22/7/11

Vanguardia popular

Anoche me escapé un ratito a La Mar de Músicas a escuchar a Ludovico Einaudi. Y me gustó, aunque lo encontré un poco cansino, la verdad. Cada vez que lo escucho, a él, o a Wim Mertens, o a George Winston, o a Michael Nyman, o incluso a Philip Glass, siempre acabo con la misma sensación: esto está bien, me gusta, pero podría haberlo hecho yo. Y no sé si eso es bueno o malo. El mal llamado "minimalismo musical" –mal llamado, porque entre Einaudi y Terry Riley o Steve Reich hay un abismo– siempre me produce esta sensación extraña. Pero en el caso de Einaudi se acentúa incluso aún más, porque, con diferencia, es el más evidente de los compositores de esta manera de hacer.

Una estructura armónica fácil (tres o cuatro acordes) y variaciones sobre ellos hasta la extenuación. En esto, más o menos, Mertens, Nyman, Glass y Einaudi comparten lo esencial. Pero desde luego, creo que incluso ahí, en lo mínimo, en el "Sota, Caballo, Rey", hay distancias. Y el italiano está lejos del belga, del inglés y del americano. Glass sí que parte del minimalismo histórico, lo populariza y lo exprime hasta el agotamiento. Es, si se puede decir así, el más genuino de todos. Y eso aunque parezca siempre igual. Porque es cierto que uno escucha cosas de los setenta y cosas de la semana pasada y parece que seguimos en el mismo lugar, con las mismas repeticiones, arpegio para arriba, arpegio para abajo. Aun así, las armonías son mucho menos evidentes, las variaciones están trabajadas para que nunca las cosas lleguen a ser esperadas del todo. Siempre hay una nota, una pequeña, que rompe la evidencia de la progresión, y eso activa la escucha y hace, al menos para mí, que Glass esté un peldaño por arriba del resto de los minimalistas populares.

Pasa lo mismo con Nyman. Su neobarroco ruidoso es también singular. Aunque, desde luego, musicalmente siga en el mencionado "sota-caballo-rey", la energía, expresividad, y el sentido de explosión musical que uno tiene después de escuchar sus composiciones también lo elevan del resto. Además, el conocimiento de la historia de la música y el trabajo con la "cita culta" lo sitúa en otro lugar. Mertens, en cambio, está más lejos de ellos, pero aun así, con cuatro cosas, ha logrado crear melodías (por decir algo) que realmente son pegadizas a través de la repetición. Y sobre todo, concisas y precisas. Repetitivo, sí. Simple, sí. Pero también efectivo. Y esto es algo que hay que pedirle a una música que se basa en la ausencia de riesgos armónicos y contrapuntísticos.

Pero llegamos a Einaudi, y a toda una legión de pianistas del estilo, que van desde la cosa New Age de Suzanne Ciani, hasta la ñoñada de Lito Vitale, y que trabajan sobre los mismos presupuestos. Simpleza, repetición, armonías facilonas y evidentes... Y quedan, la verdad, a veces demasiado cansinos. Porque no encuentro una palabra que mejor describa casi dos horas de concierto de estas cosas. Y de esto, también es cierto, no se libran los demás. Porque dos horas de Glass pueden ser para cortarse las venas. Pero al menos, Glass y Nyman, e incluso Mertens, no son tan esperables como los otros, que acaban llegando a la nota que uno espera que lleguen, que hacen la progresión de la melodía de modo tan previsible que ya está en el oído del público desde el momento en el que empieza. La sorpresa, la escucha activa, aunque sea en cantidades mínimas, es una cualidad esencial de la música.

Yo no soy crítico musical. Me gusta la música, siempre me ha gustado. He estudiado algo. Y de un tiempo a esta parte me ha dado por tocar el piano y componer también alguna cosilla. Y, lo confieso, todo me sale según ese "minimalismo" (que, como digo, no tiene nada que ver con el de verdad). Por eso, cuando estoy en algún concierto de estos compositores siempre tengo esa impresión de que la cosa no es tan difícil, que esa música se hace, por decirlo mal y pronto, con la punta de la p... ¿Que ya lo querría hacer yo así?Por supuesto. Faltaría más. Pero yo no lleno auditorios, ni espero llenarlos nunca. Y sobre todo, no tengo el convencimiento de que estoy haciendo nada sublime ni superior.

A veces, cuando uno lee un libro y ve claramente cómo está hecho, o ve una película, y nota a la legua las costuras, o escucha algo, y se le ven los huesos de modo tan fácil y evidente, uno –sobre todo si dedica a ello o medio entiende del asunto– entra en un estado extraño en el que disfruta, porque las cosas que funcionan, funcionan, pero al mismo tiempo cree que podría haber hecho eso perfectamente, y esto rompe algo la ilusión del disfrute. Sobre todo cuando las obras, como es el caso, no pretenden mostrar claramente la estructura, ni mostrar su artificialidad –sí que ocurre así con Glass– sino que intentan crear la ilusión de que aquello está bien y que es así, porque no hay otra manera en la pudiera ser. Y es entonces cuando a mí se me cae todo, cuando percibo que aquello pretende algo que no puede lograr. Y eso es todo lo contrario del minimalismo de verdad, que tenía como principio mostrar claramente la estructura y romper con la ilusión de totalidad, con la idea de que la obra es una cosa superior inaccesible.

Pero nada de eso hay en Einaudi, que es tan sólo un señor que –igual que otros tantos, y ahí me incluyo también– compone una música fácil que entra bien. Música vaselina, la podríamos llamar. Aun así, como digo, yo lo escucho, me gusta y, en ocasiones, logro disfrutar. Pero hay que tener siempre las cosas claras y saber qué lugar ocupa cada uno. Einaudi juega en la dimensión del best seller, del cine comercial, de la comida rápida. Es, como decía Mario Perniola de Nyman –aunque para mí Nyman está más allá–, "vanguardia popular". Kitsch pseudoclásico. Pero, bueno, tras los sesenta quedó claro que a todos, en el fondo, nos gusta el kitsch. Y que no hay nada malo en ello. Pero, eso sí, no confundamos las cosas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Escuchando Un respiro de Wim Mertens, conocía otros trabajos suyos más apasionados, éste es muy relajante...me gusta. (M)