05/02/12

Cuestión de Fe

Estos días se ha llamado la atención sobre la copia de la Gioconda del Museo del Prado. Realizada por un discípulo de Leonardo, la obra parece ser contemporánea de la Gioconda verdadera. Y una frente a otra, la obra tiene su mérito. Lo único que pasa es que tenemos nuestra mirada acostumbrada a la Gioconda de verdad. Y sobre todo, sabemos que fue pintada por la mano de Leonardo. Pero ¿y si hubiera sido al revés? ¿y si la Gioconda del Louvre fuera la pintada por el discípulo y esta copia fuera la verdadera de Leonardo? ¿Se imaginan cuál sería nuestra reacción? No hace tanto que, con estudios fundados, se intentó demostrar que «El Coloso», una de las obras maestras de Goya, no fue pintada por el pintor maño, sino por un discípulo suyo. Y parece que nos resistimos a imaginar que una obra así no haya sido pintada por el genio.



Todo esto, en el fondo, nos hace reflexionar sobre la contingencia del valor artístico, por un lado, y sobre el fetichismo del origen, por otro. En primer lugar, la Gioconda, en sí, no es un retrato tan excepcional, es tan sólo su historia, sus circunstancias, y toda una serie de operaciones de valor e imagen en torno a ella lo que la convierten en lo que es, un icono del arte. Y en segundo lugar, lo que hace que el valor de la obra sea el que es tiene que ver con el «contacto» con la mano del genio, la presencia de un elemento casi mágico que convierte a la obra en fetiche, en una reliquia del mismo tipo que las de la Iglesia. Y es que, bien pensado, entre el arte y la religión no hay tanta distancia. Museos como iglesias, obras como reliquias y experiencias artísticas como experiencias místicas. Todo, por supuesto, cuestión de fe.

[Publicado en La Razón, 3/2/12]

29/01/12

Inadecuación y cambio

En «El libro de los Pasajes», al analizar el modo en el que en las primeras construcciones de la modernidad y los nuevos materiales y técnicas se vinculaban a las viejas formas –los órdenes clásicos y las estructuras arquitectónicas del pasado–, Walter Benjamin observaba que la clave de esta inadecuación estaba en que el vidrio y hierro habían llegado demasiado pronto y que no se sabía cómo operar con ellos. Aludía allí a Ernst Bloch y a su idea del «todavía no es», –nunc stans–, para sugerir que aquellas formas eran la anticipación de un tiempo que estaba por venir y todavía no había llegado del todo. Por eso se preguntaba: «¿cómo y cuando los mundos de formas surgidos en la mecánica, en el cine, en la construcción de maquinaria y en la nueva física, que nos han subyugado sin ser nosotros conscientes de ello, nos mostrarán con claridad lo que les es de suyo natural?».

Hoy estamos en medio de una de esas grandes inadecuaciones: Internet y las nuevas tecnologías informáticas. Nos encontramos en medio de un cambio de modelo, pero no todos lo han sabido advertir. Y muchos siguen pensando esta tecnología con los viejos esquemas, igual que los arquitectos del hierro pensaban sus edificios según las posibilidades y formas de los antiguos materiales y técnicas. Quizá Internet haya llegado demasiado pronto y aún no estemos preparados para lo que realmente supone. ¿Cuándo nos mostrará con claridad «lo que es de suyo natural»? Desde luego no ahora. No mientras los conductores de carros pongan las normas a los automóviles, los monjes copistas a los impresores o los pintores a los fotógrafos. No mientras quienes los que dictan las reglas del juego no se den cuenta de que las fichas y el tablero han cambiado hace ya bastante tiempo.

[Publicado en La Razón, 27/01/12]

21/01/12

Fin de un sueño

En «La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica», Walter Benjamin observaba que las nuevas tecnologías de reproducción de la imagen –por mucho que acabasen con el aura de las obras de arte singulares– tenían un nuevo potencial democrático y emancipador que podía servir para que el pueblo accediera a una serie de experiencias, conocimientos y emociones que estaban reservados a unos pocos privilegiados. Ese potencial, sin embargo, como el propio Benjamin advirtió, llevaba también aparejado un gran peligro: la posibilidad de dominación y control de las masas a través, precisamente, de la democratización.

En efecto, el cine, la publicidad, las nuevas formas de cultura de masas… fueron utilizadas por los regímenes totalitarios como herramientas de identificación nacional –la manipulación nazi es un ejemplo–, pero también, y sobre todo, de manipulación, control, docilización y sumisión de los ciudadanos. Lo que observó Benjamin fue que la posibilidad de emancipación estaba siempre ligada al peligro del sometimiento. Aquello que nos puede hacer libres es también, al mismo tiempo, aquello que nos puede convertir totalmente en esclavos.

En estos días se está librando la batalla por la regulación de Internet. Un lugar que, como no podía ser de otro modo, está sujeto a esa doble lógica. Por un lado, nos encontramos con la utopía de un mundo común, de un lugar de acceso y comunicación de conocimientos más allá de toda frontera. Y, por otro, con la herramienta de control y sometimiento más precisa que se ha conocido. Si nada lo remedia, acabarán ganando los de siempre. Y, una vez más, la posibilidad emancipadora se convertirá en la condena a la monitorización. De nosotros depende que no desaparezca del todo ese sueño que, al menos en un principio, tuvo algo de realidad.

[Publicado en La Razón, 20/01/2012]

18/01/12

Lenguaje velado

Probablemente sea percepción mía, pero de un tiempo a esta parte estoy convencido de que ha crecido el número de burdeles en la Región de Murcia. No hay más que asomarse a cualquier carretera para darse cuenta de la cantidad de carteles que anuncian todo tipo lugares para el placer –masculino, por supuesto–. Lo curioso del caso es que hay que fijarse mucho. Y hay que hacerlo porque es casi imposible distinguir la publicidad de un prostíbulo de la de una firma de moda, un perfume o una marca de helados. Es más, me atrevería a decir que los anuncios de estos lugares contienen mensajes sexuales menos explícitos que el resto de la publicidad contemporánea. Esto es así hasta el punto de que, si uno tuviera que guiarse por el imaginario de los carteles, probablemente entraría a una tienda de perfumes a preguntar por el precio del cuerpo de alguna señorita de esas que mojan sus labios y nos seducen –a los hombres; la mujer es un mero objeto de deseo y está privada de subjetividad–.

