23/2/15

Emociones cotidianas


Hay libros emocionantes que pulsan la tecla justa para conmovernos. Libros que dan en el sitio que el lector tiene reservado para ser tocado. No se trata siempre de obras maestras, de novelas perfectas e intachables, per golpean en el lugar preciso, ahí donde más duele. Y lo hacen con elegancia y sutileza, sin demasiados artificios, sin grandes despliegues narrativos. Son libros que uno recuerda después, no tanto por la historia que contaron, sino por el modo en el que uno fue conmovido, por los momentos en los que una parte invisible del cuerpo vibró. La semana pasada hablaba aquí de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin. Sin duda, es uno de esos libros: sincero, sencillo, efectivo, justo; no es la gran novela, pero es un libro que se introduce dentro de nosotros.

Estos días he acabado de leer algunos otros que también trabajan a ese nivel. Delicados, breves, sin fuegos artificiales, pero apuntando de lleno al mundo de las emociones. Y, sobre todo, integrándolas en el ámbito de lo cotidiano. Porque, pase lo que pase, la vida siempre continúa. Porque nada frena nada por completo y todo acaba diluyéndose en la experiencia.


También esto pasará, de Milena Busquets (Anagrama), la gran revelación de la temporada, tiene ese estatus de libro emotivo. Lo devoré en un viaje en tren de Madrid a Murcia. No podía parar de leerlo. Está escrito en el tono justo en el que los libros se van introduciendo en el cuerpo, poco a poco. Se me quedó dentro el modo que tiene de trabajar el duelo, con una aparente liviandad que lleva lo terrible al ámbito de lo cotidiano. Y me intrigó también la presencia del sexo como algo curativo, reconfortante y al mismo tiempo alienante, la reverberación del cuerpo, que no nos abandona del todo ni cuando estamos poseídos por el recuerdo de la madre perdida.


Una de las claves de la novela de Busquets es, sin duda, la cotidianidad, el convertir el duelo en una emoción de andar por casa. Algo semejante ocurre –al menos a mí me ocurrió– con El viaje a pie de Johann Sebastian, de Carlos Pardo (Periférica). El modo en el que da cuenta de la vejez y la enfermedad de su padre me tocó directamente. Y lo hizo no sólo porque me recordase a la del mío, sino sobre todo por la sencillez y la sutileza con la que lo hace, integrándolo en el curso de la vida, en el ámbito de lo ordinario. Es así como suceden las cosas. El mundo no se frena. La vida es un presente continuo en el que el tiempo sigue avanzando.



Un tiempo que, es cierto, se hace lento y espeso por momentos, pero que nunca se detiene del todo. Un tiempo que está siempre permeado por lo más banal y frecuente. Algo de esto es lo que cuenta Blitz, la última novela de David Trueba (Anagrama). De nuevo, una obra sencilla pero preñada de emociones que logran conmovernos. El desamor, la soledad y el desamparo aparecen aquí a través del continuum. Tras la ruptura con Marta, el protagonista no se paraliza, como tampoco lo hacen los narradores de las novelas que he mencionado anteriormente. No; el punto de ruptura, el relámpago –ése es el significado de la palabra blitz–, aunque marque un antes y un después, no detiene el mundo. Todo continúa. Modifica la experiencia, todo se vuelve extraño, pero seguimos andando, vagando de un lugar a otro, sin saber demasiado bien dónde debemos detenernos. Quizá la vida no sea otra cosa: un trayecto ordinario donde todo, incluso lo terrible –“también esto”– pasará.



18/2/15

Libros emocionantes

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros, 14/02/15]

Hace unos meses, Salva Crespo me invitó a la librería Picasso de Granada para hacer una lectura de Intento de escapada. Habíamos intercambiado algunos tuits y nos seguíamos en Instagram, repartiéndonos me gustas y favs en las fotos y comentarios sobre algunos de los libros que estábamos leyendo. La experiencia granadina fue encantadora –a todos los niveles–. Entre otras cosas, tenía ganas de ir a esa librería y estaba dispuesto a dejarme las pestañas comprando ensayos y novelas. Lo que no imaginaba es que iba a acabar cargado de libros de la misma editorial. Desde el momento en que puse los pies allí, Salva no paró de alabar las virtudes de un sello del que decía estar absolutamente enamorado: Libros del Asteroide. Confieso que por un momento su entusiasmo me llegó a parecer excesivo –sobre todo en el desayuno, mientras yo intentaba recuperarme de la resaca y él seguía emocionado recordando algunos de los títulos que había leído en los últimos meses–. Pero al final acabó convenciéndome y me vine cargado de Granada con libros para varias semanas de lectura. Al terminar de leer el último de ellos, hace no demasiado, después de ser consciente de que entre noviembre y enero prácticamente no había hecho otra cosa que devorar novelas de esta editorial, pude comprender por fin a Salva y sentí que, en efecto, algunos de esos libros me habían enamorado y necesitaba compartir mi entusiasmo.



Por supuesto, ya había leído antes varios Libros del Asteroide –sigo fascinado, por ejemplo, con Monasterio, de Eduardo Halfon; y Antonio Ubero me había introducido tiempo atrás en el mundo de Robertson Davies–, pero confieso que nunca había prestado una atención especial al “mundo” que estos libros abría. Sin embargo, en estos meses he quedado prendado de su edición bella y cuidada, de sus traducciones precisas y elegantes, y sobre todo unos textos que dan en un lugar concreto al que no es fácil llegar: el alma. Ya sé que esto queda cursi decirlo –y aún más escribirlo–. Pero el caso es que la literatura que publica Luis Solano se le mete a uno muy dentro y reverbera después durante mucho tiempo. Eso es lo que me pasó con uno de los libros más hermosos que he leído en tiempo: ¡Melisande!¿Qué son los sueños?, la primera novela de Hillel Halkin, un autor que, con 73 años escribe como un joven enamorado y cuya prosa sencilla, desnuda y sincera te posee como si alguien te estuviese hablando al oído, susurrándote las verdades más profundas sobre la existencia humana. Después, leí Qué fue de Sophie Wilder, de Christopher Beha, y En lugar seguro, de Wallace Stegner. Los dos fueron grandes descubrimientos. Y los dos entran también de lleno en el ámbito de las emociones: la amistad y el amor, y cómo se deterioran o modifican con el paso del tiempo. Uno se sumerge allí de lleno en la vida de los otros. Una vida donde la presencia de la fe, de lo moral y de los cuestionamientos éticos está siempre presente. Libros como vidas. Libros que hacen pensar a través de las emociones. Ahora tengo sobre la mesita de noche Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler. De nuevo, ha sido Salva quien me ha puesto los dientes largos. Supongo que en cuanto acabe de escribir esta columna, lo abriré y me perderé entre sus páginas, consciente de que allí dentro me espera otra historia inolvidable.



13/2/15

Auster

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros]

La semana pasada Paul Auster cumplió 68 años y, como homenaje, yo subí a Facebook una foto de algunos de sus libros –los que han regresado a casa después de haber sobrevivido a préstamos varios–. Soy fan, lo confieso. Auster es el autor de uno de los libros más bellos que jamás he leído: La invención de la soledad. Un recuerdo del padre, una metáfora de la escritura como memoria y de la narración como medio para salvar la vida. Un libro emocionante y sincero. Eso fue lo primero que leí de él. Después, me enamoré de su prosa, de su mundo, de sus casualidades, de sus historias llenas de vasos comunicantes, de su metanarrativa, me enamoré incluso de su voz grave y su tez cobriza. Y no hay una sola línea suya que no considere esencial.



