23/12/11

Nostalgia de paralaje

Después de tres meses en Ithaca, regreso a casa, como los turrones El Almendro, por Navidad. Y es ahora, al regresar, cuando comienzo a sentir que realmente me he ido. Ahora, cuando estoy aquí, percibo la pequeña escisión de no haber llegado del todo, quizá porque tampoco me había ido nunca del todo. Es curioso, lo que se deja atrás se hace presente cuando realmente se abandona, y lo que vuelve, se aleja al regresar.

Cuando regresé de mi periodo en Williamstown me ocurrió exactamente lo mismo. He leído hoy lo que escribí entonces y creo que sigue sirviendo para describir ese trastorno de la distancia que hace que las cosas se alejen a medida que se acercan, como esa sensación óptica que uno tiene cuando va en el tren y el paisaje parece fracturarse entre lo que se quede atrás y las cosas que se resisten a abandonarnos. A esa ilusión óptica se la suele denominar "paralaje". Quizá tengamos que llamar entonces a esa nostalgia que uno siente al regresar "nostalgia de paralaje":


Creo que era Vila-Matas quien sugería que hay varias formas de volver y que la mejor de todas es, sin duda, no partir. También se podría decir lo contrario: que hay muchas maneras de quedarse, y que la mejor de todas, probablemente, sea regresar. Y es que cuando uno regresa a casa tras un largo período de tiempo, parece que no llega a regresar del todo. Hay algo que queda varado para siempre, a medio camino entre el lugar en el que se está y el lugar en el que se ha estado. Si uno lo piensa bien, toda partida es una pequeña pérdida. Una pérdida minúscula que, en cierto modo, adelanta esa gran pérdida a la que todos tememos. Toda despedida es una puesta en escena (por lo general, inconsciente) de la transitoriedad y fugacidad de la existencia. Decimos adiós porque sabemos de la posibilidad de no volver a encontrarnos. Toda nuestra vida está articulada en torno a la dialéctica presencia / ausencia, estar y no estar. Ya lo advirtió Freud al observar a su nieto jugar con una bobina de hilo que tiraba lejos para luego recuperarla: allí / aquí, lejos /cerca. La alegría del reencuentro trae siempre consigo la posibilidad de la pérdida. Por eso, en todo regreso hay un componente melancólico. Uno siempre vuelve con el rostro entristecido. No importa que se llegue al Paraíso, no importa que apenas se deje nada atrás, la melancolía nos viene a buscar, y se esconde tras los abrazos y las sonrisas. Todo volver, por tanto, es también un quedarse. Y todo reencuentro, en el fondo, no es sino la constatación de una pérdida irreparable.

Por cierto, regresé.

2 comentarios:

Antonio Rentero dijo...

Bienvenido a casa.

Por cierto, anteanoche soñé contigo... qué cosas... ya puedo decir que eres el hombre de mis sueños.

mahn dijo...

Antonio, Antonio... que nos conocemos. Me respetarías, ¿verdad? De todos, modos: abrazos fuertes y feliz navidad.