17/5/16

Diario de Ithaca 29 (Preferiría no hacerlo)


[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 09/05/16. Escuchar Podcast] 


Acabo la clase y salgo a toda prisa para tomar el autobús hacia Nueva York. Las cinco horas de viaje las paso escuchando podcasts de escritores españoles hablando en inglés. Me quedo fascinado con el acento británico de Javier Marías. Y soy consciente de que tengo que rendirme.

Llego a Port Authority antes de lo previsto y tomo un taxi que me deja junto a la casa que amablemente me ha prestado Keith. El portero me abre la puerta del apartamento y durante unos segundos pienso que hay algo extraño en la casa. Han cambiado la disposición del salón desde la última vez que estuve allí. También los muebles. Y no reconozco a nadie en las fotos. Le pregunto al portero si está seguro de que esa es la casa de Keith. Y él insiste en que sí. Intentando no cuestionarlo demasiado, le digo que quizá no es así y que si puede comprobarlo. Sólo entonces, tras unas llamadas, me dice que tengo razón. La casa de Keith está en el piso de arriba. Por un momento, pienso en cómo habría sido dormir en la cama de ese desconocido.

Dejo las cosas en el suelo y bajo rápidamente a encontrar a Leo, que llega esta noche desde España. Nos abrazamos frente a la entrada de Columbia y apenas le dejo tiempo para asearse un poco antes de salir a por cervezas. El club Renacimiento toma Manhattan. Desde la primera noche.

El viernes despertamos tarde y salimos a hacer tiempo hasta la presentación de la novela. Yo ya he normalizado Nueva York, pero cada vez que paseo junto a alguien, todo se vuelve de nuevo mágico y extraño. Comemos en un mexicano cerca de la librería donde será el evento. Unas micheladas y vamos entrando en calor. Después, un Old Fashioned para pulir los nervios.


Al llegar a McNally Jackson Books me dicen que el evento será compartido y que apenas tengo media hora para hablar. John Reed, el escritor que me presenta, ha preparado algunas preguntas que tiene que resumir. Y a mí entran los nervios y comienzo a aturullarme con el inglés. Cuando veo a Agatha Ruiz de la Prada sentada en la primera fila  –imagino que viene a ver a Ignacio, el otro escritor que también presenta– ya me desconcentro del todo y no sé si se entiende algo de lo que digo. Aun así, disfruto del momento. Presentar Escape Attempt en Manhattan es mucho más de lo que había soñado.

Después de la presentación, la librería acoge un evento del Pen Festival con escritores mexicanos. Es el mejor momento del día. Está Villoro, Enrigue, Luiselli y muchos más. Y también hay mariachis y tequilas. Nos hacemos fuertes junto a una de las botellas y encontramos allí a gente maravillosa: Rebeca, Andrea, Lydia, Brenda… Nada más que por eso ha merecido la pena llegar a Nueva York. Cuando se acaba el tequila nos unimos a la expedición mexicana y nos metemos entre pecho y espalda unos sándwiches de pastrami que no sé si alguien ha podido aún digerir del todo. Está también Zambra, de quien me enamoro rápidamente. Jamás había imaginado que era un tipo tan divertido. Pasamos la noche contando chistes hasta que yo me envalentono y cuento uno tras el cual se hace el silencio. Estamos comiendo pastrami y el chiste del baño con diarrea no parece el más apropiado. A veces no sé medir el humor de los demás.


Acabamos la noche en una mezcalería en la que preparan un mojito mezcal que atraviesa las sienes. Me tomo dos. Creo que no puedo estar más feliz. Se habla de micropenes. Alguien se da por aludido y se va antes de tiempo. La noche es bella. El club Renacimiento en Manhattan. 

Al día siguiente amanecemos con resaca y nos cuesta salir de casa. Damos una vuelta por Central Park y acabamos la tarde en el cabaret mexicano que organiza el Penn. El sitio es de nuevo de película. Y las performances no pueden ser más divertidas. Las reinas chulas acaban su espectáculo con una piñata con la cabeza de Donald Trump. Todos nos sentimos mexicanos. Cerramos la noche en un diner bebiendo mezcal en un vaso de plástico.