Sé esto que digo es irracional —así somos los fans; no atendemos a razones— y que, para muchos, Auster es un moderno de medio pelo: vanguardia popular, experimentalismo banalizado; nada que ver con la altura de Pynchon, Roth o DeLillo. Pero sobre todo soy consciente de que lo común suele ser decir: «¿Auster? Sí, al principio. Pero ya hace tiempo que no. Me gustaba cuando no era mainstream. Sus primeros libros están bien —La trilogía de Nueva York, La música del azar, si me apuras, Leviatán o El palacio de la luna—, pero luego ya no volvió a escribir nada bueno. Sin embargo, para mí Auster es un grande. Y, como digo, me gusta todo lo que escribe. No puedo escribir una línea sin sentir la influencia de sus lecturas. Y si me entero que va a publicar algo, cualquier cosa, no me quedo tranquilo hasta que lo leo. Lo compro en inglés aunque me cueste trabajo entenderlo. En ebook y después en papel. Creo que leería hasta sus whatsapps.

Hay escritores de libros y escritores de obra. Eso lo ha dicho en varias ocasiones Vila-Matas. Escritores de grandes libros, diferentes entre sí, y escritores que poco a poco, libro a libro, van construyendo un edificio literario. Yo creo que Auster se encuentra a medio camino entre una cosa y la otra. Tiene libros magníficos, historias memorables, narraciones singulares de las que uno ya no se olvida jamás (¿cómo quitarse de la cabeza las películas de Hector Mann que vertebran El libro de las ilusiones, o los vuelos del joven protagonista de Mr. Vértigo?—. Pero junto a esas grandes historias, a través de sus libros, el escritor de Brooklyn ha ido construyendo paso a paso un mundo reconocible y habitable por los lectores —una estética, unos temas, unos personajes, una manera de entender la vida, una voz—, un edificio en el que cada texto es un peldaño, un muro, una esquina, un elemento constitutivo esencial. En los escritores de obra todo cuenta, incluso los libros que aparentemente ‘se repiten’. Porque el gran libro de Auster es precisamente ese mundo ‘austeriano’ construido por el conjunto de sus libros. Un mundo lleno de azares, de lugares nostálgicos y de contadores de historias. Un mundo moderno y al mismo tiempo encantado en el que la magia aún no ha desaparecido del todo y las cosas cambian de la noche a la mañana. Un mundo propio que se pone en juego en cada párrafo, en cada historia, en cada personaje. Confieso que en pocos lugares me encuentro más a gusto que en ese universo literario.

10/1/15

El pensamiento anticipado (El Estado Mental)

[Texto publicado en El Estado Mental. 09.1.15]
“Escribir mañana.” Con esta imagen introduce María Virginia Jaua la obra de José Luis Brea (1957-2010), un pensador que nos habla desde el futuro, a través de una escritura que tuerce el tiempo y se adelanta a su presente para enviar desde allí mensajes al pasado. Una escritura anticipada, situada en un tiempo por venir, iluminadora. Creo que hay pocas maneras mejores para describir el pensamiento una de las mentes más lúcidas y brillantes que ha dado la teoría y la crítica de la cultura en el ámbito hispano.
José Luis Brea fue un cartógrafo de lo contemporáneo. Sus libros, entre los que destacaría Las auras frías (1991), El tercer umbral (2003), Cultura_RAM (2007) o Las tres eras de la imagen (2010), observan con perspicacia muchas de las transformaciones radicales del arte y la cultura en la contemporaneidad. Un ejercicio que realizó en tiempo real, incorporando a su propia obra aquellas mutaciones de las que daba cuenta: apostó como nadie por la creación de comunidades-red y el surgimiento de nuevas formas de producción y distribución del conocimiento y fue pionero en un gran número de proyectos como El Aleph, Arts.zin, w3Art, Agencia crítica o Salonkritik, plataformas todas para el desarrollo y la difusión de la crítica del arte y la cultura a través de las herramientas que permitían las nuevas tecnologías. Un compromiso con la transmisión del conocimiento que también estuvo presente en la puesta en marcha de revistas como Acción paralela o Estudios visuales, y colecciones editoriales que han contribuido, entre otras cosas, a la formación del campo los estudios de cultura visual.

Cuatro años y medio después de su muerte, llega este libro y uno tiene la sensación de que realmente ha sido escrito en un tiempo que aún no ha llegado del todo. El cristal se venga. Textos, artículos e iluminaciones (edición a cargo de María Virginia Jaua, México, Fundación Jumex Arte Contemporáneo) compila textos escritos entre 2007 y 2010, artículos y ponencias, muchos publicados en Salonkritik, pero también otras intervenciones aún no recogidas en libro alguno. Y junto a todo ello, el texto Los últimos días, escrito en 1992 con motivo de la exposición que comisarió en la Expo de Sevilla y republicado en Salonkritik en agosto de 2010, pocos días antes de su muerte. Un texto que ya anticipaba gran parte de su pensamiento: la conciencia de habitar tiempos de cambio y la necesidad de ir más allá del lamento y el sentimiento apocalíptico para encontrar en el sentido de efimeridad, en ese habitar “el instante de peligro”, la energía para un tiempo nuevo... Seguir leyendo




8/1/15

Principios de año

–Y el principio de año, ¿qué? ¿cómo lo llevas?
–Pues sin parar un momento.
–De comer y beber, ¿no?
–De eso también. He cogido 5 kilos. Un disparate.
–Modérate, hombre.
–Lo intento, de verdad, pero es que la comida me pierde...
–El turrón.
–Calla, calla, que se me ha puesto cara de almendrado.
–Y lo demás, ¿qué?, me sonaba que estabas liado.
–Ya te digo. Un no parar. Llevo todas las navidades dandole vueltas a una conferencia que tengo la semana que viene. Estoy perdiendo punch. Cada vez me cuesta más.
–Estás mayor.
–No, tío, es la presión. El congreso es la leche y me ha entrado complejo de responsabilidad. Quiero hacerlo bien.
–Entiendo.
–¿Y dónde dices que es?
–Ciudad de México.
–Ostras, cómo mola.
–Tengo unas ganas...
–¿No has ido nunca?
–Qué va. Es la primera vez.
–Qué envidia, colega.
–Ya. Espero que me dé tiempo a ver algo. Aunque el congreso en sí ya es bastante. ¿Sabes? Va a hablar Jean-Luc Nancy, y Moxey, y Mitchell, y Mieke Bal, y muchos más.
–Oye, pues yo me voy contigo.
–En la maleta.
–No, coño, en el inconsciente.
–Ahí también. Eso sí, yo no me hago responsable de ti. Si en la aduana te detectan te vuelves tú solito.
–¿Así? ¿descorporalizado?
–O en cuerpo en gloria, como mejor te venga. Pero yo no me vuelvo. Me quedo allí aunque tenga que regirme sólo por el ello.
–Entonces sí que la ibas a liar parda.
–Ya, pero quien no arriesga...
–Tú verás. Yo me voy contigo y en la inmigración pones cara de despistado. Miras al suelo y ya está. He pasado otras veces.
–Pero es que en México el inconsciente lo miran mucho.
–Me esconderé en occipital. Por un rato no va a ocurrir nada.
–¿Que no? Mira lo que pasó la última vez que te moviste del sitio.
–Ya, pero aquellos eran otros tiempos. Ahora hemos cambiado. Somos mayores. Y más sabios.
–Sí, pero es el mismo magma oscuro el que nos baña. Me das miedo.
–Lo sé, por eso me temo también a mí mismo.
–Qué terror, ¿no?
–Puta locura.
–Ya ves.
–Ya veo.

