31/12/09

Propósitos presentes

El comentario de Emilio me da la excusa perfecta para el último post del año. Como bien dice Emilio, igual que las pastillas de sacarina, el tiempo, que a veces creemos infinito, también tiene su fin, al menos lo tiene para nosotros. Supongo que hay un momento en el que uno siente que se le va de las manos y que ya no hay manera de dejar las cosas para otro momento, porque comenzamos a desconfiar de que los momentos vuelvan a nosotros.

Uno acumula cosas por hacer que al final nunca realiza del todo. Así que los fines de año se llenan de buenos propósitos. El 31 de diciembre es la fecha para soñar en el cambio, en que las cosas pueden comenzar a ir mejor. Esta vez, como Emilio, yo tampoco he hecho propósitos para el año nuevo. Aunque sea por motivos diferentes, ni siquiera me había puesto a pensar en que cambiamos de década. Por lo general uno piensa en lo que no ha sido o en lo que está por venir. Yo suelo ser muy melancólico, y el pasado siempre irrumpe. Me acuerdo de mis padres y de todos los que ya no están. Supongo que conforme uno se hace mayor, la gente comienza a no estar. Otras veces, insatisfecho con el presente, pienso en lo que vendrá, en lo que ocurrirá.

Pero esta vez, como digo, no hecho propósitos. Y no porque esté desesperanzado, sino porque, como he comentado en algún post anterior, he empezado a saborear la vida más en el presente que en el futuro. A lo largo de este año he recuperado la vida. Después de un tiempo en el que me he dejado la piel trabajando, he frenado algo el ritmo, pero sobre todo he aprendido a dar a las cosas su justa importancia. He seguido produciendo, trabajando como el que más, pero sabiendo el lugar que ocupa cada cosa.

El futuro está lleno de cosas por venir, es cierto. Quedan libros a medio escribir, otros ya escritos por ver la luz, otros que aún ni siquiera se me han ocurrido, queda la ilusión de dedicarle más tiempo a la música, queda la experiencia americana… pero queda, sobre todo, seguir viviendo como hasta ahora. No pido más. Ni menos. Virgencica, que me quede como estoy. Y no es resignación, sino algo muy diferente. Siento que se han cumplido mis deseos. Evidentemente, hay mucho por hacer. Tengo treinta y dos años. Como quien dice, estoy empezando en esto. Pero tengo la sensación de que esto es lo que había venido a hacer aquí.

Como buen lacaniano, estoy convencido de que goce absoluto nunca se puede satisface del todo, el deseo nunca se puede cumplir. Ser consciente de esto es lo único que nos acerca la felicidad, la toma de conciencia de que lo único que podemos hacer es acercarnos, nunca llegar del todo. Esto es en el fondo como el juego de la petanca, gana el que más cerca se queda.

La felicidad es un vacío inaccesible. Perdemos la vida entera intentando entrar dentro de ese vacío. Y eso nos crea ansiedades y frustración. Pero nunca valoramos el lugar en el que estamos. A veces estamos cerca, pero queremos estar aún más. Luego nos pasamos y valoramos aquella cercanía primera como algo que se aproximaba a lo que buscábamos. Y es que el goce, como la felicidad, sólo se consigue a toro pasado. Sólo después nos damos cuenta de que antes habíamos sido felices.

Como ya he dicho, este año (y sin haberlo buscado demasiado) me ha enseñado cómo dar importancia a lo que uno tiene cerca. Así que lo escribo para algún día recordarlo. El 31 de diciembre de 2009 estuve cerca de la felicidad.

Y no temo que todo esto se vaya al traste. Estoy seguro que así sucederá. Nada es eterno. Por eso hay que disfrutar de lo que se ha logrado. Ser consciente de la fugacidad de las cosas es lo único que nos hace valorarlas en su justa medida.

La clave está en buscar el equilibrio.

Debemos ser justos con los que ya no están, con los que lo dieron todo para que uno esté donde está, recordarlos como se merecen, honrarlos, pero no vivir en el pasado, sino transmutar el pasado en el presente, incorporarlo, transustanciarlo, hacer que cada acción de nuestra vida tenga un sentido, que las cosas que hagamos merezcan la pena. Eso es hacer justicia con la memoria.

Pero también el futuro debe estar en el presente. Proyectarnos hacia el tiempo venidero es la única manera de no quedarnos anclados en el mismo lugar. Evolucionar, cambiar, mutar. Pero no a través de algo que está por venir y que desconocemos totalmente, sino por medio de lo que ya tenemos. La clave está en pensar en que el futuro está aquí, en la punta de nuestra lengua, en las yemas de nuestras manos. No es algo inaccesible, sino una potencia de nuestro presente. El equilibrio, por tanto, está en saber que todo está condensado en el aquí y ahora.

Aquí y ahora somos pasado, y aquí y ahora somos futuro. Por eso esta noche vieja no se me ha llenado la mente de propósitos para el año que entra, ni tampoco se me han llenado los ojos de lágrimas por los que no están (ya he llorado bastante). De algún modo, ellos están aquí y ahora, en lo que hago, en lo que escribo, en lo que pienso, en lo que soy.

Quizá a más de uno esto le parezca un rollo a medio camino entre la autoayuda y el New Age baratero. Es posible. No me importa. A lo mejor es que no hay más. En cualquier caso, es lo que ahora pienso. Y si lo escribo es porque quizá, en un futuro lejano, cuando ya ni me reconozca, pueda venir aquí a saber que un día estuve cerca de la felicidad.

30/12/09

El objeto infinito

Hoy me ha pasado una de las cosas más sorprendentes en lo que lo llevo de año: se me ha acabado un bote de sacarina de los grandes. Al apretar el mecanismo para que salieran las pequeñas pastillas, nada ha salido de allí. He sufrido un vértigo tremendo. Aunque no os lo creáis, es la primera vez que me ocurre semejante cosa. Siempre he pensado que este tipo de productos no tiene fin. Esos botes están llenos de pastillas, tienen miles. Uno jamás pensarían que eso se pueda gastar. Pero ese inconsciente de infinitud se me ha venido abajo hoy al observar empíricamente que el bote estaba vacío.


Siempre intento evitar estos momentos en que las cosas acaban agotándose y pierden por completo su utilidad. Mucho antes de que se acabe el bote ya he comprado otro. Cuando, al agitarlo, intuyo que hay menos de veinte pastillas, el terror se apodera de mi cuerpo y salgo corriendo a por otro bote, si es posible más grande. En ese momento, el anterior es relegado al armario y su contenido nunca se gasta. Y allí se van apilando botes y botes que aún siguen sirviendo para algo. Un geriátrico de botes de sacarina.

Prefiero siempre dejar una leve esperanza de uso para los objetos. Pero según me han contado, hay gente cruel que quiere quitárselos de enmedio cuanto antes. Algunas personas, seguramente cansadas del bote que nunca se acaba, cuando creen que éste va llegando al final de su contenido, le quitan las pastillas que le quedan y las echan en el nuevo. Esto debe ser algo así como la eutanasia de los objetos. Se los mata antes de tiempo, para que no sufran más. Total, para cuatro o cinco pastillas que le quedaban. Esa es la eutanasia que también se practica a menudo con el gel y con el champú.

No sé, supongo que va en personas. A mí me cuesta trabajo exprimir los productos hasta sacarle lo último que tienen. Y sin embargo hay gente que se ha llegado a fracturar varios dedos intentando apretar el tubo de pasta de dientes hasta el final.

Lo único que tengo claro hoy es que las pastillas de los botes de sacarina no son infinitas. Y eso, aunque pueda parecer una tontería, hace que el mundo pierda algo de encanto.

27/12/09

Déjà vu

Supongo que toca escribir sobre la Navidad. Lo suyo sería escribir sobre los mismos tópicos de siempre, las mismas anécdotas y los mismos argumentos: la banalización de la Navidad, la pérdida del sentido religioso y la conversión en una excusa para el consumo desaforado, o incluso la idea de la Navidad como un tiempo melancólico en el que recordamos a los que ya no están. La verdad es que, por mucho que uno quiera escribir sobre cosas nuevas, no puede dejar de caer en la repetición de lo mismo. Y, pensándolo bien, es precisamente esta idea, la de repetición, sobre la que se debería reflexionar en un tiempo como este. Aunque a veces observemos el curso del tiempo como una estructura lineal, que va desde el pasado al futuro, el mundo se repite constantemente.

El tiempo cíclico de las fiestas nos recuerda que hay cosas que nunca cambian, que, por mucho que avancemos, siempre estamos en el mismo lugar. Lo cíclico y lo repetitivo nos sirve también para frenar el vértigo de la historia, el abismo del desconocimiento absoluto del tiempo. Es una estructura de anclaje que nos permite habitar el mundo sin temor. Pero también es algo que nos puede conducir a la náusea de la repetición, a la sensación del déjà vu perpetuo, algo que se acentúa aún más en estas fechas. Cada vez que uno abre el periódico o mira la televisión, parece que nada ha cambiado: la mismas noticias, la alegría de los que han ganado la lotería, los belenes, las inocentadas… Todo recuerda a todo. Y uno tiene la sensación de vivir en «el día de la marmota», sólo que, en lugar de atrapado en un día, vive atrapado en un año, y así lo nota menos.

[Publicado en La razón, 26/12/09]

25/12/09

No (ha) lugar entrevistado

Con el papeleo y los líos de las últimas semanas, se me ha pasado subir la entrevista sobre este blog que tuvo lugar en La fundación Chirivella Soriano el verano pasado, en el marco del décimo aniversario de Arte10. La verdad es que lo pasé bastante bien en el encuentro, y creo que se llegó a conclusiones interesantes. Os dejo aquí también más información sobre el resto de participaciones y los demás encuentros en Málaga, Salamanca y Madrid.