Está claro que la visibilización de estos lugares se hace cada vez mayor. Y sin duda el número de sitios está aumentando. Y lo digo ahora con conocimiento de causa. Aunque ustedes no lo crean, mientras escribo esta columna, justo enfrente de mi casa están montando un burdel. La antigua cafetería ha cerrado y, en su lugar, el dueño ha decido crear un lugar de ocio y relax, un club para caballeros. Un sitio con glamour. Y a mí me hace gracia el lenguaje velado y las imágenes sutiles que pretenden esconder lo que allí va a suceder. Preferiría que llamaran a las cosas por su nombre. Un perfume es un perfume. Y lo que están poniendo frente a mi casa es una casa de putas de las de toda la vida.

[Publicado en La Razón, 13-1-2011]

08/01/12

Infraleve

Acabo de enterarme de que mi primer libro, Infraleve, está completo en Google Books. Es ya cosa viejuna y está lleno de pretensiones –las de un chaval que quería ser escritor y no sabía muy bien cómo hacerlo–. Aun así, le tengo cariño y me ha hecho ilusión verlo ahí. Por eso lo comparto ahora en este no (ha) lugar donde el tiempo a veces se retuerce.





[Leer Infraleve en Google Books]

03/01/12

Piratería legal

Lucía Etxebarría deja de escribir porque las descargas piratas de sus libros superan a sus ventas. La última novela de Ruiz Zafón estaba en la red una semana antes de su publicación. Hay dos maneras de ver esto. Botella medio vacía: que la cosa se va a pique porque la gente es una pirata y la industria cultural no puede subsistir si no se respeta la propiedad privada. Botella medio llena: que la idea de aquí no lee ni Perry Mason no es real y que, si existe el pirateo, será porque, en el fondo, algún interés habrá en leer.

Parece que hay una especie de esquizofrenia en los discursos sobre la piratería del libro digital y sobre los índices de lectura. Quizá en lugar de gastar dinero a espuertas en planes de fomento de la lectura que no acaban sirviendo para mucho, lo que habría que hacer es fomentar la piratería. La piratería legal –no aquella que pretende lucrarse–. Es decir: bibliotecas digitales. Si en lugar de ver a los usuarios como compradores o piratas, los viésemos como lectores, la cosa cambiaría. Los llamamos piratas porque no pagan por sus lecturas, igual que ocurre con los lectores de las bibliotecas, que tampoco pagan; la biblioteca paga por ellos. En el sistema de préstamo digital, la experiencia de usuario es la misma que la del pirata –uno descarga algo de un sitio– con la diferencia de que, en la biblioteca, la descarga es legal y el libro se desvanece a las dos semanas –que ya hay que tener mala leche para crear una tecnología que te quita lo que te ha dado “sólo por joder”, porque no hay otra razón logística–.

El problema de fondo es que estamos ante dos discursos antagónicos: el de la industria cultural y el de la utopía del conocimiento. Y esto muestra que, por mucho que se nos diga, Internet no fue creado para compartir y crear comunidades, sino todo lo contrario, para potenciar y perpetuar la propiedad privada a todos los niveles. Hackear esa memoria de sistema sí que es una tarea difícil.

[Publicado en La Razón, 31/12/2011]

31/12/11

Fines y principios

Acaba el año. Ha habido de todo. Bueno y malo. Mi balance es positivo. No me puedo quejar. De hecho, no puedo pedir más. O no debo. Sobre todo si miro a mi alrededor y veo cómo está el patio. Así que este año mis deseos serán para los demás. Porque conozco a muchos que están jodidos. Muy, muy jodidos. Espero que el año que viene les vaya a todos mejor. Que a algunos les vaya por primera vez la cosa bien. Para mí no deseo nada más. Si acaso, que esto dure así algún tiempo. Pero si no lo hace, ya ha sido mucho más de lo que había imaginado. Gracias a todos y feliz 2012.

26/12/11

Tecnologías de segunda mano II (El cine como ruina y el museo como hospital)

Originalmente en Salonkritik

En la primera entrega de este texto, hablaba de la Selectric 251, la máquina de escribir anticuada que, en el mundo tecnológicamente avanzado de Fringe, sirve como herramienta de comunicación entre los dos universos paralelos de los que habla la serie, incorporando una especie de aura que convierte la tecnología en “médium” y la sitúa en el dominio de lo mágico y lo esotérico.

Otra máquina de escribir obsoleta, también encontrada en una tienda de objetos de segunda mano, en este caso en Vancouver, es la protagonista de Rheinmetall / Victoria 8 (2003), una de las piezas más célebres del artista canadiense Rodney Graham. En la obra, las imágenes de la Rheinmetall –un loop de 10’50’’ filmado en 35 mm en el que aparecen diversos planos de esta máquina de escribir alemana de los años treinta– conviven con el artefacto del que emergen las imágenes, el Victoria 8, un proyector italiano de 1961 que tiene una presencia material en la sala y que dialoga a varios niveles con la propia imagen que proyecta.

La película muestra una serie de primeros planos de la máquina de escribir. Planos en los que nada se mueve y que podríamos confundir con fotografías de no ser por el sutil, casi imperceptible, movimiento de la proyección, así como por el sonido del paso de los fotogramas, que nos hace conscientes de que, en efecto, no estamos ante una imagen fija, sino ante una imagen movimiento. Movimiento que se ve confirmado cuando, en un momento determinado, un nube de polvo blanco que emerge de la nada comienza a caer como una nevada sobre de la máquina de escribir y acaba cubriéndola casi por completo.

Escribe Rodney Graham que, cuando encontró la máquina, tuvo la sensación de que nadie jamás había escrito una sola palabra con ella. Estaba en su caja, flamante, inmaculada “como si hubiera estado perfectamente preservada en una cápsula del tiempo” (Graham 2004, 154). Descartada de la línea del tiempo, abandonada y dejada a un lado del curso del progreso, la máquina mantenía, sin embargo, toda su potencia absolutamente intacta. Era pura promesa. Un objeto sin ningún tipo de memoria de uso, pero al mismo tiempo cargado de futuro. La obsolescencia se presentaba allí de modo radical. Un objeto muerto antes de haber comenzado a respirar.