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31/12/14

Cosas de 2014

Se acaba el año y no sabes si quieres que termine. Cinco minutitos más, cinco minutitos, dices. Durante el año no han dejado de suceder cosas. La mayoría han sido buenas. Ahora, de hecho, sólo te acuerdas de esas. Las malas ya las sufriste; los peores momentos han pasado. Miras hacia atrás y te preguntas: ¿y qué he hecho yo en 2014? Algunas cosas. Las piensas durante un momento y decides escribirlas conforme te vienen a la cabeza. No todas, claro. Pero sí algunas.

Has escrito una novela. Lees los posts del Presente continuo de fin de año y ves que la noche del 31 de diciembre de 2013 por fin habías encontrado el tono y la estructura de la novela. Aunque ya estuviera allí desde bastantes meses antes, has tardado un año en escribirla y darle la forma definitiva. Así que, en cierto modo, 2014 lo recordarás por ser el año en que escribiste tu segunda novela.

Además de eso, en 2014...

-Te has apuntado al gimnasio y has vuelto a pasar semanas sin ir. Estas cosas nunca cambian.

-Has corrido menos que en 2013. Has perdido el hábito. Volverás a recuperarlo –esperas.

-Te has operado y has pasado un verano bastante jodido. Pero ahora tu cuerpo lo agradece y estás contento.

-Has bebido demasiado. No sabes si vas a hacer propuesta de enmienda de esto. Quizá otro año.

-Has escrito algunos artículos sobre arte. Cada vez te gusta menos hacerlo.

-Has salido de fiesta. Mucho. Tampoco sabes si vas a intentar cambiarlo. Aunque es cierto que te sientes cada vez más viejo. Tu segunda juventud –en realidad, tu primera, porque la primera la pasaste leyendo recluido casa– tiene visos de ir llegando a su fin. Te notas cansado, te vas antes de los bares, te cuesta aguantar hasta el final. Serán los años.

-Has viajado. Menos que otros años, pero también bastante

-Han traducido tu novela a varios idiomas. Todavía no te lo crees.

-Te han concedido una beca para pasar el curso que viene en Cornell y ahora sientes miedo y responsabilidad.

-Has dormido. Menos de lo que te gustaría. Esto sí quisieras cambiarlo.

-Has comido. Mucho. Más de lo necesario. Pero es que te gusta tanto...

-Has dado clase sin parar. Has hecho papeles hasta el fin.

-Has bebido café.

-Has visto fútbol. No todo el que te gustaría. Pero bastante. Con la Décima te fumaste un puro y te bebiste un whisky de los buenos.

-Has escuchado música. Todos los días.

-Has escrito casi todos los días un diario, Presente continuo, que al final has dejado antes de que se acabara el año. Ha sido una gran experiencia que quizá algún día vuelvas a repetir.

-Te las levantado algunos días con dolor de cabeza. Por varias razones.

-Has ido a algunas inauguraciones. No demasiadas.

-Has dado conferencias y has presentado libros en público. Hasta la extenuación.

-Has estado escribiendo hasta las tantas y luego casi no has podido dormir.

-Has visto algunas películas buenas. No demasiadas. Algunas series buenas. No tantas como quisieras.

-Has leído todo lo que ha caído en tu mano. Has pasado noches en vela con un libro en la mano. Pocas cosas te resultan más placenteras.

-Has follado. Con ganas. Todo lo que has podido –lo que te han dejado–. Esto tampoco te gustaría cambiarlo.

-Has conocido a gente excepcional. Este año especialmente. Personas que ya nunca podrás olvidar.

-Has amado. Mucho. Todo lo que has sabido. No puedes ser más afortunado.

¿Y ahora qué?, te preguntas. No sabes qué más pedir. Quizá que el 31 de diciembre de 2015 puedas volver a hacer esta lista. Y que alguna de las cosas –sobre todo la última– vuelva a suceder.


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28/12/14

El virus de la escritura

Terminas. Dices fin. Una vez más: fin ahora. Fin de nuevo. Corriges, quitas erratas, eliminas reiteraciones, insertas palabras, música, ritmo, miras desde lejos, desde cerca, haces todas esas cosas, sí. Pero ya has terminado. Lo sabes, lo intuyes, lo tienes claro. Y lo sabes porque la novela ya no está ahí. Ya no está dentro. Ha salido. No te obsesiona. Se ha ido. Ha ido saliendo poco a poco. Te importa como forma, como objeto, como mero dispositivo artesanal: quién la publicará, cómo, cuándo, cómo hacer para que se lea mejor, para mantener la tensión, para que se entienda esta frase, esta idea, este párrafo... Pero ya no te obsesiona. Se ha ido. No está.

Te das cuenta por la noche, antes de dormir. Ya no piensas en ella. No piensas en Martín, en Anna, en Sophie, en Lara, en Dominique, en Rick. No piensas más en ellos. La historia te ha abandonado. Sólo quedan flecos, síntomas de que hubo un tiempo en que te poseyó por completo. Moratones, arañazos, pequeñas heridas que aún debes curar. Pero ya no la historia. Ya no el virus. Ya no el cuerpo inflamado en todo momento por la historia. Por esa historia que te ha acompañado en el último año.

Pero no hay vacío. Acabar no es, al menos en tu caso, un vacío. No hay vértigo; sólo continuidad de espacios. La historia que has escrito acaba de ser expulsada por otra. Por otra historia que has notado llegar poco a poco, que se cierne sobre ti antes de dormir.

Por un momento las historias conviven. La nueva surge como vibración, como posibilidad futura para cuando la anterior desaparezca. Pero la posibilidad crece día tras día. Y hay un instante en el que adviertes que ha ganado la batalla. Aunque la otra aún no se haya publicado, aunque aún falte trabajo para dejarla como tú querías. Tendrás que hacerlo, claro; es un libro. Pero ya es trabajo; pura artesanía. Harás lo que sepas; no más. Está fuera. No es cosa tuya. Podría hacerlo cualquiera. Ya no hay obsesión ahí. Ahora sólo te importa la otra, la que no te deja dormir, la que arrebata tu realidad, la que ya no sabes quitarte de encima. Lleva un tiempo instalándose en tu organismo. Y no tiene intención de moverse de ahí a menos que encuentres la manera de escribirla.


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21/12/14

Yo también hago listas, aunque sean cortas: mis tres mejores libros de 2014

Por supuesto, faltaría más, aquí también habrá que hacer listas. Lo mejor de 2014. Tendría que decir: mucho. Porque en 2014 me he dejado las retinas a base de bien. He leído todo lo que ha caído en mi mano. Y puedo decir, así, a bote pronto, que ha sido maravilloso. Es cierto que a mí me gusta casi todo, que aprecio que alguien se ponga a escribir un libro en lugar de hacer cualquier otra cosa y que quizá por eso suelo ser bastante generoso con mis comentarios. Pero es que el hecho de que un tipo se siente a escribir una novela, por ejemplo, que se deje la piel y emplee meses y años de vida en crear algo que la inmensa mayoría de la sociedad considera una puta mierda, me parece absolutamente encomiable. Y que encima lo haga relativamente bien creo que es para poner un pedestal.

