26/11/16

Aquí y ahora (Diario de escritura) 3


Lunes 1 de agosto
Salís temprano hacia Alhama de Aragón. Vais a pasar una semana en un balneario. Esas van a ser vuestras vacaciones. Siete días en albornoz, entre aguas termales, parafangos y masajes. Has viajado demasiado este año y necesitas descanso de verdad. Sin aviones, sin estrés, sin preocuparte siquiera por dónde comer. Siete días sin hacer absolutamente nada. Silencio, agua templada y lectura.
Llegáis a las cinco y media de la tarde después de seis horas de viaje. El hotel en el que os hospedáis ha sido reformado pero aún conserva la estructura original del siglo XIX, los grandes salones, las lámparas, el suelo, el antiguo piano…, es como viajar en el tiempo. Todo tiene un punto decadente que te resulta inspirador y melancólico. Y no puedes evitar imaginarte como el personaje de alguna novela centroeuropea de principios de siglo. Un Hans Castorp en los Alpes suizos, filosofando sobre el sentido de la vida mientras el mundo entero se viene abajo.
Antes del tratamiento, tenéis consulta con el médico del balneario. Os atiende un señor mayor con acento alemán muy marcado y rápidamente comenzáis a especular. Es un médico nazi que hace experimentos con los viejecitos del balneario, dice Raquel. Por eso se ha alegrado al ver que veníais de lejos. “Murrrsia, ajá, qué lejosss. ¿Tienen ussstedes familia allí?” Ya estáis en una película.
Sacáis los bañadores de la maleta y antes de cenar os dais un baño en el lago termal. En el fondo, ésa es la principal razón por la que venís. Podríais ir a cualquier otro balneario. Pero este lago termal os enamora. Sobre todo a ti. Es el único lugar del mundo en el que te gusta bañarte. Te agobian las olas del mar y no resistes la arena de la playa. Tampoco disfrutas en las piscinas. Pero por alguna razón en este lago te sientes a gusto. Es la soledad, la tranquilidad de las aguas, la sensación de que todo se fluye y se frena al mismo tiempo. No sabes nadar, pero puedes flotar. Eso es lo único que sabes hacer en el agua. El muerto. De espaldas. Boca arriba. Como un trozo de madera. Una cosa inerte. Por unos minutos. Nada más que eso.

Martes 2 de agosto
La rutina te sienta bien. Desayuno, baños calientes, masajes, lectura, comida, siesta, lago termal, vermú, cena, lectura, dormir. Todo se repite. Es un bucle en el que no tienes que tomar ni una decisión. Tan sólo elegir el próximo libro para leer.
Comienzas hoy con Las llanuras, de Gerald Murnane, y lo lees de un tirón. Hace un tiempo, cuando estuviste a punto de ser editor, llegaste a negociar los derechos de este escritor australiano. Es un autor sofisticado, intelectual y elegante. La síntesis perfecta entre Proust, Vila-Matas y Sebald. Y por fin alguien se ha atrevido a traducirlo. Agradeces la valentía de la editorial Minúscula. Y confías que en el futuro alguien se atreva con Barley Patch o con A History of Books.
En la habitación no funciona la conexión wifi y el móvil tampoco tiene demasiada cobertura. Sólo en las zonas comunes la conexión es aceptable. Y es allí donde se reúnen algunos huéspedes del hotel. Al salir del restaurante siempre te encuentras la escena. Todos en el salón común, hipnotizados por la pantalla. Aunque no es eso lo que te sorprende. Lo curioso es la edad. No son los jóvenes, sino los ancianos los que están enganchados al móvil. Las pocas parejas jóvenes que hay en el balneario leen libros y hablan entre sí. Seguramente han llegado allí a desconectar. Los mayores, sin embargo, no sueltan el móvil un momento. Se mandan vídeos por Whatsapp, comparan tonos de llamada y se hacen selfies continuamente para enviárselos a los nietos. Ellos son los auténticos abducidos por la tecnología. Después de una vida desconectados, ahora les toca vivir en red.

Miércoles 3 de agosto
En el balneario no hay cuerpos perfectos. Quizá también por eso te gusta venir aquí, para rodearte de cuerpos reales. No hay músculos, no hay abdominales, nadie se mira al espejo. Y tú te reconoces en el cuerpo imperfecto de los otros.
Por la tarde, mientras estás tumbado en una cama térmica y piensas en que tampoco aquí hay tatuajes, sonríes al ver pasar a un señor mayor con el tatuaje de la Champions en el hombro. La Décima. La excepción confirma la regla.
En las pausas entre baño y baño, lees El ruido del tiempo y caes rendido ante la prosa de Julian Barnes y la historia de Shostakovich bajo el régimen de Stalin. Subrayas algunas frases sobre la cobardía y los modos en que el arte se pliega ante el poder. Acabas la lectura con una mezcla de tristeza y compasión. A partir de ahora no volverás a escuchar la música de Shostakovich del mismo modo.

Jueves 4 de agosto
En los masajes no acabas de relajarte del todo. Quieres disfrutar tanto de la sensación de abandono que al final te estresas porque crees que no te estás abandonando lo suficiente. Te pasa lo mismo con todos los tratamientos relajantes. Hay algo dentro que se resiste a soltarse y mantiene la tensión en todo momento. Sólo en el lago te logras relajar totalmente , flotando con los ojos cerrados.
Allí, mientras tomas el sol, lees de una sentada Padres, hijos y primates. Has tardado en llegar a Jon Bilbao, pero más vale tarde que nunca. Es una novelita perfecta. La profundidad psicológica del protagonista te seduce. Sabes lo difícil que es hacer eso y mantener la tensión, incluso en una novela corta. Ya tienes a alguien más al que seguir.