El domingo vamos a una garden party en una casa de Chelsea. Una de las patronas del Clark da una recepción y estamos invitados. Es la casa más lujosa que he visto en mi vida. Parece una película de Woody Allen. La alta sociedad de Nueva York; todos vestidos de traje. Y nosotros, de sport. Al menos Leo lleva americana. Yo voy con la chupa de cuero y la gorra. Debe ser la primera vez que alguien entra sin traje en esa casa. Noto que nos miran como si fuéramos las mascotas de la fiesta. Dos escritores españoles. En medio de un montón de ricos.

Tras la fiesta nos llevan a la exposición de Degas en el MoMA. Lo han cerrado para nosotros. El Clark es una de las instituciones que ha colaborado en la exposición y los comisarios nos hacen una visita guiada. Por un momento veo la escena desde fuera. Y no sé si llego a creérmela..

Mientras comemos una hamburguesa en P. J. Clarke's nos llega un mensaje de Elena. Está celebrando la pascua rusa en casa de unos exiliados y nos invita a unirnos a ellos. Cuando llegamos allí ya están todos borrachos y una señora mayor no cesa de preguntarnos que quiénes somos, quién nos ha invitado y qué hemos ido a hacer ahí. En la cocina dan un vino que parece petróleo y un americano comienza a cantar y tocar la guitarra. Dice que tiene una en español. “Huevos rancheros”. Intentamos salir de allí pero cada vez que hacemos el ademán comienza con otra. La señora mayor vuelve a preguntarnos, esta vez en ruso. Decidimos escapar haciendo como que salimos a saludar. 

El fin de semana da para varias entradas del diario. Mientras bajamos las escaleras del apartamento de los rusos, pienso en que por mucho que intente ser fiel a la realidad esta vez voy a fracasar. La experiencia de estos días está más allá de lo que pueda ser escrito y narrado. 

Vivir Nueva York al límite. Disfrutar de momentos que jamás habríamos imaginado vivir.  



10/5/16

Diario de Ithaca 28 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 09/05/16. Escuchar Podcast] 

Dedico una clase a las tesis sobre la filosofía de la historia de Benjamin. Dos horas en las que las leemos en voz alta y las comentamos con detenimiento. Siempre he querido hacer eso con los alumnos. Pero en inglés es algo más difícil de lo esperado y no logro lucirme como había imaginado.

Por la tarde, logro vender la bicicleta estática que me compré al principio de la estancia. Apenas la he usado. Me había visualizado haciendo ejercicio todas las noches y escuchando el curso de inglés que había traído conmigo. Ninguna de las dos cosas ha sucedido. He ganado peso y el inglés lo hablo cada vez hablo peor.

El viernes, después de pasar la mañana contestando mails, me acerco al Big Red Barn con Joe y Maria. Ha llegado la primavera y la temperatura no puede ser más agradable. Tomamos unas cervezas y nos encontramos con varios amigos, entre ellos una pareja muy simpática de la que me enamoro inmediatamente. Maria y yo acabamos cenando en su casa. Ella se va y yo me quedo con la pareja un poco más. Me encanta la conversación y tengo por primera vez la sensación de estar integrado en la vida americana. Al poco, inesperadamente, ella se siente cansada y dice que se va a acostar. No es demasiado tarde, pero siento que debo regresar a casa. Has estado bien la noche. Me acuesto con la sonrisa de quien ha encontrado nuevos  amigos.

Al día siguiente, mientras preparamos una barbacoa en el jardín, María me dice que ayer, justo después de irme a casa, la pareja rompió y que ya no se hablan. Un drama. Yo comienzo a atar cabos y todo me cuadra. Ella, inesperadamente cansada. Él, que quería seguir hablando conmigo. Creo que fui yo quien sacó la conversación que derivó en la ruptura. Parece un cuento de Carver. No dejo de pensar que, en adelante, cuando recuerden aquella noche aciaga en la que todo se fue al traste, yo estaré en su memoria, como una sombra, como una presencia desconocida de la que ya no podrán escapar. Esbozo un cuento sobre esta historia y no dejo de darle vueltas al modo en que a veces manchamos los recuerdos de los demás.

