31/12/12

Amor, colega, amor

Estamos llegando al futuro. 2013 siempre me ha sonado a cosa interestelar. Supongo que nadie se lo había imaginado así. Los coches siguen sin volar y todavía no comemos a base de pastillas, sino de platos de cocido y macarrones a la boloñesa –los que tienen la suerte de poder comerlo–; eso sí, algunos frigoríficos ya hablan y muchas máquinas rigen nuestra vida. Pero el problema sigue siendo el mismo de siempre: la cosa está mal repartida. Unos tienen mucho y otros apenas tienen nada. Y lo peor es que esto no sólo ocurre con el dinero. Quizá eso sea lo más grave. Hay quien apenas tiene amor. O quien tiene demasiado odio. Esta es la catástrofe, la clave de todo lo demás. Y por eso el mundo es injusto. Porque algunos no han aprendido a amar. Así que este es mi único deseo para el año que comienza: que amemos un poquito más.

Lo mismo esto suena demasiado cristiano y se parece de modo siniestro a los tuits del Papa y a las cosas de Paolo Coelho. Pero al fin y al cabo, si lo pensamos bien, si buscamos la raíz de los problemas, la encontramos toda en el mismo lugar. La falta de amor. Por eso nos quedamos con lo que no es nuestro, por eso avasallamos al otro, por eso ansiamos tener cosas, por eso, en el reparto de lo que debería ser de todos, pretendemos tomar más parte de la que nos toca... 

En fin, que me lío. Que lo único que quería decir para acabar el año era que llegamos al futuro, que la cosa está muy malita para muchos y que el amor sigue siendo la única política que puede salvarnos.


30/12/12

Jan Fabre y el retorno de la belleza

Hace tiempo que quería escribir esta entrada. Lo he ido dejando por muchas razones. Hace dos meses fui a Bruselas a ver la exposición de Jan Fabre. Pocos artistas me gustan más que él. Pero no encontraba la forma de afrontar una post sobre su obra. He estado pensando por qué, y al final he llegado a la conclusión de que si cuesta trabajo hablar de su obra es porque pone en jaque el discurso del crítico, especialmente la tendencia que tenemos los críticos a situar a los artistas en estilos, tendencias, movimientos o preocupaciones comunes. Y es que muchas veces necesitamos presentar mapas y cartografías de lo que sucede para poder aclararnos. Problemas, centros de tensión, modos de hacer… Sin embargo, muchas veces esos mapas dejan cosas fuera. Y en el arte contemporáneo nos encontramos con toda una serie de figuras que escapan de cualquier definición, que son como el mercurio, imposibles de atrapar, de definir, de meter en lugares para su estudio. Artistas que están más allá del tiempo y que causan verdaderos problemas al historiador, al crítico o incluso al cartógrafo del arte presente. Artistas que se escapan, que desbordan todas las categorías. Artistas más allá de cualquier límite. Autores de obras extrañas, teñidas de mitologías personales, de intereses por cuestiones intempestivas que parecen situadas más allá de la historia del presente. Sin duda, Jan Fabre es uno de esos artistas raros, personales, extraños, situados más allá de los discursos contemporáneos.


Cuando uno entra a una exposición de este artista, parece adentrarse más allá del tiempo. A poco que uno se acerque a su obra, advertirá que no pertenece al mundo contemporáneo, sino que parece estar fuera del presente radical. En medio de un mundo del arte dominado por el discurso sociológico y la cultura de la queja, el arte de Fabre aparece como una rara avis, alejado de modas y tendencias discursivas. Ante esto, el discurso del crítico de arte “institucional” se queda sin herramientas de análisis, pues difícilmente se pueden introducir las fórmulas manidas para hacer hablar a la obra de teoría de género, de globalización, conflictos políticos o multiculturalidad. Y es que no enfrentamos a un artista que está en un lugar bien diferente. Su arte, por supuesto, tiene un pie en el presente, como no puede ser de otro modo, pero extrae sus fuentes de inspiración y obsesión del arte del pasado

Fabre ha transitado por casi todos las disciplinas artísticas (danza, performance, escultura, dibujo, vídeo, la propia escritura). Y a través de ellas, ha logrado crear una obra absolutamente personal, un universo particular y simbólico que conecta con los grandes problemas de la reflexión sobre la existencia presentes en el arte desde tiempo inmemorial: la vida, la muerte, la preservación, la metamorfosis, el deseo o la belleza. Cuestiones todas que tienen su centro de tensión en la materialidad simbólica del cuerpo. Del cuerpo humano, pero también del animal y el insecto. El cuerpo como materia en constante cambio, en estado continuo de transformación.


Hace dos meses, en Bruselas, tuve la oportunidad de ver Chapters I-XVIII. Waxes and Bronzes, una exposición en el Museo Real de Bellas Artes de Bélgica. Una galería de retratos en bronce y en cera a la manera clásica. Una intervención en el tiempo. Una heterocronía. Ya lo había hecho en su célebre exposición en el Louvre. Y es una de las características de su arte, la capacidad de situarse en medio de los grandes maestros, de medirse en el mismo lugar de las obras del pasado. Es una tradición que se ha impuesto ahora y de la que muchos artistas salen malparados. Sin embargo, Fabre entra en el museo, lo activa y lo trae al presente. De modo extraño y siniestro. En este caso, en medio de la pintura europea del barroco, cerca de Rubens, de Jordaens y de los genios del pasado.


Sus autorretratos presentan repertorio gestual que, sin duda, se encuentra en la estela de las célebres esculturas de expresiones faciales del barroco Messerschmidt, pero que aquí se hallan localizado en un tiempo concreto;  con marcadores temporales –las gafas, el cuello de la camisa...– que localizan el cuerpo en el presente. El artista transforma su rostro a través de prótesis que aluden a un universo animal, pero también mítico: el cuerno como figura de la vitalidad y con todas las implicaciones simbólicas que posee la cabeza astada. Aquí nos encontramos con la burla constante del artista, que parece frustrar la belleza de los trofeos. Se trata, sin embargo, de gestos estereotipados, casi máscaras. En este sentido, se podría decir que en Fabre aparece una tensión entre lo exterior y lo interior, entre el gesto, supuestamente lo más personal y subjetivo, y los modos de construcción y codificación de la expresión. Esa tensión, esa “extimidad”, hace que en el fondo el artista se presente como un otro, se visualice desde fuera y construya una imagen que es el lugar de encuentro de una subjetividad íntima y una construcción exterior.

En Bélgica visité también a exposición de algunos bronces y ceras en la galería Guy Pieters: Chalcosoma. Small Bronzes 2006-2012. En el espacio de esta galería situada en Knokke, se daban cita los temas centrales de la obra de Fabre: el animal, el cuerpo, el insecto, la armadura, el paso del tiempo, la descomposición, el ansia por perpetuarse, por sobrevivir...

Los pequeños bronces aparecen como una especie de laboratorio donde todo se va elaborando, casi el lugar en el que suceden las ideas que luego Fabre lleva a las grandes composiciones: el insecto, el resto, el cuerpo, el exterior, la circularidad del tiempo, la batalla frente a la fugacidad de la existencia, la necesidad de armarse para preservar la vida, y la futilidad de todas estas estrategias. Se trata de piezas delicadas, sutiles, elegantes, y extremadamente bellas. Y sé que decir de algo que es “bello” hoy es peligroso e incluso está fuera de cualquier discurso crítico. Pero ya he comentado que el crítico se queda sin herramientas ante la obra de este autor, y que tiene que comenzar a utilizar términos y maneras de ver que están casi en desuso.



En el tiempo de la precariedad, el cartonaje, la cinta aislante... el arte de Fabre sigue siendo bello. Tremendamente bello. Por eso decimos que su obra parece surgir de otro tiempo y otro lugar. Y desde allí nos confronta con al abismo de la belleza. De esa belleza sublime que está en la frontera de lo terrible. De esa belleza que, sin embargo, nos inquieta y nos conmueve.

29/12/12

Seis años, y un origen.

Hoy hace seis años que comencé este blog. 29 de diciembre de 2006, lejos ya. La primera entrada la titulé "Buen comienzo, mañana más". Y su contenido era una cita de E. M. Cioran: "Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos". Nada más. La cosa parecía empezar, pues, con mal agüero, casi como una especie de crónica del hundimiento y la caída al fango. En seis años ha habido de todo, pero, más que de un hundimiento, muchas veces el blog se ha convertido en una herramienta para salir a flote, una especie de salvavidas digital, intangible, al que me he podido ir agarrando para aclarar ideas y saber lo que realmente pensaba.

Los primeros años del blog fueron, sin duda, los mejores. El blog antes de Facebook y Twitter. Antes de el microblogging y las comunidades digitales. En aquellos años, creo que de 2006 a 2010, en el blog había de todo. Fue realmente un no(ha)lugar, un espacio en el que se situaba todo lo que no cabía en otros textos. Había pensamientos sueltos, microrrelatos, chistes, tonterías, vivencias, intimidades, relatos, textos de opinión... Esta mañana he estado echando un vistazo a esos primeros años y he sentido algo de nostalgia. Está allí casi toda la vida. El blog era una especie de espejo con memoria. Pero ya no lo es tanto. Ahora se parece cada vez más a un cuaderno que uno ya no quiere untar tanto como en un principio. Un cuaderno en el que uno escribe con un cierto sentido de permanencia. Y ya no dibuja en los márgenes, ni hace garabatos mentales o mete flores secas entre las hojas. No. Ahora está todo mucho más limpio. Demasiado limpio, quizá. Sí, demasiado limpio. 

Me hago una promesa para 2013. Volver a ensuciar esto, a llenarlo de restos, sobras, anotaciones, tonterías. Se ha convertido en un espacio demasiado engolado, casi como un texto en papel, un lugar serio, donde el ruido parece haberse ido apagando poco a poco. Y la vida es ruido.  