24/12/09

Apocalipsis

Sigo pensando lo mismo que hace un año: "la Navidad se parece mucho al Apocalipsis. Más que un tiempo de alegría, parece el tiempo previo al Armagedón. Es el tiempo del gran banquete, de la orgía acústica y lumínica, el tiempo del gasto y el exceso. Comemos hasta reventar como si el mundo fuese a acabarse, cantamos villancicos hasta la extenuación como si estuviéramos espantando algún mal y bebemos hasta perder el sentido para intentar no pensar en lo que se avecina. Es como si lo peor estuviese a punto de ocurrir. Por eso nos aprovisionamos de víveres para varios meses y nos juntamos todos en la casa-búnker familiar, a la espera del momento de la gran demolición."

20/12/09

Noche comunal

La cosa tuvo su aquél. Aunque no estaba en mi mejor momento, al final el resultado fue más o menos digno. La verdad es que tocar después de un músico de verdad, me producía más que respeto. Pero como se ve que a esas horas la vergüenza se disipa, me puse manos a la obra como si tal cosa. Eso sí, advertí a los presentes que podían hacer de todo menos escucharme (hablar, mirar las imágenes, comer). La música debía tener el estatus de ruido de fondo. Y la verdad es que se lo tomaron en serio. Me atrevería a decir que demasiado en serio. No sé si alguien llegó a escucharme tocar. Pero el caso es que eso fue lo que me liberó para soltarme. Cuando fui consciente de que todos estaban "a lo suyo", me pude poner "a lo mío". Y creo que la cosa se me fue incluso un poco de madre. Tanto, que estoy convencido de que tuve la culpa de la accidental clausura del evento. Esto merecería un post especial, pero adelanto aquí algo.

Después de mi actuación, llegó el turno de la guitarra eléctrica. Y al poco de comenzar, entró en medio de la sala un señor con la mirada inyectada en sangre, cagándose en todo lo cagable y amenazando con "romperlo todo" si la música no paraba enseguida. Eran las doce y cuarto de la noche. Un viernes de diciembre. Vamos, que tampoco la cosa era para tanto. Además, la música que se estaba tocando en ese momento era relativamente agradable. Pero al individuo en cuestión, con pinta de bacala que se preparaba para comenzar la ruta, le pareció que aquello era intolerable. Y en lugar de llamar a la policía o pedir educadamente que se moderase el volumen de la música, le echó más cojones que Manolete y se plantó en medio de más de treinta personas amenazando con ahostiar al que le hiciera la contra. Una chica casi se busca la ruina al preguntarle con sorna si aquello era una performance. No estaba, ciertamente, la cosa para bromas. Así que se decidió que había que cerrar el chiringuito.

La verdad es que no encuentro otra forma mejor de acabar este tipo de eventos. Ahora bien, lo mejor fue sin duda su comentario del final. Mirando con desprecio al personal, al salir por la puerta airoso tras haber puesto orden en aquel sindiós artístico, al susodicho en cuestión no se le ocurrió otra cosa que decir: "putos hippies". A muchos se les saltaron las lágrimas. A algunos de risa, a la mayoría de nostalgia.

18/12/09

Noche en blanco

Esta semana está viniendo cargadita de actos. El martes, la presentación de cuaderno. Ayer, la charla-presentación sobre la obra de Luis Fernández y el espacio topológico. Y, como no hay dos sin tres, esta noche me he vuelto a dejar liar para tocar el piano acompañando a las imágenes de Óscar Espín. Será en la Fundación José García Jiménez, a partir de las diez de la noche, más o menos, en el marco de su "Noche Blanca de Navidad". De nuevo, lo que haré será improvisar de memoria las cuatro cositas que más o menos siempre toco. Si no tenéis otra cosa mejor que hacer un viernes por la noche (cosa que dudo), estáis invitados a cava e imágenes con música.

16/12/09

Desnudarse

Al final, la presentación quedó más o menos digna. Ua cosa íntima pero emotiva. El despacho de la galería se había decorado para la ocasión con dibujos de Pividal. El marco favorecía la intimidad y el recogimiento. Yo leí un pequeño fragmento de "Cuaderno de duelo", y, mientras leía, me di cuenta de que se me hacía un nudo en la garganta. Hay textos que cuesta tanto sacárselos de dentro, que luego se resisten a volver a entrar, a ser dichos de nuevo, rememorados, renombrados, restablecidos.

Es tremendamente difícil volver a las heridas que aún no han cerrado. Y hacerlo como si no pasara nada. De hecho, creo que no voy a volver a hacer una lectura pública de este tipo de trabajos. Conforme avanzaba la lectura, sentía cómo me iba desnudando progresivamente hasta que el frío de la calle helaba mi cuerpo. Luego, por supuesto, uno vuelve a su sitio y se recompone como si nada hubiera sucedido. Pero eso sí que es ficción. La ilusión de un yo completo que es pura fachada. Por dentro las cosas siguen resquebrajadas. Y cuando uno mira hacia atrás, los fragmentos de vidrio se clavan en el hígado y arrancan jirones de piel. El cuerpo sin órganos se convierte entonces en un cuerpo "desorganizado". Un cuerpo caótico, inestable, frágil y doliente. Es decir, lo que uno es todos los días de su vida. Aunque a veces parezca que la cosa no es para tanto.

14/12/09

Presentación de Cuaderno

Por si alguien está aburrido y no tiene que hacer nada el martes 15 por la tarde, os dejo aquí la invitación a la presentación de Cuaderno, el pequeño librito del que ya hablé aquí, compuesto por dibujos de Javier Pividal y textos de Pablo Guitiérrez y un servidor vuestro. El acto será a las 19'00h en la Galería Art9 (Murcia).




12/12/09

Puertas al campo

A veces pensamos en Internet como un nuevo mundo lleno de posibilidades. Y es cierto, pero sólo hasta cierto punto. Por mucho que nos empeñemos los internautas, Internet no es el campo y, contrariamente a lo que algunos piensan, no es tan difícil poner puertas y barreras. Es el mundo real porque sucede realmente, pero es un lugar cerrado y relativamente fácil de controlar. Un lugar bastante parecido a la realidad de la película Matrix, donde hay una estructura nodal y matricial que llega a todos los rincones del sistema. Se trata de un mundo que sólo ahora comienza a ser legislado, porque, hasta este momento, hemos vivido un tiempo muy parecido al de la Conquista del Oeste, la era del Internet libre e indómito.

Sin duda, el futuro será muy diferente. Recordaremos con nostalgia los tiempos en los que las descargas eran gratuitas, cuando podíamos ver series y películas sin pagar y podíamos compartir nuestros archivos a través de redes p2p. Esa época libre de Internet está tocando a su fin. La ilusión de libertad (ilusión que producía algo de realidad) se irá al traste si los gobiernos siguen el proceso represivo y policial de legislación del mundo virtual tal y como lo han comenzado, es decir, intentando aplicar normas y leyes ancladas en estructuras territoriales obsoletas a un mundo en el que difícilmente encuentran acomodo. Sin lugar a dudas, un sistema se hace fuerte cuando permite lugares y vías de escape, es decir, cuando tolera el incumplimiento de la norma. Internet representa para nuestra sociedad un lugar para esa transgresión de la ley. Paradójicamente, en el momento en el que todo esté reglado y controlado, el sistema correrá el peligro de resquebrajarse.

[Publicado en La razón, 11-12-2009]

11/12/09

Bodas de madera

Cinco años. Cinco segundos o cinco milenios, depende de como se mire. Un instante, o toda la eternidad. Por un lado, tengo la sensación de que todo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Pero, por otro, parece que esto siempre ha sido así, que este es mi estado natural, el de compartir la vida con womahn. No concibo otro modo de vida. No me imagino ya en mi vida anterior. Ni mucho menos en una vida futura. Tengo la sensación de haber nacido para vivir la vida que me ha tocado vivir. Y que esa vida está sucediendo justo ahora. No antes ni después, sino en el momento presente.

Por lo general, uno se pasa la vida entera buscando la felicidad. Y en esa búsqueda de lo que no tiene, a veces olvida lo que ha conseguido. Vivir de modo proyectivo, pensando en un futuro mejor es lo que nos hace avanzar y mejorar. Sin embargo, ese mirar constantemente hacia delante nos hace miopes ante nuestro presente.

Pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor conduce a la melancolía y evita vivir el presente. Pensar que el futuro será mejor produce una gran ansiedad y lleva hacia una insatisfacción primordial. Por eso, de un tiempo a esta parte, he comenzado a valorar el presente, el tiempo del ahora. Un tiempo en el que, afortunadamente, puedo decir que he logrado algo que se parece mucho a la felicidad, al menos yo lo siento así. Y eso no quiere decir que mi vida sea privilegiada, que no haya sufrido con la muerte de mis padres, que pueda tener todo lo que deseo o que todo sea siempre una balsa de aceite. Sin embargo, en "lo esencial" (algo que no sé qué es, pero sí que lo puedo sentir), percibo esa felicidad. Vivo con quien quiero, donde quiero y, en lo esencial, como quiero.

Por supuesto que el futuro puede ser mejor (o peor), pero cada vez me importa menos. Quiero disfrutar del momento presente, del tiempo del ahora, del instante fugaz y mínimo, del tacto de las teclas del ordenador, del gusto en mi boca del café con leche que acabo de tomar. Estas pequeñas cosas son las que conforman la felicidad. Felicidad que nada tiene que ver con el acomodo y la ceguera ante lo que ocurre en el mundo, sino con la toma de conciencia de lo que somos y del lugar en el que estamos. Sólo desde ahí, desde la experiencia de la plenitud, y no desde la ansiedad de la falta, es posible imaginar un mundo mejor.

