que pueden ser resumidas en la dificultad de los libros para cruzar el Atlántico–, no habían tenido aún aquí la repercusión que su obra merecía. Muchos de ellos son ahora piezas indispensables de nuestro mapa literario. Confieso, por ejemplo que en mi comprensión de la literatura hay un antes y un después de Sergio Chejfec.

Es dentro de esta “recontextualización” de literaturas de calidad contrastada donde se encuadra la publicación en España de El anticuario, la primera novela del escritor peruano Gustavo Faverón, que ya ha conseguido un grandísimo éxito crítico tanto en español como en su traducción al inglés. A Faverón, profesor en Bowdoin College, le seguía la pista desde hacía un tiempo por su blog Puente Aéreo, del que fui asiduo lector durante el tiempo en que estuvo en la red. Allí se intuía una prosa y un conocimiento literario que era lógico que, antes o después, acabase explotando por algún lado. Un lado que ha sido, entre otras cosas, esta novela excepcional, celebrada por la crítica, que es una especie de caverna oscura repleta de pura literatura.


La novela, de la que autores de generaciones y gustos tan dispares como Vargas Llosa o Daniel Alarcón han escrito maravillas, es un monumento al arte de contar y una reflexión profunda y sólida sobre los límites de la razón. Una exploración de la conciencia humana y de los límites de la ética, del bien, de la responsabilidad, presidida por el espíritu del thriller y la novela policiaca.

Daniel, encerrado en un psiquiátrico por un crimen. Gustavo, el narrador, que intenta comprenderlo. Y junto a ellos, una galería de personajes en el borde de la locura. Ésos son los ingredientes una historia de adivinación, violencia e intriga escrita con belleza como un continuum obsesivo que recuerda por momentos al Gaddis de Ágape se paga.


Uno de los elementos que más me han llamado la atención de El anticuario es la capacidad de Faverón para crear atmósferas asfixiantes. Se ha comparado la obra de este autor con Borges y con Calvino. Y es cierto, la inteligencia, el modo de describir espacios, ciudades, arquitectura, tiene mucho de ellos. Pero hay en Faverón un punto de opresión que va más allá; el espacio se cierne sobre los sujetos, se convierte en algo mental y angustioso, asfixiante, como las atmósferas abstractas de Beckett. Y es que aunque uno pueda ver esos espacios descritos, hay algo que los abomba y los confunde, que los convierte en lugares con vida propia. En sujetos. Ésa es una de las características de esta novela: que los espacios acaban teniendo una entidad subjetiva. Y todo se vuelve material y denso. Los cuerpos se hacen presentes. Unos cuerpos que, sin embargo, son siembre cuerpos extraños, fuera de la norma. La enfermedad, la fragilidad o la deformidad presiden la novela. Cuerpos otros, excluidos, marginados, expulsados, cuerpos que por momentos también recuerdan a los cuerpos extraños que aparecen en los libros de Mario Bellatin. Sujetos monstruosos y grotescos que, sin embargo, están llenos de un mundo interior presidido por el arte y la poesía. Sujetos habitados por la literatura, por la pulsión de contar historias que den sentido al mundo que les ha tocado vivir. Individuos poseídos por el espíritu de Sherezade, por la necesidad de relatar historias. Historias para salvar la vida. Historias para mantener la cordura.

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