Ahora solo hago el payaso en Twitter y en Facebook, y aquí, salvo los diálogos de los últimos meses, he dejado de escribir peri-textos y pensamientos sueltos e inmediatos, es decir, ideas. Y esto no es bueno. Sobre todo por una cosa, porque parece que delimita claramente los espacios y los modos de comportamiento. El otro día un amigo me decía que yo había cambiado porque había comenzado a tomarme en serio, y antes no lo hacía. Confieso que no lo entendí en un primer momento. Ni quise darle la razón. Pero ahora veo que probablemente la tenía toda. De un tiempo a esta parte parece he separado los diversos roles: escritor, profesor, crítico, gilipollas... Y creo que deben volver todos al mismo lugar. No puedo crearme un personaje. No puedo aparentar que soy serio cuando no lo soy del todo –soy un payaso visceral–, o que soy muy gracioso –cuando en el fondo estoy atravesado por la melancolía–. Así que a partir de ahora esto volverá a ser un espacio de todo. De idioteces, de crítica literaria, de comentarios sobre libros, de opiniones, de reflexiones... un no(ha)lugar donde todo se mezcla, y donde nada es más importante que otra cosa. 

Una vuelta al origen, si es que eso es posible; al menos, a cierto origen, a cierta idea de lo que debe ser un blog. Y para esa vuelta, nada mejor que tomar una cita de Cioran, como la que preside el blog, y como la de la primera entrada. Una cita intempestiva:
"Quisiera que me acariciaran unas manos por las que pueda fluir el Tiempo...... o que me lloren unos ojos arrancados de un Paraíso en llamas."
Sí. Eso es lo que quisiera. 

27/12/12

Tocarse con el lenguaje

–¿Qué, cómo llevas las vacaciones?
–¿Vacaciones? Eso quisiera. No hay manera de cerrar nada. Mil textos me acosan, y a mí ahora solo me apetece leer.
–Pues lee, colega.
–Eso quisiera, pero leyendo me siendo culpable.
–¿Por?
–Por no escribir. Culpable por no escribir.
–Hay tiempo para todo en esta vida. Hay momentos en momentos en los que uno tiene que leer, sí o sí. Si no, ¿cómo vas a poder escribir algo en condiciones?
–Tienes razón. No se lo digas a nadie, pero, ¿sabes algo? Creo que soy mucho más lector que escritor. Al final escribo cuando no tengo más remedio. Y cuando escribo siento que debería estar leyendo, que se me está escapando algo. Es como hablar y escuchar. Cuando hablas demasiado no escuchas a los demás. Y por lo general los demás tienen mejores cosas que decir que uno.
–Te entiendo. Pero hay que guardar un equilibrio. A veces tienes que decir tú también. Imagino que habrá cosas que necesites decir y que no encuentres quien las diga, o al menos que las diga como a ti te gustaría escucharlas.
–Por eso escribo. Cuando me gustaría leer algo y no lo encuentro. Pero es un placer extraño.
–¿Y ahora? ¿Por qué escribes ahora? ¿Por qué esta mañana, esta entrada del blog? ¿Qué necesidad?
–Ninguna necesidad. Ninguna. Es verdad. Pero estaba hablando conmigo, y necesitaba ver por escrito lo que me estaba diciendo. A veces escribir también es eso, quitarse cosas de encima. Escribir como una terapia, sacarse lo que lleva uno dentro, vaciarse para poder seguir leyendo.
–Vamos... vomitar.
–Pues casi. Vomitar. En ocasiones es algo así, lo necesito por eso. Es como limpiar la mente. Y estos diálogos que he empezado en el blog me sirven casi como meditación.
–No jodas.
–Sí, es como mirarse al espejo y quedarse ahí un rato, junto a tu imagen, sin pensar, hasta que empiezas a no reconocer lo que ves.
–Como ahora, ¿no?, cuando no reconoces lo que escribes.
–Más o menos, sí, como ahora.
–¿Y qué? ¿Logras algo?
–Algo sí. Cinco minutos de diálogo y ya me quedo más tranquilo. Ahora me pongo a leer y a terminar cosas.
–Tío, a mí me parece –de hecho siempre me lo ha parecido– que esto es como masturbarse. Un acto de onanismo. Hablar contigo, decirte cosas, tocarte con el lenguaje, y luego eyacular, en plan negro sobre blanco.
–Quizá. "Tocarme con el lenguaje", me ha gustado la expresión. Te la pido prestada.
–Tuya es, total yo también soy tú, no me puedes robar nada. Lo mío es tuyo.
–Aun así, quisiera pedirte permiso para usarla en algún texto. ¿Puedo?
–Que sí, pesado. Qué paranoia, ¿no?
–Paranoia no. Esquizofrenia en todo caso. Escindirse para escribirse, para tocarse con el lenguaje, siempre desde el afuera, penetrarse con las palabras, dejarlas entras por todos los orificios del cuerpo, por todos los poros de la piel.
–Colega, déjate hoy a Lacan y a Bataille, que hay cosas que hacer. ¿Has entregado lo de los sexenios?
–Sí, ayer. De eso no quiero hablar que me se me desequilibran los chakras.
–En ese caso lo dejamos ya, que parece que la cosa iba bien. ¿No crees?
–Sí, mejor acabar ahora.
–Que tengas un buen día.
–Tú también.
–Nos vemos en tu mente.
–Ok. Si ves que paso delante de ti y no te reconozco, dame un toque. A veces no sé ni quién soy.
–No preocupes. Si te pierdes, te digo algo.
–Saluda al Yo.
–Y tú al Súper Yo.
–Al Ello lo dejaremos que duerma, que cada vez que despierta la lía parda.

24/12/12

Nostalgia de la melancolía

Debería sentir nostalgia. Y en cierto modo la siento. Es una emoción extraña. Nunca me ha gustado la Navidad. De niño, siempre me recuerdo renegando por los rincones. La casa se llenaba de gente. Venían todos mis hermanos, y mis cuñadas, y mis sobrinos. Después, el estrés de la cena. Mi madre preparaba todo con esmero. Desde bien temprano. Al final, acababa llamando por teléfono al bar porque mi padre y mis hermanos seguían allí aún prolongando el almuerzo. Ellos siempre llegaban tarde. Pero no había enfados. O si los había, yo no me enteraba. Todo se hacía de buenas maneras. Mi padre llegaba siempre contento. En todos los sentidos. El vino siempre le sentaba bien. Sacaba la pandereta grande y nos llevaba a cantar junto al belén. Después, en la cena, contaba chistes sin parar y yo tomaba buena nota de ellos. Era granadino. Y tenía más gracia que muchos de los que salen en la tele.

Todo era maravilloso. Ahora lo sé. Era maravilloso.  Pero por alguna razón, en aquellos momentos yo estaba empeñado en que la Navidad no tenía que gustarme. Era el raro de la familia. Pasaba el día leyendo. Y aquello me parecía una perogrullada. Una tontería. Todo el mundo tan feliz. Y yo atormentado en mi mundo interior, lleno de ideas ingenuas de esas que tienen los adolescentes cuando creen que el mundo está contra ellos y nadie los entiende. Todo era maravilloso y para mí todo era una gran tontería. Y cada vez que me preguntaban siempre decía lo mismo: odio la Navidad. Es una fecha triste, decía. Una fecha triste, sí, me pone melancólico, decía.

Estaba mi madre, mi padre, mis hermanos, mis cuñadas, mis sobrinos... y estaba también la Nena, la tía de mi madre, que era como mi abuela. Era la más vieja de la familia. Había nacido a principios del siglo pasado y estaba allí siempre, antes incluso que los cimientos de la casa vieja. Hace diez años, en la Navidad de 2002, el cuerpo de la Nena ya no podía seguir respirando. Y justo a media cena de Nochebuena decidió pararse para siempre. Aquella noche vi llegar a ella el rostro de la muerte. Un apagamiento lento, como el de una vela. Todos, alrededor de la cama, esperando a que lo peor se mostrase. Una muerte dulce. La quisiera para mí. La familia reunida. Un tránsito perfecto. Pero no dejaba de ser una muerte.

A partir de ese momento, las navidades ya no fueron como antes. Pero no sólo porque ella faltara, sino porque desde entonces todo comenzó a desmoronarse poco a poco. En apenas unos años, murieron mi padre y mi madre. Y la casa, que había estado llena de cantos, saltos, gritos y comidas, acabó convirtiéndose en un lugar vacío, demasiado vacío.

Hoy la casa está cerrada. Yo vivo en otro lugar. Hace tiempo de todo aquello. Pero cuando llega la Navidad no puedo dejar de pensar en aquellos días. En aquellos días en los que yo estaba triste y no sabía por qué. Triste, mientras los demás se divertían. Triste, cuando no había motivo alguno. Y siento nostalgia de aquella melancolía sin motivo, de aquel abatimiento ingenuo, adolescente, sin objeto.

Esta noche cenaremos en casa de Raquel. Allí también ha llegado la melancolía. También falta alguien. Su padre. Y también, seguro, alguien se acordará de algún momento en que estuvo triste sin tener que haberlo estado.

Hoy pienso en todo aquello. Los ojos se me llenan de lágrimas un momento. Especialmente ahora, cuando escribo esto y tengo que frenar unos segundos para secarlos. Pero, ahora, también ahora, es cuando siento que lo que perdí no lo perdí del todo. Y no siento que todos se fueran –todos se van, todos se irán en algún momento–; lo que siento es no haber sabido disfrutar cuando todos estaban.

Y ahora intento saborear los momentos que no pude saborear. Porque estoy convencido de que vendrá un futuro en el que vuelva a sentir nostalgia de la melancolía. Nostalgia de este tiempo, de este presente.  Y cuando ese tiempo venga, cuando todo vuelva a oscurecerse, no quisiera volver a sentir que perdí mis días lamentándome. Si algún día recuerdo este tiempo, quisiera recordarlo por haber sido feliz en él. Por haberlo sido, pero sobre todo por haberlo sabido. Por haber habitado el presente. Un presente en el que faltan muchas cosas. Pero en el que hay muchas otras a las que es necesario prestar atención. Pero no con el miedo de perderlas un día, sino con la consciencia de habitarlas en este mismo momento. Porque el futuro, el pasado y el presente son la misma cosa. Tiempo-ahora. Sólo hay eso. Y es ahí donde está condensado lo que no pudimos ser y lo que podremos dejar de ser. Y estoy convencido de que si logramos serlo en el presente, de algún modo, podremos redimir el tiempo.