5/12/09

Redescubrimientos y reconquistas

Después de una semana de aúpa, por fin me puedo sentar con tranquilidad durante unos minutos frente al ordenador para hacer una breve y esquemática crónica de lo que ha sido la semana. Ha pasado tan rápido, que tengo que hacer esfuerzos para recordar:

1) Comienzo las clases de Teoría del Arte en Historia del Arte. Apenas tengo tiempo hasta el fin del cuatrimestre para lo que me ha tocado en liza impartir: la crítica de arte, de Diderot a Baudelaire. Me voy a saltar toda la parte antigua, y voy dar un giro mortal hasta Benjamin Buchloh, que he redescubierto estas semanas. El texto "Figuras de autoridad, signos de regresión" es una de las cimas de la historia crítica del arte contemporáneo. De mayor, quisiera escribir algo así.

2) Logro acabar también el texto para El ángel exterminador, la exposición que comisaría Fernando Castro en el BOZAR de Bruselas. Otro redescubrimiento: el último Buñuel.

3) Me fascina el seminario de Gayatri Spivak en el Cendeac, sobre todo, el hecho de ir de oyente, sin tener que preocuparme por nada más que por lo que dice el conferenciante. Una experiencia que había olvidado y que, poco a poco, comienzo a recuperar.

4) Ida y vuelta relámpago a Madrid: por fin, después de rellenar miles de papeles, consigo el visado para trabajar en Estados Unidos. Les ha faltado preguntarme por la marca y la textura del papel higiénico que uso.

5) Descubro en Madrid, gracias a José Luis Brea, la librería Electrico Ardor. Casi me arruino comprando ediciones latinoamericanas. Me traigo a casa todo Bellatin, un cargamento de Aira, algunas cosas de Chejfec, y un sinfín de traducciones de Benjamin, Badiou, Simondon y varias cosas más. Entre eso, y lo que he comprado en Paradox y La Central, se puede decir que ya han llegado los Reyes Magos.

6) No hay cosa que más me guste que florear durante unos minutos sobre los libros que he comprado. Ir saltando de uno a otro, como trazando caminos e itinerarios posibles antes de colocarlos en las estanterías. Sé que no tengo tiempo de leerlos todos ahora, pero me gusta tenerlos durante unos momentos sobre la mesa, como quien pone una bandeja de aperitivos. Y es que en cuanto entran a la estantería, se funden con el resto de "los que esperan" y pierden algo de su magia.

7) Llego de Madrid justo a tiempo para la cena de despedida que me organizan mis ex-compañeros de la Consejería. Noche larga, pero divertida. Les agradezco que me quieran. Esta mañana, bien tempranito, llego a casa rendido.

8) Cambio el número de teléfono móvil que he tenido desde hace casi diez años. Un hecho tan simple lo siento como un cambio radical y una especie de liberación de antiguas tiranías. Supongo que las cosas volverán a su curso rápidamente, pero mientras tanto, en dos días, ya he notado que casi nadie me llama. Voy reconquistando, poco a poco, un espacio privado que había perdido.

8) Disfruto, al fin, de un momento de soledad con womahn, la verdadera heroína de la historia.

29/11/09

Originalidad

Cuanto más vueltas le doy al problema de los derechos de autor, menos claro lo tengo. Esta semana hemos tratado en clase el arte del apropiacionismo que, precisamente, pone en cuestión la originalidad y singularidad de la creación cultural. A principios de los años ochenta, se hizo patente que la construcción de las obras de arte contemporáneo ya no se regía por la pureza y la individualidad de las propuestas, sino por la superposición de diversos estratos de significado que ponían de manifiesto la ausencia de un original. Había que tomar conciencia de que “debajo de cada imagen hay siempre otra imagen”. Toda una serie de artistas, como Sherrie Levine, Dara Birnbaum o Martha Rosler, entre otros, comenzaron a utilizar el recurso de la cita y el montaje de elementos preexistentes con la intención de anular la presencia de un sujeto individual.

Según estos artistas, no había posibilidad de acceso privilegiado al yo interior de los sujetos. Sólo podemos conocer el exterior, la superficie. Frente a la idea monolítica y pura del yo, optaron por una concepción pública y exterior de la identidad. Ésa es la misma tesis que defendió Jacques Lacan, para quien el sujeto se constituye a través de la identificación con una serie de “otros” que están en el afuera: primero, la imagen del otro, que da forma a nuestra dimensión del Imaginario; y luego, el lenguaje del otro, que es la base de nuestra dimensión Simbólica y cultural. Nuestra identidad se forja así a través del otro. Todo está dado de antemano. Si uno acepta esto, seguir creyendo en la originalidad y la inexpugnabilidad de la propiedad intelectual es algo no sólo totalmente extemporáneo, sino profundamente anticultural.

[Publicado en La razón, 27-11-09]

26/11/09

Hombre anuncio

En un post anterior hablaba de las marcas registradas como bastión de la propiedad privada. Proponía que nos hiciéramos marca para buscar un respeto que ya no se tiene por las personas. Evidentemente, lo decía de modo irónico. Nada más lejos de mi pensamiento que la idea de convertirme en marca. Sin embargo, creo que éste es un proceso al que estamos abocados. Un proceso que es el desarrollo lógico de la objetualización de lo humano y la humanización del objeto que tiene lugar durante la modernidad. Si hay una tendencia a convertir al hombre en máquina (utopía productivista) y a la máquina en hombre (utopía robótica), existe otra semejante a convertir al hombre en puro objeto de consumo y en dotar al objeto de consumo de propiedades humanas.

Hoy ya no compramos coches, teléfonos o ropa; compramos aventura, relaciones y posibilidades de seducción. La mercancía se ha hecho emotiva. Y, por contra, nosotros nos convertimos también en meros objetos o, incluso, en superficies publicitarias. Ya Walter Benjamin hablaba de la conversión del sujeto en mercancía a través de lo que él llamaba el “hombre sandwich”, es decir, ese individuo que se ve literalmente embutido y entre dos pancartas, inscribiendo la mercancía en el propio cuerpo. Hoy, si lo pensamos bien, todos somos hombres sandwich, pero en lugar de ser pagados por ello, somos nosotros los que religiosamente nos ponemos la publicidad de Dolce&Gabanna, Nike o Ralph Laurent. Consumimos al mismo tiempo que hacemos publicidad. Esta es, sin duda, la utopía del capitalismo avanzado, la consecución de un consumidor-productor que abastezca y, a la vez, reproduzca el sistema.


Por cierto, me fascina esta camiseta.

22/11/09

Diario de duelo

Hoy me he metido de lleno en la lectura del último libro de Roland Barthes traducido por Paidós, Diario de duelo, el volumen compuesto por las notas que el escritor francés escribió durante dos años tras la muerte de su madre, entre 1977 y 1979. Se ha publicado este mismo año por primera vez en Francia y ha provocado una gran polémica, especialmente en torno a la conveniencia de que una serie de notas íntimas se conviertan en un libro cerrado. Es cierto que, a veces, una suerte de compulsión editorial lleva a las librerías cosas que deberían haber permanecido en el registro de lo privado. No sé hasta qué punto eso ocurre con este libro. Hay aquí cosas íntimas, es cierto. Pero, sin duda, se trata de un libro increíble, fundamental para entender el trabajo del último Barthes, en especial La cámara lúcida, a cuyo proceso de gestación se asiste a través de estas páginas.

Me ha fascinado. No puedo decir otra cosa. Aunque también es cierto que mi lectura no ha sido ni mucho menos neutra. Como he escrito en alguna ocasión en este blog, desde antes del verano estoy escribiendo una serie de reflexiones sobre la muerte de mi madre, reflexiones que había titulado, antes de conocer el libro de Barthes, Cuaderno de duelo. Supongo que ahora deberé cambiar el título. Incluso me he replanteado la idoneidad de mi texto, aunque no es exactamente lo mismo, ni mucho menos. No es un diario, sino un intento de reconstruir artificialmente el duelo, un intento de mirar hacia atrás y restituir el espesor de un tiempo que ha pasado demasiado rápido.

En cualquier caso, la lectura del Diario de Barthes me hace retomar algunas cosas, y sobre todo me hace volver a emocionarme. No he podido evitar que la muerte de mi madre atravesara mi lectura del libro. Un libro que tenía reservado sobre la mesa del despacho desde hacía una semana, esperando el momento propicio para poder sentarme a solas con él. Y esta noche, sin apenas levantarme del sofá, lo he devorado de un tirón. Aún estoy aturdido. Durante toda la lectura he tenido el vello erizado y los ojos acuosos. He reconocido uno por uno los diferentes estados de duelo, las emociones, los afectos, incluso he podido intuir las lágrimas de un autor que, en medio de la aflicción, llegó a escribir:

"Lo irremediable es a la vez lo que me desgarra y lo que me contiene."

"Golpeado por la naturaleza abstracta de la ausencia; y, sin embargo, es ardiente, desgarradora. De ahí que entienda mejor la abstracción: es ausencia y dolor, dolor de la ausencia -¿quizás es entonces amor?"

"¿Escribir para acordarse? No para recordarme, sino para combatir el desgarramiento del olvido en cuanto que se anuncia absoluto. El -pronto- "ya ninguna huella", en ninguna parte, en nadie."

