31/12/10

Fin de año

Se va un año largo, intenso, lleno de emociones y descubrimientos. Hice las Américas, descubrí la paz de los bosques de Nueva Inglaterra, volví a Murcia, me traje conmigo el sosiego y la calma (aunque a veces se me olviden en el cajón), redescubrí la música, descansé, trabajé, viajé, escribí, me divertí, reí y amé, y lo sigo haciendo (todos los días). Pero 2010 también se llevó a grandes amigos. Y en 2010 seguí añorando a quienes perdí hace ya más tiempo. Las risas estuvieron siempre atravesadas por las lágrimas, y en cada lágrima, sin embargo, afloró una posibilidad de futuro. Nada nuevo, pero todo sorprendente. La vida sigue y seguirá igual. Igual de hija de puta, pero también igual de maravillosa.

27/12/10

Piratería expandida

Hay un cuento de Italo Calvino, “La oveja negra”, que habla de un país donde todos eran ladrones. Un país en el que todo iba bien hasta que llegó un hombre honrado que, al no querer robar, desestructuró y desequilibró una economía fundada en el libre intercambio y la mutación constante de la riqueza. Entre otras cosas, esta historia nos habla de cómo toda ley es contextual y debería fundarse a partir del consenso de la mayoría. Las leyes, igual que las prácticas éticas, deben partir de la experiencia y no imponer un orden restrictivo que convierta a la excepción en norma. Eso es, sin embargo, lo quiere hacer la Ley Sinde, restringiendo la libre circulación de contenidos en Internet a través del privilegio de la excepción.

Cuando todos somos tratados como delincuentes o piratas, lo que hay que cambiar es lo que entendemos por piratería y delincuencia. Las transformaciones estructurales y tecnológicas introducen también cambios de mentalidad. Sin embargo, aquí parece que nada de esto se ha entendido. Con la invención de la imprenta, los copistas de libros vieron su hegemonía restringida. Y seguro que muchos habrían querido que las imprentas cerrasen o que, en todo caso, tuviesen un ritmo de impresión lento y acomodado a las posibilidades de la copia manual. Afortunadamente, esto no fue así, aunque se perdiese un trabajo y una tradición. Lo que ocurrió fue una revolución, un cambio fundamental en la historia de Occidente que modificó todas las estructuras conocidas. Hoy vivimos en una revolución si cabe mucho mayor. Y no podemos seguir legislando con la cabeza –y el bolsillo– anclados en el pasado.

Sin duda, necesitamos una regulación, sobre todo para que no se lucren las que se están llevando el pastel (que son las operadoras y algunas webs que reciben publicidad), pero lo que no se puede pretender es castrar todo un mundo de posibilidades democráticas. Es necesario repensar el sistema de propiedad intelectual y buscar modos alternativos de retribución por producciones culturales. Si hay gente haciendo negocio con películas, música y libros (esto menos, la verdad), quizá los productores culturales tendrían que tomar ejemplo aquí del enemigo y buscar maneras semejantes de comercio de sus productos. Lo que queda a la vista con las nuevas tecnologías es la plusvalía absoluta que queda en los antiguos modos de producción y distribución. Un libro electrónico o una película se puede vender por 1 euro y es un negocio rentable. No se puede pretender, como hacen las editoriales, o el iTunes de Apple, que alguien pague 12 euros por un libro electrónico (3 menos que en papel) o 3'99 euros por alquilar una película. Eso se llama "querer hacer negocio", y querer ganar mucho dinero. Un libro electrónico no tiene los costes de producción, distribución y almacenaje de un libro físico, igual que una película o un disco. Habría, por supuesto, que cambiar los modos de comercio. Las nuevas tecnologías nos llevan hacia economías diferentes que transforman los sistemas establecidos. Esto sería lo deseable. Y son muchos los que apuestan por eso. El problema de todo esto es que, aunque nos digamos todos progresistas y democráticos, todavía estamos anclados en regímenes de singularidad y de comercio que están desapareciendo.

Lo triste es que sea precisamente el mundo de la "cultura" (supuestamente progresista y democrático) el que abandere la lucha en favor de la propiedad (privada) intelectual. Eso demuestra que las industrias culturales son eso, industrias. Y que la cultura, en el fondo, no es sino un producto más del espectáculo del entretenimiento. Eso ni es bueno ni es malo, sino que es una realidad. Que esto de la cultura comprometida es sólo una milonga, un barniz que da brillo a una economía especulativa que es plusvalía pura, igual que la del arte (que sería para otro post, porque es, con mucho, la más perversa de todas). Lo que ocurre aquí es que los actores y cantantes pierden su parte del pastel. Y aquí los que más pierden son los que más tienen. Porque no nos engañemos, los verdaderos interesados son los que viven muy bien de esa plusvalía. Intuyo que Alejandro Sanz seguirá teniendo esta Navidad para comprar el pavo, y a Javier Bardem no le faltará para las langostas. Que sean los de las mansiones en Miami y los Ferrari en la puerta los que nos acusen a los demás de piratas es algo que habría que pensar con detenimiento. Y que, luego, esos mismos (con la misma cara de víctima) critiquen la expansión del capitalismo y aboguen por un mundo justo sin pobreza ni diferencias es algo que ya acaba tocando las narices.

24/12/10

Hostias, una performance, no me jodas

En un post anterior, comenté aquí el estado de paranoia artística que se había instalado en Murcia con Manifesta, donde cualquier cosa de la calle era susceptible de ser confundida con una obra de arte. Otro de los efectos colaterales de esta extensión del arte a la vida cotidiana es también la naturalización de lo excepcional y la asunción del lenguaje artístico como lenguaje común. Es decir (en cristiano), que ya a nadie le extraña encontrarse manifestaciones artísticas en plena calle, y que ya cualquiera maneja la terminología del arte contemporáneo con una propiedad sorprendente.