En los diez minutos que dura el film, Graham condensa la supuesta vida del objeto. Los primeros planos muestran la máquina en su caja original. Después, se presenta el objeto desde todas las perspectivas, casi como un catálogo de los diversos planos del objeto, mostrando la potencia y la promesa de ese objeto que nunca ha sido utilizado. Y por último, el objeto es devorado por el tiempo, representado por el polvo que lo arrasa y lo sepulta. El objeto, pura potencia, pura promesa, se convierte entonces en ruina. Y el artista escenifica este arruinamiento del objeto visibilizando a través del polvo algo que ya estaba ahí, aunque no era tan fácil del percibir: el paso del tiempo.


[Seguir leyendo el artículo en SalonKritik]

23/12/11

Nostalgia de paralaje

Después de tres meses en Ithaca, regreso a casa, como los turrones El Almendro, por Navidad. Y es ahora, al regresar, cuando comienzo a sentir que realmente me he ido. Ahora, cuando estoy aquí, percibo la pequeña escisión de no haber llegado del todo, quizá porque tampoco me había ido nunca del todo. Es curioso, lo que se deja atrás se hace presente cuando realmente se abandona, y lo que vuelve, se aleja al regresar.

Cuando regresé de mi periodo en Williamstown me ocurrió exactamente lo mismo. He leído hoy lo que escribí entonces y creo que sigue sirviendo para describir ese trastorno de la distancia que hace que las cosas se alejen a medida que se acercan, como esa sensación óptica que uno tiene cuando va en el tren y el paisaje parece fracturarse entre lo que se quede atrás y las cosas que se resisten a abandonarnos. A esa ilusión óptica se la suele denominar "paralaje". Quizá tengamos que llamar entonces a esa nostalgia que uno siente cuando al regresar "nostalgia de paralaje":


Creo que era Vila-Matas quien sugería que hay varias formas de volver y que la mejor de todas es, sin duda, no partir. También se podría decir lo contrario: que hay muchas maneras de quedarse, y que la mejor de todas, probablemente, sea regresar. Y es que cuando uno regresa a casa tras un largo período de tiempo, parece que no llega a regresar del todo. Hay algo que queda varado para siempre, a medio camino entre el lugar en el que se está y el lugar en el que se ha estado. Si uno lo piensa bien, toda partida es una pequeña pérdida. Una pérdida minúscula que, en cierto modo, adelanta esa gran pérdida a la que todos tememos. Toda despedida es una puesta en escena (por lo general, inconsciente) de la transitoriedad y fugacidad de la existencia. Decimos adiós porque sabemos de la posibilidad de no volver a encontrarnos. Toda nuestra vida está articulada en torno a la dialéctica presencia / ausencia, estar y no estar. Ya lo advirtió Freud al observar a su nieto jugar con una bobina de hilo que tiraba lejos para luego recuperarla: allí / aquí, lejos /cerca. La alegría del reencuentro trae siempre consigo la posibilidad de la pérdida. Por eso, en todo regreso hay un componente melancólico. Uno siempre vuelve con el rostro entristecido. No importa que se llegue al Paraíso, no importa que apenas se deje nada atrás, la melancolía nos viene a buscar, y se esconde tras los abrazos y las sonrisas. Todo volver, por tanto, es también un quedarse. Y todo reencuentro, en el fondo, no es sino la constatación de una pérdida irreparable.

Por cierto, regresé.

18/12/11

Los peligros de lo cool

En sus trabajos sobre la modernidad, Walter Benjamin escribía acerca de la potencia crítica de lo pasado de moda y las energías revolucionarias contenidas lo anticuado. Frente al ritmo de sustitución de la mercancía, lo obsoleto –el objeto sin el brillo de la seducción– revelaba la verdadera cara del capitalismo, la promesa incumplida de felicidad. Hoy, más de setenta años después, esa fascinación por lo anticuado como herramienta crítica a al progreso sigue estando presente. Sin embargo, en la era del capitalismo avanzado, el mercado ha integrado lo pasado de moda como una moda más, y lo obsoleto ya no es expulsado para siempre del tiempo, sino que regresa ahora bajo la forma de «lo retro», cargado de la nostalgia de un tiempo perdido, pero situado en la punta de lanza de una industria que capitaliza las emociones y las reconvierte en energía necesaria para que el sistema funcione.

Como señala Thomas Frank en La conquista de lo cool, lo anticuado se transforma en lo más moderno. Lo retro es lo más hip. Una modernidad que se presenta como resistencia a la mercantilización de la experiencia, pero que al final no es sino una estrategia de distinción en el sentido observado por Pierre Bourdieu. Un deseo de diferencia, una cuestión de clase. De este modo, lo retro renueva el brillo de la mercancía. Un brillo ahora satinado, apagado, cercano, cuya ilusión ya no está en el deslumbramiento sino en su ocaso, en la posibilidad de abrazarlo, nostálgicamente, como una mascota abandonada. Es la institucionalización de lo alternativo, que ya no es alternativo a nada, sino que es una forma alternativa de lo mismo. Es decir, por hablar en otros términos, que lo indie acaba convirtiéndose en "mainstream aburguesado."

Esta es una de las maneras en la que la contracultura, según la visión de Frank, se transforma en una parte perversa del capitalismo contra el que pretende luchar.

Esta semana, curiosamente, la portada de Time está dedicada a «The Protester», que para esta revista ha sido sin duda el personaje del año. Los indignados, los anónimos, los revolucionarios de Tahrir, de Wall Street… han sido, desde luego, los protagonistas del año. Han conseguido reactivar la conciencia política y nos han hecho pensar en la posibilidad de alternativas y modos de resistencia ante los poderes establecidos. De eso no hay duda. Pero la manera en la que aparecen en la revista es un síntoma de que, el cierta manera, ese sistema contra el que pretenden luchar ya ha ideado la estrategia perfecta de asimilación de la protesta: la moda.