19/11/09

Brevemente antologado

Logro acabar por fin el texto sobre Manu Muniateguiandikoetxea para la expo de La Conservera. Hacía tiempo que no aprendía tanto. Como decía en el post anterior, me he logrado meter de lleno en el constructivismo. Y he disfutado como un niño con Rodchenko y compañía. Pero me he encerrado tanto, que no he tenido tiempo de dar cuenta de algunas cosas que me han ido sucediendo durante la semana. Por quedarme con la mejor, ha llegado ya a mis manos el libro Por favor sea breve 2, la antología de microrrelatos que ha editado Clara Obligado en Páginas de Espuma. En las páginas de este libro se recoge lo mejor de este género contemporáneo, con autores como Ana María Shua, Fernando Iwasaki, Hipólito G. Navarro o Andrés Newman. Curiosamente, y casi por accidente, se ha logrado colar una microficción mía, "Destino", un pequeño cuento de fantasmas sobre violencia doméstica que la editora ha escogido del libro Demasiado tarde para volver. La verdad es que para mí es todo un honor verme rodeado de estos escritores y compartir espacio con algunos de los grandes maestros del género.


Salvando mi contribución, que es una de las más prescindible, el libro está lleno de pequeñas joyas. Es una de esas cosas que merece la pena comprar y degustar una y otra vez. Esta literatura portátil y mínima se ha convertido en los últimos tiempos en uno de los géneros que has ha evolucionado. Microrrelato, minificción, minicuento, ficción hiperbreve... no parece estar demasiado claro cómo nombrar este género literario. Lo único cierto es que transita entre el aforismo, la poesía, el haiku y el relato llevado a su mínima expresión (y a su máxima condensación). Lo que sí parece cada vez más claro es que, de un tiempo a esta parte, su uso se ha extendido hasta límites insospechados. Quizá los ‘tiempos que corren’, rápidos y veloces, en los que apenas tenemos un momento para sentarnos a leer, han contribuido al éxito de las fórmulas breves. Y quizá por eso muchos son los escritores que han comenzado a cultivar este género ya no de modo subsidiario, como un apunte o un divertimento, sino como un fin en sí mismo. Frente a la hegemonía de los tochos vampíricos y las trilogías infumables, yo me quedo, sin duda, con el microrrelato y el universo íntimo y fugaz de la "nanoliteratura".

15/11/09

Constructivos

Llevo una semana enfrascado en la historia del constructivismo ruso. Para ser sincero, nunca me había interesado demasiado en este movimiento. Por supuesto, Tatlin y los demás me parecían interesantes, pero nunca había logrado encontrar la manera de entrarles bien del todo. Pero, con la excusa del texto sobre Muniategui y sus citas a Rodchenko, me he metido a fondo en la figura del artista ruso y en el constructivismo temprano, sobre todo el de 1920-21. Después de leer, entre otras cosas, los textos de Buchloh y, sobre todo, el libro de Maria Gough (The Artist as Producer: Russian Constructivism in Revolucion, University of California Press, 2oo5), me he dado cuenta de la complejidad y la riqueza del debate intelectual que se produjo durante aquellos años en el mundo del arte. Uno lo piensa bien, y la verdad es que gran parte de los problemas que se han planteado después en el campo artístico ya fueron trabajados y articulados por los pensadores y artistas rusos. No sólo los formales, que también, sino sobre todo los relacionados con la función del arte y su relación con la política. Es curioso que, hoy en día, cuando esos problemas están de nuevo sobre la mesa, apenas se aluda a este momento central en el que todo ya fue planteado con una solvencia y una lucidez aplastante por artistas y escritores como Rodchenko, Tarabukin y muchos más. Rescatar estas discusiones e intentar traerlas a la situación actual no es ninguna locura. Muchos de los callejones sin salida en los que nos encontramos hoy podrían ser iluminados por aquellos debates. Debates (y esa quizá sea la verdadera dificultad) que se mantenían a un nivel de profundidad, seriedad y compromiso intelectual que dificilmente podría hacerse efectivo en medio de la banalidad y la vagancia que se ha instalado en el mundo del arte contemporáneo.

14/11/09

El respeto hacia la mercancía

Sigo flasheado con la manera en la que Ramoncín ha conseguido cerrar el canal que El Jueves tenía en Youtube. Su argumento es que allí aparecían unos vídeos ofensivos que dañaban su imagen pública. Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el “cantante” en que hay cosas por las que no se puede pasar. El límite entre la parodia, el comentario y el insulto es bastante difuso. El problema es que ese límite se sobrepasa día tras día. Y sólo unos pocos pueden defenderse. Parece que es necesario tener adquiridos "derechos de imagen" para que se nos tome tan en serio como a Ramoncín. De lo contrario, se nos puede vilipendiar, ridiculizar hasta la extenuación y nada ocurre.

Quizá la solución sea registrar nuestros nombres como si fueran marcas, adquiriendo derechos de autor sobre ellos. Y es que es posible que el respeto que se ha perdido hacia la persona se mantenga hacia la mercancía. Sin duda, hay que darle la razón a Michel Houellebeq cuando dice que hoy la única transgresión posible es contra la marca registrada. En ¡Houellebeq!, Fernando Arrabal cita unos párrafos del escritor francés sobre esta cuestión que me parecen de lo más lúcido que se ha escrito en tiempo:

"Podemos chotearnos hablando de monjas, de pollas, de ojos arrancados, de 'sidaicos'. Es posible dar por culo a la Virgen en una novela. Pero hay un límite que no podemos franquear: atacar a un grupo financiero internacional a través de uno de sus productos... ¿Nos atreveríamos a escribir?:
“Antes de lamer el culo de las niñas a las que acaba de capturar, Marc rociaba sus anos con yogur líquido DANONE. Había probado con YOPLAIT o con CHAMBOURCY, pero no: la acidez era demasiado pronunciada. El gusto que daba a las secreciones anales carecía de finura; y todos sus amigos pedófilos opinaban como él. Para sus ‘gang-bang’ de niñas, Marc permanecía rotundamente fiel a DANONE”.

Ciertamente demoledor. Pero al escritor no le falta razón. Lo realmente “censurable” de este texto hoy serían las alusiones a las marcas, y no lo demás. La marca es el único tabú, la única prohibición real. La verdadera transgresión y verdadero riesgo no está hoy en mofarse de la religión o el Estado, sino hacerlo de Coca-Cola, Microsoft o Nike. Ahí sí que se juega uno el pellejo.

10/11/09

Bob Flanagan: la muerte como ready made

Esta semana trabajamos en clase la cuestión del dolor en el arte contemporáneo. Como conclusión del problema, he puesto Sick. Vida y muerte de Bob Flanagan, supermasoquista, la película de Kirby Dick sobre la vida de este genial artista americano. La obra de Bob Flanagan se suele utilizar muchas veces para epatar, sorprender y hablar de las barbaridades que llegan a hacer algunos artistas contemporáneos. Un artista que clava su pene en una tabla de madera, que se cuelga de los tobillos, que se hace golpear, que se introduce objetos punzantes en su cuerpo, que se flagela constantemente... es casi un prototipo de excentricidad y locura para todos aquellos que pretenden ver en el arte contemporáneo un terreno abonado para la bestialidad. Sin embargo, si se estudia en profundidad, su propuesta artística y vital, su experiencia del cuerpo y de la enfermedad, es una de las más lúcidas y coherentes de todas cuantas han sido llevadas a cabo por los artistas en las últimas décadas.

Para Flanagan obra y vida fueron la misma cosa. Aquejado de fibrosis quística desde su nacimiento, la enfermedad se convirtió en el centro de su vida y, en consecuencia, de su obra. En lugar de ceder a la enfermedad y dejarse morir poco a poco, Flanagan resistió y se hizo fuerte a través del dolor. Paradójicamente, el dolor estaba vinculado en su caso más con la vida que con la muerte. El dolor lo hacía sentir vivo. Era una herramienta para recuperar momentáneamente la soberanía sobre su cuerpo, arrebantándoselo durante unos instantes a la fibrosis quística. Una soberanía que, de nuevo paradójicamente, fue experimentada a través del masoquismo. La sumisión y la conversión en objeto de deseo del otro, el abandono era para Flanagan una manera de "hacerse fuerte", un "empoderamiento" del sujeto; un abandono voluntario en el que uno, desposeído de voluntad propia, experimenta placer a través de lo más bajo. Como sugería Georges Bataille, entre lo más alto y lo más bajo, entre lo sublime y lo abyecto, entre la soberanía y el abandono, apenas hay distancia.

Siendo esto realmente importante en la obra de Flanagan, una de las cosas que siempre me han llamado poderosamente la atención de su propuesta es su tremenda coherencia. Y sobre todo su capacidad de resistir hasta el final de la representación. Como es conocido, Flanagan convirtió su enfermedad y su proceso de muerte en espectáculo, en obra de arte. Ningún artista ha llegado tan lejos. Muchos se le han aproximado, pero siempre hay un momento en el que la representación finaliza. Un momento en el que la performance, la actuación, no puede seguir, un "no va más" que pone de nuevo las cosas en su sitio. Aunque sea de modo simbólico, los artistas suelen frenar en algún momento, cuando su vida peligra realmente, cuando se pasan de la raya, cuando el sujeto de la representación corre, de verdad, el peligro de convertirse en objeto, es decir, en puro cadáver. Chris Burden, Marina Abramovic, Gina Pane, Ron Athey y otros muchos han bordeado los límites del riesgo y el dolor, pero ninguno ha llevado hasta el punto de no retorno su acción. Hay siempre una suerte de contención en la acción, un quedarse cerca pero no pasarse de la raya, aunque a veces la raya apenas sea visible y sea muy difícil saber dónde está.