Acabamos tarde la barbacoa. Sueño en inglés. Despierto con resaca.


Durante la semana me dedico casi exclusivamente a escribir cartas de recomendación, contestar emails y gestionar algunos asuntos de la universidad. Ni siquiera aquí puedo escapar de eso.

La clase del jueves, por alguna razón que no llego a comprender, sale perfecta. Me siento cómodo y casi olvido que estoy hablando en inglés. Al terminar, algunos estudiantes se acercan y me dicen que quieren invitarme a un lunch o a una cerveza porque estoy trabajando duro y están aprendiendo. Eso me alegra la mañana y le da sentido a todo lo demás.

Comienzo a trabajar en un texto sobre Benjamin y los viajes en el tiempo y leo varios ensayos sobre ciencia ficción. En varios días acabo fascinado con el tema y pienso que me gustaría dedicarle más tiempo del que tengo ahora. Al final termino escribiendo un texto corto en el que apenas puedo incorporar algunas referencias de lo que he leído. Como tantas y tantas cosas, esto también queda postpuesto.          

El fin de semana lo paso en una casa de madera junto al lago Cayuga. Jessica ha tenido la idea de hacer una fiesta sorpresa para Maria y ha alquilado una casa impresionante a la orilla del lago.


Ahora sí que estoy dentro de una película. Una serie de amigos que se juntan una noche en la casa aislada junto al lago. Hacemos una hoguera, comemos perritos calientes, bebemos cerveza, bailamos y contamos historias. Falta el asesino en serie. O la caja con el libro encuadernado en piel humana. Todo es una imagen. Una imagen de celuloide.


Incluso con la resaca del día siguiente, la imagen permanece, especialmente cuando Craig prepara el desayuno para todos: bacon, tortitas, sirope de arce, huevos… he vivido tantas veces este momento en la pantalla que ahora lo experimento con una normalidad extraña. Entonces me miro al espejo y me veo, con la gorra de béisbol y la sudadera de Cornell. Y no sé si formo parte de la escena o estoy sobreactuando y todos se han dado cuenta de ello.

Cuando salimos de la casa y nos despedimos, me doy cuenta de que la película es real, que ahí he encontrado amigos, que lo que hemos vivido estos días ha sido hermoso, y que ya nunca se borrará. Aunque sólo hubiera sido por esto, venir a Ithaca ha merecido la pena.




20/4/16

Diario de Ithaca 27 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 18/04/16. Escuchar Podcast] 

Me levanto a las cuatro y media de la mañana. A las seis sale el autobús para Nueva York, donde por la tarde tengo una charla en el master de escritura de NYU. Como no puede ser de otro modo, calculo mal y al final tengo que correr para llegar a tiempo. Subo al autobús sudado y el calor ya no se va en todo el viaje. Son cuatro horas y pico de estrechuras en las que intento dormir aunque apenas puedo cerrar los ojos.

En Nueva York llueve y hace un día desapacible. Recibo un correo de la universidad para corregir los datos de la memoria del proyecto de I+D. Tengo que pasar varias horas en un Starbucks encerrado ante el ordenador. En el hotel no me dejan hacer el check-in hasta las tres, así que deambulo por las calles como un flâneur melancólico, parándome en los semáforos con la mirada perdida, pensando entre otras cosas en lo que voy a decir por la tarde en la charla.

Me compro un teléfono nuevo y me meto en McNally Jackson, la librería en la que a finales de mes presentaré la traducción de Intento de escapada. Me pongo nervioso solo de pensarlo.

En el hotel intento dormir, pero tampoco puedo. No estoy en las mejores condiciones para hablar.