Viernes 5 de agosto
Te despiertas sobresaltado a las cinco de la mañana. Una pesadilla. La historia de la que te has olvidado en el balneario –la novela que estás escribiendo– ha irrumpido en medio de la noche. Tu amigo de la infancia resucitaba y te agarraba por el cuello. Te has levantado a por el iPad y has comenzado a escribir durante una hora. Te habías prometido no escribir nada durante estas minivacaciones. Pero la historia llega cuando uno menos se lo espera y a veces no es posible resistirse a ella. Aunque aparezca en sueños. Es curioso, nunca has utilizado los sueños en tus novelas. Sin embargo este sueño es demasiado real, demasiado significativo para dejarlo pasar.
A lo largo del día el mal cuerpo y la sensación no extraña no se va del todo. Ni siquiera en el lago.
Por la noche, después de ver un episodio de Borgen, comienzas a leer a Elena Ferrante. La amiga estupenda, el primer volumen de su saga familiar. Comprendes rápidamente por qué todo el mundo habla de esta escritora. Sin embargo, no llegas a conectar con la historia y la abandonas. Te ha ocurrido eso en varias ocasiones. Ser consciente de que te encuentras ante una gran novela y, sin embargo, darte cuenta de que no está escrita para ti. Al menos no para ti en este momento.

Sábado 6 de agosto
Continuas la desconexión y tu cuerpo ya se acostumbra a estar todo el día en bañador y albornoz. Te va a resultar difícil volver a ponerte el pantalón largo.
Empiezas a leer Croatoan, la última novela de José Carlos Somoza, y ya no la puedes soltar un momento. Es un thriller de ciencia ficción en toda regla. Somoza es una de tus pasiones secretas. Un escritor de bestsellers de calidad que conoce como nadie el oficio. Además, hay algo en sus novelas que difícilmente encuentras en otros lugares: una capacidad para crear imágenes inquietantes que ya no se van nunca de la cabeza. Mientras lees Croatoan eres consciente del potencial de literatura frente al cine. La historia del fin de la raza humana parece una película. Sin embargo, las imágenes mentales que crea su prosa están un paso por delante de lo que una imagen real podría proporcionar. Hay algo sin forma, amorfo, imposible de situar en un espacio real, que sería muy difícil poder filmar. Es, por supuesto, la fuerza de la imaginación. El poder de la literatura frente a cualquier otra cosa.

Domingo 7 de agosto
Todo se acaba. Último día en el balneario. Al final no habéis ido a ningún lado. Estabais cerca del Monasterio de Piedra, también cerca de Santa María de las Huertas. Podríais haber hecho algo de turismo rural. Pero habéis preferido no hacer nada. Sois unos Bartlebys de balneario.
Te gustaría retener esta calma. Llevártela contigo. Lo vas a intentar. Aunque sabes que va a ser difícil. Mañana regresáis a Murcia. Y allí te espera la realidad. Pero sobre todo te espera la escritura. Y en el fondo tienes ganas. Necesitas sentarte frente al ordenador. Ahí es donde todo cobra sentido. Ahí es donde las aguas, esas que te han rodeado estos días, vuelven a su cauce.

Aquí y ahora (Diario de escritura) 2


Lunes 25 de julio
Despiertas acatarrado. Demasiado aire acondicionado. Demasiado sudar y congelarte. Con dolor de cabeza y garganta, te sientas ante el ordenador y comienzas a escribir desde bien temprano. Esta novela es diferente a todo lo que has escrito. Ya no hay artistas ni genios atormentados. Ya no hay lugares distantes y mundos ocultos. Sólo un crimen real. Y una historia cercana. Nada que ver con las historias que supuestamente sabes escribir. Estás ante un abismo. Incluso en el modo de escritura. No hay una planificación, no hay una estructura. Al menos no de momento. Y sólo escribes fragmentos, ideas, escenas que ya ensamblarás más adelante. Siempre has escrito con mapa. Ahora escribes con brújula. La historia la conoces. Está en tu cabeza. Pero el modo de transitar por ella aún no se ha mostrado. Simplemente deambulas, esbozas imágenes, recuerdos y posibilidades.
Agradeces que por fin haya aparecido la aplicación de Scrivener para el móvil y el iPad. Utilizas este programa para escribir desde hace unos años. Con él has escrito tus novelas y has planificado tus ensayos. Y, ahora, tenerlo en móvil te lo hace todo más fácil. Es como llevar el cuaderno en la palma de la mano. Lees cualquier cosa, te viene una idea a la cabeza y la sitúas directamente en la novela. Todo sincronizado en todo momento.
Es como si estuvieras siempre delante de la pantalla. O como si el documento se expandiera a todos los lugares de tu cotidianidad. Es como estar siempre escribiendo, incluso cuando no escribes.
Por la tarde, acabas de leer A sangre fría. Te sorprende que el autor no aparezca en ningún momento de la novela –al menos no de modo evidente–. Piensas en la diferencia con la ficción posmoderna, en la que el escritor no se esconde. Capote inaugura la no-ficción, es cierto, pero se trata de un intento de reconstrucción de totalidad; el autor aún es todopoderoso; aún cree en una verdad total, más allá de la subjetividad. Lo extraño es que Capote intercedió en los hechos, los afectó. Por supuesto, escribir siempre cambia la realidad. El autor nunca se puede quitar de en medio. Pero en el caso de Capote mucho menos. El autor modifica y altera la realidad –sin él, por ejemplo, la sentencia de muerte se habría aplicado mucho antes–. Sin embargo aquí es una transparencia.
Tu novela dejará mucho más claro al autor desde el principio. Quizá demasiado. En ese sentido, lo que quieres hacer se parece mucho más a lo que escribe Emmanuel Carrère, de quien llevas un mes leyéndolo todo. El autor no puede esconderse. La vida propia afecta al modo en que percibimos el mundo. Una novela rusa es tu modelo. Y también tu libro preferido de lo que llevas de verano. Obsceno, en los límites de la ética, problemático, perturbador… pura literatura.

