29/9/17

Otro día extraño, en voz baja, apagado, mate, sin contornos. Escribo ahora con los ojos medio cerrados por el efecto del Yurelax. La fisioterapeuta me he dejado como si me hubiera atropellado un camión. Al menos puedo andar. He llegado a la consulta casi sin poder hacerlo. Toda la tensión en la espada. Y también en las caderas. Toda la tensión acumulada. Todo el estrés y todo lo que no puede ser dicho.

Hoy es San Miguel. Siempre me acuerdo de mi madre en San Miguel. Para ella era más importante que mi cumpleaños. No eres cuándo naces, decía, eres cómo te llamas. El nombre te hace persona. Eso decía mi madre. Isabel. 

Isabel, como mi sobrina. Esta tarde he ido a ver su hija, mi sobrina nieta. No he dicho nada, pero todo el tiempo he tenido a mi madre en la cabeza. Era la nieta que más quería. La única chica entre tanto varón. Y, ahora, esa nieta querida le ha dado una bisnieta. Imagino cómo la habría mirado y me estremezco. 

El hermano de mi madre, el único que queda de la familia, ha llamado mientras estábamos allí. Hacía un año que no hablaba con él. Lo he sentido todo como una especie de azar extraño. Extrañeza dentro de la extrañeza del día, de la semana, de todo esto.

He comprado la última novela de Paul Auster. Me la he autorregalado. Ha sido lo único que me he permitido en el día. 

Teníamos planes para hoy. Para ayer. Para algún momento. 

Ahora se me cierran los ojos. La espalda parece que deja de dolerme. Escribo por inercia. Escribo porque es lo único que puedo hacer.

27/9/17

Hoy no tengo demasiadas fuerzas para escribir. Todo el día en casa, enviando mails, preparando las lecturas para el Master online de Estudios Visuales, que comienza la semana que viene, e intentando lidiar con las herramientas informáticas del aula virtual. No sirvo para esto. El papeleo me supera. Aunque me sigue manteniendo entretenido, sin pensar, como intento estar estos días. Lo que no sé es cuánto aguantaré de autómata.

Llamadas de teléfono constantes, textos por entregar, compromisos ineludibles..., y otro día más con la sensación de vivir en la vida de los otros, de vivir lejos de uno mismo, alejado de lo que uno quiere hacer y sujeto a lo que quieren hacer los demás.

He limpiado la mesa de mi despacho. He colocado papeles en su sitio y he sacado varias bolsas de basura. Siento una especie de catarsis extraña que me va engullendo poco a poco.

Todo lo que estaba en su sitio –o yo creía que estaba en su sitio– se ha tambaleado. Y empiezo a sentir de nuevo la necesidad de escapar. Esta noche he sorprendido mirando la página del Clark Institute. Me he recordado al personaje de El instante de peligro, aunque aquí he sido yo el que ha entrado en el programa de estancias y ha apuntado el deadline para volver a solicitar una beca. Pienso en Williamstown y creo que es el lugar en el que mejor he podido trabajar en silencio en mi vida. Sólo leer y escribir, y pasear en el bosque. Pienso en 2010 como un tiempo que quisiera recuperar. Recuperar la tranquilidad que entonces retomé. Antes, la locura de la gestión cultural; después, la locura del no saber decir que no. Y de tantas y tantas cosas.

Silencio.  Eso es lo que tuve allí. Lo que necesito ahora.

Miro el archivo de este blog y veo que las entradas de mi vida en Williamstown pertenecen a la etiqueta "American Silence". Es curioso que estas nuevas notas pretendan ser un "Diario en voz baja".

Y, claro, luego está todo lo demás. Lo que no sé cómo asumir. Lo que no encuentro el modo afrontar.  Lo que escapa a las palabras. Lo que en días como hoy ni siquiera puedo convertir en lenguaje. Es ahí donde se desvanece el mundo.

25/9/17

Todo el día en una comisión de contratación de la universidad, haciendo números y porcentajes. Tiempo tirado a la basura. También mañana. Y así casi toda la semana. Textos por entregar y libros por leer. Y,  mientras tanto, multiplicando por dos, valorando expedientes académicos y sumando puntos por semanas trabajadas para una bolsa de empleo.

Y, sin embargo, en esos momentos de improductividad absoluta, de tiempo podrido, no pienso en nada. La tristeza desaparece, o se instala en un lugar en el que pesa menos.

Hacer cosas, moverse hacia delante, intentar no pensar, no mirar, no abrir los ojos. Y no poder hacerlo del todo.

Hablo con E. por teléfono. Necesito escuchar su voz y no puedo aguantar el silencio y la incertidumbre. Nunca he estado tan perdido. Al colgar, regresa el vértigo. Pero el teléfono sigue siendo una agarradera. Una linterna en la oscuridad.

Después vuelvo a la rutina. Enviar correos, preparar bibliografías, intentar ordenar lo que puede ser ordenado, como si así pudiera poner orden en aquello que es imposible domesticar.

Escucho The National en bucle.

