14/10/11

Extraña familiaridad

Dos semanas en Ithaca y aún estoy aterrizando. Y por otra parte tengo la sensación de haber aterrizado hace ya mucho tiempo. Es extraño, todo me parece familiar, como si hubiera estado viviendo aquí toda la vida. No tengo la sensación de estar lejos en ningún momento. Es como si todo lo hubiera asumido demasiado pronto. Y, al mismo tiempo, precisamente por eso, por esa sensación de estar aquí desde hace siglos, de no percibir nada extraño y de haberlo naturalizado todo antes de lo previsto, creo que aún no he llegado del todo. Suele ocurrir a veces. Cuando uno asume las cosas enseguida, en el fondo se deja algo sin llenar, un espacio, un tiempo de extrañamiento que es necesario para adecuarse a la novedad. Pasa lo mismo que con el duelo. Es necesario un tiempo para asumir la pérdida. Una transición que, si no se lleva a cabo, luego acaba pasando factura.

Aquí tengo la sensación de no haber hecho el duelo del viaje. Y esa familiaridad excesiva de las cosas ahora me comienza a resultar extraña. Es a eso, sin suda, a lo que Freud llamaba "das unheimlich", lo siniestro o, mejor, la inquietante extrañeza. Esa extrañeza de lo conocido, pero también esa familiaridad de lo desconocido.

En Ithaca me resulta siniestro que nada me extrañe, que camine por la universidad de Cornell como si fuera la de Murcia, que aparque la bici frente a la Society for the Humanities como si estuviera en mi calle, que agarre por la mañana el vaso de cartón de café americano y que ya no lo suelte hasta mediodía, como si fuera lo más natural del mundo. Una naturalidad que sólo se vuelve artificial y distanciada cuando me pongo a pensar en lo que estoy haciendo, cuando trato de verme desde fuera y observo como si fuera un extraño. Pero eso, que por lo general en mí es habitual, la curiosidad antropológica, el mirar desde fuera las cosas como si uno no perteneciera a ellas, aquí me cuesta más trabajo que nunca. Es curioso, pero en este lugar siento que es más fácil estar dentro que fuera, y tengo que hacer un esfuerzo tremendo para dar un paso atrás y ver el marco de la escena. No sé, será cosa del Feng Shui y de que con tantos arroyos y cataratas por todos los lados, sea más fácil seguir la corriente, y dejarse llevar y fluir, como el Tao, sentirse parte de un todo y no pararse a pensar en cada momento qué está uno haciendo aquí.