Suelto todo este rollo para decir que en 2014 se han publicado muchas cosas buenas. Y que me costaría trabajo quedarme sólo con algunas. Pero si alguien me dijera que me decidiera por tres libros que me han parecido de matrícula de honor, de esos que uno recuerda para siempre y que va a recomendar, regalar y sugerir a sus amigos una y otra vez, entonces, sin necesidad siquiera de justificar por qué, diría que son estas tres obras maestras:


Hillel Halkin, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? (Libros del Asteroide)


Sergio del Molino, Lo que a nadie le importa (Literatura Random House)




Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso)





Esta noche he soñado que moría

Esta noche he soñado que moría. Es la segunda vez que me ocurre, soñar que muero, digo, no morir. En mi anterior sueño percibía la muerte como un apagamiento; notaba cómo me iba apagando poco a poco, y cuando la muerte llegaba sentía una pena inmensa por mí; me lloraba a mí mismo como si fuera otro, con una tristeza exterior que nunca había experimentado. Esta noche, sin embargo, la muerte ha llegado de modo exclusivamente físico. He sentido una presión en el pecho, algo parecido a un infarto, y un tremendo dolor que me quemaba por dentro. No había allí pena o tristeza, sólo un cuerpo que quería vivir y que notaba cómo todo se venía abajo en unos segundos. Ha sido pura biología; perder la respiración, sentir el corazón explotar. Y luego, el fundido en negro.

Del otro sueño me desperté con lágrimas en los ojos –me había llorado a mí mismo–. De este me he despertado con mal cuerpo, como si realmente algo se hubiera muerto por dentro. En mi pecho todavía sigue algo del dolor sentido, como una especie de eco, de reverberación siniestra que no sé muy bien cómo explicar. Sólo sé que me siento extraño y que necesito escribirlo, y decir: he muerto, he muerto esta noche y creo que ha sido para siempre. He muerto como un cuerpo, sin alma. Sólo he sentido dolor. No había tristeza, pero tampoco alegría. No había nada. Tan sólo un cuerpo infartado que dejaba de respirar.

15/12/14

Entrevista en la revista "Pliego Suelto"

"El arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y actuar sobre las cosas"
Entrevista realizada por Raquel Moraleja y publicada Pliego Suelto
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Más allá de la escritura académica, ¿cómo has afrontado la escritura y publicación de tu primera novela?
Ha sido todo un reto. No es fácil escapar de un modo de escritura encorsetado y lleno de fórmulas hechas e inamovibles, como el de la crítica y la historia del arte, y adentrarse en un espacio de absoluta libertad como el de la novela. Creo que, en el fondo, ha sido una liberación. Algo que necesitaba. La literatura era desde bien temprano mi pasión oculta, y con la escritura de esta novela la he dejado salir a la superficie.

¿Qué hay de autobiográfico y de alter egos en los personajes de la novela: Marcos, Helena y en el propio Jacobo Montes? 
En toda escritura hay siempre algo de autobiográfico, por mucho que uno se esfuerce en ocultarlo. A mí es algo que me interesa poner en juego. En todos los personajes de mi novela hay algo de mí, aunque quizá sea más evidente en Marcos, con quien comparto un modo de ser, al menos durante mi adolescencia. Quien me conoce no deja de identificarme con él, aunque las diferencias sean abismales. También, claro, está Helena. Sus clases son como las mías, y su biblioteca es la mía. O incluso Montes: hay ideas y pensamientos artísticos que son comunes. Uno no puede escapar a su experiencia.


La trama de Intento de escapada se desarrolla principalmente en una facultad de Bellas Artes de una ciudad de provincias. Como profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, ¿qué te interesa transmitir fundamentalmente a tus alumnos?
Aquí volvemos a lo autobiográfico. Me identifico bastante con las ideas de Helena sobre la docencia. Ella intentaba mostrar el arte como herramienta de acción y pensamiento. Y yo también. Me interesa hacer ver a mis estudiantes que el arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y también para actuar sobre las cosas.
A menudo mis clases son más sobre el mundo que sobre el arte. Quizá sea porque el arte trata más sobre el mundo que sobre el propio arte. Hablar de arte es hablar de mil cosas. Es hablar de amor, de muerte, de poder, de justicia, de ética. Es, como digo, una plataforma para pensar y para hacer. Porque el arte también hace el mundo, lo cambia, lo transforma, actúa sobre él. Por eso es tan importante.
En la novela se plantean debates acerca de los límites del arte contemporáneo y se hacen alusiones a algunos creadores actuales reales, como Abel Azcona, que se encierra 60 días en una habitación “en busca de sí mismo”, o Santiago Sierra, que desgarra las espaldas de una fila de personas, ¿por qué debe considerarse arte este tipo de acciones? 
Es un debate complejo. Son arte porque pertenecen a una tradición artística. Ambos artistas se insertan en una historia. Sus obras están llenas de referencias a esa tradición. No se podrían entender, ni haber tenido lugar, sin sus precedentes. Y esa tradición, la que se comienza a establecer en la modernidad y se desarrolla hasta nuestros días, observa el arte como una experiencia de intensificación del mundo, es decir, como una toma de conciencia –habitualmente crítica– de aquello que nos rodea.
Arte es todo lo que la institución arte entiende como tal –esa es la definición institucional–, pero para estar ahí suele haber una historia compartida, y un modo de entender la práctica. A mí, como digo, me interesa el arte que propone experiencias de intensidad que cuestionan nuestro modo cotidiano de experimentar la vida. Las prácticas que nos hacen ver y sentir las cosas de modo diferente.
Hay muchas dudas sobre el arte contemporáneo que rondan a Marcos, tu joven protagonista. ¿Crees que el arte contemporáneo es apto para todos los públicos o solo para aquellos “educados” al respecto?
El arte contemporáneo se ha convertido en un espacio para minorías, para élites culturales. Pero no todo. Hay un arte que sigue siendo para las masas, un arte kitsch y fácil de consumir. También hay otro excesivamente hermético, casi para críticos y especialistas. Entre esos dos extremos está la virtud.
En cualquier caso, lo que hay que tener claro es que el arte contemporáneo –como el arte del pasado– solo se entiende si uno pone algo de su parte, si lee, si intenta comprender aquello que está viendo. Las obras no se abren como por arte de magia ante nosotros y nos muestran sus significados.
El arte se lee, se interpreta, y solo así se experimenta. Es como un libro. Uno tiene que abrirlo y leerlo; no puede juzgarlo por el lomo, o simplemente después de hojearlo. Con el arte sucede lo mismo: hay que intentar leerlo. Y claro, para eso es necesario un proceso de alfabetización artística. No es tan difícil. Es cuestión de dedicar algo de tiempo a mirar con la mente. A través de vistazos uno no entiende nada.