Martes 26 de julio
Sigue el catarro. En un descanso de escritura, lees un artículo de Mario Vargas Llosa sobre el arte contemporáneo. Es tan zafio e ingenuo que te da pereza escribir cualquier cosa. El mismo argumento que utilizan tus alumnos de primero de carrera para arremeter contra el arte contemporáneo: la supuesta “conspiración” de unos cuantos para engañar al mundo entero. Es curioso cómo los extremos se tocan.

Miércoles 27 de julio
La garganta te está matando y apenas has podido dormir. Aun así, decides por fin ir al archivo a consultar la prensa del crimen sobre el que escribes. Llevas posponiéndolo varios meses porque sabes que te va a doler. Y el dolor tendrá que ser pospuesto algún tiempo más. Porque, al llegar, el archivo está en obras. Cerrado hasta nueva orden. Más tensión narrativa. Le haces una foto al cartel de la puerta y piensas que a veces la vida imita a la literatura
Después, reunión con doctorandos y gestiones para dar por cerrado el curso académico. Ya no volverás a la Universidad hasta después del verano.
Por la tarde, compras pantalones y camisas. Has engordado diez kilos en los últimos meses. Ya no te cabe nada de lo que tienes. Y sabes que eso es contraproducente. Porque la incomodidad de ir con la ropa pequeña al menos te hace pensar que tienes que adelgazar. Pero en las dos tallas más te encuentras cómodo. Demasiado cómodo.
En casa sigues leyendo no-ficción. Le toca el turno Noche de los enamorados, de Félix Romeo. Es una novelita deliciosa. Lo último que escribió antes de morir. Un crimen pasional. La posibilidad de la literatura para hacer justicia y recordar el pasado. Algo así es también lo que pretendes. Aunque de momento no tengas demasiado claro cómo hacerlo.
Tienes la cabeza llena de imágenes desagradables. Muertes, cuerpos desangrados, violencia sin sentido. Entre eso, las toses, la fiebre y el calor, duermes mal y tienes pesadillas.

Jueves 28 de julio
El dolor de garganta ya es insoportable y decides ir al médico. No has ido en más de quince años. Siempre te has automedicado. Ibuprofeno y antibióticos. Solución para todo. Pero Raquel te convence y acabas yendo. Prohibido el ibuprofeno para el dolor de garganta, dice el médico. Eso es lo que te ha producido toda la irritación. Va a tardar en curarse.
De camino a casa, recibes por mail el artículo que andabas buscando. La historia de la que escribes. Lo lees con detenimiento y sientes cómo se te eriza la nuca. Tu padre aparece en una de las fotos. También se te ve a ti de espaldas. A tu yo de hace veinte años.
Escribes tus reacciones nada más llegar a casa. No importa el sudor y la fiebre. No importa nada ahora. Nada más que esa historia en la que ya no puedes dejar de pensar.
Al acabar, te sientes aliviado y piensas que necesitas dejar pasar unos días. Podías seguir escribiendo, pero decides parar. Por alguna razón, sientes que debes digerirlo todo antes de volver a sentarte al ordenador. Y es lo que haces. Vas a pasar una semana fuera de casa. Quizá es el tiempo justo para asumirlo todo y volver con fuerzas. Ya no escribirás nada hasta la vuelta de vacaciones.
Relativamente liberado, te sumerges entonces en la lectura. Miras la estantería de libros pendientes y comienzas uno por uno. Primero, las novelas cortas. Las que puedes leer casi de un tirón. Devoras de una sentada Los huéspedes, de Pedro Pujante, un delirio vilamatasiano de ciencia ficción y Homoconejo, de Alfonso García Villalba, un delirio psicodélico y esquizoide. Lees todo hasta altas horas de la madrugada y se te mezclan las historias. De nuevo, la congestión no te deja dormir y sueñas que eres un conejo clonado que ha sido invitado a un congreso de literatura secreta.

Viernes 29 de julio
Algo mejor del catarro, vas a la barbería para adecentarte un poco antes de las vacaciones. Después, compras varios libros para llevar de todo a la semana que vas a estar de retiro en el balneario y comes con Marta, que celebra su santo antes de viajar a Japón.
Por la tarde, te sumerges de nuevo en las lecturas y descubres la prosa de Vicente Valero. Te enamoras de Las transiciones, un libro sutil, delicado y preciso. Mientras lo lees se frena el tiempo.
Comienzas a ver Borgen. Te habían hablado muy bien de la serie, pero no encontrabas el momento de ponerte a verla. Te engancha desde el principio. Aunque el parecido con lo que sucede en la política española es casi siniestro. Le vas a dar una oportunidad –a la serie; a la política ya le has dado demasiadas–.
Antes de irte a la cama, comienzas a leer Proyecto K., el libro de Paco Gómez. Te duermes cerca de las tres con el libro en las manos. Su anterior libro, Los Modlin, es una novela imprescidible. Sientes que tienes mucho que ver con esta escritura creada a partir de las imágenes.

Sábado 30 de julio 
Por la mañana, almuerzas con tus hermanos en el Yeguas. Con el alcohol, el resfriado se olvida. Pero va creciendo conforme avanza el día. Coméis en casa de la madre de Raquel y ya en el postre dices que tienes que ir a la farmacia a por lo que sea. Apenas puedes respirar. Sólo al final de la noche se te pasan los estornudos y el malestar. Veis dos capítulos de Borgen y os dormís con el ventilador a los pies de la cama.