Por eso, no me sonrojo si os deseo a todos Feliz Navidad. Porque debería haberlo dicho muchísimo antes. Y debería haberlo sabido decir y escuchar cuando todos estaban aun allí. Quizá aún no sea demasiado tarde para volver.

18/12/12

Mis tres libros

Como no podría ser de otro modo, llega la hora de la listas de los mejores libros. Yo solo puedo hablar de lo que he leído. No puedo ser más subjetivo en esto. Y aunque son muchísimas cosa las que me han gustado y me han parecido interesantes, me quedo con tres. Lista corta. Tres librazos. Libros de esos que a uno le gustaría haber escrito. Libros que, sin embargo, tristemente, uno sabe que jamás tendrá la capacidad de escribir.


1. Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo M. Tavares (Mondadori)




2. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral)



3. Un buen chico, de Javier Gutiérrez (Mondadori)




Hay muchas más cosas que me han parecido muy buenas. He disfrutado con un sinfín de lecturas. Podría hacer una lista más larga. Pero si me pongo a pensar seriamente en los libros que me han marcado este año, creo que son estos tres. El libro de Tavares y el de Menéndez Salmón tienen mucho en común –siempre me ha parecido que estos dos escritores viven en mundos semejantes–: una escritura reflexiva, detenida, meditada, que requiere un tiempo de lectura diferente al de la rapidez de la vida cotidiana. Libros de esos en los que uno tiene que levantar la cabeza de vez en cuando para tomar aire, mirar al horizonte, tragar, digerir y seguir leyendo. Libros que trascienden con mucho el ámbito de la literatura y que proporcionan una experiencia de conocimiento del mundo. 

El libro de Javier Gutiérrez, a priori, parece en las antípodas de los dos anteriores. Un tono diferente, frenético, desordenado, no lineal, fragmentario. Un mundo más cercano y cotidiano. Y sin embargo, logra traquetearte, inquietarte, removerte por dentro. Muy pocos son los escritores que tienen esa capacidad. Y muchos menos los que son capaces de hacer que la experiencia de la lectura trascienda el libro, y que cuando uno termine de leer, aún siga temblando. Y que, al día siguiente, el mal cuerpo no se haya ido del todo. 

Este traspasar las fronteras espaciales y temporales del libro, esta vocación de permanencia y transformación de la experiencia es lo que tienen en común estos tres libros. Lo que yo entiendo por gran literatura –o al menos la literatura con la que más disfruto– tiene que tener esa cualidad: la presencia de una especie de puño invisible que salga del libro y te golpee, y te deje heridas, y te joda el estómago, y te agarre las tripas por dentro, y te muerda el cerebro, y te punce la nuca. Y haga que esas sensaciones permanezcan y reverberen en el cuerpo cada vez que pienses en lo que has leído. Eso pasa con Aprender a rezar en la era de la técnica, con Medusa y con Un buen chico. Por eso no tengo duda alguna. Mis tres libros del año. 

7/12/12

Ola k ase? Corrigiendo galeradas

–Ola k ase?
–Pues aquí, corrigiendo las pruebas de la novela.
–Y komo lo yevas?
–No demasiado mal. Aunque ahora todo me acojona un poco.
–Normal, colega. Mazo de responsabilidad, k no
–Es que ahora me da el miedo escénico y ya no me fío de nada de lo que he escrito. Leo las frases en voz alta para buscar el tono perfecto y la palabra justa y todo me suena mal.
–Ya te digo.
–Es verdad. Es como cuando te pones a repetir la misma palabra muchas veces y deja de tener sentido.
–Jamón jamón jamón jamón jamón jamón... ostia tú, pues es verdad.
–Claro. Eso es lo que me pasa. Todo me suena extraño y ortopédico.
–Orto ké?
–Ortopédico. Sí, artificial, como si todas las palabras no fueran más que palabras. ¿Sabes una cosa?
–What?
–Me gustaría que la novela se publicara traducida.
–¿Mande?
–Sí. Me doy cuenta de que me gusta más lo que digo que cómo lo digo. Y pienso que en francés o inglés, o en cualquier otro idioma, todo va a sonar mucho mejor. No sé por qué pienso esto, pero me viene a la cabeza ahora. Si yo fuera todopoderoso, puenteaba la versión española y publicaba directamente la versión en francés. Y luego la española, traducida, por ejemplo, del francés. ¿Te imaginas?
–Jo, colega, cómo se te va la olla, ¿no?
–Puede ser, puede ser. Imagino que son mecanismos para evitar la presión. Saltarme un paso. No enfrentarme a mi idioma.
–...
–Es que creo que se me va a notar mucho que no soy escritor de verdad, de esos que manejan el lenguaje como si fuera plastilina.
–Ya.
–Lo mío son más bien las ideas. Y el lenguaje es el medio que necesito para trasmitirlas. Pero de ahí a escribir con un estilo absorbente, con ritmo, con un lenguaje depurado... –vamos, con esas cosas que yo alabo tanto de lo de los escritores– va un abismo.
–No t endiendo, bro.
–Coño, pues que no soy Gonçalo Tavares, ni Pron, ni Menéndez Salmón, ni Pablo Gutiérrez. Que al final me pasa lo mismo que cuando improviso en el piano, que me gustaría dominar el instrumento y, sin embargo, mis manos no dan para mucho.
–Pero a mí m mola lo ke ase.
–Puede ser, pero tengo que exprimir al máximo las cuatro cosas que sé para sacar algo digno.Y creo que algo así me ocurre con la escritura. Me gustaría dominar la técnica como uno de los grandes. Describir un rostro con cuatro trazos, poner la palabra justa, el adjetivo idóneo, la metáfora perfecta y evocadora... Pero no me sale, coño, no me sale. Lo intento, pero no me sale.
–Pues déjalo.
–Ya es demasiado tarde. Me gusta demasiado. Tendré que acostumbrarme a aceptar lo que soy. A trabajarlo y a desarrollarlo todo lo que pueda. Pero también a aceptar mis limitaciones. Si no acabaré absolutamente frustrado.
–La frustración es buena. Lo dicen los nutricionistas.
–K dise?
–Oye, ¿por qué escribes tú ahora así?
–Komo?
–Mal, en plan ola k ase.
–No sé, me dá por ahí. Tú has escrito "nutricionista"
–Es verdad. Se me fue.
–Vamos a dejarlo ya, ¿vale?
–Venga, es tarde. Quiero ver el final de la saga Crepúsculo.
–Te entiendo. Pero es demasiado para mí. Voy a ponerme de nuevo con el Ulises.
–Cuánto daño ha hecho a la literatura, ¿verdad?
–Cómo lo sabes.

27/11/12

Una Navidad de muerte

Acaba de llegar a casa Una navidad de muerte, el libro de relatos de terror navideño que ha coordinado Jorge Barco para la editorial Origami. Ha sido todo un placer colaborar en esta antología, sobre todo porque hay en ella autores de verdad que ya llevan una larga trayectoria "cuentística". Yo soy más bien un advenedizo que se acerca por primera vez al terror con un pequeño relato, "Compañía", sobre una ouija realizada en Nochebuena. No sé lo logrado que está el cuento, pero lo cierto es que me ha encantado la experiencia. Confieso que pasé miedo escribiéndolo y que alguna noche me tuve que ir a la cama acojonadito antes de tiempo.

Os paso el enlace a la página de Origami y os dejo las fotos de la portada, el índice y la primera página de "Compañía". Creo que merece la pena hacerse con el libro y pasar miedo esta navidad. Es lo que pega en estos tiempos jodidos.












25/11/12

Decir No

Mis queridos amigos, lo digo una y otra vez, me lo propongo, lo intento, parece que lo hago, pero al final siempre acabo cayendo y me lleno de cosas que no me dejan un minuto libre. Luego lo escribo aquí, me quejo, escribo que ya no voy a aceptar nada, ningún encargo más, nada, por muy apetecible que sea. Pero esta vez va en serio. Y va porque es un propósito del nuevo año que comienza ya. Porque  si entrego y hago todo lo que tengo que hacer y entregar en diciembre habré trabajado y dejado cosas hechas para todo el año siguiente. Y lo digo, lo escribo, lo prometo, lo juro y lo rejuro: un año entero sin aceptar nada, nada más. Lo siento. Quiero comenzar a escribir mi nueva novela. Quiero terminar las cosas por las que me va a juzgar la ANECA, las cosas de los sexenios y esas mierdas, que luego todos los textos de catálogos, artículos y conferencias están muy guays pero ellos se los pasan por la entrepierna. Tengo que ser práctico. Si no me adelantan por todos los lados mientras yo me convierto en una ONG de textos y conferencias. Decir que no, decir que no, decir que no. Decir lo siento estoy muy ocupado. Decir me interesaría mucho pero no puede ser. Decir quizá en otro momento. Decir es la ilusión de mi vida pero ahora no puedo. Y comenzar con algo gordo, rechazando algo gordo. Rechazando algo que realmente me haga mucha ilusión, algo que sí quisiera escribir, hacer o decir. Rechazar algo que me gusta para luego poder rechazar compromisos. Acabo de recibir una invitación para participar en un número de una revista de índice de impacto, de esas que me cuentan para la ANECA, una invitación muy importante. Y voy a decir que no. Con todo el dolor de mi alma. Me va doler en el corazón, y en el prestigio, y en el bolsillo. Pero me va a servir de armadura para lo siguiente. Acabo de decir que no a algo muy importante y, si he dicho que no a eso, no puedo aceptar lo tuyo. Lo siento. Te quiero. Amigo. De verdad. Me gustaría. Pero no puede ser. Es la postura. La de no puede ser. Y no puede ser porque si no al final a uno acaba yéndosele la pinza. Como a mí en este momento. En el momento en el que escribo un post sin fuste, sin pensar un segundo en lo que estoy escribiendo, consciente incluso del tono algo hiriente que puede tener. Pero es que esta semana tengo tres conferencias. Cada una de su padre y de su madre. Una por un favor, otra por un favor y otra por un favor especial. Una al menos es sobre mi libro y me sirve. Las otras... en fin, habrá que hacerlas. Pero tres conferencias en una semana, por mucho que uno las tenga más o menos preparadas –que no es del todo así– te hipotecan la semana. Cuando a eso se le unen las clases, los textos por entregar y las cosas por leer... al final no puedes hacer nada. Porque luego uno, al final, tiene vida. A veces incluso le gustaría follar y esas cosas. O simplemente sentarse a leer mientras escucha música, o ir al cine, o salir a pasear, o hacer esas cosas que hace la gente aparte de trabajar. Pero con ese ritmo de vida no se puede. Y luego uno se muere, se va todo a la mierda y no ha disfrutado. Y no lo ha hecho por no saber decir una palabra, una sola palabra: NO. Quizá es más fácil de lo que pienso. NO. Decir NO. Quizá no es tan difícil. Quizá consista simplemente empezar a pensar que no puedes quedar bien con todo el mundo, que no puedes hacerlo todo, que tienes que renunciar. Y que el problema de los demás no es tuyo. Si tú no puedes, alguien lo hará. No te preocupes. El mundo es muy grande. Hay mucha gente. La mayoría lo podría hacer mucho mejor. Así que eso debes hacer. Decir NO. Escribir NO. Pensar NO. Cerrar el grifo. O realmente se te irá como se te está yendo ahora. Y escribirás esto como forma pura de procrastinación porque con todo lo que debes hacer no sabrás realmente por dónde empezar.