La imagen de portada muestra al «protester» con el rostro cubierto con un pañuelo como si fuera un tuareg o un bandolero, con la mirada penetrante, desafiante y seductora. Es la iconografía romántica de la resistencia, la misma bajo la que, en otro momento, se presentó también al terrorista –ahora ya completamente desublimado y nada fashion–. Pero hoy el terrorismo ya no es cool. Lo que realmente vende es la revolución. Y hay allí todo un imaginario que capitalizar. El capitalismo ya no es una exterioridad, una fuerza antagónica a la que oponerse, sino que se ha inoculado en nuestro organismo como un virus mutante del que es prácticamente imposible desprenderse. El éxito de un movimiento como el 15-M dependerá, por tanto, no sólo de la lucha contra un afuera, sino también de la resistencia a aquello que lo constituye en su interior. Convertirse en algo cool y fashion es un peligro que acecha por todos los rincones. Tomar distancia, no creérselo, e idear estrategias de ruptura –o de aprovechamiento consciente– de esta asimilación por parte del sistema es uno de los retos de las revoluciones contemporáneas, casi tan difícil o más como el de intentar plantar cara. La resistencia, por tanto, ya no será una oposición para intentar derribar algo, sino un intento de proponer una diferencia inasimilable, o algo que al final acabe atragantándose.

15/12/11

Pensamientos de marca II

Siguiendo con las tonterías que se me ocurren de vez en cuando, aquí os dejo más pensamientos de marca para que los utilicéis como queráis.

Conduce tu inconsciente


El vaquero infinito

La televisión Real


La leche más abyecta

08/12/11

Kindle sorpresa

No sé cómo lo hago, pero cada vez que me vengo de estancia a los EE.UU., acabo llevándome de vuelta un cachivache electrónico. La otra vez fue el iPad. Ahora, el nuevo Kindle de Amazon, la versión touch que no se puede comprar en España. A priori, parecería que con el iPad, cualquier lector de libros electrónicos no tendría demasiado sentido. Sin embargo, después de tener el Kindle durante una semana, me he convencido de lo contrario: la comodidad de lectura que ofrece la pantalla, la ligereza, la integración con los contenidos de Amazon –para los que somos asiduos de la tienda–... merece la pena.

Más de uno ya me ha preguntado que ahora qué es lo que uso, el iPad o el Kindle. Y la respuesta que doy es: cada cosa tiene su cosa. Y cada cosa sirve para lo suyo. El iPad lo sigo utilizando –aparte, por supuesto, de sus utilidades como entretenimiento (juegos, música, películas...)– para trabajar especialmente en la lectura de Pdfs. Dos programas me han hecho la vida profesional más fácil: iAnnotate Pdf (para trabajar con archivos pdf, anotarlos, subrayarlos y quedarte con las citas) y Papers, que es una especie de librería que se integra con el programa para Mac. Estas dos aplicaciones son, con diferencia, lo que más uso, y lo que hacen el iPad una herramienta de trabajo muy potente y con muchas posibilidades para la vida académica.

Al Kindle uno no le puede pedir eso. Con muy pocas excepciones (por curiosidad alguna revista y algún ensayo he descargado), el Kindle lo voy a usar sobre todo para leer novelas. Es, en este sentido, un dispositivo unidireccional. Aunque permite tomar notas, tampoco uno se puede emocionar con eso. Lo que sí es más útil es el diccionario integrado que puede ser reemplazado por uno bilingüe. Para leer en otro idioma esta es la aplicación que siempre he soñado. No entiendes una palabra, pulsas sobre ella y tienes la traducción. Eso es lo que sigo esperando que incorpore algún día iBooks, la aplicación de lectura de iPad. No creo que sea tan difícil.

Por supuesto, lo ideal de la muerte sería tenerlo todo integrado en el dispositivo perfecto. Y es que, al final, uno acaba acumulando trastos por todos los lados. Y la mochila portátil acaba pesando tres quintales entre ordenador, iPad, Kindle, iPhone, cables, y algún moleskine con su lápiz por si hay un apagón y es necesario escribir algo en algún lugar. Y por supuesto, un libro físico por lo que pudiera pasar. Supongo que en algún momento, y no creo que tan, tan lejano, veremos estas cosas implantadas en la piel o integradas de alguna manera en los cuerpos. No sé si me gustará ese futuro. Supongo que al menos podremos disimular los kilos de más diciendo que son Gigabites de memoria o que nos hemos pasado un Tera con la dieta. Miedo me da.


03/12/11

Pensamiento de marca

Por alguna razón que se me escapa, he pasado la semana sin poder conciliar el sueño. En los momentos de delirio, no he podido evitar que continuasen viniéndome a la cabeza estas imágenes de "pensamiento de marca".

La moda más multitudinaria



La que hace hablar al subalterno


El mundo soñado sin catástrofe



Y lo que más se lleva en la casa del ser

30/11/11

La moda que viene

Y cierro la serie de esta moda filosófica con lo que más se llevará en "la comunidad que viene".

29/11/11

Culture Industry. Impossible is Nothing

Para hacer frente a la crisis de la Industria Cultural, nada mejor que equiparse como manda la dialéctica negativa.


Just think it

Y entre twittería y twittería, mientras acabo las reseñas de Exitbook y uno de los capítulos del libro sobre el arte y la obsolescencia, se me ha ocurrido esta idea para una camiseta. En cuanto vuelva, me la hago. Y por supuesto, llevaré los complementos a juego. Hegel, Marx y Lacan es lo que mejor le viene si te gusta lo retro.

#novelascutres

Como Twitter es un lugar sin memoria y todo se pierde, dejo aquí algunas de las twitterías que el otro día me mantuvieron entretenido un rato.