20/11/14

Perder el oremus

–¿No echas de menos el Presente continuo?
–Te lo iba a preguntar yo.
–Yo sí. Mucho.
–Yo también. Más.
–Ya estás. Igual que siempre. Yo más. Yo más. Yo más.
–Es que soy un objeto a minúscula imposible de satisfacer. Necesito autoafirmarme.
–Lacaniano estás hoy, ¿no?
–Un poco, la verdad. Me ha entrado la nostalgia.
–¿Nostalgia?
–Sí, aquellos años, cuando me leí los escritos y los seminarios, cuando me creí sus cosas.
–¿Ya no te las crees?
–Menos. Lo de lo Real y todo el rollo, sí. Pero el resto, uff, puto loco.
–Ya. Dímelo a mí. Aún estoy como Antígona, entre dos muertes.
–Qué capullo eres.
–Jajajaja.
–Por cierto, lo del Presente, decía. ¿Lo echas de menos?
–Pues sí, un poco sí, pero las cosas son así. Tienen que terminar. Además era un estrés. Todos los viernes. Un taco de palabras. Deja, deja. Todo tiene su tiempo.
–Lo tiene, es verdad.
–Oye, ya que lo dices: ¿el mundo está lleno de locos o soy yo, que miro ahora y veo esto hecho un solar?
–Las dos cosas.
–...
–Cada vez hay más locos. Por todas partes. Y lo del solar, también.
–Vamos, un desastre.
–Como lo oyes.
–Dirás "como lo dices".
–Como lo digas.
–Ah, vale, no entremos en conflicto.
–Otra cosa: las lecturas. ¿Cómo van?
–Pues el caso es que no paro. Una tras otra. Y como no escribo de ninguna, se me pasan. Acabo de empezar el de Cercas. Estoy a medio con uno de DeLillo. Tengo sobre la mesita el último Herralde, el de Nettel. Pero estoy apático. Llevo unas semanas que las cosas me gustan menos.
–¿Has ido al médico? Lo mismo es del estómago.
–Todo puede ser.
–Por cierto, ¿has notado cómo se nos va de las manos esto?
–Ya te digo. Nos ponemos a hablar y perdemos hasta el oremus.
–Eso va a ser falta de calcio.
–¿Lo del oremus?
–Lo mismo.
–Habrá que probar.
–Venga, déjalo por hoy, que mañana te vas a Eñe.
–Es verdad. Ganas tengo.
–Da recuerdos a la gente.
–Lo haré.
–Y no te drogues mucho.
–Lo intentaré.
–Y una cosa, por cierto, antes de acabar.
–Dime.
–Qué fuerte lo de la Duquesa de Alba.
–¿Qué pasa?
–Que dicen que resucita.
–No jodas.
–Sí, tío, lo he oído.
–Joder, con la nobleza.
–Nobleza obliga.
–Ya, pero resucitar...
–Yo que sé, me lo han dicho. Son fuentes fiables.
–Tú mismo.
–Pues nada, que des recuerdos y que escribas mucho.
–No lo dudes. Salúdame tú por ahí al personal.
–Siguen cabreados con lo del trauma. Me dicen que sublimes, que si no se quedan ahí y no espuman.
–Lo intentaré, te lo juro. Este finde sublimo. Voy a sublimar hasta que me haga sangre.
–Ése es mi mahn.
–Qué cabrón, cómo me manejas.
–jjajajaja.
–...


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13/11/14

Diálogos a destiempo

–Cuánto tiempo, ¿no?
–Sí, he estado desaparecido.
–¿Haciendo?
–Lo de siempre. Escribir, leer, morir de amor. Esas cosas.
–Ya veo.
–...
–No me mientas, estás jodido; lo intuyo.
–No sé por qué lo dices.
–Porque te conozco. Tu tono. Tus puntos suspensivos. Esas cosas.
–Quizá sí. Quizá un poco. Pero ya está. Afortunadamente.
–Cuenta, hombre, cuenta.
–Si es igual, tampoco importa demasiado. Supongo que es la vida. Unos días te crees Dios y otros, una puta mierda.
–Tampoco es eso.
–Sí. Lo es. Las cosas suben y bajan. De un día a otro. Acabas de follar. Todo es perfecto. Y a los dos minutos el mundo se desmorona.
–Entonces a lo mejor es que todo no era perfecto antes.
–A lo mejor. Pero no importa, no te preocupes.
–Vale. Pues a lo que voy –de hecho es lo único que me interesa ahora–: ¿cuándo acabas tu puta novela?
–Está casi ya.
–Eso llevas diciéndolo unas semanas.
–No. Te lo juro. Ahora sí. Estoy retocándola. Recortando cosas, reiteraciones, repeticiones, fallos.
–Vamos, editando.
–Casi. También hay cosas que quiero enfatizar y que no quedaban muy claras.
–Pues dale ya y entrega. Eso es ponerse.
–Eso quisiera. El problema es sacar tiempo.
–Si estás tocándote los huevos todo el día. Los profesores de universidad no trabajáis.
–Eso lo dices tú.
–No. Lo dices tú. Aunque lo escriba yo.
–Jajaja. Ahí tienes razón toda. Lo digo yo. Pero es mentira. Estoy algo puteado con la asignatura de este año.
–Teoría de la Historia del Arte, dijiste.
–Sí.
–Pero eso lo tienes hecho, hombre.
–Los cojones. Quiero darla bien y se me hacen las tantas preparándola. Y luego, para nada.
–Ya.
–Al final, entre eso, las tutorías, las presentaciones, los compromisos sociales, me queda el tiempo justo para sentarme a escribir.
–Pues bien que ahora te pones a hacer el tonto con este diálogo.
–Lo sé. Pero es que tenía ganas de conversar contigo. Además, has sido tú el que ha empezado. Yo estaba tranquilo escribiendo y has preguntado.
–Porque tú me has llamado. Que yo estaba en el magma de tu inconsciente, dándome un bañito en el Ello.
–Por cierto, ¿cómo va? ¿Hace frío por allí?
–Aún no ha llegado el invierno, pero ya sabes, es lo mismo, el magma está siempre tibio.
–Y lo de la luz... ¿se solucionó?
–Qué va. Seguimos a oscuras. Hasta que no acabes la novela seguimos siendo sombra y abismo.
–Es culpa mía.
–Sí. Lo que es, es. No hay que darle más vueltas.
–Lo siento.
–Lo sentimos todos.
–Prometo acabar y encargarme de que todo se arregle.
–Acuérdate también de lo del trauma, que no se vuelva a repetir.
–Lo intentaré, pero no te garantizo nada.
–Si no lo digo por mí. Hablo de parte de los demás. Nos está machacando.
–Dale tiempo.
–Es intemporal, eterno y algunos días cíclico.
–Ufff, es que así no hay manera.
–No la hay.
–En fin, saluda.
–Saludaré.
–...
–Y tú escribe.
–Escribiré.

10/11/14

Al final

Al final, el final. Lo que todos esperaban. Un día de vida. Poco más. Después, el tanatorio. El mismo lugar, la misma sala, los mismos sillones roídos, la misma máquina de café, el mismo olor a flores, la misma ventana, el mismo rectángulo que muestra el cadáver. Otro cuerpo, es cierto. Pero para ti es el mismo. Siempre el mismo.

