23/7/10

Siete años en el Tíbet

Hoy hace siete años que murió mi padre. Aún me duelen los días. Nunca más una noche como aquella última en la que sólo quedaba esperar. Nunca más un cuerpo como aquél que se retorcía de dolor. Nunca más aquella mano que se aferraba a la mía como último anclaje a la vida. Y para siempre la ausencia y el vacío, la cicatriz en la memoria, el duelo infinito irresoluble, la noche oscura de la experiencia.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Desgracia del ser humano, la memoria, el recuerdo. Que felices seriamos si después de sufrir el trauma de la pérdida, la agonía de la impotencia y la miseria de la incapacidad, tuviésemos la capacidad del punto y cierre, como el resto de los seres de este planeta.
Emilio

Anónimo dijo...

ay,
un beso m. à,

rm

saltar del tren dijo...

Difícil escribir algo a partir de semejantes palabras.
Te dejo un pequeño silencio
y un fuerte abrazo.

Alejandra dijo...

No se puede decir mejor. Yo también viví una noche como aquella última no hace aún dos años.
Le leo a menudo y en silencio. Me emociona muchas veces. Esta es una de ellas.

mahn dijo...

Gracias a todos por las palabras. El tiempo no pasa en balde. Uno se hace más fuerte, más curtido. Pero hay siempre lugares por donde entra la memoria, y heridas que nunca sanan del todo.