22/11/12

Historia del arte crítica (reprise)


Hace unos años, en abril de 2009, después de un debate en clase, escribí aquí un pequeño post sobre la noción de "Historia del arte crítica". Hoy, cuando algunos se esfuerzan en decir que lo que uno hace no es Historia del Arte sino crítica de arte –o ni siquiera eso, sino una confusión de ambas; como si se supiera claramente qué es Historia del Arte o cuáles son las fronteras que delimitan una cosa de la otra–, me parece oportuno rescatarlo y copiarlo aquí tal cual:

Comienzo las clases de historia del urbanismo. Apenas tengo un mes para hablar de la ciudad moderna y contemporánea. Me temo que, como siempre, vamos a avanzar poco. Esta mañana, sin ir más lejos, ya nos hemos enzarzado en la primera discusión que nos ha llevado toda la clase.

Hemos debatido en torno a la noción de “historia del arte crítica”, que yo tomaba, más en el término que en la formulación, del libro de Michael Podro (Los historiadores del arte críticos). Al hablar de relación entre el espacio y lo político (que los espacios no son neutros, sino que tienen género, clase, identidad, que responden a deseos, miedos, poderes y saberes), sugería yo la necesidad que tiene el historiador del arte de estar alerta ante su objeto de estudio, ya sea un espacio o una obra de arte. Sobre todo porque las obras de arte (los objetos, los espacios…) no sólo son representaciones catóptricas de lo social, sino que lo crean y lo reproducen, es decir, que no las obras no sólo reflejan una época, sino que la emplazan y contribuyen a la perpetuación de sus estructuras sociales.

Con esa lógica, he comentado que las obras de arte afectan a nuestro presente, pues se encuentran en él. La Venus de Urbino de Tiziano contribuye a la perpetuación y repetición de una serie de relaciones de poder, sumisión y objetualización ante las que el historiador debe posicionarse. Evidentemente, Tiziano no podía sino ser machista, las condiciones de posibilidad de la época no permitían otra cosa. Pero la obra se encuentra ahora en nuestro presente. Es hoy cuando debemos vérnoslas con la obra. Retomando los argumentos de Mieke Bal (en Reading Rembrandt o en Quoting Caravaggio), he abogado por historia del arte "preposterior", que trabaje no de atrás hacia adelante, sino desde el presente al pasado para luego volver de nuevo al presente. Una historia del arte crítica debería entonces trabajar en un doble movimiento, en primer lugar hacia la elucidación de las condiciones primarias de producción y recepción de la obra (sabiendo que nunca hay posibilidad de llegar a mítico “origen”), y en segundo lugar hacia el posicionamiento crítico desde el presente.

Esto nos ha conducido a un debate sobre el estatus de la obra de arte en el presente y en sus espacios. Los museos son lugares peligrosos: están llenos de violaciones, masacres, relaciones de exclusión y dominación. Llevamos allí a los niños como si no ocurriese nada, como si se tratase de un lugar lleno de cosas muertas que ya no nos afectan. Pero esas cosas “crean” realidad, contribuyen a la producción y reproducción de un imaginario. Por eso es necesario que el historiador del arte incorpore una dimensión crítica en su trabajo. Y que la haga explícita. Y es que, por mucho que quiera, su posición nunca puede ser neutral. Está repleta de vicios, prejuicios, filtros y tradiciones historiográficas que lo alejan de una ficticia “aproximación a la cosa misma”. No hay aquí tal “cosa misma”. Ni tampoco existe la posibilidad de una desubjetivización.

El historiador del arte, el que escribe, el que conserva, el que identifica, es, antes que cualquier otra cosa, un individuo. Un individuo con sus miedos y deseos, un sujeto que no puede ocultarse tras el rol que ocupa. Por eso una historia del arte crítica es también, indefectiblemente, una historia del arte profundamente subjetiva, “apasionada y política” (como la crítica en el sentido por Baudelaire).

La discusión sobre esto, como no podía ser de otro modo, nos ha llevado toda la mañana. Así, desde luego, vamos a avanzar lo justo.

21/11/12

La realidad es una performance macabra




Seguimos estando en el mismo lugar. La realidad es una performance macabra. Jóvenes palestinos descubren a un compatriota colaboracionista, un espía de Israel. Aquiles venga a Patroclo y arrastra el cadáver de Héctor por la ciudad. Hacer ver la muerte. Convertir el cuerpo en tierra. Más allá del Polvo eres y en polvo te convertirás. Eres barro, suelo, piedra, bajeza, y a ese lugar has de volver. En ese momento, alguien reclama para sí la cualidad de sujeto, la superioridad de la fuerza y la plenitud frente a la del cuerpo horizontal, que queda a su merced. Pero ese mismo ser humano, al reclamar su humanidad sobre la carnalidad pura del cuerpo convertido en materia inerte, al elevarse sobre ella, se convierte en el animal más aborrecible del cosmos, el único capaz de matar dos veces, de denigrar la memoria, de profanar aquello que ya ha sido profanado. Es el ser humano. Siempre ha sido así. Esa mierda está dentro de nosotros, incluso de los más civilizados. Lo queramos o no. Ver estas cosas, darse cuenta de estas cosas, nos debería hacer temer de nosotros mismos. Porque no somos tan diferentes de los dos chicos que arrastran el cadáver. Somos la misma materia oscura. Por mucho que a veces la luz acabe cubriéndolo todo. 

19/11/12

Escribir sin autoridad

El viernes pasado presentamos en La Central del Reina Sofía Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Fernando Castro hizo una lectura seria y profunda del libro, pero también crítica con algunos aspectos. Una lectura que agradezco mucho y que me ha hecho plantearme algunas cosas que me gustaría compartir aquí.

Hablo de Benjamin, pero ni mucho menos soy un experto en Benjamin. Hay mucha gente estudiando toda su vida al pensador alemán y yo soy apenas un advenedizo en este campo –por mucho que lleve ya un tiempo convertido al "benjaminismo"–. Y lo mismo pasa con la teoría y filosofía de la historia: soy un recién llegado al campo, que me he sorprendido con muy gratamente con los debates teóricos de la disciplina; debates sobre cómo hacer, contar y materializar el pasado que pueden ser importantes para el arte, tanto para la Historia del arte como para la producción artística. Y en última instancia, tampoco soy yo un experto en arte español contemporáneo. No me he recorrido todas las exposiciones ni manejo todos los nombres, ni conozco el sistema en profundidad, aunque es cierto que haya dedicado algún tiempo a mirar con detenimiento lo que sucede a mi alrededor.

Es decir, ni soy experto en Benjamin, ni en filosofía de la Historia, ni en Arte español contemporáneo y aun así me atrevo a escribir un libro que va sobre estas tres cosas –y alguna más, es cierto–. Qué osadía ¿no? Con la de gente que sabe del asunto y, sin embargo, por pudor –o por lo que sea–, decide no escribir.

Pues sí, una osadía. Quizá debería haber seguido estudiando varios años más –toda una vida– a Benjamin, haber seguido encerrado hasta tener algo que escribir que fuera totalmente incuestionable. Pero he decidido hacer lo contrario: escribir. Hacer una propuesta abierta. El libro no tiene otra intención que mencionar unas cuestiones que creo que son fundamentales para este momento: la importancia de la Historia, la recuperación de cierto sentido del tiempo semejante al pensado por Benjamin, la presencia de una serie de prácticas artistas en España que trabajan sobre estas cuestiones... Podría haberme esperado años y haber escrito un libro sobre cómo fue que todo esto pasó, un libro cerrado de Historia del Arte. Pero he preferido –quizá por impaciencia– escribir esto ya, aquí y ahora, a sabiendas de lo precario que pueda resultar. Un libro que más que de Historia del Arte es de crítica de arte, porque intenta decir algo sobre la actualidad, algo que no pretende ser autoritario, ni canónico, ni establecido, algo que puede ser cuestionado, debatido, modificado, dialogado. Esa es la única pretensión, identificar una serie de problemas y exponerlos para su debate. Señalar, apuntar algunas ideas sin haberlas desarrollado del todo. Formular preguntas, y no dar respuestas, al menos no respuestas cerradas –por mucho que el libro proponga ciertos posicionamientos.

Escribir sin autoridad, sin pretensión de autoridad. Escribir antes de estar seguro del todo –quizá no haya nada de lo que estar seguro; quizá no se pueda estar seguro–. Decir, proponer y arriesgar. Porque en el fondo escribir es arriesgar. Aunque ese riesgo en este país sirva para poco. Pero en cualquier caso, lo que está claro es que a veces es mejor decir que callar, aunque seamos conscientes de que hay otros que saben más y podrían haber dicho las cosas mejor que nosotros. Que lo sepan: si no lo hacen, si no hablan, si no escriben, están perdiendo su oportunidad.