Pero Bob Flanagan llegó. Consiguió plantarse en el final de la representación. Aunque ya no fue consciente de eso. Incluso se podría decir que atravesó la representación. Una representación que sigue aunque el artista se haya convertido en objeto, ya que el cadáver mismo, lo más obsceno (aquello que, supuestamente, está "fuera-de-la-escena") sigue siendo parte de la misma representación iniciada por el sujeto. En el entierro, en los restos, en el testamento... su pareja-dominatrix Sheree Rose sigue manteniendo el telón abierto.

En cierta manera, se podría afirmar que la identificación entre vida y obra, que se inicia con el dandismo del XIX, y que es parte de la mitología del artista moderno, llega con Bob Flanagan a su clímax absoluto. Obra, vida y, sobre todo, muerte se convierten en este artista en una misma cosa. Es entonces, verdaderamente, cuando todas las fronteras se vienen abajo, cuando se evapora todo sentido, cuando se produce la verdadera muerte del arte en tanto que muerte del artista. O quizá habría que pensarlo al revés, cuando el arte trasciende la propia muerte del artista. Sin duda, el cadáver de Flanagan es su gesto más radical. Un gesto que, en el fondo, ya no es el de un sujeto, sino el de un objeto. Un objeto inerte en la escena artística. O lo que es lo mismo: un ready made.

8/11/09

Impresiones fugitivas

Después de sufrir la paliza del Cartagena al Murcia de esta mañana, me quito las pinturas de guerra y me recluyo en la lectura. Y nada me viene mejor que emocionarme una vez más con Impressions fugitives (L'ombre, le reflet, l'écho), el libro de Clement Rosset con el que me vuelvo a introducir en la cuestión de la sombra. Como ya he señalado en alguna ocasión en este blog, Rosset es uno de los pensadores que más admiro. Su teoría sobre los dobles de lo real ha sido tremendamente importante para mí. En este pequeñito libro que estoy leyendo, Rosset analiza una serie de impresiones fugitivas de la realidad (la sombra, el reflejo y el eco) que, para él, no son dobles, sino partes constitutivas de la realidad misma. La sombra no es una imagen del objeto, sino una parte de éste. No hay realidad sin sombra, ni sombra sin realidad.

Lo más fascinante de Rosset es su prosa hipnótica y su manera particular de analizar los problemas, siempre a través de pequeños libros que parece decir las cosas oído, texotos íntimos, cercanos, que se encuentran en el registro de la sugerencia, el esbozo o el apunte. Y es que a veces no es necesario decir más. El resto sobra. De hecho, estas microintervenciones, que casi podríamos llamar filosofía portátil, en ocasiones producen muchas satisfacciones que los sesudos tratados que buscan arrinconar al objeto de estudio desde todos los lados, intentando agotarlo, como si quisieran hacerlo desaparecer. Rosset, en cambio, sugiere, acompaña, señala, toca o, incluso, abraza ese objeto, pero nunca lo mata del todo. Y eso, que en otros lugares podría ser visto como una merma, en este caso, al menos desde mi punto de vista, es una de las virtudes mayores. Una alejamiento del saber totalitario y opresivo, un posicionamiento en favor de un conocimiento fragmentario que aparece a fogonazos, abriéndose brevemente para volverse a cerrar enseguida. Un lichtung, que diría Heidegger, un desocultamiento en el claro del bosque. Contundente, iluminador, pero siempre fugaz. Una luz que deja en el lector una huella que no se borra pero que tampoco entorpece su avance.

7/11/09

Silencio

En 1952, John Cage sorprendió al mundo de la música con 4’33”, una obra que presentaba cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Compuesta en tres movimientos (30’’, 2’23’’ y 1’40’’), la pieza reflexionaba sobre la figura musical “silencio”, y no sobre el silencio puro. En la sala de conciertos no había un silencio absoluto, sino que se escuchaban toses y algún que otro rumor de fondo. Cage era consciente de esto, y, de hecho, una de las claves de la obra es la diferenciación clara entre el silencio de la composición (de la música) y el silencio de la sala (de la vida). Precisamente, el año anterior Cage había intentado buscar el silencio puro en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Sin embargo, durante el tiempo que permaneció allí, en total aislamiento de los sonidos del mundo, no pudo encontrar el silencio absoluto. Es más, advirtió que podía escuchar dos tonos o vibraciones, uno alto y otro bajo, los tonos del sistema nervioso y del sistema circulatorio. No habría, pues, una ausencia de sonido salvo en la artificialidad de la partitura, en la convención cultural del signo que significa silencio, que sólo vale como regla en el ámbito de la composición.



El otro día, para comenzar la clase dedicada al neodadaísmo, después de recomendar la La anarquía del silencio, la expléndida exposición sobre John Cage que tiene lugar en estos momentos en el MACBA, no se me ocurrió otra cosa mejor que poner este vídeo, el vídeo de la versión para orquesta que dirigió Lawrence Foster en 2004 con la Sinfónica de la BBC. El resultado, como había previsto, fue que gran parte de los alumnos, de cuarto de carrera, a duras penas aguantaron el silencio. Gracietas como "no se oye", "cuándo empieza" o "dale voz", eran las más comunes. Pero también el cuchicheo y el movimiento constante. Había algo en esa pieza de Cage que aún seguía produciendo inquietud, algo que aún era difícil de tolerar. Me di cuenta, entonces, de lo difícil que es permanecer inactivo, improductivo, callado, contemplando la nada y el vacío. Y es que el silencio, hoy, en una sociedad del ruido, sigue siendo el más subversivo de los sonidos.

6/11/09

Tentar la suerte

En Murcia hay buena gente. Hoy lo he vuelto a constatar. Además, el porcentaje es bastante alto. De lo contrario, a estas alturas estaría ya sin moto. Y es que hoy, por tercera vez consecutiva en menos de una semana, me he vuelto a dejar las llaves puestas en la moto. No sé exactamente la razón, pero desde que me compré la nueva moto, tiendo a dejarme las llaves en el arranque o en la cerradura del maletero. El problema viene después, cuando intento buscarlas por los bolsillos y por la mochila y no logro encontrarlas. Ayer removí prácticamente toda la casa hasta que decidí usar las de repuesto. Sólo cuando fui a coger la moto, alguien salió del bar frente al que la tenía aparcada y me dijo, mostrándome un llavero que reconocí al instante, que si aquellas llaves eran mías. Por supuesto, le dije que sí y le di las gracias más de mil veces. Hoy ha vuelto a suceder algo igual, pero frente a una zapatería. De nuevo, el dueño del negocio, al verme buscar las llaves por todos los lados, se ha acercado a mí y me ha dicho que las había visto puestas en la moto, así que las había cogido para que nadie se las llevara. Y otra vez, he tenido que dar las gracias más de mil veces.

Lo curioso del asunto es que, tanto el bar como la zapatería, son negocios que, por cuestiones que no vienen a cuento, me son tremendamente antipáticos. Pero a partir de hoy los miro ya de otra manera. Es lo que tiene esta vida azarosa, que nunca sabe uno a quien le va a tener que agradecer las cosas.

En cualquier caso, lo que me ha quedado claro es que hay buena gente por el mundo. Tres de tres es una buena estadística. Eso sí, no voy a seguir tentando a la suerte, no sea que se cumpla el refrán, y de tanto ir el cántaro a la fuente acabe rompiéndose.

O, mejor, sí. Sí tentaré la suerte. Seguro que me seguiré dejando olvidada la llave en la moto. Por eso, por si hay algún interesado, se trata de una Piaggio Beverly negra de 125. Mañana la ruta de la moto será: de 10 a 12, aparcamiento del campus de la merced, el de la plaza de la Iglesia, junto a la cabina. De 12'30 a 14'30, facultad de Bellas Artes, Campus de Espinardo, en la parte del lado, junto a la escalera. Por la tarde, de 17 a 21, Cendeac, justo frente a la puerta, donde suelen aparcar las bicis. Si alguien quiere realizar un buen acto y devolverme la llave olvidada, es su momento. Y si alguien quiere una moto nuevecita y que va a las mil maravillas, pues ya sabe donde encontrarla.

4/11/09

Más textos

Entre clase y clase, intento meterme de lleno a trabajar en un texto sobre Manu Muniategiandikoetxea, sin duda uno de los pintores más lúcidos e inteligentes del momento. A veces, trabajar a fondo sobre un artista concreto viene bien para introducirse en cuestiones que, de otro modo, sería más difícil llegar. Ahora vuelvo a la geometría, la construcción, las relaciones entre pintura y escultura, y sobre todo a la idea de reflejo, sombra, resto y huella. Después de pasar unos días leyendo lo que se ha escrito sobre el pintor, me sumerjo ahora otra vez en Clement Rosset y sus imágenes del doble: por un lado, las "impresiones fugitivas"(sombra, eco y reflejo), y por otro, las "fantasmagorías" (pintura, grabación y fotografía). Con eso ya tengo, como poco, para el párrafo del comienzo. Las otras quince páginas ya veremos cómo se llenan.

2/11/09

Celebración

Después de pasar el fin de semana recluido (con la excepción del tránsito al cementerio), logro acabar el texto sobre Carlos Schwartz para la exposición del TEA. De nuevo, me dejo muchas cosas en el tintero, pero al menos esbozo una serie de intuiciones sobre la cuestión de la luz en el arte contemporáneo, algo que siempre me había interesado. Nada más enviarlo, entro en la página de la ANECA y compruebo que mi acreditación como contratado doctor es positiva. Otra cosa hecha.

