30/12/09

El objeto infinito

Hoy me ha pasado una de las cosas más sorprendentes en lo que lo llevo de año: se me ha acabado un bote de sacarina de los grandes. Al apretar el mecanismo para que salieran las pequeñas pastillas, nada ha salido de allí. He sufrido un vértigo tremendo. Aunque no os lo creáis, es la primera vez que me ocurre semejante cosa. Siempre he pensado que este tipo de productos no tiene fin. Esos botes están llenos de pastillas, tienen miles. Uno jamás pensarían que eso se pueda gastar. Pero ese inconsciente de infinitud se me ha venido abajo hoy al observar empíricamente que el bote estaba vacío.


Siempre intento evitar estos momentos en que las cosas acaban agotándose y pierden por completo su utilidad. Mucho antes de que se acabe el bote ya he comprado otro. Cuando, al agitarlo, intuyo que hay menos de veinte pastillas, el terror se apodera de mi cuerpo y salgo corriendo a por otro bote, si es posible más grande. En ese momento, el anterior es relegado al armario y su contenido nunca se gasta. Y allí se van apilando botes y botes que aún siguen sirviendo para algo. Un geriátrico de botes de sacarina.

Prefiero siempre dejar una leve esperanza de uso para los objetos. Pero según me han contado, hay gente cruel que quiere quitárselos de enmedio cuanto antes. Algunas personas, seguramente cansadas del bote que nunca se acaba, cuando creen que éste va llegando al final de su contenido, le quitan las pastillas que le quedan y las echan en el nuevo. Esto debe ser algo así como la eutanasia de los objetos. Se los mata antes de tiempo, para que no sufran más. Total, para cuatro o cinco pastillas que le quedaban. Esa es la eutanasia que también se practica a menudo con el gel y con el champú.

No sé, supongo que va en personas. A mí me cuesta trabajo exprimir los productos hasta sacarle lo último que tienen. Y sin embargo hay gente que se ha llegado a fracturar varios dedos intentando apretar el tubo de pasta de dientes hasta el final.

Lo único que tengo claro hoy es que las pastillas de los botes de sacarina no son infinitas. Y eso, aunque pueda parecer una tontería, hace que el mundo pierda algo de encanto.

5 comentarios:

Leandro dijo...

Eso te pasa por tomar sacarina. El azúcar nunca se acaba. ¡Viva el azúcar!

Anónimo dijo...

Un consejo:A mi me paso y me cambie a la sacarina líquida que es mas fácil ver cuando se acaba.

Anónimo dijo...

Que suerte tenéis los que se os acaba la sacarina en pastillas o en líquido, a mi me ha pasado algo mucho más grave, se me ha acabado el tiempo, por primera vez en más de setenta años en estos días de fin de año, no he programado nada para el 2010, sin darme cuenta ha llegado la Noche Vieja, sin tener futura para el Día Nuevo.
De verdad creía que el tiempo era infinito, que nunca se acabaría, siempre me había formulado para el próximo año, el “propósito de enmienda”, dejar los treinta kilos de más, cambiar las relaciones familiares, saludar con más afabilidad a los vecinos, tolerar a los políticos de cualquier signo y cientos de acciones más.
Mis propósitos eran como los botes sin terminar de Miguel, los arrinconaba de año en año, acumulaba incumplimientos sabiendo que tenía remanente de tiempo para gastar. Hoy faltando cuatro horas para terminar el año, y el mismo tiempo para empezar otro, aterrado me he dado cuenta del vacío del futuro.
Mañana haré testamento. emilio

Leandro dijo...

Lo que puedes hacer, amigo Emilio, es recuperar la lista de buenos propósitos del año anterior. Lo normal es que sigan vigentes. Por primera vez en más de cuarenta años, yo lo he hecho. Y me he ahorrado un buen rato pensando otros nuevos, que, además, casi nunca son nuevos. Y no hagas testamento; desengáñate, nadie va a hacer caso de lo que pongas en él

Antonio Rentero dijo...

Yo para aderezar de aventura, riesgo y método empírico la colada me dedico a hacer cruces en la caja de detergente y el bote de suavizante con cada uso a ver si es cierto que dan para 72 lavados... y es mentira.

Da para unos cuantos más.