13/11/12

Eso haré

–¿Y si digo que últimamente sólo leo narrativa y que, con la excepción de algún texto de encargo, no me apetece escribir ensayos?
–Quedas mal.
–¿Por qué?
–Porque sí, ¿es que no lo ves? Eres profesor, y crítico, te dedicas a eso.
–Ufff, pero es que me interesa más lo que dicen los escritores que lo que dicen los artistas.
–No me lo creo.
–Es raro, lo sé. No es que ya no me interese el arte. Es que parece que sólo me interesa a través de la literatura.
–A ver, explícate.
–Pues eso, que parece que necesito el filtro de la escritura para que me interese lo que los artistas visuales quieren decir. Es como si la narrativa me hubiera atrapado. Me interesan las historias que me cuentan las novelas. Más que la teoría que me cuentan los ensayos. O incluso más que las imágenes que me ofrecen algunos artistas.
–Ya veo.
–Es como si estuviese virando hacia otro lugar.
–¿Como si cambiaras de campo?
–Quizá.
–¿Como si en el fondo estuvieses pasando de la Historia del Arte a la Literatura?
–Más o menos, sí.
–Pues entonces no te preocupes.
–¿Por?
–Porque en el fondo es todo la misma cosa.
–...
–Sí, eso de poner fronteras es ganas de liarlo todo. Es la misma cosa. Tú escribe. Y ya está. El resto es una cuestión de marco.
–Escribir, eso.
–Lo que quieras, lo que te apetezca, lo que necesites, lo que no puedas evitar, lo que te esté rompiendo por dentro... lo que sea.
–Ya ¿aunque sean diálogos como estos?
–Aunque sean diálogos como estos.
–¿Aunque los marcos sean porosos?
–Aunque los marcos sean porosos.
–¿Aunque tanto "aunque" suene repetitivo?
–Aunque tanto "aunque" suene repetitivo.
–De acuerdo. Me has convencido.
–Entonces déjalo por hoy. Ya está bien. Corta antes de que sueltes algún improperio; sabes que últimamente estás muy faltón.
–Sí, lo sé. Pero hoy no insultaré a nadie. No ha parado de llover en todo el día. Y no puedo dejar de estar triste. La gente muere. Muere sin parar.
–Es lo que hay.
–Pero mueren y hacen que las cosas pierdan sentido.
–Entonces escribe.
–Eso hago.
–Pues no ceses de hacerlo, aunque sea en tu imaginación.
–Eso haré.
–...
–...

9/11/12

La felicidad y lo posible

Queridos amigos, estoy muy contento. Mucho. Algunos lo sabéis ya: mi primera novela, Intento de escapada, será publicada por Anagrama en el primer trimestre del año que viene. Y, además, ha recibido una mención especial del jurado del XXX Premio Herralde. Os podéis imaginar el subidón. No creo que haya droga natural ni de diseño que iguale esto.

Lo de la mención, desde luego, es fantástico. Y que suceda un año en el que el premio va para dos escritorazos como Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista, me alegra aún más. No imagino compañía mejor. Aún lo estoy asumiendo.

De todos modos, el verdadero premio para mí es publicar en Anagrama. Y eso sí que me da vértigo. Poder estar en el mismo catálogo en el que han publicado Vila-Matas, Bolaño, Chirbes, Piglia... la mayoría de los escritores que más admiro es algo que está, incluso, más allá de lo soñado. Más allá, es cierto; pero, curiosamente, también más acá. Porque mentiría si dijera que, por muy inalcanzable que la cosa pareciese a priori, no lo había pensado en alguna ocasión. De hecho –y esta es una confesión que solo os haré a vosotros–, justo en el momento en el que comencé a escribir la novela, le dije a mi mujer: esto es para Anagrama. Incluso –como buen maniático de los diseños que soy– la escribí con la maquetación de los libros de la colección Narrativas Hispánicas, imaginando en todo momento que si los deseos se cumplieran y tuviera que pedir algo al genio de la lámpara, esta editorial sería el contexto ideal, la compañía perfecta, e incluso la comunidad de lectores soñada para el libro. Llegué –y eso me da aún más vergüenza confesarlo– a diseñar varias portadas del libro con el formato de las de Anagrama que visualizaba a veces antes de irme a dormir. Algún día las enseñaré.

Por supuesto –y aunque esto ya lo sabía antes– una vez acabada la novela me di cuenta de que la cosa era mucho más difícil y que en el fondo todo eso eran deseos imposibles de cumplir –exactamente igual que cuando uno se imagina en la cama con Monica Bellucci–. Así que ni se me pasó por la cabeza aspirar a Anagrama y comencé por otros lugares que creía más accesibles. Curiosamente, fue entonces cuando el camino comenzó a hacerse muy cuesta arriba. Bastante más de un año de silencios editoriales: ya no es que me dijeran que no –algo de eso también hubo–, es que la novela no conseguía ser leída. Y yo solo quería eso, que alguien la leyera con cierto sosiego. Ése es, creo yo, el verdadero drama del escritor novel; no el rechazo, sino la imposibilidad de llegar a ser tenido en cuenta. Casi desisto, lo digo de verdad. Sobre todo porque en el fondo no me dedico a esto; lo hago por puro placer. Y no quería que se convirtiera en una obsesión –lo de publicar, digo; escribir ya lo es bastante.

Pero no está todo perdido. Y esto es un mensaje de ánimo para los escritores primerizos. La cosa está chunga; pero hay que seguir insistiendo. Si la obra merece la pena, tarde o temprano –por lo general, más tarde que temprano– acaba llegando a algún lugar. Si hay suerte, a un gran lugar. Si hay menos, a otro menor. Pero desde luego, si merece la pena, acaba llegando. Esto es lo que yo me decía para animarme, aunque no me lo creía del todo. Ahora lo puedo afirmar. Si crees que vale, insiste, insiste, una y otra vez. Ya lo escribió Beckett: "Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor".

Cada silencio, cada rechazo, ha sido en el fondo un acicate también para volver sobre el libro y darle vueltas y vueltas. Mejorar. Enviar. Volver a fracasar. Volver a mejorar. Volver a enviar. Fracasar una vez más. Y así durante bastante tiempo. Escuchar consejos, revisar, cambiar cosas, mirar de nuevo... No darse nunca por vencido. A veces lo imposible solo es imposible porque no pensamos que puede ser posible.

5/11/12

2.0

Y el amor también era eso.
Del suyo solo pudo guardar
el eco ahogado
de sus retweets.

4/11/12

Parecidos razonables

Imagino que ya os habréis dado cuenta, pero Jeff Daniels en Looper es clavadico a Slavoj Zizek. Si acaso, se diferencian en el acento.







2/11/12

Morando la moratoria

Llevo varias semanas sin parar de escribir introducciones de catálogo y "textículos" varios. Casi voy a uno por día. Las fechas de entrega se me montan unas sobre otra y ya hace mucho tiempo que no cumplo un deadline. Vivo en medio de una moratoria infinita. La mayoría de mis mails son para pedir, por favor, un día más, dos, tres... una semana y me das la vida, que no llego por mucho que quiera. Pido una semana y digo que se me ha atragantado el texto cuando, en realidad, aún no lo he empezado porque estoy acabando el anterior, que también he comenzado justo en el momento en el que expira la fecha de entrega. Así voy entregando cosas, en un solapamiento continuo. Más que trabajar contrarreloj, esto es trabajar en tiempo de prolongación. Soy un morador de la moratoria.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que más del noventa por ciento de las cosas que me angustian son encargos que me debería quitar de encima. Textos o conferencias que realmente me interrumpen de lo que tendría que estar haciendo. Me sacan tanto, que cuando acabo uno de estos períodos de locura absoluta –como ahora mismo estoy haciendo– ya he perdido el norte y se me olvida qué es lo que "tendría que estar haciendo". Y entonces me cuesta horrores retomar el rumbo de la novela que tengo esbozada, continuar el ensayo que necesitaría terminar algún día o, especialmente, redactar y traducir al inglés algunos artículos para revistas indexadas –las que luego mide la ANECA y la comisión que reparte los sexenios–... esas cosas que siempre esperan porque en medio se introducen textos, conferencias, charlas y marrones varios a los que uno no sabe cómo decir que no. 

Creo que lo he escrito aquí más de una vez: este es uno de mis mayores defectos; no sé decir que no. A veces me ha venido muy bien y he descubierto cosas que jamás habría pensado, pero otras muchas, la mayoría, acaban siendo más lastres que otra cosa. Estoy por comprarme algún mecanismo de esos que se conectan directamente con los testículos para que me dé una descarga cada vez que acepto algo que no debiera. No sé siquiera si así lo lograría. Imagino que al final acabaría aflorando mi pulsión masoquista y le tomaría el gustillo al asunto.


28/10/12

Book trailer

A pesar de mi timidez enfermiza, me dejé liar por los editores de Micromegas para hacer este pequeño book trailer sobre Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Lo dejo aquí por si sirve para algo.