No puedes evitar que la retina se te llene de imágenes de otro tiempo. Y en esa pantalla que separa la vida de la muerte ves de nuevo a tu madre. La memoria no te deja mirar el presente. Todo es bruma, niebla, aire denso que viene del pasado. Estás en el mismo lugar. Una y otra vez. Viendo la misma imagen. Una y otra vez. Sintiendo el mismo escozor en las pupilas. Una y otra vez. Una y otra vez. El eco no se desvanece. Toma vida –curioso, el eco de la muerte, más vivo que su origen–. Se abalanza sobre ti. Te muerde. Te araña. Te posee. Y ya no te lo quitas de encima. Es una vibración, un infrasonido, una infraimagen. Está ahí. Aunque no lo escuches. Aunque no lo veas. Está ahí. Y se introduce poco a poco en tu organismo. Como un virus. El virus de la memoria, el virus incurable, el virus que te hace enfermar de pasado. El que te eriza la nuca, el que te remueve el estómago, el que te hace temblar las rodillas, el que hace que los labios se cuarteen. La vida de la muerte. La reverberación de lo incomprensible. El sonido oscuro que vuelve para resquebrajar cualquier posibilidad de sentido.

9/11/14

Presente discontinuo

Por primera vez en más de un año despiertas un domingo sin tu “Presente continuo”. Lo haces con mal cuerpo y recuerdas el día de ayer:

Te llaman por la tarde para decir que el suegro de tu hermano ha tenido un derrame cerebral. La fatalidad se está cebando en estos meses con la familia. Es cuestión de horas que ocurra lo inminente. Los médicos no han dado ninguna esperanza. Cuando entras a la habitación, no sabes qué decir. Cualquier palabra sobra. Es el momento de la agonía. Miras la cama y ves al padre de tu cuñada con la respiración entrecortada y unas pequeñas convulsiones en el estómago que anuncian lo peor. No puedes animar, ni decir nada al enfermo. Oye, dicen, pero ya no siente. Allí sólo cabe esperar. Tienes en la cabeza desde el primer minuto la visión de tu padre agonizando en el hospital. La cama, la familia junto a él, la respiración entrecortada, el rostro desencajado, la desesperanza. Intentas poner una compuerta a tu memoria para contener todo esto y no derrumbarte. Tienes que afirmar la vida en el contexto en el que la mancha de la muerte lo inunda todo. Para eso has ido, para animar, para ser cuerpo vivo y latente en el que la familia pueda apoyarse. Lo intentas. Lo haces con todas tus fuerzas. Pero en un momento tu fortaleza se viene abajo. Es un sonido, un ruido terrible, el que lo rompe todo. El tubo para sacar la mucosidad acumulada en el pecho. Sientes cómo la vibración de ese rumor rompe el fino muro de cristal que mantenía a raya tus recuerdos. Todo se hace trizas. El pasado se clava en la carne bajo la forma de miles de trozos de vidrio y no puedes aguantar un segundo más. Abrazas a tu cuñada y a tu hermano. Dices “lo siento” y sales de la habitación. Mientras bajas las escaleras y te permites el llanto, miras el móvil y ves que alguien te ha nombrado en Facebook, que te llama de usted con agresividad y que parece hacerte casi responsable de algo sobre lo que tan sólo has mostrado tu punto de vista. Se han malinterpretado tus palabras y todo se ha salido de madre. Intentas ser cordial y razonable. Pero no hay manera. No entiendes nada de lo que está pasando. Sólo sientes que es muy triste. A veces sería mejor callar. Te acuestas con la sensación de que el mundo es un lugar extraño difícil de comprender. Cuando despiertas ves las noticias del autobús accidentado en Cieza. Piensas en los muertos, en los heridos, en la gente de Bullas, en los familiares, en todo el dolor, en la imposibilidad de encontrar consuelo, en la sensación que deben de tener de absoluta falta de sentido en todo lo que ocurre.

Después, ahora, sientes la necesidad de escribir. Y mientras lo haces percibes cómo todo se calma y vuelve a su lugar. Quizá, en el fondo, las palabras, esas que a veces nos condenan, son también lo único que nos salva. A ti, hoy, te sirven, te colman, te arropan, te abrazan, te protegen. Por eso escribes. Por eso no puedes dejar de hacerlo.

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7/11/14

Autopsia

[Publicado originalmente en Otra Parte Semanal]
Autopsia es la primera y esperada novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), autor que, gracias a la inteligencia narrativa desplegada en muchos de los cuentos de Órbita, su anterior libro, ha encontrado ya un lugar destacado en la literatura española de su generación. Con esta novela, Serrano demuestra que aquella potencia de los cuentos de Órbita es capaz de aguantar con vigor las casi cuatrocientas páginas de este libro y sumergirse con brillantez en cuestiones centrales como la memoria, la culpa, el miedo, la amistad, el éxito y el fracaso. Cuestiones que toman forma en una historia, la del joven Miguel (un aspirante a escritor que podríamos confundir con el autor), construida a través de varios tiempos que se intercalan y se superponen: la infancia, la adolescencia y la actualidad. Se trata de fragmentos que se van hilando conforme avanza la narración y que surgen especialmente de dos sucesos traumáticos. El primero tiene lugar el día en que al protagonista le pegan unos skinheads, un momento crucial que se repite una y otra vez y del que brota un poema y también una novela inacabada —quién sabe si Autopsia no será precisamente esa novela—. El segundo momento traumático proviene de la sensación de culpabilidad por el maltrato que el narrador y otros infligieron a una compañera de colegio, una sensación latente que se vuelve manifiesta tras un encuentro casual en el presente del relato.
Si se piensa bien, el título del libro remite en realidad a la disección de un cadáver: el pasado; un cadáver que, al ser abierto y despedazado, al ser explorado, vuelve al presente para romperlo todo y poner las cosas patas arriba. Pero sobre todo la novela puede ser leída como una puesta en escena de la memoria, que se presenta aquí de varias maneras. En primer lugar, la memoria como trauma: el trauma de ser golpeado, el miedo, el maltrato, la culpa. Ambos traumas aparecen fuera de campo y en acción diferida, actuando a contratiempo y repitiéndose una y otra vez. En segundo lugar, la cuestión de la memoria aparece en la propia estructura del relato, que se construye a través de saltos temporales, discontinuidades y retornos, emulando el funcionamiento del tiempo psíquico. En este sentido, el autor reflexiona constantemente sobre la escritura, la posibilidad de contar, qué escribir, cómo hacerlo, por dónde empezar y por qué hacerlo. El libro, de este modo, se retuerce sobre sí mismo y establece un vínculo esencial con su propia construcción, en un juego metaliterario resuelto con maestría y expandido mediante la puesta en cuestión de los límites entre realidad y ficción, entre autor y narrador.  Por último, la memoria hace su aparición como memoria generacional, la cartografía nostálgica de un tiempo, los ochenta y los noventa, que ha calado fuerte en el imaginario de la cultura española. Una cultura de masas previa a la era de Internet y que es vista ahora casi como una especie de ruina contemporánea, la cultura de la telebasura, que todavía pervive, aunque de modo zombi, sin la hegemonía y centralidad que tuvo antes de la era digital. Un tiempo que no se ha acabado de ir, como nada nunca se va. Porque si algo enseña Autopsia es que nada se borra del todo, que el pasado queda ahí, latente, y que a veces es necesario desmembrar los cadáveres y buscar el origen de su muerte y enfrentarnos a ellos, aunque el encuentro nunca sea satisfactorio. Aunque llegue, como siempre, demasiado tarde.