Un ejemplo de esto que digo sucedió ayer, en la Plaza del Cardenal Belluga, en el curso de la acción "40 minutes standing", del artista suizo Thomas Zollinger. La acción consistía en estar 40 minutos de pie ("de pie plantón", como se dice en murciano) siendo consciente del espacio y sin hacer nada. Una especie de interrupción en el ritmo cotidiano a través de la parada improductiva que frena el flujo cada vez más rápido del tiempo moderno. Para la acción, Zollinger contó con varios voluntarios, entre ellos, un servidor. Bien, pues el caso es que mientras estábamos de pie, parados, casi como estatuas, un camión de ingeniería urbana del Ayuntamiento intentó cruzar la plaza y no pudo hacerlo. Se paró justo detrás de mí, y desde el interior del camión pude escuchar una frase que hizo que casi se me saltasen las lágrimas de emoción: "hostias, una performance, no me jodas." Acto seguido, el conductor se bajó y esperó a que la cosa acabase, asumiendo todo aquello como lo más normal del mundo. La naturalidad con la que pronunció el término "performance" me pareció ayer la verdadera obra de arte del día. Esa sin duda fue la acción más rompedora. Por un momento, tuve la sensación de estar viviendo en el pueblo de Amanece que no es poco o en CiudadK. Las cosas, desde luego, están cambiando. O como dijo una señora mayor que paseaba a su nieto: "mira, estos señores están haciendo una obra de arte. Por lo menos no hacen daño a nadie".

19/12/10

Filtraciones ficcionales

En un reciente artículo sobre Wikileaks, se pregunta Umberto Eco por qué han hecho tanto daño las filtraciones de la web si es algo que ya se ha publicado de otra manera o que corre de boca en boca ya desde tiempo atrás. Y sostiene que el verdadero escándalo no está en la información en sí, sino en su repetición pública y, sobre todo, en la puesta en evidencia de los fallos de seguridad en el sistema de la diplomacia americana. Desde luego, esto es así en cierto modo (aunque no exactamente la cuestión de la publicación), pero sobre todo lo es en el primer punto de su argumentación: que lo que dicen los papeles de Wikileaks es algo que ya todos, más o menos, habíamos imaginado. Y esto es lo que me parece más curioso, porque algunas de las filtraciones (y no me refiero a las banales) son tremendamente graves. Perversiones extremas (tráfico, extorsión, chantaje, manipulación) que, sin embargo, no nos sorprenden en absoluto.

Parece ciertamente que estuviésemos curados de espanto, o que hubiésemos visto ya esa película. Y esta es la clave, que todo es demasiado peliculero. Se dijo del atentado de las torres gemelas que ya lo habíamos visto antes en la ficción y que eso atenuaba su impacto porque lo situaba dentro de una misma secuencia de imágenes que imponían sobre la realidad un imaginario ficcional. Las filtraciones de Wikileaks se encuentran también dentro de esa secuencia espectacular. Más que a la realidad, responden a un modelo fílmico. Es imposible pensar en todo lo que está sucediendo sin atender a nuestro imaginario construido por las películas de espías y de conspiraciones globales. Desde luego, parece claro que hoy es la realidad la que imita a la ficción.

[Publicado en La Razón, 17/12/10]

14/12/10

Cosas, textos y música

Parece ser que la maratón de textos, conferencias y ponencias varias va llegando a su fin. Estas cuatro semanas pasadas han sido de aúpa, aunque, si me pongo a pensar, es posible que otros años haya estado incluso peor.No sé cómo lo hago, pero lo cierto es que los noviembres y los diciembres siempre vienen cargaditos de trabajo. Al menos, este año parece que la navidad –y toco madera– puede ser más tranquila que en otras ocasiones.

Creo que he hecho en estos dos meses el trabajo de todo el año. Y no exagero. En total han sido: tres textos de catálogo (dos de ellos largos, largos), dos artículos para revistas importantes (con la responsabilidad que conllevan), tres reseñas largas, cuatro conferencias (dos de ellas, al menos, parecidas), dos comunicaciones, aparte, claro está, de la columna semanal de La Razón, algunos textos eventuales y, por supuesto, las clases de la universidad, dos asignaturas este cuatrimestre que se llevan su tiempo.

Con todo este trajín, desde el 1 de octubre no toco la novela. Me he apuntado a un curso de escritura creativa y en estos tres meses apenas he podido hacer nada con fundamento. Sólo escribir algún ejercicio en los ratos libres entre texto y texto. Tampoco he vuelto a la esgrima. Ahí tengo el traje nuevo muerto de risa. Y unas ganas terribles. Y, por supuesto, he parado casi por completo el ritmo de lectura de novelas. Me he tenido que concentrar en la lectura de ensayos para los textos que iba escribiendo. Y apenas tres novelas han caído en estos últimos meses. Ya las comentaré («Nada es crucial», de Pablo Gutiérrez, es una obra maestra). Se me van almacenando libros y libros por leer. Paul Auster me espera en una semana.

Lo único que no he abandonado del todo ha sido la música, aunque tampoco he podido dedicarle todo el tiempo que me hubiese gustado. Me compré un sintetizador Korg M50 y aún sigo intentando hacerlo sonar, después de leer las casi 500 páginas del manual de instrucciones. Ahora, a la vejez, me ha dado por el pop (o como quiera que se llame sea esa música que es más fácil que la de Rachmaninov, pero que se pega más). B-Clara sigue ensayando todos los martes. Ya llevamos casi diez canciones. El ritmo de composición es frenético. La calidad ya es otra cosa. Yo, que me creía transgresor y destroyer, resulta que para eso de la música pop he salido un ñoño de narices. Estoy poniendo música a algunos poemas del bebedor de lágrimas y a algunas cosas de Infraleve y Demasiado tarde para volver. Letras depresivas y músicas facilonas. Una mezcla entre un Win Mertens venido a menos y una Casa Azul que no llega a ser tienda de campaña descolorida. Aun así, me lo paso en grande y no lo cambio por nada.

Y, por si fuera poco, ahora a los Ginger Lynss se les ha averiado el teclista y me ha dado por tocar con ellos. Sólo hemos ensayado una vez, y su música no tiene nada que ver con lo que yo tengo en mente, pero, de nuevo, me lo he pasado genial y casi se me caen las manos al suelo de tanto tocar. Un subidón de adrenalina en toda regla.