14/10/12

Palabras a pesar de todo. Una lectura de "Medusa", de Ricardo Menéndez Salmón

Publicado en Salonkritik

No es la primera vez que se habla aquí de las relaciones entre la literatura y el mundo del arte contemporáneo. En los últimos años, un número creciente de autores han observado las potencialidades de este ámbito como un campo de problemas lleno de caminos y líneas de reflexión. Las maneras en las que dichas contaminaciones se han producido son tantas que sería imprudente siquiera enumerarlas aquí. Aun así, entre todas ellas, parece necesario distinguir al menos tres modalidades centrales de aproximación al arte por parte de la literatura: una aproximación temática, que sitúa al arte como escenario de la trama; una aproximación procedimental, que traspasa algunas de las ideas y modos de hacer del arte al campo de la literatura; y otra, menos evidente, que observa los modos en los que el arte se hace eco de ciertos problemas contemporáneos y mira de reojo su tratamiento.
En el primer caso, esta relación aparece de modo contenidista. Es lo que ocurre, por ejemplo, en El mapa y el territorio, donde Michel Houellebecq construye un relato “acerca” del mundo del arte contemporáneo. Un contexto que aparece como trasfondo de una historia. Se trata más de un escenario que de un lugar de problemas. Aunque es cierto que muchas de las cuestiones del mundo del arte, especialmente las referentes al mercado, están bastante bien trazadas, Houellebecq presenta el mundo del arte desde fuera, como un tapiz lleno de anécdotas que, sin embargo, no afectan a su literatura. El trasfondo de la historia es el mundo de arte contemporáneo, como en otra ocasión fue el de las sectas religiosas o el universo del turismo; pero Houellebecq nos sigue hablando de lo mismo: de la crisis de la subjetividad contemporánea; y ni la forma ni el discurso se ven alterados o contaminados por el tema.
Esa contaminación que no se produce en Houellebecq sí que sucede en otros casos, como por ejemplo en la obra de Agustín Fernández Mallo –y aquí entramos en la segunda aproximación, procedimental–, donde las alusiones al mundo del arte, especialmente a la tradición artística conceptual, no solo están presentes de modo temático, sino que constituyen la base de su poética –como sucede, por ejemplo, con el pensamiento de Smithson–. Y así, tanto los problemas –la circularidad del tiempo, la cuestión de la memoria o la relación con la tecnología y la imagen– como las formas –la escritura fragmentaria, las repeticiones o la autorreferencialidad– surgen del contacto con la práctica artística. En un sentido semejante –y casi me atrevería a decir que aún más radical– encontramos la estrategia de otros escritores que, como sucede con Mario Bellatin, sin hacer explícita la alusión al arte como contenido –o haciéndolas explícitas solo a través de procedimientos de enmarcado, con títulos como El Gran vidrio o Lecciones sobre una liebre muerta–, incorporan la experiencia artística y conducen la escritura al ámbito de la performance, situándose en el umbral cada vez más indefinido entre el arte y la literatura.
Por último, como decía, es posible apreciar una tercera aproximación. En este caso la literatura se vincula con las prácticas artísticas contemporáneas ya no a través del tema-escenario o de la forma sino a través de los problemas y el tratamiento que de ellos se ofrece. Quizá este es el lugar en el que la relación se hace de modo menos evidente. Ocurre así, por ejemplo, en la obra de Isaac Rosa. Cualquier aficionado al arte contemporáneo observará la relación existente entre la extraña performance de los trabajadores de La mano invisible y la obra de Santiago Sierra sobre el capitalismo actual; o la sensación de peligro inminente y temor cotidiano de El país del miedo y la obra de Antoni Muntadas acerca de la inseguridad y los miedos contemporáneos. En ninguno de los casos es evidente ni aparece una sola referencia artística y, sin embargo, uno percibe claramente esa relación y familiaridad con las prácticas artísticas –curiosamente, en más de una ocasión Isaac Rosa se ha referido a esta fuente de inspiración no revelada en las novelas–.
Lo que está claro es que se trata de terrenos cada vez más afines y que ya es casi imposible siquiera aludir al número de escritores que se han dado cuenta de esto. Por mencionar algunos, junto a los referidos anteriormente: Sergio Chejfec (Baroni, un viaje), Graciela Speranza (En el aire), Álvaro Enrigue (La muerte del instalador), Antonio Ortuño (Ánima), Don Delillo (Punto omega), Stewart Home (Memphis Underground) y una larguísima y creciente lista en la que, a mi modo de ver, sigue reinando la visión explorada por Ignacio Vidal-Folch en La cabeza de plástico, la crítica más incisiva e inteligente del mundo del arte contemporáneo presentada hasta el momento por un escritor.
Por otra parte, en los últimos años, además, hemos asistido a un movimiento contrario, desde el arte hacia la literatura. Un número creciente de críticos, profesores o comisarios han dado el salto a la narrativa. Buenos ejemplos serían Javier Montes, cuyas novelas, sin embargo, están desprovistas de cualquier alusión directa al mundo del arte; y en el extremo contrario, Martí Manen, cuyo proyectoContarlo todo sin saber cómo, en primer lugar, presenta la deriva narrativa del arte contemporáneo, y, en segundo, convierte el texto de catálogo en una novela cuyo centro es el mundo del arte, las obras y los artistas.
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Todo este preámbulo viene a colación para contextualizar la lectura de Medusa (Seix Barral, 2012), la última obra –ya no sé si me atrevería a llamarla novela– de Ricardo Menéndez Salmón, un escritor que, sin duda, ocupa un papel esencial dentro de esa toma de contacto entre el arte y la lectura. En este libro, de alguna manera, condensa las tres modalidades de aproximación a las que me he referido anteriormente. Primero, como tema: la vida y obra de un artista. Segundo, como preguntas y procedimientos: la relación entre imagen y realidad, la forma del ensayo y la escritura como otra forma de imagen. Y tercero, como problemas comunes tratados por el arte: la crueldad, la responsabilidad del testigo, el mal, la condición humana. Estas tres modalidades se intercalan y se entrelazan, de modo que no es tan fácil establecer una división clara entre ellas. En lo que sigue, me ocuparé de algunos de estos problemas de modo no demasiado ordenado... Seguir leyendo artículo



12/10/12

Medium

–¿Estás aquí?
–Sí, aquí estoy.
–No te oímos. Si estás aquí manifiéstate.
–No tengo derecho a hacerlo.
–Miguel, haznos alguna señal.
–Están prohibidas las señales no constitucionales.
–Por favor, Miguel, manifiéstate.
–Que no puedo, coño, que no puedo.
–Miguel, ¿nos escuchas?
–Que sí, cojones. ¿Es que no sabéis a manejar la maldita ouija?
–Miguel, si estás ahí, manifiéstate, que somos compañeros.
–¿Compañeros? Eso lo podíais haber dicho antes.
–¿Papel higiénico? Mierda. ¿Pero qué haces? ¿Pero esto qué es? ¿Pero esto qué es?...
–De parte de vuestros muertos.

9/10/12

Materializado, por fin

Ya está aquí, próximamente lo encontraréis en las librerías y ya está disponible en la web de la editorial Micromegas. El lunes de la semana que viene, a las 20:00h, tendremos la presentación en el Museo de Bellas Artes de Murcia, con Juan Antonio Suárez y los editores. Invitados estáis.


6/10/12

Los peores libros


Me acabo de dar cuenta de que en mis estanterías sólo hay libros malos. Los peores de cada escritor. ¿Por qué? Muy fácil. El resto los he dejado y los he perdido para siempre.

Me jacto de tener todos los libros de Paul Auster, de Vila-Matas, de Cioran, de Thomas Bernhard, de Slavoj Zizek, de Georges Didi-Huberman, de Mario Bellatin, de Ricardo Menéndez Salmón, de Gonçalo Tavares... Si un autor me gusta, intento tener todo lo que ha escrito; y leerlo, por supuesto. Y, claro, no todo siempre es igual de bueno. A veces, las obras maestras son tres o cuatro, o una. Y el resto complementa, ayuda o contribuye a formar la obra del escritor. Pero a mí no me importa leer textos menores. Leo autores, no libros. Además, a veces incluso llego a empatizar más cuando leo los libros malos de los buenos escritores; es como si viera sus debilidades y los pudiera tener más cerca. Casi –lo confieso– disfruto viéndolos caer en el fango, porque de algún modo siento que allí puedo acompañarlos.

Sin embargo, sé que ese placer de leer los malos libros de los buenos escritores es algo personal e intransferible. Por eso cuando alguien me pide consejo sobre algún escritor o me dice que le recomiende un libro, le hablo del que considero mejor. Y, si puedo, se lo presto. Esto es casi una vocación que tengo. Compartir libros me parece un acto bello y pocas cosas hay que me gusten más que alguien venga a casa, mire los libros que tengo de los autores que le digo que están bien y yo acabe recomendándole el que considero mejor. "Empieza por aquí; luego ya sigues tú solo". Es como enseñar a montar en bici, a nadar... o algo así; seguro que hay una oscura satisfacción que guía esta actitud.

Lo que no siempre sucede es que los libros que se van acaben volviendo. Esto me gusta menos, sobre todo porque, en algún momento, uno los puede volver a necesitar. Especialmente ocurre con los ensayos. Pocas cosas odio más que estar escribiendo algo, tener que contrastar o mirar algo con urgencia, y darse cuenta de que ese libro está prestado. Y lo más grave, que no sepas a quién acudir para que te lo devuelva porque no sabes a quién se lo has prestado.

Esto –que es lo que suele acabar ocurriendo– me tendría que disuadir de prestar libros. Pero, como digo, es algo que me encanta y no puedo evitar seguir haciéndolo –eso sí, desde aquí, si alguien lee esto y tiene un libro mío: por favor, que me lo devuelva o me haga saber que lo tiene–. Lo más grave del caso –lo único grave realmente aparte de la putada de que lo necesites y no esté– es que, como los libros que presto son los buenos, mis estanterías acaban pobladas de libros malos, de los peores de cada escritor. Y que cuando viene alguien a casa o cuando miro lo que tengo de cada autor, solo veo sus vergüenzas, porque el resto lo he prestado. Y entonces estos libros me dan pena. Casi ni siquiera se sostienen. Muchos se abalanzan hacia el hueco que han dejado las obras maestras, como si intentasen ocupar su espacio y llenar el espacio vacío de la estantería. Pero nunca logran ocuparlo del todo. Y la sensación que ofrecen es de desamparo, de orfandad, de haber perdido algo que les da sentido.

Por eso muchas veces, con el tiempo, acabo comprando alguna de las obras maestras que he prestado y perdido para siempre; y no solo porque la vaya a necesitar –sobre todo si es literatura–, sino porque de algún modo siento que tengo un compromiso con esos libros huérfanos, tambaleantes y caídos, esos libros tristes que me miran con odio y rencor cada vez que me acerco a la estantería.