El talento de Mr. Proper
El de Camarón
Juego de Trenas
Está lento de lo demás
El beso de la mujer de Azaña
Iiiii iii iiii
Bouvard y Pacoche
A Jerez de la Frontera, al lado del Sol
El viaje horizontal
El retrete de Dorian Gray
Pereira no se sostiene,
El miedo del portero al saque de banda
Ciudad de metacrilato
La lavadora, instrucciones de uso
Tokio Fado (Lisboan wood)
Confesiones de una careta
Los amigos de Pascual Duarte
Rinconete y Asperger

20/11/11

Tecnologías de segunda mano I (Fringe y los límites de la melancolía)

Originalmente en SalonKritik

"Frente al temor de quedar pese a todo a la zaga del espíritu del tiempo y a ser arrojado al montón de barreduras de la subjetividad desechada, es preciso recordar que lo renombradamente actual y lo que tiene un contenido progresista no son ya la misma cosa. En un orden que liquida lo moderno por atrasado, eso mismo atrasado, después de haberlo enjuiciado, puede ostentar la verdad sobre la que el proceso histórico patina." –Th. W. Adorno, Minima moralia.
Selectric 251

En A New Day in the Old Town, el primer episodio de la segunda temporada de Fringe, el cambia-formas Lloyd Parr usa por primera vez la Selectric 251, una máquina de escribir que, a través de un espejo, parece tener la capacidad de comunicar los dos universos paralelos que articulan la serie. Este “telégrafo cuántico” –como lo califica Walter Bishop en otro episodio– parece funcionar casi como un chat analógico en el que el papel hace las veces de pantalla: el usuario escribe un mensaje y la máquina teclea sobre ese mismo papel el mensaje de respuesta.


Según el dependiente de la tienda de segunda mano en la que se encuentra el artilugio, la Selectric 251 –en realidad una IBM Selectric II, fabricada en 1971– es un modelo que no existe, al menos en nuestro universo, por lo que se intuye que proviene del “otro lado.” Más adelante, en el capítulo quinto de la cuarta temporada (Novation), encontraremos otra máquina de escribir que funciona de la misma manera (chat analógico sobre papel), aunque esta vez sin espejo, y con un modelo, una Hermes 3000 portátil –como la utilizada por Kerouac–, que sí existe en nuestro universo.

La presencia de estos dispositivos retro es una de las constantes de Fringe, una serie donde la tecnología más avanzada convive con residuos tecnológicos del pasado reciente –especialmente de los años setenta– que, a pesar de su aparente obsolescencia, no sólo siguen funcionando perfectamente sino que parecen conducir a lugares por los que la tecnología más avanzada no ha sabido transitar.

Como ha observado Jorge Carrión, la serie –entre otras muchas cosas– plantea una genealogía de la tecnología contemporánea en el ámbito de la psicodelia: “Internet fue pensado por consumidores de LSD que trabajaban para el MIT, la Universidad de Berkeley y el Departamento de Defensa.”Y este origen retorna en el presente tanto a la manera del trauma –en el caso de las “víctimas” de los experimentos, como sucede con la agente Olivia Dunham– como del complejo de culpa –el del científico Walter Bishop–, pero sobre todo retorna a través de la resurrección y reactivación de los dispositivos que fueron descartados y desplazados tiempo atrás. Tecnologías cuya potencia fue cortada en un momento determinado y sin embargo sigue estando latente.

La tecnología obsoleta vuelve ahora para intentar solucionar los problemas que ella misma creó –el resquebrajamiento del equilibrio entre universos, la inestabilidad de la vida psíquica del propio Walter– y que parece que sólo pueden ser arreglados por un retorno al origen. Como espectros, o mejor, como zombis, estos objetos muertos vuelven a la vida. O, por formularlo en términos benjaminianos, estos objetos y tecnologías dormidas, despiertan de su letargo y regresan al mundo presente. Un regreso que produce conflictos, pero también da lugar a convivencias y mezclas extrañas con la tecnología más avanzada, como si se reunieran ahora temporalidades, potencias y desarrollos distintos que no pueden anudarse del todo.

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14/11/11

Fin del mundo

Al final, el viernes pasado el mundo no acabó y parece que tendremos que esperar a 2012, como dice el calendario Maya y más de un agorero, para que la cosa explote del todo. En cualquier caso, lo curioso es que esta serie de fantasías apocalípticas, que se repiten insistentemente desde hace unos años –aunque nunca se han ido del todo–, coinciden hoy con un momento en el que, en efecto, la posibilidad de un futuro mejor parece no existir o directamente es negada. La crisis económica ha puesto de manifiesto una percepción de la contemporaneidad como un tiempo sin resolución posible.

Precisamente uno de los centros de debate de la filosofía contemporánea tenga que ver con esta ausencia de prognosis y falta de creencia en un futuro por venir. Después de la Modernidad, que privilegió el progreso y utopía, y de la Posmodernidad, que se encerró en el complejo de culpa y se quedó anclada en la revisitación del pasado, la Contemporaneidad se muestra como una época de presentismo radical. Una época preocupada por un presente que parece estancado y sin solución. Un presente continuo, dilatado –lento presente, como escribe Hans Ulrich Gumbrecht, que gira sobre sí mismo y al que no se le prevé salida alguna. No hay solución posible para lo nuestro. El mundo, como en la última película de Von Trier, se nos viene literalmente encima.

La propia ciencia ficción ya no imagina futuros utópicos, sino que –amparada en la física especulativa y la teoría de cuerdas– se centra en la exploración de universos paralelos, como ocurre en Fringe, Terra Nova o incluso en Perdidos, realidades alternativas a un mundo que parece haber agotado sus posibilidades de mejora.

Quizá hoy, como ha señalado Enzo Traverso, estén surgiendo las nuevas utopías. Movimientos como el 15M, con todas las contradicciones que uno quiera encontrarle, son el caldo de cultivo para la creencia en un futuro posible, para una solución de ese tiempo estancado del que parece que no podemos salir. "Juventud sin futuro", "No hay pan para tanto chorizo", "Lo llaman democracia y no lo es"... son lemas que en cierta manera están llenos de presentismo, de constatación de la realidad. Pero una constatación que, sin embargo, llama a la movilización, a la posibilidad de un cambio, una utopía que parte de la constatación de una posibilidad. Y si esa posibilidad es posible, quizá entonces no estemos del todo perdidos. Lo que está claro, en cualquier caso, es que es el momento –sigue siendo, nunca se ha ido– de revivir la llama de la utopía –sea esta cual sea– y comenzar seriamente a pensar cómo cambiar las cosas. No sea que lo de 2012 al final vaya a ser verdad y nos vayamos todos al final a tomar por donde amargan los pepinos.