Domingo 31 de julio
Acaba el mes. El resfriado también comienza a irse. Vas a pasar una semana en un balneario sin hacer nada. Serán tus verdaderas vacaciones. Redes cerradas, albornoz todo el día, baños curativos, parafangos y alguna cerveza que otra. Y libros. Muchos libros.
Hoy hace un año que hacías las maletas para viajar a Ithaca. Estabas nervioso, ansioso, cargado de responsabilidades. Era un salto al vacío. Un curso académico que ha pasado en suspiro. Ahora ya no hay nervios. Las aventuras están en el recuerdo. Todo ha sucedido ya. Tienes la sensación de que el futuro es mucho más sencillo. Con tranquilidad, preparas la maleta, planificas la ruta, escoges las lecturas para la semana y escribes este diario. Una semana de desconexión. Una pausa mínima. Un intento de poner freno al paso acelerado del tiempo.

Diálogos entrecortados.

–Oye, ¿qué te pasa, qué ya no te pasas por aquí?
–Ay, lo siento, llevo unos meses...
–Sí, lo sé, pero eso no es excusa. Tienes esto que se cae por todos los lados. ¡Actualízalo, hombre!
–Ya. No tengo remedio.
–No lo tienes. También te cuesta poco. Con que linkearas los post de tu nuevo diario te valía.
–Si el caso es que lo había pensado. Incluso dejé escrito que iba a hacerlo.
–Coño, pues hazlo. Lo que no puede ser es que te comprometas y luego pases de todo. Como seas así con todo en la vida...
–No me hagas sentir culpable, que harto cargo tengo ya yo.
–Tampoco será para tanto.
–Bueno, cada uno tiene lo suyo.
–Ya, pero lo tuyo me lo sé yo de antes, no te hagas la víctima, que eres un puto quejica.
–Oye, sin insultar, que para un día que te dejo hablar no te consiento que me levantes la voz.
–No te la levanto. Además, yo no te insulto. Eres tú, que interpretas mis frases como te da la gana.
–Hombre, no me irás a decir que "puto quejica" no es un insulto.
–Oye, sin insultar, que para un día que te dejo hablar no te consiento que me levantes la voz.
–Pero ¿qué dices ahora? ¿Estás loco?
–Es que me desincronizo. Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Es sólo un bucle.
–Venga, tómate la pastilla y deja de entretener al personal.
–Venga, tómate la pastilla y deja de entretener al personal.
–...
–...
–Pastilla tomada. Vuelve la tranquilidad.
–A mí también.
–Perdona, ¿eh? No era mi intención ofender.
–Perdonado. Si es que yo tampoco sé ya quién soy.
–¿Y qué hacemos con esto ahora? ¿Se borra?
–No, déjalo, que vean que a veces se te va de las manos.
–Se nos va.
–Eso, se nos va.
–¿Lo dejo, entonces?
–Sí, sí.
–Pero... ¿así? ¿con todos los bucles?
–Con todos. Que se enteren bien de lo que somos.
–Es verdad. Que se enteren. Por cierto, ¿y qué somos?
–Dioses, ya te lo he dicho.
–Es verdad, a veces se me olvida.
–Dioses de un mundo que aún está por llegar.
–¿Y le queda mucho a ese mundo?
–No mucho. Mira. ¿Ves aquellos píxeles?
–¿Cuáles?
–Los que han empezado a descomponerse.
–¿Los verdes?
–Sí, esos.
–¿Qué pasa con ellos?
–Por allí entrará nuestro mundo.
–¿Y qué haremos entonces?
–Pues ser dioses, ya te lo he dicho.
–Es verdad. Ser dioses. Qué gusto, ¿no?
–Ufff. Ya casi no puedo esperar.
–A mí también se me está haciendo largo. Esperemos que valga la pena.
–La valdrá.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo.
–Vale, te creo.
–Pues, entonces, duérmete.
–Voy.
–Vé.
–¿Ya?
–Vé.
–¿Yah?
–Vé.
–Ufff.
–Lo sé. No tengo remedio. Pero era necesario.


30/8/16

Aquí y ahora 1


Comienzas. De nuevo. Otra vez. En segunda persona. Regresa el tono. Regresa el presente cortante. Te habías prometido dejarlo. Dejarlo después de Ithaca. Dejarlo después de verte obligado a escribir. Pero hay algo que no te deja a ti. Necesitas escribir. Son tus dedos. Se mueven solos sobre el teclado y comienzan incluso antes de que tú les des permiso. O sí. Claro. Permiso. Se lo has dado mucho antes. El cuerpo, por delante de la razón. Siempre. El cuerpo piensa. Los dedos escriben. Después estás tú. Pero sólo después.
Necesitas un título. Uno nuevo. Ahora. Ya no más Presente Continuo. Ha finalizado aquel tiempo sin pausa. Ya no más Diario de Ithaca. No hay ahora un espacio diferente y exótico. Estás en casa, detrás de la ventana, encerrado en tu habitación. Se han acabado las grandes aventuras. Sólo quedan lecturas, noches largas y sesiones de escritura. Todo sucede aquí y ahora. Quizá ése sea un buen título. Al menos uno. Aquí y ahora.
Pero también hay algo en el horizonte. Un objetivo. Una novela por escribir. Eso es el futuro. El camino. La escritura por venir. Por alguna razón, cuando la escritura se vuelve futuro, necesitas también la escritura del presente. Cuando todo se proyecta hacia un tiempo que tardará en llegar, regresa la necesidad de dejar constancia de los días y las horas. Cuando la vida desaparece porque todo se convierte en un medio para un fin, la escritura reclama su presencia como fin en sí mismo. Por eso regresas al diario cuando comienzas a escribir la novela. Porque el futuro no es nada sin el presente. Porque los días se borran cuando uno mira hacia el horizonte. Porque la literatura no es nada sin la vida que hay detrás de ella. Por eso decides también el subtítulo: Diario de escritura.
Empiezas ahora, la misma semana en que abres un archivo de Word y pones título a tu novela. “Tercera novela.docx”. Un título tentativo. Aún no es nada. Tienes cientos de páginas escritas. Y varios años de reflexión sobre lo que quieres escribir. Pero aún no un comienzo como el que tiene lugar estos días, cuando decides encerrarte por fin, cuando decides comenzar a desconectar del mundo para volver a conectar contigo, cuando decides que ha llegado el momento de volver a escribir.
Veinte años. Ése es el tiempo en el que vas a vivir a partir de hoy. Una noche. Una de las más amargas de tu vida. De momento no puedes decir más. No quieres. Tampoco sabes cómo hacerlo. Pero ya está el cuaderno abierto. Y el archivo. Y el programa. Y la pantalla. Y las venas llenas de historias que ya no se aguantan a salir.
Y, sin embargo, ahora, precisamente ahora que deberías dejar fluir esa historia, ahora que deberías no mirar hacia los lados y centrar todas tus fuerzas en escribir eso que te quema por dentro, ahora, precisamente ahora, comienzas este diario.