3/10/12

Contar cosas

–No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el...
–¡Cierra la puta boca!
–Perdón, es que a veces me sale escribir como Marías.
–Anda y vete a ver The Wire antes de que te dé dos hostias.
–Pues sí que estamos bien, vaya deriva que ha tomado el blog.
–Tú mismo.

29/9/12

Sobre Cage en Medellín

Aquí os dejo la conferencia que impartí en Medellín sobre John Cage, el silencio y el arte antivisual. Es una introducción mínima a la cuestión, y muchos de los puntos tan solo están esbozados para trabajarlos con detenimiento en el texto que entregaré a los organizadores. La conferencia formaba parte del homenaje a Cage que ha dirigido y organizado durante todo el año Lucrecia Piedrahita en varias sedes de la ciudad de Medellín. En particular, se encuadraba dentro de un encuentro que pretendía explorar el lugar de Cage en el arte experimental. Como muestra, aquí va también un link al texto de Guillermo Vanegas, otro de los ponentes, que presenta una panorámica bastante incisiva de por dónde fueron algunas de las ponencias.

Miguel Ángel Hernández - Silencios de la mirada from Museo de Antioquia on Vimeo.

25/9/12

Conversación sobre nada

–Oye, ¿qué pasa con tu blog que no escribes nada nuevo?
–No sé, empiezo a pensar que no tengo mucho que decir.
–Se te ha secado la imaginación.
–Eso es. No encuentro nada nuevo que escribir.
–Pues haz como antes. Relata tu experiencia.
–Me resulta difícil.
–¿Es que ya no te ocurren cosas o es que no quieres contárnoslas?
–No eso. Me ocurren muchas, como a todos. De hecho, esta semana pasada ha sido dura. Cosa rara. Estuve en Medellín, donde disfruté hablando de John Cage y el silencio y conocí a gente estupenda. Pero a la mitad me tuve que venir corriendo.
–¿Y eso?
–El padre de womahn murió de repente.
–Qué putada. Lo siento.
–Ya ves, qué te voy a contar a ti que no sepas. La vida es tan cabrona a veces. Además, iban las cosas demasiado bien.
–¿Y eso qué tiene ver?
–Qué se yo, a veces piensa uno que cuando todo va perfecto, mejor incluso de lo que debería, el universo tiende a regularse y a buscar el equilibrio.
–Eso es una gilipollez.
–Lo sé. Pero no puedo dejar de pensarlo.
–Pues allá tú.
–...
–Volviendo a lo de antes. Si te siguen pasando cosas, ¿por qué no lo cuentas? ¿Qué pasa, lo dejas para el Facebook?
–No es eso, aunque algo hay de verdad. Quizá la experiencia –la necesidad de compartirla– se desactiva una vez comunicada y luego aquí ya me cuesta trabajo elaborarla.
–¿Que te cuesta trabajo escribir?
–Sí. No es tan fácil, ¿sabes? La tontería de Facebook se escribe en treinta segundos. Pero un post del blog, aunque sea una imbecilidad como esta que me está saliendo ahora, se lleva su media hora, si no más. Y no está la cosa como para perder tiempo.
–¿Y por qué no lo cierras, entonces? Muerto el perro, se acabó la rabia.
–Pues tampoco lo tengo muy claro. Me gusta de vez en cuando habitar este espacio. Es diferente.
–Diferente, ¿de qué?
–De otros lugares. Por ejemplo, de Facebook. Hay más intimidad.
–Sí hombre, intimidad...
–De algún modo. Aquí estoy yo solo. Lo mismo, en la época de las redes sociales, el blog viene a ser sinónimo de soledad, de monólogo, más allá del parloteo constante de otros espacios.
–Quizá tengas razón. Lo que no entiendo entonces es por qué entonces escribes ahora a través de esta conversación tan tonta que no va a ningún lugar.
–A eso no te puedo responder. Además, no la he empezado yo. Me has preguntado tú que por qué hacía tiempo que no escribía en el blog.
–Es verdad, perdona, mi memoria me traiciona.
–No te preocupes.
–Aun así creo que deberíamos parar ya.
–Tú mandas. Pero estamos a gusto aquí. Afuera hay demasiado movimiento. Y comienza a hacer frío.
–Es cierto, pero es que esto se parece cada vez más a una novela de Tao Lin.
–Es posible. Me están entrando ganas de masturbarme.
–¿Lo ves? Te lo dije.
–...
–Estas cosas las carga el diablo. Empiezan como una tontería, en un momento te pones serio y relatas experiencias. Y luego al final todo se convierte en un sindiós.
–Puede ser. No sé.
–¿Estás algo tonto hoy?
–Quizá. Es un día raro.
–Pues dale a save y publish.
–¿Qué?
–Que lo guardes y lo publiques.
–Me da vergüenza ajena. Estoy desvariando.
–Por eso. Cierra ya.
–Bueno, te haré caso. Además, no tiene mucho sentido seguir. No creo que nadie haya llegado hasta aquí. No están las cosas como para leer estas tonterías con la que hay montada.
–Cierra ya.
–Vale. Voy.
–Cierra.
–Espera.
–Corta ya.
–Solo un poquito más. Dime algo, una frase. Dame esperanza. Me da miedo quedarme solo.
–Vete a la mierda.
–Eso es lo que quería oír.

11/9/12

En capilla

Ha costado más de lo previsto, pero Materializar el pasado está ya en capilla por fin. Esta semana entra en imprenta y en menos de un mes lo tendremos en las librerías. Lo que iba a ser un ensayo mínimo al final se me ha ido de las manos, aunque ha quedado un tamaño que creo que está muy bien. Ciento treinta y dos páginas. Ni tocho ni  raquítico. 



En cuanto salga, colgaré aquí la introducción y comenzaré a dar la brasa seriamente. Mientras tanto, os dejo estas fotos cutres de las galeradas. 



4/9/12

Tristiano

Imagino que alguien que no tenga qué llevarse a la boca y lo haya perdido todo también se indignará cuando alguno de nosotros digamos que estamos tristes (nosotros, con nuestros iPhones, coches, bicicletas, tarifas planas y el frigorífico cargado de ricos productos Hacendado). El problema no es que Cristiano Ronaldo esté triste –claro que puede estarlo, como todos nosotros; no vamos a descubrir ahora que el dinero no da la felicidad; quizá Ronaldo no sea más que otro pobre hombre que sólo tiene dinero y éxito profesional–. El problema es que su tristeza tenga alguna importancia y sea noticia. El problema no es otro que la legión de gilipollas –los medios, especialmente– que lo convierten en algo más que un señor que da patadas a un balón –aunque lo haga como los mismísimos ángeles–.

3/9/12

Retratos públicos y prácticas zombi

Creo que es Ulrich Beck el que ha hablado en más de una ocasión de categorías zombis. Conceptos, instituciones y prácticas que son una especie de eco de otro tiempo y que, sin embargo, siguen actuando de forma residual. Hace unos días, El País publicaba un artículo sobre los retratos públicos y lo costoso que nos sale a los ciudadanos esta tradición obsoleta. Muchas de las cifras de los retratos son vergonzosas –incluso aunque no estuviéramos en crisis–, pero no por el precio en sí de los cuadros –nunca un cuadro de Antonio López fue tan "económico" como el retrato de Álvarez Cascos– o incluso de las fotografías –el retrato de Manuel Marín no es sustancialmente más caro de lo que habitualmente suelen ser las fotografías de Cristina García Rodero (21.000 euros)–, sino más bien por la función y todo lo que significa esta tradición del retrato público. Una práctica que ya no tiene sentido alguno en un tiempo como el presente –donde la memoria gráfica de la época ya no tiene que ver con las formas del arte–, pero que sin embargo se sigue llevando a cabo de modo residual. Es decir, una categoría zombi. Un muerto viviente, una práctica sin alma, que no sirve para nada, pero que, sin embargo, come carne, consume recursos y tiene una entidad material.

Más allá de todo esto, lo que me llama la atención de esta práctica zombi es que, si lo pensamos bien, en su residualidad, en su pervivencia, muestra bastante del sentido ineludible del arte y de la política, y especialmente de las connivencias entre el arte y el poder. Por mucho que el arte haya intentado desde finales del siglo XIX contrarrestrar una de sus funciones centrales desde sus orígenes –producir la imagen del poder–, aún sigue sirviendo a los poderosos de una manera u otra. Ese es su pecado original. Y quizá por eso, como el zombi –que, según afirma Jorge Fernández, vuelve a la animalidad primigenia antes de la cultura–, está condenado a seguir haciendo lo que fue en origen, a vivir con esa sombra que no siempre es tan evidente como en este caso de los retratos públicos.


Por otra parte, la tradición del retrato público en la democracia sigue también la lógica de los retratos de los poderosos. Es cierto que también tenemos la tradición de los retratos griegos y romanos de gobernantes; no sólo eran los emperadores, los reyes o los papas. Es verdad, además, que esta misma tradición del retrato luego es heredada –aunque sustancialmente modificada en estilo– por la burguesía moderna. Pero luego, con la democratización de la fotografía, a lo largo del siglo XIX comenzó a producirse un cambio en esta tradición. El retrato público, como la pintura historia, como los géneros relacionados con la memoria y la perpetuación del tiempo, se mantuvo cerca del arte más académico –la imagen clásica y ordenada del poder–, mientras que el resto de los ciudadanos –que también estuvieron poseídos por una especie de 'pulsión del imagen'– se encomendó al retrato fotográfico; primero profesional y, después –hasta hoy–, amateur.

Lo interesante del caso es que los gobernantes, los ministros, los elegidos por el pueblo, en lugar de utilizar esta tradición de ese mismo pueblo, prefirieron perpetuarse a través del género artístico vinculado con el poder y la tradición, el retrato pictórico. Y esto nos dice mucho del sentido que aún muchos siguen teniendo de la política: un lugar donde el gobernante, en lugar de ser un trabajador por el pueblo, alguien que representa a una mayoría, acaba considerándose como un sujeto especial, diferente, superior, que merece pasar al recuerdo no como el resto de sus iguales, sino a través de un género que lo hace elevarse por encima de todos ellos.