Para celebrarlo, después de hablar dos horas seguidas en clase sobre los burdeles y el mundo de la noche, me meto a la librería sin rumbo fijo, es decir, del peor modo posible, porque todo es apetecible. Y es de esta manera que he vuelto a casa repleto de material para las próximas semanas. Entre las cosas que han caído: Pensar la muerte, de Jankélevich; Teoría de la imagen, de W.J.T. Mitchell; La mirada social, de Alain Tourane; y Cómo saborear un cuadro, de Victor Stoichita. Eso y, por supuesto, Aire nuestro, la última novela de Manuel Vilas. No sé si podré esperar a hincarle el diente. Y es que sobre la mesita de noche, en ámbito novelas, ya no cabe nadie más. Está Fernández Mallo y su Nocilla Lab, Enodio Quintero y Mariana y los comanches. Y, además, todo el cargamento de libros de relatos que compré en la SELIN de Blanca. Creo que con eso me voy a plantar por una temporadita. Espero acabarlo todo antes de irme a USA, donde intentaré no llevarme una sola letra en español, aunque la lengua de Cervantes sea hoy la segunda más hablada del mundo.

1/11/09

Una imagen

Tarde de cementerio. Regreso al pasado. Saludo a vecinos de la infancia. Me abrazo con mis hermanos. Pero delante de las lápidas de mis padres no logro sentir emoción alguna. A veces pienso en ellos y me retuerzo por dentro. Pero no allí. Allí ya no hay nada. Sólo un nombre y una fecha. Y huesos, pero eso prefiero no pensarlo. Porque eso está al otro lado, detrás, en el lugar al que no llega la mirada. Por eso pienso que ahora allí hay signos, letras y números. Sobre una piedra. Letras y números sobre una piedra. Por eso allí no hay emoción alguna. Porque el nombre ha perdido su poder de nombrar.

Nunca he querido que allí hubiese foto alguna. He preferido dejar tan sólo el nombre, consciente de que así el dolor de la visita iba a ser menor. Pero parece que he perdido la batalla. Los demás quieren la foto. Así que el próximo año, allí también estará la imagen. Una imagen capaz de quemar en las entrañas. Porque la letra ya no duele. El nombre ya no tiene cuerpo para posarse. Pero el año que viene el nombre tendrá la imagen. Y la conjunción de ambos volverá a llevarnos al terreno de las lágrimas.

Masoquismo de la rememoración. Sólo de pensarlo se me encoge el estómago.

31/10/09

Tirar la piedra y esconder la mano

En los últimos días, este blog ha recibido un comentario anónimo cuya única intención era contribuir al embrollo y al falseamiento de la realidad, cuando no directamente a la denigración personal. Y, por supuesto, lo he borrado. Lo digo por si el autor no lo ha encontrado en la noticia correspondiente. No es un fallo técnico. Es una cuestión ética.

Mi blog lo controlo como me da la gana. Exactamente igual que en mi correo elimino el spam, en el blog borro los comentarios basura. Y basura aquí significa publicidad, pero también insulto, falta de discreción o simplemente cualquier cuestión que me pueda resultar ofensiva o inadecuada. A veces creemos que el blog es un espacio absolutamente público y democrático en el que tenemos que soportar cualquier tipo de reacción. Y por aquello del qué dirán, llegamos a aguantar algunas cosas que no soportaríamos en la vida cotidiana. Yo, desde luego, no estoy dispuesto a hacerlo. Y si a mi casa invito a quien quiero, aquí sólo admitiré comentarios respetuosos. Lo cual no quiere decir que todo el mundo esté de acuerdo, ni mucho menos. De hecho, el debate y la discusión es lo mejor que le puede pasar a un blog. Pero, desde luego, en términos civilizados.

Internet nos ha abierto un mundo de posibilidades. Pero también lleva su lado oscuro. La democratización de la información y la ruptura del sistema vertical de imposición de la noticia, supuestamente sustituida por la interactividad y la posibilidad de reacción ante lo publicado, lleva consigo, sin embargo, un problema de difícil solución: el anonimato y la posibilidad de control de las reacciones.

Escribir comentarios anónimos en un blog es una actividad común. La mayoría de las veces suele ser algo inocente, y el anonimato incluso puede llegar a tener sentido. El problema es cuando ese anonimato se convierte en una especie de salvaguarda de cosas que no serían tolerables en "el mundo real". Yo aquí escribo con mi nombre real, exponiéndome totalmente, dejando claro cuáles son mis opiniones, mostrando en ocasiones incluso algunas partes de mi intimidad. No pretendo, por supuesto, que todos compartan esa voluntad de exposición. Pero no tolero que, desde el anonimato, se realicen según qué comentarios. Hay cosas que hay decirlas "a la cara", con lo que "a la cara" pueda significar en Internet.

Uno ha de ser responsable de lo que dice o escribe. No se puede tirar la piedra y esconder la mano. Y la Red se ha convertido en un lugar de arrojapiedras cobardes que se escudan en el anonimato para insultar y mentir. Por ejemplo, es realmente bochornoso acercarse a los comentarios y reacciones de los lectores a las noticias de según qué medios de comunicación. Bajo la idea de la libertad, estamos cayendo en dejar pasar libremente el insulto, la maledicencia y la perversión más radical.

No
tengo claro hasta qué punto los medios pueden eludir su responsabilidad en esta cuestión. Aunque se pueda esgrimir que los comentarios son espontáneos y es imposible controlarlos (o, peor, censurarlos), lo cierto es que esos comentarios no son realizados en el limbo, sino en una página concreta, que sirve de plataforma y soporte para su publicación. Si un periódico no publica cartas anónimas e insultantes, no entiendo por qué el comentario ha de tener un estatus diferente. Estas son las cosas del mal entendimiento de las posibilidades de la tecnología.

Yo no sé aún cuál es la postura correcta. Lo que sí tengo claro es que si una serie de comentarios anónimos insultan, vilipendian, enturbian la imagen y mienten deliberadamente sobre alguien, el responsable último es el medio que los permite, publicita y mantiene para siempre en Internet. Porque, y esto sería para reflexionarlo en otra ocasión, al contrario de lo que suele pensar sobre lo efímero de la Red, Internet no olvida. Y lo que allí se escribe, queda escrito para siempre. Limpiar eso es ya casi imposible. El mancillamiento del honor, que en otro tiempo se limpiaba a través de la sangre, ahora vaga por la Red hasta el fin de los tiempos.

30/10/09

Cuaderno

Recibo unos cuantos ejemplares de Cuaderno, un librito con dibujos de Javier Pividal y textos de Pablo Gutiérrez, el propio Pividal y un servidor de ustedes. La verdad es que el libro es una pequeña joya. Los dibujos de Pividal son sencillamente impresionantes. Y los textos funcionan a la perfección. Parece que hayamos estado trabajando en conjunto durante años. De hecho, no es tan fácil distinguir de quién es cada texto. Sin haberlo pretendido, se ha logrado un mimetismo entre los tres que hace que el libro sea un todo integrado. Además, diseño elegante y casi transparente, da lugar a un libro íntimo y afectivo que anima a sentarse en el sofá y pasar la tarde o la noche recorriéndolo una y otra vez.

Son trescientos ejemplares, numerados e intervenidos a mano por el artista. No creo que el libro se vaya a distribuir por los canales habituales, aunque con toda probabilidad pueda recalar en las librerías de los museos, y en Murcia, por supuesto, en Diego Marín. Y eso sí, esta vez, a un precio asequible, 15 euros. Ya os informaré cuando haya ejemplares disponibles.

De nuevo, me siento un privilegiado. Igual que me sucedió con El bebedor de lágrimas, vuelvo a trabajar con gente a la que admiro y en proyectos más que atractivos. Pividal me parece uno de los artistas más elegantes, emotivos e inteligentes que conozco. Y Pablo Gutiérrez, un escritor como la copa de un pino. Rosas, restos de alas, su primera novela, editada por La Fábrica, me sorprendió y me emocionó. Hacía tiempo que no leía algo donde las palabras estuvieran tan medidas y ajustadas a lo que se quiere contar.

En Cuaderno, nuestro librito-joya, los textos que se entremezclan con los dibujos son pequeñas intervenciones, historias mínimas o reflexiones esbozadas que, poco a poco, van creando en el lector la sensación de estar habitando un mundo particular, ése que aparece en los dibujos. No sabría, de todos modos, cómo calificar esa sensación. Ni mucho menos este libro. No es un catálogo, no es un libro ilustrado, no es un libro de historias, no es un libro de poemas, no es un libro de artista. Quizá el título sea lo que mejor lo defina: un cuaderno. Un lugar donde conviven imágenes y palabras que provienen de orígenes diferentes, pero que, al convivir cerradas en un mismo lugar, establecen un diálogo y una conversación azarosa, accidental, pero con total sentido, aunque ese sentido sea el del conflicto y lo irresoluble.

25/10/09

Redes de arte

Buenas sensanciones en el encuentro Redes de arte organizado por Arte10 el pasado sábado en la Fundación Chirivella Soriano de Valencia. A mí me tocaba hablar de este blog como ejemplo del modo en que se han transformado las vías de conocimiento y comunicación sobre arte en la Era de Internet. Salieron muchos temas a debate. Tantos, que merecería ir uno por uno desgranándolos. Algunos de ellos ya han sido más o menos trabajados en algunas entradas del blog, aunque nunca con detenimiento. Los enumero aquí para que no se me olviden, y prometo volver sobre ellos en los próximos días:

- La cuestión de la privacidad: los diferentes umbrales de intimidad y su transformación a través de la exposición pública a través del blog.

- La relación entre mundo real (físico, tangible) y mundo virtual (inmaterial, simulacral): la falsa creencia de que lo real y lo virtual son universos separados.

- La idea de libertad y de alternativa a los medios de comunicación tradicionales, así como los mecanismos de legitimación de la información.

- La noción de una ética blogger: la toma de conciencia de que, al final, un blog es un espacio público y es necesario manejar conceptos éticos como el de responsabilidad.