13/11/11

Cena de gala

Siguiendo con Adorno y la actualidad de sus microensayos de Minima Moralia, no puedo evitar transcribir un pasaje de cena de gala, que describe a la perfección el sentido de la cultura burguesa como cultura de consumo:

"Cena de gala. (...) Como la clientela de la sociedad de masas desea estar inmediatamente a la última, no puede dejar escapar nada. Así como el aficionado del siglo XIX era capaz de asistir sólo a un acto de la ópera por su actitud un tanto bárbara de no permitir que ningún espectáculo pudiera acortar el disfrute de su cena, con el tiempo la barbarie actual, a la que se le ha privado del recurso a la cena, no puede de ningún modo saciarse con su cultura. Todo programa debe seguirse hasta el final, todo best-seller, debe leerse y toda proyección ha de presenciarse, mientras dure en la brecha, en las salas principales. La abundancia de las cosas consumidas indiscriminadamente se vuelve funesta. Hace imposible orientarse en ella, y así como en los monstruosos almacenes hay que buscarse un guía, también la población, ahogada en ofertas, espera al suyo.” (Minima Moralia, 117-118)

Encrucijada

Rebuscando en Minima Moralia, me encuentro esta cita de Theodor Adorno de hace sesenta años:

"Ninguna obra de arte, ningún pensamiento tiene posibilidad de sobrevivir que no conlleve la renuncia a la falsa riqueza y a la producción de primera calidad, al cine en color y a la televisión, a las revistas millonarias y a Toscanini. Los medios más antiguos, los que no se miden por la producción en masa, cobran nueva actualidad: la de lo marginal y la de la improvisación. Sólo ellos podrán eludir el frente único del trust y la técnica. En un mundo en el que hace tiempo que los libros no parecen libros, sólo valen como tales los que no lo son. Como en los comienzos de la era burguesa tuvo lugar la invención de la imprenta, pronto llegará su revocación por la mimeografia, el único medio adecuado, discreto, de difusión." (Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada. 1951. Madrid, Taurus, 1999, p. 48).

La cosa da que pensar. Hoy estamos en esa misma encrucijada.

08/11/11

Artes y ciencias

Una de las cosas que siempre me han sorprendido de las películas americanas sobre la universidad es la manera en la que parecen estar estructurados los estudios. Eso de que la chica salga de clase de física teórica y se meta corriendo en la de literatura francesa del siglo XIX para acudir después a un seminario sobre el amor en el arte medieval del sur de Asia; eso, a mí siempre me ha puesto de los nervios y me ha llevado a hacerme una y otra vez la misma pregunta: ¿pero qué narices estudia esta gente? ¿Qué carrera es esa en la que uno elige las asignaturas al tuntún?

Es curioso que haya tenido que venirme aquí para enterarme por fin de que la cosa es realmente así. El estudiante americano, excepto en algunos casos específicos como Derecho o Medicina, se gradúa en artes liberales –Arts & Sciences– y ya más tarde se especializa en algo concreto. Supuestamente el plan Bolonia de las universidades europeas tiende hacia ese modelo. Pero no llega ni de lejos. En España a nadie se le pasa por la cabeza que un estudiante de matemáticas se matricule en Estética Romántica. A priori, parece que no tiene mucho sentido. Y sin embargo, si uno lo piensa bien, la intersección de la ciencia con las letras es realmente productiva en términos de creatividad.

Aquí lo tienen claro. Y cuanto más avanzada es la universidad, más contaminación hay entre las disciplinas. Emociona que parte de la bibliografía del posgrado en Ciencias Espaciales de la Universidad de Cornell –por mencionar sólo un ejemplo– se componga de libros de ciencia ficción. Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, o por supuesto, Carl Sagan, uno de sus más insignes profesores, que dejó claro, antes de morir, que el material más preciado de la ciencia es la imaginación.

[Publicado en La Razón, 4-11-11]

04/11/11

Escribir, perder historias

Es curioso lo rápido que se olvida uno de las cosas, o lo rápido que pasa página. Antes siquiera de haber recibido una respuesta (positiva; porque esta gente no responde si es que no) de editores o agentes, ya me he comenzado a olvidar por completo de la novela que, con todo el esfuerzo del mundo había conseguido escribir. En el momento en el que imprimí los casi 300 folios, y aun sabiendo que había miles de cosas que podía mejorar –si supiera, claro está–, la cosa ya dejó de tener sentido. Y ahora, si digo la verdad, hasta me da igual que se publique o no. Yo ya he conseguido lo que quería. Acabarla. Saber lo que pasaba, contar una historia. El resto no importa demasiado. A mí me da de comer otra cosa.

Lo curioso es que, durante el tiempo en el que la estaba escribiendo, no dejaba de pensar en los posibles lectores, en la gente que querría que la leyese, en lo que podía gustar o no gustar, en enviarla a premios, a editoriales de prestigio... era una manera de mantener la ilusión. Pero fue acabarla y todo se desvaneció. Aunque seguiré insistiendo, por supuesto. Ya no es para mí algo vital que se publique.

Justo en el momento en el que acabé, el libro dejó de importarme. Y comencé a pensar entonces en otra historia. Una historia en la que estoy ahora y que no me quito de la cabeza. Quizá es que para que una historia entre otra tiene que salir. O al revés: la historia nueva tira a la basura todo lo anterior. Probablemente los personajes del mundo de ciencia ficción que he comenzado a trazar han echado por la fuerza a los artistas y a la gente del mundo del arte que habitaba la anterior novela. Parece que los extraterrestres borramemorias han podido con los artistas transgresores.

Y ahora comienzo a pensar otra vez en posibles lectores, en todos los que podrán leer la novela de ciencia ficción, en lo necesario y vital que sería que la leyeran... Pero intuyo que, si algún día logro terminar este nuevo proyecto (cosa que ahora dudo y que en cualquier caso va para muy largo), ese mismo día otros personajes y otra historia vendrán a desahuciar a los habitantes de Letheia y me dará lo mismo que alguien la lea o no. Quizá en el fondo esa necesidad de buscar lectores posibles, de pensar en editoriales o premios, sólo sea una estrategia de la mente para hacer la historia llegue a su fin. Porque al final es de lo único que se trata, de saber qué ocurre con esos personajes que comienzan a poblar tu mente, qué les pasa, adónde van, por qué han llegado ahí. Y sobre todo, cómo saldrán de ahí.

