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2/11/12

Morando la moratoria

Llevo varias semanas sin parar de escribir introducciones de catálogo y "textículos" varios. Casi voy a uno por día. Las fechas de entrega se me montan unas sobre otra y ya hace mucho tiempo que no cumplo un deadline. Vivo en medio de una moratoria infinita. La mayoría de mis mails son para pedir, por favor, un día más, dos, tres... una semana y me das la vida, que no llego por mucho que quiera. Pido una semana y digo que se me ha atragantado el texto cuando, en realidad, aún no lo he empezado porque estoy acabando el anterior, que también he comenzado justo en el momento en el que expira la fecha de entrega. Así voy entregando cosas, en un solapamiento continuo. Más que trabajar contrarreloj, esto es trabajar en tiempo de prolongación. Soy un morador de la moratoria.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que más del noventa por ciento de las cosas que me angustian son encargos que me debería quitar de encima. Textos o conferencias que realmente me interrumpen de lo que tendría que estar haciendo. Me sacan tanto, que cuando acabo uno de estos períodos de locura absoluta –como ahora mismo estoy haciendo– ya he perdido el norte y se me olvida qué es lo que "tendría que estar haciendo". Y entonces me cuesta horrores retomar el rumbo de la novela que tengo esbozada, continuar el ensayo que necesitaría terminar algún día o, especialmente, redactar y traducir al inglés algunos artículos para revistas indexadas –las que luego mide la ANECA y la comisión que reparte los sexenios–... esas cosas que siempre esperan porque en medio se introducen textos, conferencias, charlas y marrones varios a los que uno no sabe cómo decir que no. 

Creo que lo he escrito aquí más de una vez: este es uno de mis mayores defectos; no sé decir que no. A veces me ha venido muy bien y he descubierto cosas que jamás habría pensado, pero otras muchas, la mayoría, acaban siendo más lastres que otra cosa. Estoy por comprarme algún mecanismo de esos que se conectan directamente con los testículos para que me dé una descarga cada vez que acepto algo que no debiera. No sé siquiera si así lo lograría. Imagino que al final acabaría aflorando mi pulsión masoquista y le tomaría el gustillo al asunto.


1 comentario:

Anónimo dijo...

La vida tiene sus etapas, y todo tiene un precio en esta vida. Si uno adquiere fama y tiene buen escribir, y carece de una cierta "asertividad funcional" y se mete en todo el "fregado" hay que ir a por todas, la vida es corta y luego no puede haber tanta demanda. Te agobias, te estiras de los pelos, piensas si existirá aquello que algunas personas llaman "exterior", pero todo merece la pena y al final tiene su recompensa.