24/9/17

Tristeza. No hay otra palabra mejor para describir lo que uno siente cuando algo que era bello se rompe en mil pedazos. Luego vendrá la nostalgia, la melancolía y, quizá con el tiempo, la memoria de la felicidad. Y algo de esa belleza perdida se restaurará durante el instante fugaz de un recuerdo. Una belleza pasajera, como un destello de luz, que traerá de nuevo todo aquello que hoy ha comenzado a irse. Y lo traerá para volver a llevárselo. Para decir: "fue, nunca más será". Y esa felicidad paradójica del futuro también nos romperá. Comienzo a evocarla y puedo intuir ya la nuca erizada al recordar ese pasado que no regresará, el rostro mojado por las lágrimas aún no derramadas. Y, sin embargo, nada de eso me hace escapar de la tristeza del presente. La tristeza y el dolor por algo que era bello y hermoso y que se ha roto para siempre.

21/9/17

Portbou

Escribo en la cama de un hotel de Portbou, después de intervenir en la Escuela de Verano Walter Benjamin. No ha sido la mejor conferencia de mi vida, pero he salido airoso; al menos eso creo. Quizá demasiado larga, pero no encontraba el modo de acabarla. Y no tengo demasiado claro que al final haya llegado a calar en el público. No sé, percepción mía. De todos modos, el sueño está cumplido. Hablar para benjaminianos. Parecer uno de ellos. Hacerlo aquí, en Portbou, visitar el memorial, experimentar la última frontera. Toda una experiencia. También poder conocer a la nieta de Benjamin. Y a la bisnieta. Poder tomar una cerveza los tres tranquilos frente al mar. Escuchar de su boca las historias sobre su padre, saber lo que él contaba de su abuelo. Y presenciar un momento mágico y divertido:

Una señora que paseaba un perro se ha acercado a nosotros. La niña, la bisnieta de Benjamin, ha comenzado a acariciarlo y le ha preguntado que cómo se llamaba.
–Benjamin –ha respondido la señora.
–¿No me diga? Como yo –ha dicho la niña.
–Ah, sí –ha dicho la señora–. ¿Te llamas Benjamin?
–Es mi apellido.
–Anda. Es que el perro se llama así como el filósofo, Walter Benjamin, ¿saben quien es?
–Mi bisabuelo.
–¿Cómo?
–Sí, mi bisabuelo.
–Anda, no digas tonterías. Benjamin fue un señor muy importante. Le hemos puesto así al perro porque mi yerno es profesor de filosofía.
–Pues yo soy bisnieta de Benjamin.
Yo entonces he intervenido para decirle a la señora que sí, que era verdad y que su madre, la mujer qu estaba junto a mí en la mesa, era nieta de Benjamin.
–¿Ah sí? ¿Y tú también eres nieto de Benjamin? –me ha preguntado.
–Qué más quisiera, señora, yo soy de Murcia.

Después la niña se ha hecho la foto con el perro. Los dos Benjamin.

Yo he dudado también si pedirle una foto a la niña y a su madre. He preferido al final disfrutar de la conversación y, después, de la cena. Y guardar para siempre el momento en la memoria. Hay instantes que las imágenes no pueden traducir.

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18/9/17

Creo que voy a comenzar a escribir como si esto fuera una especie de diario. Otra vez más. Pero ahora en primera persona y en voz baja (que, en la era de las redes sociales, significa no linkearlo a Facebook ni a Twitter, sino dejarlo aquí, sin anunciar, sin decirlo a nadie, volviendo a confiar en la baja intensidad del texto que no quiere gritar).

Hoy me han robado las zapatillas en el gimnasio. Las he dejado fuera de la taquilla y, al volver, no estaban. "Es que hay que meterlo todo en las taquillas", me han dicho en la recepción. Y han seguido atendiendo al personal como si nada. Qué chorizos, he dicho. Y me he dado la vuelta. Ay, mis Diadora..., que me habían costado un ojo de la cara.

El cabreo se ha paliado algo con el shushi y con la conversación, aunque la extrañeza incómoda ha continuado incluso en el sexo. Hoy no era el día; no lo era.

Y, sin embargo, al despertarme de la siesta, una llamada de mi agente. La novela funciona y les ha gustado. Después de todo el trabajo y todos los desvelos, he podido hoy por fin respirar. Incluso he sentido la necesidad de comunicarlo, de escribirlo aquí y ahora. En voz baja, pero rebosante de alegría.

Dejo la alegría en suspenso y me preparo ahora para la noche. El jueves hablo en Portbou y aún no he terminado –¿acaso he empezado?– la conferencia. Me recluyo con Benjamin y los juguetes, con el niño como artista, con el artista como juguetero. A ver qué saldrá de eso.

17/9/17

Sin más

Pues recomienzo el blog. Así, de golpe. Una tarde cualquiera. Una tarde en la que debería estar escribiendo otras cosas y preparando clases y conferencias. Pero no sé, he visto en la barra de favoritos del navegador el link abandonado a Blogger y he decidido entrar. Entrar y escribir unas líneas. Sin pensar, sin meditarlo un solo segundo. Recomenzar. Volver a este no (ha)lugar antes de que desaparezca y deje de escucharse. Hacerlo así. Casi de modo automático. Una nueva entrada. Sin más.