Casi dos meses
Han pasado casi dos meses desde que regresaste de Ithaca y no has parado un momento. Has conseguido por fin una plaza de profesor titular en la universidad, has visto al Madrid ganar la Úndecima rodeado de escritores en la Feria del libro, has paseado con Mieke Bal por el Museo del Prado y la has visto demorarse con pasión en cada detalle de la pintura de El Bosco, has presentado tus ideas sobre estética migratoria en Berlín junto a Saskia Sassen, te has emborrachado con un refugiado palestino y un superviviente de la guerra de los Balcanes hasta altas horas de la madrugada, has presentado tu novela en Zaragoza y un escritor te ha mordido en el brazo, has bailado en Bilbao en el concierto de New Order y has podido ver por fin el Guggenheim, te han hecho el control de alcoholemia por primera vez en tu vida y milagrosamente has dado negativo, te has puesto tres veces corbata, has cantado en un karaoke una canción de Julio Iglesias… has regresado a casa varias veces sin saber si era tarde o temprano. Todo esto podría ser un resumen de estos dos meses. Eso y los libros que has leído. Eso y las películas que has visto. Eso y las veces que has amado. Eso y más de mil cosas. Y entre todas ellas, una que debe ser más que una línea entre todo lo ocurrido, una que, en el fondo, está en el origen de este diario que ahora retomas. Jueves 30 de junio. Diálogo con Enrique Vila-Matas en La Central. Un sueño hecho realidad.
Llegas a Barcelona con Leo la noche anterior y cenáis con unos amigos. Al día siguiente te levantas nervioso. Llevas varios días preparando el encuentro y tienes que pasar a limpio las preguntas. Mientras desayunas comienzas a ordenarlo todo y te das cuenta de que tienes allí conversación para varias horas. Has hablado en cientos de eventos, pero ninguno hasta el momento te ha puesto tan nervioso. Es el escritor al que más admiras, el que más ha influido en todo lo que escribes, es la oportunidad de conversar con él en público, pero también es la posibilidad de fracasar, de hacer el ridículo y no estar a la altura, o de querer ser más listo de la cuenta y pasarte por el otro lado.
A las cinco comienzan los nervios verdaderos. Enrique os invita a tomar café en su casa y no sabes cómo actuar. Fingir normalidad, le dices a Leo. Es la única solución. Y es lo que intentas hacer. Tocas al timbre, saludas como de toda la vida, haces la típica broma a Paula de Parma diciéndole que por fin conoces a la mujer de todas las dedicatorias, entras hasta el salón, hablas con cordialidad, comentas que en la calle hace calor, te sientas en el sofá, aceptas el café que te ofrecen, comes uno de los bombones de naranja que acompañan al café… intentas fingir normalidad. Lo haces incluso cuando miras de reojo la biblioteca, la habitación del fondo, la silla, el escritorio, los papeles sobre la mesa, el ordenador y quisieras sentarte allí un momento, en lugar de la escritura, como si fuera el trono de hierro, el espacio sagrado desde el que se domina el mundo. Normalidad, naturalidad, sí. Y en el fondo, sin embargo, todo es una actuación, una performance normalizadora.
En un momento, Enrique te pregunta: “¿cómo vas a contar esto en el diario?”. Y esa frase lo cambia todo. A partir de entonces todo se relaja. Ha leído tu diario. Te dice que le ha gustado sobre todo el epílogo de Presente continuo y la reflexión sobre los límites entre la realidad y la ficción. Te sonroja. Te hace feliz. Pero no es eso lo que lo cambia todo. Lo que realmente cambia la situación es que, a partir de entonces, la realidad, precisamente, comienza a convertirse en literatura.
¿Cómo vas a contar esto en el diario? La pregunta despierta la escritura. E, inmediatamente, el mundo desaparece para convertirse en literatura. Mientras hablas, piensas en que retomarás el diario nada más llegar a casa. Sabes que escribirás todo esto. Y de nuevo te haces dueño de la realidad. Es curioso, piensas, la escritura regresa como un arma para poner las cosas de tu lado, para naturalizar el mundo haciéndolo extraño, para alejarte de esa ficción de normalidad artificial que ya se te había empezado a notar demasiado.
Al salir de allí, Enrique te regala la edición croata de Kassel no invita a la lógica. En la portada está el perro con una pata rosa de Pierre Huyghe. Se te olvida pedirle una dedicatoria.
Llegáis los cuatro (Paula, Leo, Enrique y tú) a La Central y sigues obsesionado con cómo escribir la tarde. Estás allí, pero no estás del todo. Y eso lo hace todo más fácil. Y también más literario. Incluso la conversación en la terraza, incluso los momentos en los que no sabes qué contestar tras la respuestas ingeniosas de Enrique, incluso la presencia extraña y maléfica del Cónsul de México, incluso el micrófono silencioso que apenas transmite susurros. Todo esa tarde es literatura. Y todo esa tarde es sueño. Sueño de escritura. Y sigue siéndolo después, en la cena, en la que teméis la presencia del cónsul. Os han contado historias extrañas y desasosegantes. Pero su sitio queda vacío, justo frente a ti. Imaginas que está leyendo el libro que ha llevado al acto, que os vigila desde la sala de al lado y que llegará en el último momento para despertarte del sueño literario. Sin embargo, el cónsul nunca llega y el sueño se prolonga mientras escuchas las historias de Enrique.
¿Cómo contarás esto en el diario?, vuelve a preguntar Enrique cuando se despide. No lo sabes, no lo tienes claro; quizá sólo digas que fue un sueño. Un sueño real. Al fin y al cabo no ha ocurrido nada excepcional. Una visita, un diálogo y una cena. La excepcional es lo que no puedes contar, lo que supone para ti, todo lo que esta noche se ha cumplido. El resto es escritura. Y sucede aquí y ahora.

