19/10/09

Mis dos mundos

Hace una semana hablaba Enrique Vila-Matas de Mis dos mundos, el libro del argentino Sergio Chejfec publicado por Candaya. Después de la SELIN de Blanca, era una de las lecturas que tenía pendiente sobre la mesita de noche, así que la recomendación de Vila-Matas acabó por convencerme. Y la verdad es que el libro es del todo fascinante. Tan fascinante como difícil de situar en algún género. Es una especie de crónica de un viaje a ninguna parte. A una parte que está más dentro que fuera del sujeto. El escritor describe el tránsito por un parque de Brasil, pero, más allá de eso, se trata de una reflexión sobre la condición del sujeto contemporáneo. Me ha recordado a Sebald y a Peter Handke. Incluso al propio de Vila-Matas. En cierto modo, Mis dos mundos podría entenderse como de ejercicio de psicogeografía, una cartografía de los espacios a través de la psicología del individuo que los transita. Sociología reflexiva, filosofía personal y narrada.

El libro tiene momentos memorables, como cuando el autor habla de un reloj que va hacia atrás y comienza una reflexión aguda sobre el tiempo y los sujetos. O sobre todo, cuando se ve a sí mismo como un personaje de los dibujos del artista sudafricano William Kentridge. Es en este momento, cuando el análisis de Chejfec me dejó totalmente sorprendido. Kentridge es uno de los artistas que más me interesan. He leído sus escritos y los análisis de expertos (entre los que se encuentran los de Rosalind Krauss) sobre su obra. Y puedo decir que en apenas tres páginas Chejfec propone una lectura que está a años luz de la interpretación académica. Una lectúra lúcida y personal. Esto hace que cada vez esté más seguro que el futuro de la crítica y la historia del arte no esté en la disciplina, sino fuera de ella. Desde la literatura se llega a lugares a los que el pensamiento lógico y racional de la academia ni se acerca. Y sucede lo mismo con la filosofía y con otras disciplinas como la sociología o la antropología.

El libro de Chejfec nos ilumina mucho más sobre la condición poscolonial, los retos de la multiculturalidad, las rupturas del espacio-tiempo contemporáneo y la condición moderna que cientos de tratados académicos. Hay algo en él que lo hace más valioso que los discursos disciplinares. Y ese algo es la toma de postura, la posición. Chejfec habla localizado, posicionado, desde un lugar concreto, a través de una subjetividad e individualidad que, aun siendo atravesada por lo sociocultural, es hasta cierto punto personal. Y es esta subjetivización del discurso, este tránsito por lo personal, lo que hace que la obra haga cuerpo, in-corpore, toda esa serie de conceptos que habitualmente leemos y quedan en el ámbito de la abstracción.

Sin duda, la obra de Chejfec, como la de otros escritores contemporáneos, Sebald, Handke o Vila-Matas (por mencionar a la tríada anterior), muestra que la literatura es capaz de producir conocimiento, exactamente igual que lo pueden producir las disciplinas humanísticas.

Y no sé por qué, hablando de Chejfec y del conocimiento literario, me viene a la cabeza el poema de Peter Handke que cita Pier Aldo Rovatti en su contribución al Pensamiento débil y que reza así:

“Mientras estoy todavía solo, soy todavía solo yo.
Mientras estoy todavía entre conocidos, soy todavía un conocido.
Pero en cuanto me encuentro entre desconocidos,
en cuanto me encuentro entre desconocidos,
en cuanto salgo a la calle, he aquí que un peatón sale a la calle.
Y en cuanto subo al tranvía, un pasajero sube al tranvía”.

3 comentarios:

Leandro dijo...

Desde la literatura se llega a lugares a los que el pensamiento lógico y racional de la academia ni se acerca

la literatura es capaz de producir conocimiento, exactamente igual que lo pueden producir las disciplinas humanísticas

Es muy probable que sí, que sea cierto

monet89 dijo...

Esta sensación que comenta diciendo: “Es una especie de crónica de un viaje a ninguna parte” o más aun, “el futuro de la crítica y la historia del arte no esté en la disciplina, sino fuera de ella. Desde la literatura se llega a lugares a los que el pensamiento lógico y racional de la academia ni se acerca.” Me ha traído a la memoria un fragmento del prologo de Ecce Homo de Nietzsche que dice así:
“En este día perfecto en que todo madura y no sólo la uva toma un color oscuro, acaba de posarse en mi vida un rayo de sol: he mirado hacia atrás, he mirado hacia delante, y nunca he visto tantas y tan buenas cosas, de una sola vez. No en vano he sepultado hoy mi año cuarenta y cuatro, me era lícito sepultarlo, - lo que en él era vida está a salvo, es inmortal. La Transvaloración de todos los valores, los Ditirambos de Dionisos y el Crepúsculo de los ídolos, ¡todos son regalos de este año, incluso de su último trimestre! ¿Cómo no había de estar agradecido a mi vida entera? Y así me cuento mi vida a mí mismo.”

Ed. Expunctor dijo...

La literatura ilumina, el arte ilumina, permite al lector, al espectador, entrever la realidad. El problema es que se toma como literatura, como arte, y esto despista a la mayoría de lectores. Por ejemplo, obras como 1984, Un mundo feliz o Fahrenheit 451 no hay que tomarlas como novelas, sino como metáforas de la realidad. Al rotularlas como 'literatura' quedan reducidas a cuentos..., y ya no se toman como descripciones metafóricas de lo real, sino como fantasías de una mente parturienta... Pero ahí están, y de vez en cuando van iluminando ojos, que están hechos para la luz, pero están más cómodos en la penumbra...