A las seis quedo con Sergio Chejfec y hablamos de literatura antes de la conferencia. Llegamos al King Juan Carlos I Center y allí nos espera Reinaldo Laddaga, al que he leído bastante pero no conocía hasta el momento. Nos presentan y dialogamos sobre arte y literatura delante de un público que parece interesado. La conversación fluye y me siento cómodo pudiendo hablar en español. De nuevo, lo percibo como un regalo.

Después de la charla, saludo a amigos como David y conozco a varios estudiantes del máster. Uno de ellos se llama como yo y me regala su libro. Oh, Lorem Ipsum! En Goodreads aparece como obra mía. Es mi primer libro escrito por otro. Pienso inmediatamente si me servirá para la ANECA. Supongo que mientras nadie lo reclame como suyo no habrá problema. Inmediatamente se me ocurre un cuento sobre un escritor que llena su currículum a través de los libros de los demás y que al final incluso consigue arrebatarles la autoría.


Por la noche, ceno en casa de Adriana, rodeado de argentinos. El apartamento es impresionante. Las vistas más aún. Desde el balcón se ve el Chrysler. Es el lugar en el que uno alguna vez ha soñado con vivir. Tras varias botellas de vino y una conversación que va desde lo extraño que sabe el mate con el agua de Nueva York a lo increíble que es la exposición de Jeremy Deller en la Fundación Proa, me doy cuenta de que son más de las dos de la madrugada y que mi autobús sale a las seis. Llego al hotel algo mareado y con el tiempo justo para recoger los libros que he comprado, tumbarme en la cama unos segundos, ducharme y salir para Bryant Park. 


De nuevo, en el autobús no puedo dormir. Es incluso más estrecho que el anterior y no encuentro el modo de descansar. Llego a Ithaca a las diez, en medio de una nevada y, sin solución de continuidad, me meto en el congreso de la Society sobre el tiempo. A las tres de la tarde, los ojos se me cierran y por un momento pierdo contacto con la realidad. Pero remonto y aguanto hasta la última conferencia. A las siete, no puedo con mi alma y aun así decido quedarme y me acerco al vino de la recepción. Conozco allí a una poeta amiga de Teju Cole y quedamos en hacer una lectura. De modo milagroso, sigo en la cena después de varios vasos de vino. Y me sumo al resto de los becarios cuando deciden tomar la última en The Rock, donde pido un Manhattan bien cargado para rematar la machada. Cuando salimos de allí, se me ocurre decir que en casa tengo el vino que traje de España y sigo un poco más con Craig, Jessica y Maria. Es en su casa donde decidimos bebernos las botellas que me traje la última vez. Se nos hacen más de las tres. La última la abrimos por vicio y apenas podemos probarla. Me canso incluso ahora al escribirlo.

Caigo en la cama y me levanto al día siguiente como si me hubiera pasado un tráiler por encima. Vomito varias veces y mi cuerpo no responde. Sólo al final de la tarde consigo resucitar.

El domingo limpio la casa y lavo la ropa, como si así intentase también regresar a la rutina. Leo de un tirón El arte expandido, el último libro de Mario Perniola y comienzo a leer La generación de la posmemoria, de Marianne Hirst.

El lunes amanezco con la sensación de que de nuevo empieza el mundo. Durante la semana leo, escribo, trabajo, hago gestiones burocráticas e incluso relleno mi formulario de impuestos. Vida aburrida y normal. La necesito. Vine a Ithaca para encontrar la soledad y no he podido escapar de la locura.


14/4/16

Diario de Ithaca 26 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 11/04/16. Escuchar Podcast] 

Despierto en Ithaca solo y sin demasiadas cosas que hacer. No hay clase durante esta semana por el Spring Break. Hago unas compras, devuelvo el coche alquilado y regreso a casa con paso lento. Mientras desciendo la colina, miro a mi alrededor y comienzo a ser consciente de que esto se acaba. Un mes y medio  más, y adiós a la aventura americana. Ya empiezo a sentir la nostalgia que sentiré en el futuro.

Planifico lo que me queda de estancia y comienzo directamente a escribir el ensayo que quisiera terminar –al menos dejar esbozado– antes de volver. Escribo de un tirón durante varias horas sin siquiera levantarme. Estoy feliz. Escribiendo soy feliz.