En cuanto el próximo sábado dé la última conferencia y entregue el último texto, prometo que hasta bien entrado el 2011 (con la salvedad de una cosa ya comprometida, y las clases, faltaría más), me dedicaré en exclusiva a la música y a la ficción.

12/12/10

El fin de la mediación

Entre las cuestiones que pone sobre la mesa el caso Wikileaks, se encuentra la de la suspensión de toda mediación entre el dato y el lector. Wikileaks puentea a los medios tradicionales de difusión de información y pone las cosas todas juntas al alcance del receptor. Este fin de la mediación es también el fin del periodismo tal y como lo entendemos. Y es que una de las cosas básicas que caracteriza al periodismo es la conciencia de que la información debe ser seleccionada. La propia selección ya es ideológica. Pero lo contrario sería un caos donde cualquier cosa tendría el estatuto de noticia. El periodista debe mantener ahí un equilibrio ético. Con el caso Wikileaks esta función clave del periodismo está siendo desmantelada. Y lo más grave es que en muchos medios tradicionales que se hacen eco del fenómeno esta falta de criterio de selección se ha convertido en moneda común.

En la portada de algunos periódicos “comprometidos” se reproduce, por ejemplo, ese archivo de cotilleos internacionales poniéndolo todo al mismo nivel, tanto las ventas de armas entre países “enemigos” como las miradas esquivas de Pepiño Blanco al dar la mano. En estos medios se produce, sin embargo, una falsa sensación de transparencia o de ausencia de mediación. Porque desde luego la mediación siempre está, aunque se presente bajo la imagen de la arbitrariedad. Lo curioso es que todo está supuestamente a nuestra disposición. Ya no habría noticia, ni novedad. Pero los periódicos lo han entendido de modo diacrónico y temporal. Y cada día nos salen con una cosa nueva que ya no es tan nueva. La mediación y elección de la información se han convertido ahora en temporización y dosificación.

[Publicado en La Razón, 10/12/10]

11/12/10

Seis

Seis años viviendo con womahn (más otros seis de previa). Felicidad, amor y complicidad. No podría imaginarme otra manera de vivir.
Aunque, a veces, parezcamos dos, en realidad somos uno.
Uno-con-el-otro.

4/12/10

La paparazzización difusa

La figura del paparazzi es una de las más controvertidas del “periodismo” contemporáneo. Su función es acechar al famoso para fotografiarlo cuando éste menos se lo espera. Durante los años ochenta y los noventa, estos fotógrafos de la vida privada tuvieron su momento de gloria. Sin embargo, con la democratización de las tecnologías de comunicación, su importancia ha disminuido y su función se ha extendido a todos los lugares de la vida cotidiana: hoy todos vamos cargados con nuestros móviles y cámaras digitales dispuestos a fotografiar a cualquiera que se nos cruce en el camino. Los famosos ahora tienen que andar con cuidado; están controlados en todo momento. Las estrellas de cine ya no pueden salir a la calle sin maquillaje, porque cualquiera puede fotografiarlas y hacer circular las fotos por Internet.

Asistimos a una suerte de paparazzización del mundo, una prisión panóptica para famosos. O, peor, para todos. Porque hoy, aparte de ser todos paparazzis, también somos todos famosos. La proliferación de redes sociales como Facebook o Tuenti ha hecho que cualquier persona anónima se pueda convertir en personaje público. Igual que les sucede a los famosos, hoy ya nadie puede hacer excesos. Siempre hay alguien cámara en mano dispuesto a etiquetarnos en Facebook y hacer que nuestro impúdico comportamiento se publicite y aparezca en la red a la vista de todos. Esa “pulsión de etiquetado”, de “fotografiar y compartir” hace que debamos tener mucho cuidado a la hora de comportarnos en el espacio público. Un espacio que ahora se ha expandido a cualquier lugar en el que una cámara cerca, aunque sea una cena en la casa de la abuela. El panóptico 2.0. ha llegado. A partir de ahora tenemos que andarnos con “ojo”.

[Publicado en La Razón, 3/12/10]

25/11/10

The one you love

Ayer volví a poner en clase Sick. Vida y muerte de Bob Flanagan, supermasoquista, la película de Kirby Dick sobre la vida (y sobre todo la muerte) de este artista excepcional. No volveré a hablar aquí de lo que me parece la obra de Flanagan. Me sigo ratificando en lo que dije un post anterior. Lo que sí me gustaría decir es que, de nuevo, me he vuelto a emocionar tremendamente con la película. Más allá de las imágenes impactantes (como la de la performance Nailed, en la que en primer plano vemos a Flanagan clavarse el pene en un tablón de madera), la emotividad está en la coherencia y autenticidad de Bob, y en su manera de afrontar la enfermedad y la muerte. Y en el modo en el que la muerte al final, después de haberla esperado tanto, se vuelve totalmente incomprensible: I don't understand, dice Flanagan. Pero sobre todo los ojos se me volvieron a humedecer al escuchar al final de la película la voz de Bob recitando "Why?" (su fundamento ético) sobre el fondo de imágenes de su infancia. La última frase me ha retorcido por dentro.
"Why? Because it feels good,
because it gives me an erection,
because it makes me come,
because I'm sick,
because there is so much sickness,
because I say "Fuck the sickness."

(...)

Because it is an act of courage,
because it does take guts,

because I'm proud of it,
because I can't climb mountains,

because I'm terrible at sports,
because no pain, no gain,
because spare the rod, spoil the child,

because you always hurt
the one you love.