- La idea de convergencia de viejos modos bajo nuevas formas, es decir, la manera en la cual, en el fondo, el blog incorpora usos tradicionales aunque las formas sean diferentes.

- Y, por último, el modo en el que cambia la escritura y las vías de acercamiento a la realidad.

La verdad es que la cosa dio para mucho. Dos horas y media que se fueron en un suspiro. Había tema para estar hablando días enteros. Pero, en fin, la conversación (y esto es lo bueno) puede seguir prolongándose en la red. Además, en los próximos días, A10tv colgará los vídeos el encuentro. Y, sobre todo, en los próximos meses, habrá otras jornadas en Salamanca, Málaga y Madrid. Espero que sean tan fructíferas y productivas como las de Valencia.

23/10/09

El bebedor premiado

Después de días de manipulación periodística, hoy amanezco con una buena noticia: El bebedor de lágrimas ha resultado ganador de la primera edición del premio que concede la Fundación Lázaro Galdiano al mejor libro de arte editado en España en el año 2008.

El libro, que contiene la historia de un ser que bebía las lágrimas de su amada, fue ilustrado por el artista Javier Pérez con veinte serigrafías que literalmente quitan el hipo. La edición cuidada, el diseño, el prólogo de Mieke Bal, la historia y las serigrafías han sido valoradas por el jurado para la concesión de este premio. Un reconocimiento que, si soy sincero, contribuye a subir algo el ánimo después del malentendido intencionado que ha “montado” el diario La Verdad. Así es que hoy estoy de celebración, que a veces también toca.


22/10/09

Contra la manipulación

Observo sorprendido la desfachatez con la que el diario La verdad manipuló ayer la información de mi salida del Cendeac.

Manipular no sólo es falsear o retocar, sino también colocar-entre, situar, recortar. Susan Sontag advertía ya que incluso la fotografía, sinónimo durante un tiempo de lo verdadero, podía ser manipulada a través del enfoque o el encuadre. Con la información pasa exactamente lo mismo. Depende de cómo y dónde se coloque una noticia, su significado es diferente. El contexto nunca es neutro.

En este caso, el periodista, Julián Mollejo, ha colocado deliberadamente la noticia en un lugar que puede llevar (que, de hecho, lleva) a la confusión, en medio de una polémica con la que la noticia no tiene nada que ver. Y ha llegado incluso a falsear la realidad, situando en la portada del diario de ayer el siguiente titular: “Dimite un alto cargo de la Consejería en plena polémica”.

Se trata de un titular absolutamente falso. Ni soy alto cargo (más lo hubiera querido, sobre todo por el sueldo), ni, desde luego, dimito en plena polémica. Lo más extraño de la situación es que mantuve una conversación telefónica con el susodicho periodista donde le comenté que mi decisión había sido tomada en febrero y que se había hecho efectiva el 1 de octubre, es decir, varias semanas antes de que comenzasen a vilipendiar las actividades de la Consejería. Una información que el periodista ha dado en la noticia, pero que no ha sido tenida en cuenta en la contextualización de la misma.

¿Qué ocurre? Que el periodista, falseando el titular y situando la noticia (dada, además, con 21 días de retraso) en un contexto con el que nada tiene que ver, pretende transmitir la sensación de que la “dimisión” es “consecuencia directa” de sus acusaciones a la política de la Consejería. Es decir, que su relato (cuya verdad está aún por comprobar), en el fondo, ha “producido” una acción real. Y nada más lejos de la realidad. O mejor, nada más lejos de “La verdad”. Así que puedo decir, sin temor a equivocarme que, en esta ocasión (y voy a hablar sólo de esta ocasión porque es la que me concierne), La verdad miente, falsea y manipula la información. Y lo hace deliberadamente, y con una intención clara: hacer creer algo que no es. Sugerir un hecho que no es tal y como se presenta y, sobre todo, contribuir a la creación y extensión de un rumor, de un ruido de fondo, una bruma que no deje ver las cosas tal como son.

Se trata, al final, de intentar proyectar la sombra de la duda. Y hacerlo a través de la mentira deliberada y el montaje ideológico, procedimientos ideados y forjados durante los regímenes totalitarios del siglo XX. Montar, como en el cine, es poner una cosa al lado de la otra. Y ya sugería Eisenstein que una imagen, por muy contundente que sea, cambia su significado cuando es contrapuesta a otra. La narración, la comunicación, es un juego de relaciones. La situación y el lugar de las cosas es igual de importante que las cosas mismas. Se trata de una cuestión de lugar.

Si se atiende a lo anterior, se puede afirmar que, sin lugar a dudas, Julián Mollejo ha realizado un montaje ideológico en toda regla.

Esta es, al menos mi opinión, que no pretendo que sea compartida por el resto de los mortales. Pero no me puedo resistir a comunicarla. De hecho, he pensado mucho si escribir o no este post. Y tras alguna deliberación, he concluido que este “no(ha)lugar” es el mejor sitio para hablar de estas cosas. Es, en primer lugar, un espacio personal. Y es, sobre todo, una plataforma de comunicación. Una plataforma que puede intentar paliar los abusos de los medios tradicionales. Evidentemente, este post no va a ser tan leído como el artículo de La verdad. Pero es una vía de resistencia ante la negación de la voz y la imposición de la información de la prensa escrita.

Dejaré para otra entrada la cuestión del estatus de verdad de la información. Y es que no tengo yo tan claro cuáles son los criterios de fiabilidad y verdad de la prensa escrita. Es la institución la que legitima lo que allí se dice, pero el periodista, en el fondo, es un sujeto deseante como cualquier hijo de vecino, con lo que su producto, sobre todo cuando, como sucede en el caso analizado, atenta contra la ética periodística, debería dejar de ser considerado información y pasar al estatus de simple opinión. Y en ese caso, lo que se diga en La verdad, en El País o en El Mundo, jamás lograría tener, de suyo, una entidad superior a lo que se diga aquí, en otro Blog o en la hoja parroquial de Santa María de Gracia.

21/10/09

Bye-bye, Cendeac

Por si hay alguien que aún no se ha enterado: sí, hace unas semanas que dejé la dirección del Cendeac.

Como sabéis los asiduos del blog, el próximo semestre salgo para Williamstown a disfrutar de una beca de investigación en el Clark Art Institute, un remanso de paz y sabiduría. Por este motivo, he tenido que concentrar toda la docencia de la Universidad de Murcia en este cuatrimestre. Y esto, sumado a los compromisos varios de textos y conferencias, me ha dejado apenas sin tiempo para mi labor en el Cendeac, con lo que me he visto obligado a tomar la decisión incluso antes de lo que tenía previsto.

De todos modos, es algo que ya veía venir. Desde hace algún tiempo, sentía la necesidad de dejar la gestión para dedicarme en cuerpo y alma a la escritura, la investigación y la docencia. Es decir, a lo que me gusta de verdad. Y es que la gestión tiene su aquél, pero puede acabar mermando el lado creativo. En la vida hay momentos para todo. Durante un tiempo, uno tiene que tirar hacia delante e inventarse un espacio que no existe. Pero después, cuando eso ya funciona, o al menos ha funcionado aceptablemente (nadie es perfecto), es necesario dejar que lleguen los demás. Y que continúen, que cambien o que reinventen. Además, uno incluso llega a agotarse y quedarse sin ideas. Es necesario un tiempo para la renovación, para el barbecho, y en un futuro muy, muy lejano, Dios dirá.

Entre otras muchas cosas, durante todo este tiempo, he tenido la oportunidad de escuchar y conocer a las principales figuras de la historia del arte y el pensamiento de la contemporaneidad. También la oportunidad de contribuir a la edición de textos fundamentales de la crítica de arte en España y a la traducción de obras como las de Mieke Bal o Jonathan Crary, cuya lectura ahora, afortunadamente, comienzan a normalizarse en nuestra lengua. Ha sido todo un privilegio y una oportunidad. Esto creo que hay que reconocerlo. Eso sí, yo también he puesto todo lo que tenía. No diré que me he dejado la vida en ello, pero casi. Durante un tiempo, más que un trabajo ha sido una forma de vida. De todos modos, eso tampoco es tanto. Pienso que cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.

Me da pena, por supuesto. Más de la que quizá os podáis imaginar. El Cendeac es para mí como un hijo. Pero uno tiene que hacer su vida y no puede vivir hipotecado por las instituciones. Seis años es mucho tiempo. Al menos para mí. Al menos ahora . Quizá después piense que seis años no es nada. Pero eso ya no importará. Porque ahora es demasiado. Y eso me basta.

Y luego, o antes, por supuesto, está el tiempo. El tiempo, la familia y la vida propia. Estar en casa, cenar en casa, sentarme en mi sofá, estar con mi mujer. Cosas que prácticamente había olvidado y que ahora pretendo recuperar. Se trata de "pasar a mejor vida". O, más aún, "pasar a vida".

Pero, en fin, no me quejo, porque han sido años estupendos. Aparte de lo académico, me llevo miles recuerdos e innumerables vivencias. Esto al final es lo que queda, amigos y experiencias. Por traer algo a la mente, aún se me eriza la nuca cuando recuerdo la presencia contundente de Marina Abramovic sobre la tarima de la sala de conferencias el día en que se inauguraba la sede actual del Cendeac. Mientras se proyectaba “The Biography”, en el momento en que la artista se despide de su pareja, Ulay, para siempre, Marina se levantó de la silla y, en la penumbra de la sala, se mimetizó con la imagen. Recuerdo con una emoción intensa cómo sus labios se movían mientras del vídeo emergía su voz grave e hipnótica que entonaba una letanía que aún resuena en mis oídos: Bye-bye, Extremes. Bye-bye, Purity. Bye-bye, Togetherness. Bye-bye, Intensity. Bye-bye, Jealously. Bye-bye, Structure. Bye-bye, Tibetans. Bye-bye, Danger. Bye-bye, Unhappiness. Bye-bye, Solitude. Bye-bye, Tears. Bye-bye, Ulay.”