5/11/14

Me piden algunos amigos que me posicione sobre la no renovación de contrato de Javier Fuentes como director del Cendeac. No he querido hacerlo porque se trata de un centro con el que he estado vinculado desde sus inicios y mi opinión puede que no sea objetiva. Aun así diré varias cosas desde la razón pero también desde el corazón. 
La primera: Javier me parece un grandísimo profesional. Un intelectual, comprometido, serio, que ha sabido hacer milagros con el poco dinero que tenía. El Cendeac venía de antes, y también es de rigor –aunque era otra época– admitir que algo bueno se hizo en aquel momento. Algo, aunque fuera dar visibilidad, crear una biblioteca e iniciar una colección de libros que ha sido una referencia en España. Esto es innegable. Como también es innegable que la gestión de Javier, con lo poco que había, ha contribuido a profesionalizar y consolidar muchas de las cosas que antes no eran sino intuiciones. Así pues: un ejemplo de gestor. 
La segunda: Me llama la atención que muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras con la no renovación del contrato también se la rasgaron cuando fue nombrado a dedo –igual que a dedo fui nombrado yo años antes– como director del Cendeac. Por mucho que en ese momento se dijera que era un gran profesional, en todos los medios fue visto como una imposición pepera del anterior equipo de gobierno –ese al que no se cesa de criticar por todo–. El propio IAC –al que pertenezco– emprendió una lucha furibunda y los periódicos se hicieron eco del escándalo en Murcia. Sin embargo, como hemos tenido la oportunidad de comprobar estos años, Javier ha sido un muy buen gestor. Y, entre otras cosas, si se ha montado el revuelo que se ha montado por su cese, es que algo bien –muchísimo– ha hecho.
La tercera: No sé cuáles han sido los motivos de su cese. No estoy en la cabeza de los que no han renovado su contrato. Desde luego, si ha sido cesado por organizar un congreso con implicaciones políticas –no sólo por invitar a Iñigo Errejón– que tocaba las narices, me parece un disparate de grandes dimensiones. Sobre todo porque esto habla 1) de una impericia absoluta de los responsables de cultura –fallo estratégico– y 2) de un castigo que no puede ser permitido en tiempos de democracia y libertad de expresión.
Tres: En cualquiera de los casos, hay algo que no puede pasar desapercibido: un nombramiento público a dedo implica también que en cualquier momento el cese se produzca a dedo y de modo caprichoso –por el mismo capricho y azar que el nombramiento–. Por supuesto, esto no debería ocurrir así. Ni el nombramiento a dedo, ni el cese a dedo. Sobre todo porque entre dedo y dedo uno es capaz de demostrar su valía –como ha sucedido en el caso de Javier–. Aunque también uno acaba entendiendo que el juego en el que ha entrado tiene unas reglas no escritas: no importa lo bien que lo hagas, lo bien que funcionen las cosas; siempre hay alguien –otra opción– que a los nuevos les parece mejor. Y eso es así. Igual que tu opción sustituyó a una opción anterior. Y a otras muchas posibilidades que nunca se verán porque no entran en la terna de los posibles.
En definitiva: que creo que Javier merece todos mis respetos. Como murciano e interesado en la cultura no puedo sino agradecerle todo el esfuerzo y la dedicación. Si su cese se debe a cuestiones que tienen que ver con la libertad de expresión, me indigno mucho y me parece intorable. Si no, y su cese se debe a que el nuevo equipo considera que hay otra opción que ellos consideran más viable en su visión del mundo, me indigno también –por la valía de Javier–; pero en este último caso no puedo sino aceptar que son las reglas del juego. Exactamente igual que me habría indignado si yo hubiera permanecido como director del Cendeac y en el cambio de consejeros, por muy bien que yo lo hubiera hecho, hubieran decidido cambiarme –por las razones que ellos considerasen oportunas–; al final uno ocupa un asiento prestado. 
Por supuesto: no es así como deberían funcionar los centros de arte –ni nada en este país–. No. Debería haber concursos públicos limpios a los que cualquiera pudiera optar en igualdad de posibilidades. Y que siempre fuera la persona más preparada la encargada de llevar las cosas a buen puerto. El problema es que sabemos que eso también tiene truco. Como todo. Es España; no lo olvidemos. Esta es de las cosas que deberíamos cambiar. Urgentemente. Y lo dice uno que también fue elegido a dedo –y que en la medida de sus posibilidades hizo todo lo que supo y más; mejor o peor, pero se dejó el pellejo, sabiendo que todo era contingente y en cualquier momento se podía ir a la mierda–. 
Conclusión: que me entristece un montón, pero que no hagamos lecturas simples del mundo.

4/11/14

Presente continuo (semana del 24 al 30 de octubre) / Fin

VIERNES 24 / Memoria
Te levantas con dolor de cabeza aunque enseguida se te pasa. Antes de ponerte a escribir acabas de leer Los huérfanos, de Jorge Carrión. Te ha acompañado las dos últimas semanas y anoche dejaste unas páginas para poder terminar hoy la lectura con tranquilidad. La historia de los supervivientes “bunkerizados” de una tercera guerra mundial te lleva directamente al imaginario de ciertas series televisivas. No puedes evitar pensar en  la escotilla de Perdidos, entre otras cosas. Sin embargo, rápidamente la novela se mueve hacia el ámbito del lenguaje. A pesar de lo que cuenta, de la cantidad de imágenes que pone en circulación, lo que más te llama la atención es la reflexión sobre el propio acto de escribir y recordar, sobre el problema del lenguaje y la memoria. Es, en realidad, un libro acerca de cómo uno puede o debe recordar. Las reflexiones de Carrión sobre la memoria, la historia, la narración y el lenguaje son tremendamente lúcidas y dan de lleno en el centro de las prácticas artísticas que más te interesan. En un momento de hipertrofia de la memoria –donde incluso algunos momentos y acciones del pasado se vuelven a realizar a través de lo que en el libro se llama reanimaciones históricas–, los personajes, tras sus años de aislamiento en el búnker, viven al límite del olvido. El lenguaje es lo único que queda cuando ya no queda nada. Es la única memoria del mundo. El diccionario, aunque deje de significar afectivamente, es el disco duro de una civilización.
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A lo largo del día escribes el “Presente continuo” y logras terminar el texto sobre el video arte en la obra de Mieke Bal. Lo envías todo y descansas. Sabes que mañana empieza todo.

SÁBADO 25 / El instante decisivo
Te encierras a escribir desde bien temprano. Has decidido darle el empujón definitivo a la novela. Ha llegado el momento. Te sientas frente al ordenador y percibes cómo fluye la escritura. Ya nada te va a parar.
Haces un pequeño descanso para ver el Madrid-Barça. Y continúas las escritura. Sigues hasta bien tarde. Casi no duermes.

DOMINGO 26 / No respiras
Desayunas y te sientas a escribir. Tienes la historia en los dedos. La sientes salir, casi como si te fueras vaciando de algún fluido consistente. A media mañana, haces una pequeña relajación para visualizar el final de la historia. Lo ves. Por la tarde sigues, no hay pausa. La intensidad de trabajo es brutal. Casi ni respiras. Te levantas para cenar y te sientas de nuevo.  Cuando te vienes a dar cuenta son las tres de la mañana y al incorporarte de la silla notas cómo te crujen las rodillas.