18/11/10

Coge el dinero y corre

No he dicho aquí nada del "caso Santiago Sierra". Son varios ya los que me han dicho que me posicione sobre lo que opino acerca del desplante que Sierra hizo al Gobierno tras la concesión del Premio Nacional de las Artes. Copio aquí lo que publiqué en el periódico la semana pasada y le añado un comentario para ampliar algunas cuestiones:

"Las semana pasada se le concedió el Premio Nacional de las Artes Plásticas a Santiago Sierra, un artista cuya obra, sin duda alguna, es una de las apuestas más arriesgadas, incisivas y problemáticas del panorama artístico contemporáneo. Sierra trabaja siempre poniendo en jaque al sistema, pero manchándose las manos: explotando, remunerando y utilizando a seres humanos para sus obras, exactamente igual que lo podría hacer cualquier empleador contemporáneo. Su obra, por tanto, reproduce –y hace visible– situaciones que tienen lugar todos los días. Cuando me enteré de la concesión del premio, intuí enseguida que Sierra iba a aprovecharlo para “afrentar” a un gobierno que parecía no haber sido consciente de a quién premiaba. En efecto, Sierra rechazó el premio y montó un escándalo, acusando al sistema de amiguista y querer “acogerlo” dentro de una comunidad a la que accedía con este pago “por servicios prestados”. La jugada, si uno lo piensa bien, es perfecta para el artista. Su obra es reconocida públicamente, pero su carácter –y caché– de artista “político” crece al rechazar el premio. Y el gobierno también gana en cierto modo, ya que es respondido con este gran escándalo mediático que, sin embargo, legitima el premio en su propio rechazo. Lo que yo me pregunto es si la postura de Sierra ha sido coherente con su arte, que pretende reproducir el sistema sin situarse fuera de él, sin ser, como es habitual en el arte político, el bueno de la película. Quizá habría sido mucho más consecuente con esa lógica rechazar el premio, pero quedarse con los 30.000 euros. Sierra debería haber seguido la máxima, menos ética –él nunca lo ha sido– de “coge el dinero y corre.”

[Publicado en La Razón, 112/11/10]

Comentario:

Cuanto más lo pienso, más claro tengo que el rechazo no ha sido consecuente con su obra.Pero no pienso, como muchos, que también debería haber rechazado el trabajo en el Pabellón de la Bienal (aunque como él mismo ha observado se trataba de un trabajo –remuneración– y no de un premio), sino que debería haber aceptado el dinero del Ministerio. Aceptar el dinero no significa –como él sabe– aceptar las condiciones. Lo que no puedo comprender de ninguna de las maneras es que Sierra haya caído en algo tan burdo y fácil como la identificación entre gobierno y poder, y diga, sin sonrojarse, frases como: "nunca daré la mano a cómplices de la barbarie bancaria y militar". ¿Desde cuándo el mundo del arte, del que Sierra participa vorazmente, está alejado de esos lugares de poder que contribuyen a la barbarie? Ya en los años setenta artistas como Robert Morris se dieron cuenta de que el arte era cómplice de la guerra y la barbarie, que el artista no era alguien puro, sino una parte más dentro del sistema. Yo había pensado –y por eso la obra de Sierra me interesa– que Santiago era consciente de esta impureza, que sabía que no hay un afuera desde el que se pueda hablar con las manos limpias. Pero ahora resulta que nos ha salido ético y puro. Quizá eso, desde un punto de vista social, habría que valorarlo (un no bajarse los pantalones ante el reconocimiento), pero desde luego no es nada consecuente con su obra, al menos tal y como yo la he entendido. La carta enviada es de una ingenuidad absoluta. Quiero pensar que se trata de una performance perversa y que está jugando con todos nosotros. De lo contrario, ese reclamo de la postura ética y la integridad moral –viniendo de un artista como Sierra, al que admiro profundamente– me retuerce por dentro.

13/11/10

El lenguaje herido

De nuevo vuelvo a dejar de lado este no(ha)lugar. Ha sido una semana intensa, con mil cosas, pero también ha sido un tiempo para encontrarse con amigos a los que hacía tiempo que no veía. En Madrid parlamenté de Walter Benjamin en el Congreso de estética y creo que más o menos la cosa salió aceptable. Volví a ver allí, aunque fuese de refilón, a algunos colegas. Al final, esto de los congresos es una excusa para volver a encontrarse. Cada vez es lo que más me importa, la afectividad, el encuentro con amigos, el estar rodeado, aunque sea momentáneamente, de buena gente.

De Madrid a Barcelona, y de Walter Benjamin a José Luis Brea. Esto ha sido mucho más difícil. De hecho, creo –estoy convencido– que es la conferencia más difícil que he dado en mi vida. ¿Cómo hablar sobre un amigo y un maestro? ¿Y cómo hacerlo articulando la distancia que posibilite la enunciación? Difícil. He comenzado con valentía, entrando con un texto poético sobre la distancia y la potencia del lenguaje, creyendo que así, de algún modo, con el texto, sin mirar nunca a nadie a los ojos, podría aguantar. Pero conforme avanzaba en la lectura, conforme levantaba la vista, conforme era consciente de que estaba hablando de alguien tan cercano como José Luis, he sentido progresivamente el peso de lo real, y las palabras han ido desarticulándose, el lenguaje ha comenzado a espesarse y apenas he podido balbucear algunos de los argumentos que quería exponer. Las palabras –aquellas que había escrito y repasado– se han vuelto extrañas, y mi propio lenguaje se me ha demostrado como ilegible. He pasado en un día de la elocuencia y la solvencia al hablar de Benjamin al balbuceo y el tartamudeo al hablar de Brea. Ni siquiera en las preguntas o en los comentarios me he sentido a gusto. Era como si el lenguaje no me perteneciese. En todo momento me he visto desde fuera, como si el cuerpo que hablaba y se enredaba una y otra vez en las mismas cosas no me perteneciese. Incluso después, incluso ahora, sigo sin dar del todo el habla. Es extraño, tremendamente extraño. Desde luego, me he dado cuenta de que aún no estoy preparado para hablar sobre ciertas cosas, y que la distancia aún es imposible. Como decía en la charla, en el combate entre el lenguaje y la experiencia, la palabra siempre queda herida. La mía ha sido hoy una palabra tambaleante, sangrante, enmudecida, que ha querido proclamar una y otra vez la admiración y la amistad, y que lo ha hecho, pero no a través de la elocuencia, sino del balbuceo de un niño.

