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6/10/12

Los peores libros


Me acabo de dar cuenta de que en mis estanterías sólo hay libros malos. Los peores de cada escritor. ¿Por qué? Muy fácil. El resto los he dejado y los he perdido para siempre.

Me jacto de tener todos los libros de Paul Auster, de Vila-Matas, de Cioran, de Thomas Bernhard, de Slavoj Zizek, de Georges Didi-Huberman, de Mario Bellatin, de Ricardo Menéndez Salmón, de Gonçalo Tavares... Si un autor me gusta, intento tener todo lo que ha escrito; y leerlo, por supuesto. Y, claro, no todo siempre es igual de bueno. A veces, las obras maestras son tres o cuatro, o una. Y el resto complementa, ayuda o contribuye a formar la obra del escritor. Pero a mí no me importa leer textos menores. Leo autores, no libros. Además, a veces incluso llego a empatizar más cuando leo los libros malos de los buenos escritores; es como si viera sus debilidades y los pudiera tener más cerca. Casi –lo confieso– disfruto viéndolos caer en el fango, porque de algún modo siento que allí puedo acompañarlos.

Sin embargo, sé que ese placer de leer los malos libros de los buenos escritores es algo personal e intransferible. Por eso cuando alguien me pide consejo sobre algún escritor o me dice que le recomiende un libro, le hablo del que considero mejor. Y, si puedo, se lo presto. Esto es casi una vocación que tengo. Compartir libros me parece un acto bello y pocas cosas hay que me gusten más que alguien venga a casa, mire los libros que tengo de los autores que le digo que están bien y yo acabe recomendándole el que considero mejor. "Empieza por aquí; luego ya sigues tú solo". Es como enseñar a montar en bici, a nadar... o algo así; seguro que hay una oscura satisfacción que guía esta actitud.

Lo que no siempre sucede es que los libros que se van acaben volviendo. Esto me gusta menos, sobre todo porque, en algún momento, uno los puede volver a necesitar. Especialmente ocurre con los ensayos. Pocas cosas odio más que estar escribiendo algo, tener que contrastar o mirar algo con urgencia, y darse cuenta de que ese libro está prestado. Y lo más grave, que no sepas a quién acudir para que te lo devuelva porque no sabes a quién se lo has prestado.

Esto –que es lo que suele acabar ocurriendo– me tendría que disuadir de prestar libros. Pero, como digo, es algo que me encanta y no puedo evitar seguir haciéndolo –eso sí, desde aquí, si alguien lee esto y tiene un libro mío: por favor, que me lo devuelva o me haga saber que lo tiene–. Lo más grave del caso –lo único grave realmente aparte de la putada de que lo necesites y no esté– es que, como los libros que presto son los buenos, mis estanterías acaban pobladas de libros malos, de los peores de cada escritor. Y que cuando viene alguien a casa o cuando miro lo que tengo de cada autor, solo veo sus vergüenzas, porque el resto lo he prestado. Y entonces estos libros me dan pena. Casi ni siquiera se sostienen. Muchos se abalanzan hacia el hueco que han dejado las obras maestras, como si intentasen ocupar su espacio y llenar el espacio vacío de la estantería. Pero nunca logran ocuparlo del todo. Y la sensación que ofrecen es de desamparo, de orfandad, de haber perdido algo que les da sentido.

Por eso muchas veces, con el tiempo, acabo comprando alguna de las obras maestras que he prestado y perdido para siempre; y no solo porque la vaya a necesitar –sobre todo si es literatura–, sino porque de algún modo siento que tengo un compromiso con esos libros huérfanos, tambaleantes y caídos, esos libros tristes que me miran con odio y rencor cada vez que me acerco a la estantería.


2 comentarios:

Bernardo Pérez Andreo dijo...

Hay algún amigo que dice que hay dos tipos de tontos: los que prestan libros y los que los devuelven, por eso él ni presta ni devuelve.
En fin, yo no presto nunca libros, si acaso los regalo, lo prefiero mil veces, antes que a la hora de recurrir a mi biblioteca, con la urgencia de la cita, me vea sin el libro porque lo he dejado. Entonces me hundiría en el infierno de la blasfemia y la maledicencia y como no quiero pensar y desear nada malo a nadie, pues no presto y punto.

Leandro Llamas dijo...

Me ha gustado un huevo, de verdad. Se pueden comentar tantas cosas, y puede uno quedar tan en evidencia con todas y cada una de las cosas que diga, que, por una vez y sin que sirva de precedente, mejor me voy a callar. Además, que ya son las tres, coño...