Cuando uno entra a una exposición de este artista, parece adentrarse más allá del tiempo. A poco que uno se acerque a su obra, advertirá que no pertenece al mundo contemporáneo, sino que parece estar fuera del presente radical. En medio de un mundo del arte dominado por el discurso sociológico y la cultura de la queja, el arte de Fabre aparece como una rara avis, alejado de modas y tendencias discursivas. Ante esto, el discurso del crítico de arte “institucional” se queda sin herramientas de análisis, pues difícilmente se pueden introducir las fórmulas manidas para hacer hablar a la obra de teoría de género, de globalización, conflictos políticos o multiculturalidad. Y es que no enfrentamos a un artista que está en un lugar bien diferente. Su arte, por supuesto, tiene un pie en el presente, como no puede ser de otro modo, pero extrae sus fuentes de inspiración y obsesión del arte del pasado
Fabre ha transitado por casi todos las disciplinas artísticas (danza, performance, escultura, dibujo, vídeo, la propia escritura). Y a través de ellas, ha logrado crear una obra absolutamente personal, un universo particular y simbólico que conecta con los grandes problemas de la reflexión sobre la existencia presentes en el arte desde tiempo inmemorial: la vida, la muerte, la preservación, la metamorfosis, el deseo o la belleza. Cuestiones todas que tienen su centro de tensión en la materialidad simbólica del cuerpo. Del cuerpo humano, pero también del animal y el insecto. El cuerpo como materia en constante cambio, en estado continuo de transformación.
Hace dos meses, en Bruselas, tuve la oportunidad de ver Chapters I-XVIII. Waxes and Bronzes, una exposición en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica. Una galería de retratos en bronce y en cera a la manera clásica. Una intervención en el tiempo. Una heterocronía. Ya lo había hecho en su célebre exposición en el Louvre. Y es una de las características de su arte, la capacidad de situarse en medio de los grandes maestros, de medirse en el mismo lugar de las obras del pasado. Es una tradición que se ha impuesto ahora y de la que muchos artistas salen malparados. Sin embargo, Fabre entra en el museo, lo activa y lo trae al presente. De modo extraño y siniestro. En este caso, en medio de la pintura europea del barroco, cerca de Rubens, de Jordaens y de los genios del pasado.
Sus autorretratos presentan repertorio gestual que, sin duda, se encuentra en la estela de las célebres esculturas de expresiones faciales del barroco Messerschmidt, pero que aquí se hallan localizado en un tiempo concreto; con marcadores temporales –las gafas, el cuello de la camisa...– que localizan el cuerpo en el presente. El artista transforma su rostro a través de prótesis que aluden a un universo animal, pero también mítico: el cuerno como figura de la vitalidad y con todas las implicaciones simbólicas que posee la cabeza astada. Aquí nos encontramos con la burla constante del artista, que parece frustrar la belleza de los trofeos. Se trata, sin embargo, de gestos estereotipados, casi máscaras. En este sentido, se podría decir que en Fabre aparece una tensión entre lo exterior y lo interior, entre el gesto, supuestamente lo más personal y subjetivo, y los modos de construcción y codificación de la expresión. Esa tensión, esa “extimidad”, hace que en el fondo el artista se presente como un otro, se visualice desde fuera y construya una imagen que es el lugar de encuentro de una subjetividad íntima y una construcción exterior.
En Bélgica visité también a exposición de algunos bronces y ceras en la galería Guy Pieters: Chalcosoma. Small Bronzes 2006-2012. En el espacio de esta galería situada en Knokke, se daban cita los temas centrales de la obra de Fabre: el animal, el cuerpo, el insecto, la armadura, el paso del tiempo, la descomposición, el ansia por perpetuarse, por sobrevivir...Los pequeños bronces aparecen como una especie de laboratorio donde todo se va elaborando, casi el lugar en el que suceden las ideas que luego Fabre lleva a las grandes composiciones: el insecto, el resto, el cuerpo, el exterior, la circularidad del tiempo, la batalla frente a la fugacidad de la existencia, la necesidad de armarse para preservar la vida, y la futilidad de todas estas estrategias. Se trata de piezas delicadas, sutiles, elegantes, y extremadamente bellas. Y sé que decir de algo que es “bello” hoy es peligroso e incluso está fuera de cualquier discurso crítico. Pero ya he comentado que el crítico se queda sin herramientas ante la obra de este autor, y que tiene que comenzar a utilizar términos y maneras de ver que están casi en desuso.
En el tiempo de la precariedad, el cartonaje, la cinta aislante... el arte de Fabre sigue siendo bello. Tremendamente bello. Por eso decimos que su obra parece surgir de otro tiempo y otro lugar. Y desde allí nos confronta con al abismo de la belleza. De esa belleza sublime que está en la frontera de lo terrible. De esa belleza que, sin embargo, nos inquieta y nos conmueve.




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