A pesar de todo, ha sido un día muy importante. Hablar de José Luis es difícil, pero sobre todo es necesario. Por eso hay que agradecer la magnífica iniciativa de la Asociación Catalana de Críticos de Arte. Hay que comenzar a intentar poner las cosas en su sitio, a tomar consciencia del alcance de sus propuestas, de la belleza de su lenguaje, de la potencia de su discurso, del verdadero lugar que ocupa en la historia de las ideas, en la teoría de la cultura. Brea ha sido nuestro Benjamin. Como sugería Pep Agut, pertenece sin duda a la estirpe de estos grandes pensadores. El tiempo nos irá dando la razón.

Por otra parte, estos días, he vuelto a leer sus textos y me he dado cuenta de que estaban llenos de ideas que yo había creído mías. Sabía que mi modo de entender el arte y el mundo era deudor en muchos aspectos de su obra, pero no sabía en qué medida. Y me he sorprendido al encontrarlo ya todo allí de un modo u otro. Cosas incluso que yo creía que eran creencias subjetivas totalmente particulares. Es como si los detectives de Inception las hubiesen puesto en mi cabeza y yo las hubiese in-corporado. Esto me frustró en un primer instante –al mismo tiempo que hizo crecer mi admiración–, pero en seguida comencé a comprender que esa es la magia del pensamiento, el modo en el que las ideas viajan, se transmiten, casi como un virus, se incorporan, se transforman y se metabolizan, convirtiéndose en verdadera potencia de transformación, en fuerza de acción. Estoy seguro de que cuanto más lea sus textos más cuenta me daré de que las ideas que he metabolizado estaban ya –de un modo otro– en su pensamiento, y en su escritura. Creo que aún no somos conscientes de todo el trabajo que nos ha legado y sobre el que debemos seguir trabajando, volviendo a leer, volviendo a comprender, volviendo a llegar a ese lugar que siempre está llegando. Nuestra tarea debería ser, de algún modo, la de "comenzar a llegando".

4/11/10

Columna SalonKritik. Tiempo-cero/experiencia-cero.

[Originalmente en Salonkritik]

Toda producción cultural está sometida a una lógica del tiempo que le retira a medio plazo su fuerza transformadora, absorbida por el sistema general de organización de los mundos de vida –en tanto forma institucionalizada. […] Es necesario transformar radicalmente la forma contemporánea de la cultura si se pretende que recupere su poder simbólico, de organización y transformación de los mundos de vida. Es tarea del programa crítico combatir con todas las armas posibles el proceso de sistemática banalización y depotencialización simbólico de la cultura. -José Luis Brea.

Últimamente, se compara una y otra vez la literatura con las artes visuales. Este nuevo y remozado Ut pictura poesis está, sin duda, dando lugar a uno de los debates más fructíferos del panorama teórico contemporáneo. Partiendo de esa relación creciente, en este breve texto quisiera llevar el debate otro aspecto en el que la comparación que también podría resultar interesante: la experiencia de la lectura de la obra literaria y la experiencia de la contemplación de la obra visual. La tesis que me gustaría defender aquí, es que en el mundo contemporáneo estos dos niveles son totalmente incomparables, pues mientras que seguimos leyendo los libros, hemos dejado ya de contemplar –de leer– las obras de arte. Como digo, aún seguimos leyendo libros, entendiéndolos mejor o peor, pero completando un proceso de lectura que, por lo general, es el requerido por el autor. Aunque ninguna lectura satisface la expectativa del autor –y aquí deberíamos aludir a la estética de la recepción y a las nociones de lector ideal–, y aunque, por supuesto, cada lectura está condicionada por un contexto y una historia, y hay lecturas más informadas que otras; aunque todo esto ocurra en el ámbito de la literatura, hoy a nadie –a muy pocos, la verdad– se le ocurre decir que ha “leído” un libro, y menos hacer una crítica literaria, si tan sólo lo ha hojeado por encima. Esto, que no es sino de sentido común, apenas sucede en el ámbito de las artes visuales, donde el tiempo requerido para la contemplación de la obra es mayor que el tiempo del que muchas veces disponemos para verla.

En un mundo saturado de estímulos y actividad, como el presente, apenas hay tiempo para ver las obras de arte con el detenimiento y profundidad que sería necesario. Si uno lo piensa bien, la experiencia que tenemos en un museo, en una bienal, en una exposición de arte, se parece mucho más a la experiencia de hojear un libro que a la experiencia de leerlo. Llegamos a la exposición, deambulamos entre las obras y, con las mismas, salimos hacia otro lugar. Eso recuerda bastante a lo que uno hace en una librería ante la mesa de novedades. Mira la portada de un libro, lee el título, si le interesa algo, lee la contraportada y la solapa, en ocasiones incluso lo abre y lee la primera frase, y hasta puede llegar a leer un fragmento o alguna página que otra si dispone de tiempo. Esa experiencia ante el libro, por supuesto, no es la experiencia de la lectura. Si uno tiene verdadero interés en el libro, lo compra y lo lee en casa con tranquilidad. Lo que ocurre en gran parte de las exposiciones de arte contemporáneo –pero también de arte en general– es que ese segundo momento después de hojear el libro, el momento de lectura, no existe o progresivamente ha sido suprimido por un déficit de tiempo. Evidentemente, estamos ante diversos modos de existencia de los objetos –modos alográficos y autográficos en el sentido propuesto por Gerard Genette– y no podemos llevarnos la obra de arte a casa –aunque cada vez más esto sea puesto en cuestión con el vídeo y otros formatos artísticos en los que lo autográfico es ya apenas un residuo fantasmático de un tiempo que ya no es el nuestro–. Como digo, no se trata de que no leamos la obra porque no podamos llevarla a casa sino porque no tenemos tiempo material para hacerlo. Se ha comprobado de varias maneras que el tiempo medio que uno está ante una obra de arte no es superior a los dos minutos, llegando a los diez en los casos extremos, y al mero vistazo, la ojeada, en la mayoría de las ocasiones... Seguir Leyendo

1/11/10

Recordación

Por la noche soñó que lloraba. A la mañana siguiente, las lágrimas le habían tapiado los ojos, y ya nunca más pudo despertar.