22/8/16

Títulos alternativos

Buscando en las notas del iPhone, me he topado con una lista de títulos alternativos a El instante de peligro. Le di muchas vueltas para encontrar el definitivo y sólo uno estuvo a punto de ganar la batalla: La imagen verdadera. Hoy, El instante de peligro me sigue pareciendo el más acertado, aunque Williamstown o El libro del Clark tampoco habrían estado mal. Quizá un título diferente habría transformado la novela. O no sé, a lo mejor los títulos son como los nombres, que al final los hacen las personas. En cualquier caso, me ha resultado curioso explorar esa lista de posibilidades que al final no llegó a ningún lugar. Aquí la dejo. Si alguno os gusta más que el que yo decidí, siempre podéis recortarlo y pegarlo sobre la portada. EIY. Entitle It Yourself. 



La imagen verdadera
El libro del Clark
Ruinas
Dialéctica en reposo
Interferencias
La cifra de los años
Materia fracasada
La historia posible
Desvanecerse en cada presente
La imagen irrecuperable
El horizonte del pasado
La persistencia de las imágenes
Conjuntos entrelazados
El peso de mil sueños
La fuerza diagonal
Los estados de la luz
Una fuerza del pasado
Fuisteis yo
Tiempo a través
La imagen fulgurante
Cámara oscura interior
Arder en imágenes
Dialéctica del recuerdo
Los trazos de la desaparición
La conquista de la oscuridad
La inquietud petrificada
Fogonazos
Tachadura
Tiempo-ahora
Restos de historia
Remembranza
La penumbra vespertina
Williamstown

16/8/16

Aquí y ahora en Eñe

Queridos lectores –si es que aún queda algún lector fiel al blog–:

Llevo un tiempo alejado de este no(ha)lugar. Durante mi estancia en Ithaca, nutrí este espacio de las entradas del Diario de Ithaca, que publicaba tras su emisión en el programa Preferiría no hacerlo. Esos días acabaron. Y también acabó el diario. Sin embargo, tras unas semanas de silencio, no he podido reprimir la escritura y he decidido continuar explorando la cotidianidad en otro diario. He vuelto a la segunda persona y el tono cortante que ya exploré en Presente Continuo, el diario que publicaba en el periódico La Opinión. Y lo he hecho en la web de la revista Eñe. Con el título Aquí y ahora (diario de escritura), cada miércoles, desde hace unas semanas, allí se publica mi nuevo diario. A partir de ahora, iré subiendo aquí enlaces a las entradas del diario.



Disfruten ustedes de mi intimidad.

13/6/16

Instrucciones para viajar en el tiempo [O cómo leer a Benjamin mientras ves la televisión]

[Publicado originalmente en Campo de Relámpagos, 30/04/2016]

Cada vez que vemos, escuchamos o leemos algo no lo hacemos de modo puro. Nuestro cerebro produce montajes de imágenes, historias y emociones. No existe una experiencia perceptiva autónoma; todo se mezcla en nuestra cabeza. Las cosas se relacionan con el antes y el después, y también se yuxtaponen, colisionan y contagian, creando nebulosas y suscitando preguntas a priori no imaginadas.

Estas semanas, mientras preparaba un seminario sobre arte y temporalidad y releía algunos textos sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, me entretenía por las noches en la televisión con 22.11.63, la miniserie de J. J. Abrams, inspirada en la novela homónima de Stephen King, y con la segunda temporada de El Ministerio del tiempo, la serie de RTVE creada por Pablo y Javier Olivares. Dos maneras de entender el viaje en el tiempo y dos modos de relacionarse con la historia. Un viaje al pasado para intentar evitar el asesinato de Kennedy y convertir el mundo en un lugar mejor, y una estructura funcionarial que intenta a toda costa que la historia siga como está, porque, aunque las cosas no estén bien, siempre podrían estar peor. Rápidamente, estas ficciones comenzaron a dialogar con los textos. Y enseguida me di cuenta de que las ideas de Benjamin podían servir para entender mejor lo que veía en la televisión y, al revés, que lo que sucedía en estas series sugería otro contexto de lectura para los textos del filósofo alemán.