Si viajar, según Vila-Matas/Pessoa, es perder países, quizá escribir sea perder historias. Quizá uno escribe para alejarse de ellas, para quitárselas de encima. Como si panal de abejas cayera sobre ti y tuvieras que apartarlas todas a manotazos. Aunque por lo general la cosa suele caer más adentro, y el procedimiento se parece más a una operación, la extirpación de pequeños trozos de metralla repartidos por todo el cuerpo. El proceso es lento y en ocasiones incluso tedioso. Y sólo hay una oportunidad para seguir con vida: escribir.

27/10/11

Zombis antisistema

La segunda temporada de la serie The Walking Dead se ha convertido en una de las sensaciones del Otoño y, con ella, los zombis han vuelto a estar de actualidad. A diferencia del fantasma, que es un alma desencarnada, el zombi es un cuerpo sin alma. Es pura carnalidad animal, sin recuerdos, sin memoria y sin pensamiento. Y con un solo cometido: satisfacer su pulsión de alimentación. Una pulsión que, sin embargo, es humana y no animal –según Freud, los animales no tienen pulsiones, sino necesidades e instintos–. Por mucho que coma, el zombi nunca está satisfecho, siempre tiene un hambre voraz. Su deseo nunca puede ser colmado.

El zombi de The Walking Dead, además, como su nombre indica, es un caminante. No para quieto en ningún lugar. Es un sujeto nómada que siempre se está moviendo de un lado para otro, como si hubiera entrado en algún tipo de loop del que ya no puede salir. Hoy, en cierta manera todos vivimos como esos zombis. Vamos de un lado para otro y a veces ni siquiera sabemos por qué lo hacemos. Sólo nos movemos, seguimos con nuestras rutinas y no pensamos en el porqué de todo ello.

Pero sin duda, lo que más llama la atención de estos zombis es su pulsión vandálica y destrozona. No sólo es que ellos vayan hechos adefesios, con la ropa hecha jirones, como los zombis del célebre vídeo de Michael Jackson, es que ahora parece que encuentran una cierta satisfacción en hacerlo todo trizas. Y esto me hace pensar que en el fondo los zombis son antisistema, como los jóvenes de los disturbios de Londres, como los encapuchados de Roma, elementos que retornan a nuestro mundo para frustrar el estado del bienestar, destrozándolo todo y tocando donde más duele: el brillo de la mercancía.


25/10/11

Lección de Anatomía

Seguimos con las clases breves de historia de la imagen.

Rembrandt van Rijn, Lección de Anatomía del doctor Tulp, 1632. La herida abre cuerpo a la mirada. Luz exterior que ilumina la escena. Luz de la razón. Inicios de la mirada médica. Ya no es el cuerpo de Cristo, sino el de un humano cualquiera. Cuerpo anónimo. Pura carne, pero aún con dignidad.


Lección de Anatomía 2.0. La mirada ha sido sustituída por la foto. La explicación ha sido desplazada por la comunicación instantánea. Una imagen vale más que mil palabras. Una foto más que mil descripciones. Ya no hace falta hablar. "Mira, Gadafi muerto. Aquí, delante de mí, ese cabrón. Aquí, como una puta escoria".

[*Adenda: Imagen multiplicada. Espejos digitales. Es la imagen de una imagen.]

Lecturas recomendadas:

Michel Foucault, El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica. México, Siglo XXI, 1966 [1963].

Lisa Cartwright, Screening the Body: Tracing Medicine's Visual Culture. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1995.

21/10/11

Gadafi y ETA. El zombie y el fantasma

Dos imágenes valen más que dos mil palabras.


La imagen contemporánea. Imagen informe, barroca, movimiento, cámara al hombro, visualidad pura. Lo obsceno, la carne, el zombie.


La imagen anacrónica. Composición clásica, reposo, forma cerrada, distanciamiento. El velo, el secreto, el fantasma.

20/10/11

Hacia el fin

Hoy es un día histórico. A la noticia del final del régimen de Gadafi –y su muerte– se ha sumado la del cese de la violencia por parte de ETA. Más allá de otras consideraciones, son noticias por las que merece la pena brindar –menos por la muerte de alguien, aunque sea Gadafi, que por el fin de las muertes de tantos–. Así que ya mañana habrá que reflexionar sobre todo ello con detenimiento, pero hoy hay que celebrar. Muchos dirán eso de no echar las campanas al vuelo. Pero creo que sí es para echarlas, y mucho. Mañana quizá haya que tirárselas en la cabeza a más de uno, pero hoy simplemente celebremos. Celebremos de modo agridulce, sin olvidar a las víctimas, sin olvidar estos años. Pero no pretendamos que el escepticismo lo tire todo por tierra. No es el final, pero es un paso tremendamente importante para el final. Es algo muy grande. Mucho más que la copa de Europa y el ascenso a primera división. Y si no lo celebramos y le damos a la noticia la importancia que merece, si nos quedamos viendo Telecinco y seguimos con lo nuestro como si nada hubiera pasado, es que realmente estamos todos fuera de juego.

14/10/11

Extraña familiaridad

Dos semanas en Ithaca y aún estoy aterrizando. Y por otra parte tengo la sensación de haber aterrizado hace ya mucho tiempo. Es extraño, todo me parece familiar, como si hubiera estado viviendo aquí toda la vida. No tengo la sensación de estar lejos en ningún momento. Es como si todo lo hubiera asumido demasiado pronto. Y, al mismo tiempo, precisamente por eso, por esa sensación de estar aquí desde hace siglos, de no percibir nada extraño y de haberlo naturalizado todo antes de lo previsto, creo que aún no he llegado del todo. Suele ocurrir a veces. Cuando uno asume las cosas enseguida, en el fondo se deja algo sin llenar, un espacio, un tiempo de extrañamiento que es necesario para adecuarse a la novedad. Pasa lo mismo que con el duelo. Es necesario un tiempo para asumir la pérdida. Una transición que, si no se lleva a cabo, luego acaba pasando factura.