30/10/10

Paranoia artística (¿Arte o cosa? II)

La semana pasada hablaba aquí de lo fácil que es confundir el arte contemporáneo con cosas que no son arte. Esta semana me gustaría seguir reflexionando sobre esta cuestión, pero moviéndome hacia el otro extremo: el de las cosas que no son arte y que sin embargo pueden parecerlo. La cantidad de eventos artísticos que están teniendo lugar en Murcia en las últimas semanas parece haber provocado en muchos murcianos una especie de paranoia artística que les hace ver obras de arte por todos lados. Ya son bastantes los que han confundido cosas tiradas por el suelo con instalaciones, o mendigos durmiendo con performances, aunque quizá lo más llamativo fue lo sucedido a algunos visitantes extranjeros de Manifesta, que, al pasar por delante del juzgado y ver allí la que había montada en torno al concejal Berberena, creyeron que todo se trataba de una gran performance y estuvieron un buen rato esperando a ver qué sucedía.

Que estas cosas nos ocurran a los aficionados al arte, que estamos algo sugestionados, todavía tiene pase. Pero lo verdaderamente extraño es que la paranoia haya llegado a otro tipo de sujetos que nada tienen que ver con el entorno artístico. El otro día, sin ir más lejos, escuché a dos policías una conversación que jamás habría creído posible en Murcia. Ante un coche mal aparcado cerca del Antiguo Edificio de Correos, un agente le preguntaba al otro: “–oye, ¿tú sabes si esto es alguna performance de esas?” “Que yo sepa, no”, le respondió el otro. “Pues entonces se va a comer una multa del quince”. Es curioso, pero parece que se nos ha despertado una nueva manera de mirar a lo que nos rodea. Y bien pensado, esa es la pretensión del arte moderno desde un principio: mirar de nuevo al mundo para habitarlo de un modo diferente.

Santiago Sierra, Obstrucción de una vía con diversos objetos, Limerick, Irlanda, marzo de 2000.

[Publicado en La Razón , 29/10/2010]

29/10/10

Estados semanales

De un tiempo a esta parte, con esto del microbloggig FTT (facebook, twitter y tuenti) ya casi no escribo aquí. La vida semanal se puede resumir en estados de facebook. Triunfo de lo infraordinario –Perec dixit–:

- Después de toda una vida utilizando Office by the face, por fin he comprado una copia legal. La versión 2011 de Mac. Me da hasta no se qué abrir la cajita amarilla. Por primera vez, voy a acabar un texto en software legal. Hasta ahora todos mis escritos han sido piratas.

- Mira que yo soy merengue con ganas (defectos que tiene uno), pero en estos casos ni el corazón dividido ni nada: murcianista hasta la médula. Qué alegría más grande nos han dado los chavales. Y qué cabreo más grande tienen que tener los chicos maravilla.

- Adiós al pulpo Paul. No sabemos si supo predecir su muerte. Ahora habrá que rescatar a Paco Porras del olvido y acostumbrarse a no pasar de cuartos.

- Fantástico el Tricicle. Hacía tiempo que no me reía tanto. Garrick es un espectáculo redondo. Y los últimos sketches en homenaje a los treinta años son de romperse el estómago riendo. Y sin decir ni pío.

-Hoy en clase he hecho el peor chiste de mi vida. Hablando sobre el expresionismo alemán: Sí, Die Brücke... como Jesulín.

-Intentando poner orden en el caos a lo Indiana Jones: en busca del "arjé" perdido.

-Chuck Norris se da de baja de Vodafone con una sola llamada.

- Acabo de jubilar mi viejo iMac blanquito. Se había vuelto perezoso y lento. El nuevo es más rápido y potente, pero yo siempre echaré de menos su blancura minimalista y seductora. Bye bye my dear.

24/10/10

¿Arte o cosa?

La semana pasada escribía aquí que para ver el arte contemporáneo es necesario aprender los códigos con los que está realizado y conocer el mundo que rodea a las obras, que ya no nos vale con la mirada, y que a una obra de arte hay que hacerle una serie de preguntas que nos dan la clave de su significado: por qué, cómo, de dónde, con qué intención… Si no hacemos eso, corremos el riesgo de que confundir las cosas. Y escribo esto porque esta semana alguien ha colado una obra de arte “falsa” en Manifesta. Me he podido enterar gracias a la foto de un amigo en Facebook. Pero lo que me ha sorprendido no es que la artista, Flora Debord (nótese la alusión situacionista), colase la obra, sino que alguien se percatase de ello. Según me cuentan, fue uno de los guardias de seguridad quien lo advirtió: aquello no le sonaba demasiado. Un diez para él. Yo no me habría dado cuenta. Y es que en el mundo del arte contemporáneo cualquier cosa puede llegar funcionar como obra de arte. Pero que algo pueda funcionar como arte en un contexto y una situación determinada no tiene nada que ver con que sea mejor o peor. Y esto es fundamental: debemos comenzar a manejar una definición neutra del término arte y a quitaros de la cabeza esa idea según la cual al nombrar a una cosa como arte le damos una serie de valores y cualidades superiores al resto de las cosas. Estamos aquí ante dos sentidos que a veces se confunden: uno clasificatorio y otro evaluativo. Decir de algo que es arte es clasificarlo dentro de una categoría de cosas. Decir que es mejor o peor es entrar en el ámbito del juicio crítico. Y para eso hay que pedirle a la obra los papeles.

[Publicado en La Razón, 22/10/10]

17/10/10

Saber ver

Estos días son muchos (varios miles ya) los que se acercan a ver las obras expuestas en las numerosas sedes de Manifesta. Hay algunos que sólo van a ver los espacios recuperados (como el antiguo edificio de Correos o la Prisión de San Antón), pero la mayoría llega para contemplar las obras que allí se exhiben. Y la sensación con la que salen bastantes espectadores es la de no entender del todo aquello que tienen delante de los ojos. Hoy me gustaría dejar claro que esta sensación de frustración, que ocurre también ante gran parte del arte contemporáneo, se debe esencialmente a una confusión respecto al arte: la creencia de que podemos situarnos frente a una obra de arte y, sin hacer ningún tipo de esfuerzo, ésta se abre inmediatamente ante nosotros. Y no es así, ni mucho menos.