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En “Sobre el concepto de historia”, escrito entre finales de 1939 y principios de 1940, poco antes de su muerte, Benjamin proponía una noción de tiempo en la que la historia está abierta: el pasado, lejos de estar clausurado para siempre, reverbera en el presente, lo afecta, lo toca y convive con él. Para Benjamin, nada de lo perdido está dado por perdido. Y, al mismo tiempo, nada de lo pasado está aún a salvo, ni siquiera los muertos, que pueden volver a morir de nuevo si nos olvidamos de ellos. La tarea del historiador es salvar la historia. Traer el pasado al presente. Evitar que se olvide. Y hacerlo efectivo.

Leídas sobre el fondo de contraste de El Ministerio del tiempo y 22.11.63, las tesis de la historia casi pueden ser entendidas como una ética para viajar en el tiempo. Sobre todo porque suscitan una pregunta que está en el corazón de estas –y otras muchas– ficciones televisivas: si pudiéramos viajar atrás en el tiempo, ¿qué haríamos? ¿Deberíamos dejar la historia como está o intentaríamos cambiarla? Si nos fuese dada la posibilidad de resolver las injusticias del pasado, de viajar atrás y evitar el Nazismo, la Guerra Civil, el golpe de Estado, salvar la República, liberar a los esclavos, romper las cadenas, evitar las matanzas de tantos y tantos lugares, el accidente de nuestro padre, incluso la aventura pasajera que tuvimos y rompió nuestro matrimonio… ¿lo haríamos? Si el pasado estuviese abierto y pudiéramos actuar sobre él, ¿lo cambiaríamos? ¿O sería mejor dejar las cosas como están porque, al fin y al cabo, “lo hecho, hecho está”?

La respuesta de Benjamin –al menos la que se derivaría de sus tesis– sería contundente: si pudiéramos viajar en el tiempo, sin ninguna duda, deberíamos cambiar la historia y reparar las injusticias. Somos resultado de ellas; somos responsables de nuestro pasado. Y hay en nosotros una “débil fuerza mesiánica” capaz de arreglar el pasado, de hacer justicia. Por lo que, indiscutiblemente, deberíamos intentar arreglar las catástrofes del ayer, incluso si así se pusiera en riesgo la continuidad del presente.  

Esa podría ser la respuesta de Benjamin. Una de las posibles. Ahora bien, ¿cómo responden estas dos series a esa cuestión de la responsabilidad con el pasado? ¿Qué tipo de historia promueven? ¿Y qué clase de relación con el tiempo plantean?

La respuesta de El Ministerio del tiempo parece clara: la historia debe mantenerse como está. La tarea del Ministerio del tiempo es precisamente preservar la historia para que todo suceda, una y otra vez, tal y como ha sucedido. La historia debe seguir su línea continua y directa hasta el presente. Hasta “nuestro presente”. Porque la historia que no debe cambiar en esta serie es la historia de España. Una historia que, entre otras cosas, presupone la presencia de un concepto intemporal de nación que se traslada incluso hasta Altamira. Una historia, además, puramente evenemental, forjada a través de hitos políticos y culturales, y protagonizada por héroes y prohombres de la patria cuyas vidas son más importantes que las del pueblo llano. Aunque en alguna ocasión los personajes de la serie intentan rebelarse contra esta idea –“¿por qué salvar a unos y dejar morir a otros?”, se preguntan a veces–, la consigna del Ministerio es precisa: las cosas tienen que suceder tal y como sucedieron. La empatía del Ministerio –por decirlo en palabras de Benjamin– está con los vencedores de la historia.

Uno de los precedentes más claros de El Ministerio del tiempo es el clásico de la ciencia ficción La patrulla del tiempo, la serie de novelas cortas y narraciones de Poul Anderson en los que la historia también debe ser preservada. En ellas no es la historia de la nación, sino la historia universal. Una raza evolucionada, los danelianos, necesitan que la historia continúe como está para que el progreso y la evolución de la humanidad tenga lugar. Igual que sucede en El Ministerio del tiempo, las injusticias y catástrofes del pasado han merecido la pena para llegar al presente que tenemos. El sufrimiento del pasado está amortizado en las conquistas del presente. No hay, en verdad, mejor visualización del modelo de historia de Hegel. La historia tiene un sentido. El presente –el mundo feliz y evolucionado de los danelianos, o el mundo cutre y casposo de la España contemporánea– debe ser preservado. Este es nuestro espíritu. El presente era el destino. Y todo ha merecido la pena.

Frente a esta visión conservadora de la historia, el argumento de 22.11.63 plantea, al menos en un principio, una respuesta que parecería más cercana a la propuesta de Benjamin. A través de una puerta inter-temporal situada en la despensa de un diner de Lisbon Falls, Maine, Jake Epping –James Franco en la serie– viaja hacia un momento concreto del pasado –1960 en la serie, y 1958 en la novela de King– para intentar evitar el asesinato de Kennedy, convencido de que, así, Estados Unidos no irá a la Guerra de Vietnam y el mundo –no ya sólo la nación americana– será un lugar mejor. La historia, pues, debe ser transformada. Sin embargo, el tiempo se resiste a ser corregido y se defiende ante cualquier intento de cambio. “Estoy convencido de que hay algo que no quiere que se cambie el pasado”, dice uno de los personajes. Un algo que aquí ya no es la estructura burocrática del Estado como sucede en El Ministerio del tiempo, sino una especie de fuerza inmaterial –una entidad mágica– que tiende a la preservación.  [Alerta Spoiler durante los dos siguientes párrafos] Aun así, tras una serie de sacrificios personales, Jake logra evitar el asesinato de Kennedy –entre otras injusticias del pasado–.