LUNES 27 / Acabando
Te levantas temprano y te sientas a escribir. Es la rutina. Ahora no hay otra. Esta semana el “Presente continuo” es un continuo de escritura. Estás absolutamente inspirado, drogado por la literatura. Casi en trance. Avanzas en un día lo que antes avanzabas en varias semanas. No existe el mundo exterior. Haces planes para acabar capítulos y los terminas antes del tiempo imaginado. Es un subidón literario. Percibes cómo todo se va acabando, poco a poco. Por supuesto, tendrás que volver, y corregir, mil veces quizá. Pero esto ya va siendo una historia, cerrada, legible.
Acabas el penúltimo capítulo ya en la madrugada. Cambias cosas en el último instante. Sólo te queda el final.
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MARTES 28 / Fin
Por la mañana escribes el último capítulo. Hay momentos en los que tienes que levantarte y saltar. Te tiembla el cuerpo. Es como si una fuerza sobrehumana te hubiera poseído y tuvieras que sacártela de encima. Intentas hacer una meditación en la cama, pero el cuerpo te palpita; son pequeñas convulsiones. Notas que la historia está saliendo de ti. Imaginas el proceso casi como un exorcismo. Y hay algo en el interior de tu cuerpo que no deja a la historia salir del todo. Quizá sea porque al dejarla ir la pierdes un poco. Escribir, piensas, es perder la intimidad con las historias. No se van para siempre de ti, pero al plasmarlas sobre el papel, al ser compartidas, pierden algo de esa magia de lo clandestino, de esa secreta solidaridad que comparten con el escritor.
Antes de comer acabas el capítulo. Te queda la coda final, las últimas dos páginas, el momento en que la historia toma sentido.
Llevas por la tarde a R. al médico a que le hagan unas punciones en el brazo. No puedes dejar de pensar en esas páginas por venir. Caminas como un zombi, con el piloto automático. Tu cabeza está en otro lugar. Pides perdón a R. por no estar en tu totalidad. De hecho, estos últimos días no has estado allí. Tu mente ha habitado la novela. Por completo.
Tras la cena le dices a R. que ahora sí necesitas estar solo. Es la última página, los dos últimos párrafos. Sabes lo que va a ocurrir, estaban escritos prácticamente desde el principio. Había una frase final. Pero tienes que darle forma para encajarlo dentro del gran puzle que has escrito. Es el cierre perfecto.
En las páginas finales todo se ralentiza. Cesan los temblores. El final no es como el orgasmo sino que quizá es más parecido a un acabamiento lento y pausado. Toda la última parte es en sí un momento de placer, un sentimiento de satisfacción expandida. El punto final, la última frase, la sientes no como una explosión de júbilo, sino como si algo que se pierde en la distancia, sonando cada vez más flojo, casi en fade out, desvaneciéndose como un susurro.
Es así como acabas la novela, aflojando la cadencia de escritura, relajando la presión con la que tecleas, respirando profundamente, como cuando uno deja de correr y lo hace poco a poco, en fase de enfriamiento. Así llegas a la última frase, así la escribes con los ojos humedecidos, así pones el punto final, así levantas la mano del teclado.
Tomas aire y lo retienes. Cierras los ojos. Te levantas de la silla. Te apoyas en la estantería junto a la mesa del ordenador. Miras con distancia la pantalla. Y comienzas a expulsar muy lentamente el aire, consciente de que ahí, en ese último soplo ha salido de ti lo que aún quedaba de historia.
Es después cuando te sientas y escribes “FIN”. Y lo fotografías. Y compartes tu alegría. Pero eso es sólo después. El momento bello e inexplicable es el del último párrafo, la última frase, el último momento de intimidad absoluta con algo que has llevado dentro de ti prácticamente un año y medio.
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MIÉRCOLES 29 / Nube
Cuando te despiertas vuelves a ver la foto que has subido a Instagram y te das cuenta de que no es un sueño. Preparas la clase que tienes en apenas dos horas. Comenzar a leer sobre el concepto de “Estilo” te lleva de vuelta a la realidad. Hablas en clase del concepto y comienzas a trazar la importancia de lo visual. Después, empiezas a preparar las clases del día siguiente. Este día has vivido alejando del mundo. Miras los periódicos y ves que la que hay montada. Todo sigue rumbo peor. Es necesario que algo cambie. Y estás convencido de que en el fondo algo va a cambiar. Aunque no sabes qué, ni cómo, ni cuándo.
Comes con E. y le cuentas que has acabado la novela. Sigues en la nube. Por todo. Por tantas cosas que aún no sabes cómo asumir.
Por la tarde, en el MUBAM, asistes a un encuentro con los lectores de Intento de escapada. S. hace una introducción lúcida y tú te encuentras muy cómodo hablando. Firmas algunos libros y acabas contento.
Llegas a casa y, casi sin cenar, y preparas las clases del día siguiente hasta las tres de la madrugada.

JUEVES 30 / Punto final
Dos horas seguidas de clase. Hablas del formalismo y de la obra de Riegl, un historiador del arte que te sigue pareciendo fundamental. Cuando acabas, llevas el USB a la fotocopiadora para imprimir unas copias de la novela y te dicen que pases a por ellas en unas horas.
Por la tarde, te recortas la barba y vuelves a tu estado normal de estos años. Ahora sí, un cambio visible. Después recoges las copias y tienes por fin la novela encuadernada en las manos. Es un momento de felicidad. Ves ahí, en esas doscientas y pico páginas, todos los desvelos de estos últimos meses. Tendrás que trabajarla, claro, pero ya hay algo que crees que funciona. Te falta distancia, por supuesto; todo son inseguridades. Pero el gran trabajo está terminado. Y estás satisfecho.
Pasas un momento por la casa de los chicos de La Mano Robada, que preparan su exposición para la siguiente semana. Le das las frases que prometiste. Te despides de ellos y te dicen que será la última vez que lo hagas en esa casa. Se mudan.
Cenas con L. y J., que ha vuelto de viaje. Os cuenta experiencias y te entran unas ganas tremendas de volver a los Estados Unidos. Tomáis unas copas en el Bizz’art. Esta vez la noche no se alarga demasiado.
Mientras vuelves a casa sientes que todo suena a conclusión, a clausura de algo, a colofón de un periodo especial. Y percibes entonces el fin de este presente continuo. Lo habías intuido en las últimas semanas, pero ahora estás convencido.
Durante este año y tres meses, la única constante ha sido la escritura de la novela, las preocupaciones, los fallos, los bloqueos, las sesiones de escritura, las procrastinaciones… En el fondo, el presente continuo ha sido una especie de making-of. Tiene sentido que el fin de la novela sea también el fin de este diario íntimo en segunda persona.
Te recuestas junto a R., la besas en la frente y apagas la luz. Cierras los ojos y haces recuento de estos últimos meses. Esta será la última noche. Piensas en cómo será el último párrafo.
Las historias acaban. Todas. Y después siguen su camino. Continúan en otro lugar. Quizá tengan otra vida, en el futuro, con aire fresco, con otras preocupaciones. La vida sigue, claro. Pero en algún momento hay que dejar de contar. Y ese momento ha llegado. Es ahora. Te despides. Escribes las últimas frases. Das las gracias a los lectores por todo este tiempo. Sientes un picor en los ojos. Pones punto final.
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