Si de mí dependiera, eliminaba de raíz cualquier retrato público realizado con la más mínima intención artística –y con el sentido de "superioridad" que dicha artisticidad implica–. Nada me da más grima que esas galerías de retratos llenas de "prohombres" y héroes modernos que "rigieron" el rumbo de las ciudades y países. De muchos de ellos lo que habría que hacer es borrar por completo la huella de su nefasta gestión.

25/8/12

Imaginación y realidad

Ayer estuve con mi sobrino de cuatro años jugando un rato con los muñecos que le habían regalado por su cumpleaños. Sobre la mesa estaban Bella, la Bestia, Cenicienta, el Príncipe, Rapunzel, el Rey León, Simba y un largo etcétera de personajes de cuentos y dibujos infantiles. Durante bastante tiempo imaginamos conversaciones entre los muñecos y estuvimos fantaseando con ellos.

Reconozco que me fue un poco la mano pervirtiendo las historias y contando nuevos desenlaces. Convertí a la Bestia en rey de la jungla y al padre de Simba en el amante de Bella. El zapato que había perdido Cenicienta lo encontró Rapunzel y lo escondió entre su pelo. Bella tenía que llegar a casa antes de las doce o su príncipe se convertía en calabaza. El hada madrina, con su varita, era una luchadora de esgrima que tenía que vérselas con otro personaje, convertido en un vendedor de flores. Y los malvados estaban en su cueva en huelga de hambre reclamando un trato digno para los prisioneros. Al final, acabaron todos juntos sobre la mesa bailando al son del Ai se eu te pego de Michel Teló y el Single Ladies de Beyoncé, en especial las hermanas de Cenicienta, que se lo pasaron pipa con la reconciliación final. Creo que me divertí incluso más que el niño, que no daba crédito a lo que estaba pasando con los muñecos y a cómo se le había ido la pinza a su tío.


Me lo pasé genial con la imaginación infantil y la manera que tienen los niños de convertir la realidad en algo totalmente diferente y mágico. Pero hubo un momento que realmente me llegó al alma y al que no paro de darle vueltas desde entonces.

"Y ahora le vamos a cortar el pelo a Rapunzel", le dije, imaginando que mis dedos eran unas tijeras. En ese instante mi sobrino me miró absolutamente extrañado y me dijo: "eso no podemos hacerlo". "¿Por qué?", le pregunté, creyendo que me iba a responder que Rapunzel es bella, que su pelo es mágico, que lo necesita porque sino el príncipe no podrá subir a rescatarla a la torre o cualquier cosa que tuviera que ver con el cuento o la imaginación. Pero su respuesta me dejó absolutamente noqueado porque no me la esperaba de ninguna manera: "no podemos cortarle el pelo a Rapunzel porque es de plástico. Es un juguete. Y si se lo cortamos, lo rompemos". En ese momento, todo mi mundo imaginario se desvaneció. Me di cuenta que el niño estaba manejando un sentido de realidad mucho más agudo y lleno de matices que el mío. Había cosas que eran al mismo tiempo reales e imaginarias. Era Rapunzel, pero también era un juguete.

Llevo todo el día dándole vueltas a la cabeza con esa frase. Y creo que da para escribir un artículo largo de teoría del arte, porque, al final, la manera en la que trabajan los artistas con la realidad se parece mucho a la de los niños –ya lo decía Agamben en Infancia e Historia–. Buscaré el momento para hacerlo. Lo que único que ahora tengo claro es que esta manera de anclar la ilusión –todas las historias y los cuentos que imaginamos– con la realidad –el personaje es un muñeco de plástico, y el niño es consciente de eso– introduce toda una serie de variantes en la idea tradicional que tenemos sobre la imaginación y que por lo general distingue dos ámbitos bien delimitados: el de la ilusión pura y del objeto real; ilusionismo o realismo.

Pero esta visión "in-between" puede ser productiva. Porque ya no es la escoba convertida en caballo; que es escoba o caballo; sino más bien sería algo así como un caballo que barre; una entidad a medio camino entre el objeto que desencadena la imaginación y la propia entidad imaginada. Estas imágenes por supuesto fueron exploradas por el surrealismo y hoy siguen estando presentes en muchos artistas –pienso a bote pronto en Chema Madoz–. Sin embargo, muchas veces las asociamos con lo inconsciente y lo pre-simbólico –en un sentido lacaniano–. Pero lo que he comprobado después de jugar con mi sobrino es que también están presentes en una racionalidad que combina al mismo tiempo el sentido mágico del mundo con la formación de la racionalidad objetiva.

En conclusión, que la cosa da para pensar. Y que tenemos mucho que aprender de los niños.


22/8/12

Mira con mis ojos / Pasado inmediato

Llevo varios días explorando el universo de Instagram. He llegado tarde a esta red social, pero creo que a tiempo para entrar a pleno pulmón y observar el modo en el que las imágenes dicen por sí mismas cosas que a los textos les costaría Dios y ayuda comunicar. Yo siempre he sido más escritural que visual y he confiado más en los textos que en las imágenes. Supongo que se trata de una actitud ante lo visible: en lugar de apresarlo con la cámara, espejarlo, reproducirlo o reconducirlo, prefiero filtrarlo, traducirlo o reconvertirlo a través de las palabras –toda una paradoja, dedicándome a una disciplina tan fascinada por lo visible como es la Historia del Arte–. Sin embargo, la exploración de la esta tendencia a escribir con luz –bueno, con píxeles– y, sobre todo, a contar la intimidad a través de las imágenes me está dejando claras muchas cosas sobre el modo en el que las imágenes se transforman en el mundo contemporáneo y sobre todo me está animando a reflexionar sobre el estatus de lo visual en dichos medios.

Por supuesto, Instagram no es nada nuevo. Compartir fotos en la red es algo que viene de lejos. Los fotologs, Flickr, Tumblr... incontables lugares y aplicaciones. Pero Instagram juega con dos cosas centrales que están en la base de su éxito: estetización e "inmediatez demorada". En primer lugar, los filtros viejunos y retro dan a cualquier fotografía un aspecto vintage que convierten en amateurismo casi en una virtud: encuadres casuales, brumas, desenfoques estetizados transforman cualquier fotografía –y cualquier realidad– en algo cool, mod y hip. El retorno del pop y la retromanía que tan bien ha descrito Simon Reynolds son centrales en esta valoración de lo cutre-mod que al final viene a decir: no importa cómo lo hagas, siempre queda bien.Y esto nos lleva a la segunda característica central: la inmediatez con la que la fotografía se convierte en algo público. Una inmediatez que está en el límite del tiempo real. Miras, fotografías, tuneas y compartes.


Creo que esa inmediatez es central. Como también lo es el contexto de la red social, la arquitectura simbólica –ideológicamente construida–, el entorno, en el que las imágenes se insertan: un lugar en el que todo se cuenta con imágenes, en el que uno reacciona ante las imágenes de los demás y proporciona imágenes para que reaccione el resto comunidad.

No voy aquí a hablar del funcionamiento de Instagram. Pero sí que me gustaría compartir una intuición. Aunque es algo que tengo que estudiar con más detenimiento, creo que lo que ocurre con Instragram –con esa red en concreto– es una transformación en el estatus de la imagen fotográfica especialmente su relación con la subjetividad. Y es que el objeto de la imagen aquí no es tanto la realidad fotografiada como el ojo del fotógrafo, el propio ver. Ya digo que esto necesita de teoría y es solo una intuición para trabajarla con tiempo, pero creo –y lo dejo caer como opinión– que las radiografías de la cotidianidad que plantean estas fotografías no pretenden tanto crear relatos o contar historias, como compartir miradas y modos de ver el mundo.

Más que de compartir imágenes, creo que se trata de compartir miradas. En lugar del clásico "yo he estado aquí" de la fotografía tradicional amateur –el recuerdo del lugar, el evento o la persona, que implica la temporalidad de la memoria–, la instantaneidad de las redes fotográficas parecen querer decirnos "mira a través de mis ojos" o, mejor, "mi cámara son tus ojos". Hay aquí, por supuesto, un sentido panóptico –cada prisionero acaba siendo una herramienta más del sistema de vigilancia– como el que aparece en Matrix, donde cualquier sujeto puede transformarse en un agente de la matrix.


Pero además de eso, en este "mira con mis ojos" encontramos una especie de espacialización invisible de la mirada. La fotografía ya no es aquí un instante apresado, un obturador que se cierra o un fragmento de la realidad que es recortado; o al menos no del todo. La fotografía se transforma ahora en una apertura simbólica del presente. Cuando uno hace una foto en Instagram la hace para compartirla. Lo importante no es tanto la imagen –que por supuesto, sigue siendo central, incluso en su dimensión kitsch pseu-retro estetizante– como la necesidad de hacer al otro mirar, o de convertirse uno mismo en los ojos del otro.

Mirar como un otro y, en consecuencia, hacer al otro mirar como si fuera un yo. Pero un mirar que no es ni mucho menos natural. No se trata del streaming inmediato o el directo. Hay un pequeño delay, una demora, un fragmento de pasado que se interpola en las imágenes. Creo que ese pequeño instante de pasado –apenas casi imperceptible– es el instante de la subjetividad. O al menos de una subjetividad simbólica pre-construida, puesto que las imágenes de Instagram, a pesar de su inmediatez, ya están interpretadas. En ellas no se da la realidad, sino la mirada, la actuación del sujeto sobre las cosas. "Mira con mis ojos", entonces,  quiere decir "mira la realidad que, aunque inmediata, la ofrezco ya transformada," modificada con esos filtros rápidos de la aplicación que postproducen la imagen casi en tiempo en real. Unos filtros que, en el fondo, son pre-interpretaciones de la realidad, miradas prefijadas que se insertan en la imagen para crear una ilusión de subjetividad compartida.


Inmediatez demorada, presente-pasado y pre-postproducción de lo visible. O lo que es lo mismo, las imágenes de Instagram como imágenes que ya han sido vistas, miradas ya miradas, experiencias ya experimentadas... realidades precocinadas, envasadas y listas para consumir.