Años después, con algo menos de teatralidad, pero con una tristeza que tampoco puedo evitar, parece que ha llegado la hora de decir: “Bye-bye, Cendeac”.

19/10/09

Mis dos mundos

Hace una semana hablaba Enrique Vila-Matas de Mis dos mundos, el libro del argentino Sergio Chejfec publicado por Candaya. Después de la SELIN de Blanca, era una de las lecturas que tenía pendiente sobre la mesita de noche, así que la recomendación de Vila-Matas acabó por convencerme. Y la verdad es que el libro es del todo fascinante. Tan fascinante como difícil de situar en algún género. Es una especie de crónica de un viaje a ninguna parte. A una parte que está más dentro que fuera del sujeto. El escritor describe el tránsito por un parque de Brasil, pero, más allá de eso, se trata de una reflexión sobre la condición del sujeto contemporáneo. Me ha recordado a Sebald y a Peter Handke. Incluso al propio de Vila-Matas. En cierto modo, Mis dos mundos podría entenderse como de ejercicio de psicogeografía, una cartografía de los espacios a través de la psicología del individuo que los transita. Sociología reflexiva, filosofía personal y narrada.

El libro tiene momentos memorables, como cuando el autor habla de un reloj que va hacia atrás y comienza una reflexión aguda sobre el tiempo y los sujetos. O sobre todo, cuando se ve a sí mismo como un personaje de los dibujos del artista sudafricano William Kentridge. Es en este momento, cuando el análisis de Chejfec me dejó totalmente sorprendido. Kentridge es uno de los artistas que más me interesan. He leído sus escritos y los análisis de expertos (entre los que se encuentran los de Rosalind Krauss) sobre su obra. Y puedo decir que en apenas tres páginas Chejfec propone una lectura que está a años luz de la interpretación académica. Una lectúra lúcida y personal. Esto hace que cada vez esté más seguro que el futuro de la crítica y la historia del arte no esté en la disciplina, sino fuera de ella. Desde la literatura se llega a lugares a los que el pensamiento lógico y racional de la academia ni se acerca. Y sucede lo mismo con la filosofía y con otras disciplinas como la sociología o la antropología.

El libro de Chejfec nos ilumina mucho más sobre la condición poscolonial, los retos de la multiculturalidad, las rupturas del espacio-tiempo contemporáneo y la condición moderna que cientos de tratados académicos. Hay algo en él que lo hace más valioso que los discursos disciplinares. Y ese algo es la toma de postura, la posición. Chejfec habla localizado, posicionado, desde un lugar concreto, a través de una subjetividad e individualidad que, aun siendo atravesada por lo sociocultural, es hasta cierto punto personal. Y es esta subjetivización del discurso, este tránsito por lo personal, lo que hace que la obra haga cuerpo, in-corpore, toda esa serie de conceptos que habitualmente leemos y quedan en el ámbito de la abstracción.

Sin duda, la obra de Chejfec, como la de otros escritores contemporáneos, Sebald, Handke o Vila-Matas (por mencionar a la tríada anterior), muestra que la literatura es capaz de producir conocimiento, exactamente igual que lo pueden producir las disciplinas humanísticas.

Y no sé por qué, hablando de Chejfec y del conocimiento literario, me viene a la cabeza el poema de Peter Handke que cita Pier Aldo Rovatti en su contribución al Pensamiento débil y que reza así:

“Mientras estoy todavía solo, soy todavía solo yo.
Mientras estoy todavía entre conocidos, soy todavía un conocido.
Pero en cuanto me encuentro entre desconocidos,
en cuanto me encuentro entre desconocidos,
en cuanto salgo a la calle, he aquí que un peatón sale a la calle.
Y en cuanto subo al tranvía, un pasajero sube al tranvía”.

17/10/09

FlashForward

Esta tarde nos hemos metido entre pecho y espalda los primeros cuatro capítulos de FlashForward. Mientras vuelve Lost, y en los intermedios de Big Bang Theory, necesitaba algo así para engancharme. Cada vez tengo más claro que es en las series donde se conserva el arte de contar historias. El cine, salvo muy escasas excepciones, se ha convertido en un lugar para el virtuosismo de la imagen. La episodiedad y progresión de las series nos dejan argumentos complejos, personajes que realmente evolucionan con sentido y, sobre todo, historias y tramas que realmente trasladan, mueven y producen una catarsis en el espectador. Sin duda, FlashForward, inspirada en la novela homónima de Robert J. Sawyer, pertenece a este tipo de historias.

La era del strip-tease total

En más de una ocasión he hablado aquí sobre la erosión de los límites entre espacio público y espacio privado. Sin duda, se trata de una de las cuestiones estrella de nuestra época. Hace unos días, escuché en un noticiario el resultado de una encuesta que decía que la gente está más cómoda en las calles que son vigiladas por cámaras de seguridad que en las que no lo son. Se sacrifica la libertad y la privacidad por la seguridad. En el mismo noticiario se hablaba también de los nuevos scanners de personas del aeropuerto de Manchester, que muestran al individuo completamente desnudo. Sólo algunos valientes se atreven a entrar. Los demás prefieren seguir quitándose los zapatos y el cinturón.

Todo esto me hace pensar que nuestra era bien podría ser calificada como la del strip-tease total. Un strip-tease en el que, sin embargo, la desnudez es lo de menos. Hace unas semanas escuché al poeta Juan Bonilla recitar un poema sobre la intimidad en nuestro tiempo. El poeta mostraba su interior revelando ya no sus sentimientos más profundos, sino el número de su tarjeta de crédito o la clave de su correo electrónico. Hoy los violadores han cambiado de rostro. No son aquellos que fuerzan nuestro sexo, sino aquellos que se adentran en nuestra vida virtual para leer nuestros e-mails y ver nuestras fotos. Estamos expuestos a la violación perpetua. Lo más indignante es que algunos medios de comunicación se hayan convertido en cómplices y amplificadores de estos violadores de la intimidad, y sobre todo que confundan el derecho a la información con la satisfacción de las pulsiones más bajas y nocivas del ser humano.

[Publicado en La razón, 16/10/09]

14/10/09

Sebreli

Preparando las clases de mañana sobre el primitivismo en la vanguardia, vuelvo otra vez sobre un libro de Juan José Sebreli y me quedo de nuevo aprisionado entre sus páginas. Me pierdo en él durante unos minutos. Releo algún pasaje. Y comienzo a sentir la necesidad de afirmar que Las aventuras de la vanguardia (el arte moderno contra la modernidad) es el libro que más ha transformado mi visión del arte del siglo XX.

Con algún que otro fallo históriográfico, este libro sigue siendo una de las joyas de la historia del arte moderno. Llegué a él por pura casualidad. Lo encontré en la Biblioteca de la Universidad y desde entonces su visión de la modernidad y la cultura moderna se me ha hecho tan cercana que ya creo que la he adoptado como propia. La modernidad como un tiempo racional y secularizador frente al cual se enfrenta el arte moderno: irracional, esotérico y reaccionario. Otro libro más reciente, El olvido de la razón (un recorrido por la filosofía contemporánea), explora esa misma irracionalidad en el pensamiento "avanzado" del siglo XX.

Creo que el pensamiento de Sebreli no se ha valorado como debiese. Este pensador argentino es, sin duda, un outsider, una figura que no tiene lugar dentro de los cánones del pensamiento o la historia del arte occidental. Algunos incluso lo consideran un amateur. Pero para mí es un cartógrafo de la modernidad. Su postura es clara y contundente: una especie de macro-modelo de lectura que nos ayuda a poner las cosas sobre el mapa. Un mapa que, desde aquí, seguiré a pies juntillas. Y es que, aunque no lo quiera, ya lo he introyectado tanto que no podría caminar hacia otro lugar diferente del que indica.

Fiebres

Después de tres días de fiebres altas, por fin consigo sentarme frente al ordenador. No ha sido la gripe A, sino la puñetera garganta, que siempre, por esta época, se pone farruca. El caso es que el cuerpo se queda como si te hubieran dado una paliza con el bate de los Malditos Bastardos. Y la cabeza, no os quiero ni contar. Eso sí, hay un momento, que suele ocurrir durante la segunda noche seguida de no bajar de 39, en el que el delirio se convierte en lucidez y pasan por la cabeza los pensamientos más insospechados. La mente funciona con una lógica totalmente diferente, de modo mucho más libre y creativo. Si uno tuviera fuerzas para levantarse de la cama y ponerse a escribir, los resultados serían asombrosos. Esta vez lo intenté, pero el cuerpo no estaba para muchos trotes. Así que de nuevo, todo quedó en agua de borrajas, o en sudores nocturnos y febriles.

Por experiencia, sé que es posible conseguir ese estado de creatividad febril a través de la sugestión. Sugestión fisiológica (drogas), pero sobre todo (y esta es la que he practicado), sugestión mental (meditación). A veces se llega a lugares parecidos a estos sinsentidos irracionales y libres de las fiebres. Pero desde luego, hay algo que no se puede conseguir. Algo que en la fiebre del virus es siempre más potente. Supongo que será la lucha interna entre el virus y las defensas del organismo. Esa lucha por la que te ves amenazado a salir de tu cuerpo. Esa amenaza de exilio momentáneo hace que el pensamiento vague por lugares ciertamente delirantes. Lugares que nunca pueden volver a ser evocados del todo.