Pasearse por las salas mirando las obras como quien mira escaparates, buscando algún tipo de revelación, es lo mismo que entrar en una biblioteca y dedicarse a observar los lomos de los libros. Evidentemente, uno no entiende nada. Para comprender un libro hay que abrirlo y leerlo. Y con el arte ocurre lo mismo. El problema es que, por lo general, no estamos familiarizados con el lenguaje en el que se nos habla. Pero para eso están precisamente los guías y los mediadores, para contarnos aquellas cosas que no se ven y poder así disfrutar de lo que se ve. Ése es uno de los puntos fuertes de Manifesta, la puesta a disposición del público de un gran número de herramientas educativas que ayudan (de verdad) a comprender el arte. Desde aquí animo a todo el mundo a visitar las exposiciones. Pero animo aún más, si cabe, a escuchar, a abrir los oídos, a leer, a dejarse enseñar, a volver a aprender.

[Publicado en La razón, 15/10/10]

12/10/10

Resurrección

Después de quemar la cruz, el pescador encontró entre las cenizas el esqueleto de una pequeña paloma. Del otro cuerpo no quedaba resto alguno.

10/10/10

Comenzando Manifesta

Estos días han vuelto a ser de locura. El jueves se inauguró Manifesta 8 en Murcia y, entre una cosa y otra, no he parado en casa. Aún no he podido ver todas las sedes, pero lo cierto es que me está gustando bastante lo que estoy viendo. Por supuesto, hay de todo. Hay obras prescindibles, como pasa en los grandes eventos, pero también hay obras muy buenas y proyectos realmente serios y trabajados. En las próximas semanas iré dando aquí buena cuenta de algunas de las reacciones a las obras, eventos y exposiciones.

De momento, lo único que puedo decir es que me siento un privilegiado. Con independencia de lo conveniente o no que pueda resultar este evento «en este lugar-en este momento» (eso sería otra discusión, que también podemos llevar a cabo en este no(ha)lugar), lo cierto es que, hablando desde un punto de vista egoísta, tener Manifesta en Murcia es todo un privilegio para los profesionales y los aficionados al arte contemporáneo. Pienso estos días sobre todo en los alumnos de Bellas Artes que acaban de comenzar la carrera y se encuentran, así de sopetón, con un «monstruo» como Manifesta en su Región. Probablemente aún no sean conscientes de lo que eso significa, pero tener tres meses para ver obras, para asistir a seminarios y conferencias, para observar de cerca una bienal de arte importante... es una oportunidad que nadie debería perderse. Ningún aficionado al arte, ningún estudiante de Historia del Arte, ningún artista, ningún galerista, ningún profesional del mundo del arte de la Región debería dejar pasar de lado el evento. Y todos deberían intentar sacar ventaja de esto, aprovechar al máximo la situación (cada uno en su ámbito). Espero que sea así. Aunque tengo, por supuesto, mis dudas. En Murcia, mover a la gente de su sillón es algo que cuesta horrores. A mucha gente (a muchos «profesionales», digo) todo se la trae al fresco. Y lo que puedan venir a decirles artistas de fuera les interesa tres pepinos. Abundan aquí los agoreros, los descontentos con todo, los que, por supuesto, antes de ver nada, ya están en contra de todo. A ellos incluso yo les diría que no dejen pasar la oportunidad, que tener un evento de este calado en una ciudad como Murcia es algo que sucede muy pocas veces (por no decir que probablemente ninguna más).

2/10/10

Regresando a la actividad

Con el comienzo de las clases, todo se ha ralentizado. Ha comenzado la vida social y, muy a mi pesar, he tenido que salir de la madriguera. Inauguraciones, conferencias, exposiciones... vamos, trabajo, que me ha apartado de mi pequeño paraíso artificial de lectura y escritura. Desde hace una semana no he podido apenas leer una novela. La última que acabé fue Mi amor desgraciado, de Lola López Mondéjar (Siruela). Me encantó. Una novela terrible que cuestiona y pone en jaque las ideas sobre el amor materno y los límites entre el odio y el amor. En cuanto tenga tiempo haré una reseña como Dios manda. Pero ahora, todo se ha acelerado de nuevo, aunque yo intento mantenerlo ralentizado.

La novela está abandonada ya casi dos semanas. Otros compromisos de escritura me requieren. Escribir sobre la ética del comisariado para una importante revista internacional me está quitando el tiempo que tenía dedicado a mi entretenimiento. Ahora me he tenido que volver a poner con textos clásicos de ética y aplicarlos a la labor del comisario transcultural. Pero estoy disfrutando. Sobre todo me está fascinando de nuevo Simon Critchley (La demanda infinita. La ética del compromiso y la política de la resistencia). Es un texto lúcido, claro y posicionado. Se podrá o no estar de acuerdo con él (yo de momento lo estoy), pero lo cierto es que Critchley mantiene una posición clara respecto a la ética y a la política. Por otro lado, también conferencias y comunicaciones varias me llevan por otros temas a los que ya estaba tardando en volver. En breve recuperaré a Benjamin y retomaré mi investigación de Williamstown, que se había quedado en el aire durante el verano.

Aunque lo que más me atrae ahora es de nuevo la música. Hace dos semanas me lié la manta a la cabeza y acabé comprándome un sintetizador Korg M50. Siempre había soñado con tener algo así. Y como últimamente, siempre que puedo, no me privo de los sueños e intento no dejar las cosas para otro momento (no vaya a ser que no llegue), pues decidí hacerme con mi soñado objeto de deseo. Aunque intento que no me coma todo el tiempo, lo cierto es que es una maravilla y que se me van las horas frente al teclado intentando hacerlo funcionar (cosa que no es, ni mucho menos, fácil).