En un principio, la respuesta de 22.11.63 parece menos conservadora que la de El Ministerio del tiempo; la historia debe cambiar. Sin embargo, cuando Jake regresa al presente, el mundo que se encuentra es una catástrofe. No queda demasiado claro lo que ha sucedido, pero sí que el mundo es peor de lo que era. Porque las cosas tenían que pasar tal y como ocurrieron. De algún modo, ése era el destino de la historia. Estamos sujetos al pasado y no tenemos agencia sobre él. La historia gana, nosotros perdemos. No importa las veces que intentemos cambiarla; siempre será peor. Esto recuerda al célebre cuento de Ray Bradbury, “Un ruido del trueno”, en el que una mariposa pisada por uno de los exploradores del viaje al tiempo de los dinosaurios cambia por completo el ciclo de la evolución. Cualquier cambio en el pasado afecta al presente. Y por lo general para peor. Cualquiera de los mundos posibles surgidos del cambio es siempre peor que el presente que nos ha tocado vivir.
Más allá de atender a la calidad de estas ficciones y a lo que uno pueda llegar disfrutar con ellas –confieso que me divierto como un crío con El Ministerio del tiempo y estoy convencido de que es uno de los mejores productos audiovisuales en español de los últimos años–, me parece necesario señalar la noción de historia que promueven y el modo en que ésta configura una visión estática del presente que aboga por el mantenimiento del estatus quo. Las luchas fracasadas del pasado, las catástrofes, los desastres… fueron sacrificios necesarios; es la lógica del vencedor. Un vencedor que, si lo pensamos bien, no es otro que el tiempo presente. Y es que, a diferencia de lo que creen los personajes de 22.11.63, no es el pasado el que evita que las cosas cambien, sino el presente, que intenta protegerse a toda costa. Es nuestro estado de “bienestar”, nuestro inconsciente acomodado, nuestro orden establecido, el que no puede concebir la posibilidad de ser puesto en juego y cercena por completo incluso la posibilidad de imaginar historias alternativas.
                                                                      
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En 1973, al reflexionar sobre las inmensas posibilidades de la ciencia ficción, el escritor Robert Silverberg escribía: “si todo fuese posible, si todas las puertas estuvieran abiertas, ¿qué mundo tendríamos?” La pregunta era un alegato en pro de la imaginación de mundos posibles, de otros pasados, otros presentes y, por supuesto, otros futuros. Recientemente, Karen Hellekson (The Alternate History: Refiguring Historical Time, 2013) ha utilizado esta cita para abrir su libro sobre la importancia de la historia alternativa y los modos de imaginar pasados y presentes diferentes a los que nos ha tocado vivir. Un modelo de historia –abierta, maleable, móvil– cercano al concebido por Benjamin hace ya más de ochenta años.

Un ejemplo de este modelo de ficción podríamos encontrarlo en la novela de Orson Scott Card Observadores de tiempo: la redención de Cristóbal Colón (1996). Allí, una sociedad evolucionada tras una serie de guerras y desastres construye unas máquinas para observar el pasado y poder, de esa manera, homenajear a todos los que han tenido que morir para que ese presente glorioso sea posible. El sufrimiento del pasado, de nuevo, ha creado el presente. Sin embargo, Tagiri, una de las observadoras del pasado, tras contemplar una matanza indígena y sentir que los observados también la observan a ella –y que esa visión, que confunden con la de un dios, afecta a la realidad–, comienza a pensar que el presente tiene una responsabilidad con el pasado y que los muertos pueden ser salvados. Sin embargo, salvarlos, evitar la injusticia, supone arriesgar ese presente perfecto en el que ella vive. Salvar el pasado sólo es posible en la novela a costa de perder el presente. ¿Qué hacer entonces? Si repara la injusticia, su presente desaparecerá para siempre. Si no lo hace, todo seguirá como está, y los muertos deberán morir de nuevo, una y otra vez, para que el presente pueda seguir existiendo. Tagiri no lo duda un momento e idea un plan para evitar el evento que según ella es el detonante de gran parte del sufrimiento del pasado, el descubrimiento de América. Evitar la injusticia supone la transformación de la historia, que excepcionalmente –al menos si uno piensa en el modo en que las ficciones que trabajan con el “efecto mariposa”– cambia para bien. Scott Card propone un final feliz en paz y armonía entre naciones, con un Cristóbal Colón redimido y con una historia sin conflictos. Más allá de esta visión utópica que cae en el buenismo y lo ingenuo, Observadores del tiempo sirve como ejemplo del intento de imaginar cómo habría sido el mundo si las cosas hubieran pasado de otro modo –una ucronía–, pero sobre todo del modo en que, a veces, es necesario sacrificar el presente para salvar el pasado.

La ciencia ficción es un laboratorio para imaginar mundos posibles, pero también en un lugar para plantear preguntas sobre el tiempo en que vivimos y lo dispuestos que estamos a cambiarlo. Todo es posible en la ficción. Allí, como sugería Silverberg, todas las puertas están abiertas. Si ni siquiera en ese espacio nos atrevemos a transformar la historia por miedo a lo que pueda suceder en el presente,  ¿cómo seremos capaces de hacerlo en la realidad? Si no podemos arriesgar el presente en la ficción, ¿cómo podremos transformar el mundo? A través del convencimiento de que siempre es mejor dejar las cosas como están y que el sistema debe continuar funcionando incluso si funciona mal, productos como El Ministerio del tiempo o 22.16.73, niegan la posibilidad de arriesgar el presente. Nos conminan a preservarlo a toda costa. Frente al futuro y frente a todas las amenazas. Son, como decía más arriba, las ficciones de los vencedores. Las ficciones de un sistema, un tiempo, que sólo funciona si todo sigue igual. Un tiempo que da sentido las injusticias y que oculta, una y otra vez, que la verdadera catástrofe, como escribía Benjamin, es precisamente que “esto” siga sucediendo.