Aquí tengo la sensación de no haber hecho el duelo del viaje. Y esa familiaridad excesiva de las cosas ahora me comienza a resultar extraña. Es a eso, sin suda, a lo que Freud llamaba "das unheimlich", lo siniestro o, mejor, la inquietante extrañeza. Esa extrañeza de lo conocido, pero también esa familiaridad de lo desconocido.

En Ithaca me resulta siniestro que nada me extrañe, que camine por la universidad de Cornell como si fuera la de Murcia, que aparque la bici frente a la Society for the Humanities como si estuviera en mi calle, que agarre por la mañana el vaso de cartón de café americano y que ya no lo suelte hasta mediodía, como si fuera lo más natural del mundo. Una naturalidad que sólo se vuelve artificial y distanciada cuando me pongo a pensar en lo que estoy haciendo, cuando trato de verme desde fuera y observo como si fuera un extraño. Pero eso, que por lo general en mí es habitual, la curiosidad antropológica, el mirar desde fuera las cosas como si uno no perteneciera a ellas, aquí me cuesta más trabajo que nunca. Es curioso, pero en este lugar siento que es más fácil estar dentro que fuera, y tengo que hacer un esfuerzo tremendo para dar un paso atrás y ver el marco de la escena. No sé, será cosa del Feng Shui y de que con tantos arroyos y cataratas por todos los lados, sea más fácil seguir la corriente, y dejarse llevar y fluir, como el Tao, sentirse parte de un todo y no pararse a pensar en cada momento qué está uno haciendo aquí.

04/10/11

Casas de citas

Llevo prácticamente dos días haciéndome con los programas de gestión de bibliografía para la investigación. Yo utilizaba Zotero, pero aquí he descubierto Refworks, que funciona mucho mejor, aunque no es gratuito. También estoy empezando a utilizar en serio Endnote. Una maravilla para las citas y las referencias bibliográficas. El problema de todo esto es que al final la investigación se convierte en algo cuantitativo, en una acumulación de citas que no lleva a ningún lado. Como decía en el post anterior, hay demasiada información disponible. Prácticamente está todo. Y esto, que en principio es fantástico para un investigador, puede acabar mandando al traste todo si no se utiliza correctamente, y sobre todo con mesura. Porque los textos corren hoy el peligro de convertirse literalmente en "casas de citas". Las herramientas académicas digitales contribuyen a eso. Es muy fácil llenar un texto de referencias y acabar no diciendo nada nuevo. En la investigación en Humanidades esto es un gran peligro. Y tal y como están las cosas, caminamos hacia un modelo cuantitativo heredado de las ciencias experimentales, pero también de las ciencias sociales (casi más culpables de esto), que cercena la creatividad y que, al final, cuestiona la investigación cualitativa. Quizá es el momento de reivindicar de nuevo la potencia de la escritura, del pensamiento y la reflexión, frente a la saturación del dato y la cita. Y todo esto, teniendo claro, por supuesto, que manejar información es imprescindible y necesario, y que es fundamental haberse hinchado a leer antes de escribir una línea.

01/10/11

En Ithaca, más leer y menos fotocopiar

Me he vuelto a aislar del mundo del mundo otra vez y me he escapado unos meses a Ithaca, invitado por la Universidad de Cornell para investigar un tiempo tranquilo sobre el arte contemporáneo, el tiempo y la cuestión de la obsolescencia. Ahora, después del tiempo de concentración en la novela –que reposará un rato hasta nueva orden–, me centraré en lo académico y en volver a leer otra vez con calma y sosiego a Benjamin y compañía.

Antes, salir a investigar era otra cosa, al menos en el ámbito de las humanidades contemporáneas (algo diferente sería ir a consultar archivos donde hay cosas específicas...), y se pasaba uno el tiempo de la estancia frente a la máquina de fotocopias, vulnerando todos los derechos de autor habidos y por haber, porque aquellos libros y artículos no los iba a volver a ver uno en la vida. Recuerdo mis estancias durante la tesis y la pulsión de fotocopia que tenía por aquel entonces. Irse a investigar era irse a fotocopiar libros y artículos y a desmantelar bibliotecas. Pero volvía uno igual de tonto, más o menos.

Hoy ya prácticamente –y aún
con demasiadas excepciones, claro– tenemos todo al alcance de la mano. Muchos de los libros y documentos que hay en la biblioteca de Cornell están accesibles de un modo u otro. Eso sí, verlos todos juntitos acojona y da la medida de lo poco que sabe uno y de lo que hay que leer. Tal y como están las cosas, en una semana o dos, como mucho, se puede hacer el trabajo de recopilación. Y lo verdaderamente interesante es comenzar a leer, reflexionar y escribir. Y, sobre la marcha, ya buscar las cosas que vayan saliendo. El tiempo que se tiene aquí, sin clases, ni compromisos de ningún tipo, es un regalo que no se puede desperdiciar solo recopilando cosas para otro momento que nunca llega –porque, no nos engañemos, las cosas que se archivan se quedan para siempre en el cajón de las estancias; todavía tengo libros fotocopiados en francés para empapelar París y no me han servido de nada.

Antes fotocopiaba uno cosas “por si acaso”. Pero eso ya no tiene sentido hoy. La investigación se hace en tiempo real y no para un futuro que nunca se hace presente. Mi estancia en el Clark Institute me sirvió para volver a apreciar la necesidad de trabajar con calma y sin presiones, pensando más en el presente que en el futuro, más en el proceso que en el resultado. Allí me di cuenta de que es mejor leer un libro que fotocopiar doscientos. En la investigación contemporánea en humanidades, la información ya no es el valor principal. Lo importante es lo que se hace con ella. Cómo se filtra, cómo se procesa. Y para eso se necesita tiempo. Y también quitarse de la cabeza muchas cosas, liberar espacio de memoria para que ese proceso tenga lugar. Eso es lo que espero conseguir aquí, en la Ithaca de Ulises, con un frío que amenaza ya con llegar, rodeado de libros, cataratas y bosques.