El viernes por la mañana tomo un café con Daisy y hablamos de literatura, editoriales y agentes literarios. Por la tarde, hace sol y tomo unas cervezas en el porche con Joe. En un día he hablado más inglés que en las últimas semanas.

Por la noche, comienzo a leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la última novela de Patricio Pron. No la suelto prácticamente hasta que la acabo. Pron es uno de los escritores que más admiro. El modelo de escritor al que me gustaría parecerme algún día (junto a Tavares o Menéndez Salmón): intelectual, elegante y preciso. Y esta novela es un desafío. Mientras la leo no puedo dejar de pensar en Bolaño. Y también en Benjamin. Literatura, política, arte, violencia y crimen. Es una gran novela. Uno percibe desde el principio que está ante una obra maestra. Todo un desafío para el lector.


Me hace olvidarme de algo que debería haber recordado y que rápidamente comienza a atormentarme: la memoria del proyecto de investigación del ministerio. Tengo que presentar el informe anual, el informe final y la memoria económica. Paso tres días recluido sin hacer otra cosa que rellenar papeles con frases que ni siquiera yo me creo. Una inutilidad para justificar una miseria. Por momentos me desespera porque no tengo ni idea de cómo usar la aplicación ni de qué significan los términos que utilizan. Si el inglés se me da mal, el lenguaje burocrático directamente no lo comprendo.

Es algo para unos pocos privilegiados. O para gente con paciencia. Quizá en el fondo no sea más que una estrategia disuasoria. Conmigo, desde luego, lo han conseguido: no vuelvo a solicitar un proyecto mientras me acuerde.

Con la soledad y el estrés del proyecto, regresa el insomnio y tengo que masturbarme varias veces para poder dormir. Ni siquiera necesito porno. Me vale con la imaginación.

En internet comienzan las noticias sobre los Papeles de Panamá. Allí sale todo el mundo. Pero lo curioso es que ya nadie se extraña de nada. Igual que wikileaks y que todas las filtraciones. Nada es ya escandaloso porque todo ya huele a podrido. Algunos desfalcan, estafan y escapan de todo. Y otros tenemos que quemar días, noches y semanas para justificar la miseria que el ministerio te para comprar libros y organizar tres charlas.

En los descansos de la memoria, mientras tomo aire y maldigo al ministerio, la universidad y a toda su generación, veo alguna serie en la televisión para descansar la mente. Acabo los dos últimos capítulos de Colony. Me gusta. Comienzo a ver The Path. No me convence del todo. Veo el final de 11.22.63. Es magnífico. Incluso veo El ministerio del tiempo y me entretiene. Y pienso que tengo que escribir algo sobre los viajes en el tiempo y esa idea conservadora de intentar mantener las cosas como están porque otro presente seguro que habría sido peor.

El lunes conozco a una artista venezolana cuyo trabajo me impacta. Deborah Castillo. Una estudiante de mi seminario, Sara, ha organizado una charla y una exposición sobre ella. Y lo que muestra está lleno de sugerencias. Iconoclastia, fetichismo, política, historia, género. Es una obra potente sobre la que algún día me gustaría escribir. Por la noche, ceno con ella, Sara, Sonja, Rosa y Adrián y paso un velada muy agradable. A veces, estar aquí es una suerte.

Al llegar a casa, termino por fin la memoria y la envío por correo, consciente de que me habré equivocado mil veces. Y, en efecto, a la mañana siguiente me escriben para decirme que soy un desastre y que tengo que corregir mucho de lo que he hecho.

El martes lo vuelvo a enviar y cruzo los dedos. Después leo el paper para el seminario del día siguiente. Antes de dormir, disfruto con Artforum, una pequeña joya de César Aira. Una de esas que sí son buenas. De las mejores. Subrayo frases que uno se tatuaría: “La superstición es el verosímil de lo sobrenatural”. Y cosas así. Es Aira en su mejor versión. Me duermo con la miel de la buena en literatura en los labios. Creo que sueño con el Paraíso. Y me despierto feliz.