Ahora me ha dado por la música electrónica. Y, con un amigo, nos hemos enfrascado en un proyecto musical: B-Clara (no me preguntéis de dónde viene el nombre que no lo sé). De momento sólo hay un tema producido (I cry), raro de narices, y varios por venir. Y la verdad que es con lo que más disfruto (junto, claro está, a esa novela que cada vez más se queda sin tiempo de escritura). Hace dos semanas el tema sonó en La Yesería, uno de los bares por los que ciertos jueves nocturnos me dejo caer, y la emoción que sentí al ver que la gente lo bailaba y sobre todo no se percataba de que aquello no pertenecía a la secuencia lógica de canciones allí programadas (The Ting Tings, Jamaica, etc.) fue indescriptible.

Y el lunes comienzo de nuevo la esgrima. Después de casi tres años de parón, vuelvo a las pistas a servir de sparring y de blanco evidente para los tiradores de Murcia. Pero no me importa perder aquí. Lo importante es, más que nunca, participar y llegar a casa lleno de cardenales. Eso sí, la broma me ha salido por un pico, porque después de tres años he tenido que comprarme de nuevo la equipación. Ocho tallas menos de chaqueta y 6 de pantalón, las correspondientes a los 35 kilos que he perdido estos últimos años. Espero que con esa pérdida de volumen y, en consecuencia, de superficie de estocada, pueda mejorar mi mejor marca y salir del último puesto de la federación regional, que mantengo a mucha honra.

28/9/10

Antropologías estivales

Una de las cosas que más voy a echar de menos de este verano que se ha ido son, sin duda, algunos programas de televisión como “Ola, Ola” (Cuatro) o “Arena Mix” (Antena 3), verdaderos estudios antropológicos acerca de la fauna que puebla las playas y los lugares de vacaciones durante los meses de calor. Aunque es posible imaginarse lo que va a aparecer por la pantalla, la realidad supera siempre con mucho las expectativas creadas, y enseguida le entra a uno la vergüenza ajena, que afortunadamente culmina en un distanciamiento crítico necesario para no borrarse definitivamente de la especie humana. Entre las cosas más sorprendentes está lo que podríamos llamar “pulsión de desfase”, una suerte de tendencia a mostrar una alegría desbocada y una sobreactuación desmedida en el momento en el que aparece por algún lugar una cámara de televisión. La entrada en escena de la cámara pone en juego el desfase más absoluto, haciendo que todo el mundo se “salga de madre”, como si tuviera que exteriorizar toda la diversión que supuestamente está dentro de su cuerpo. Una diversión que, por lo general, se traduce en una pulsión sexual extrema, de modo que, ante la cámara, se producen toda clase de stripteases improvisados, restregones obscenos, convulsiones corporales peligrosas y lengüeteos varios sólo recomendados para mayores de dieciocho años. Movimientos rituales todos acompañados de cánticos rituales del tipo: “uuuuuu” o “fieesstaaaaa”, pronunciados a modo de mantra para afirmar que la diversión y las vacaciones son una liberación. Un grito y un ritual que, bien pensado, más que conjurar el duende del buen rollo, pretende, sobre todo, alejar los malos espíritus del trabajo y la rutina. Espíritus que, por mucho que a uno le pesa, ya nunca más podrán ser expulsados del cuerpo.

19/9/10

El tiempo es más antiguo que la luz

Sostiene Enrique Vila-Matas que hay escritores de libros y escritores de obra. Los primeros crean textos singulares e independientes que pueden ser considerados de modo autónomo, libros que, en cierta manera, son como monumentos que se valen por sí solos, con independencia incluso del autor que los creó. Los segundos, entre los que él se incluye, van configurando poco a poco un discurso que va creciendo libro tras libro, de modo que cada uno de los textos, aunque evidentemente pueda ser leído de manera independiente, cobra su sentido último y obtiene su verdadero valor en la secuencia que ocupa en la producción del escritor.

Esta tipología de escritor se parece mucho a la del artista contemporáneo, que ya no ejecuta obras maestras, sino que crea una obra a partir de una trayectoria, elaborando y haciendo crecer un discurso, trabajando unas preocupaciones e intentando resolver unos problemas que él mismo se ha dado.

Sin lugar a dudas, Ricardo Menéndez Salmón pertenece a la categoría de escritores de obra más que los escritores de libros. Y su última novela –por llamarla de alguna manera– sigue ahondando y asentando el que es uno de los discursos narrativos e intelectuales más sólidos de la literatura contemporánea.

Un gran número de reseñas sostiene que La luz es más antigua que el amor cierra la llamada trilogía del mal (compuesta por La ofensa, Derrumbe y El corrector) y abre su escritura hacia otros lugares. Sin embargo, yo entiendo que este libro continúa y expande las preocupaciones centrales de Menéndez Salmón desde sus inicios en la escritura. Los temas de la última novela ya están presentes, de alguna manera, en La filosofía en invierno, donde también juega con la estructura temporal, o en Panóptico, donde la cuestión de los límites entre locura y conocimiento –locura y arte ahora– son explorados de manera magistral. Y el tratamiento, a medio camino entre el ensayo y la novela, también ha estado presente desde un principio en la escritura de Menéndez Salmón, que ha intentado borrar las fronteras entre la narrativa y la filosofía, dando lugar a una escritura que proporciona conocimiento acerca del mundo. Una episteme narrativa o –mejor– emocional que lleva el conocimiento al ámbito de la experiencia y, alejándo de la neutralidad y frialdad –siempre ficticias– del ensayo, lo transmite a través de las emociones.

Esto es posible advertirlo desde sus primeras obras, se desarrolla de modo magistral en El corrector y ahora llega a su estado más avanzado. No extrañaría nada que los próximos libros de este autor directamente caigan del lado del ensayo, aunque cada vez más lo que sea ensayo o novela, depende mucho más del contexto de publicación que del propio texto. Parece que hoy lo único que nos vale es una definición institucional: «novela es lo publicado dentro de una colección de novela». Ese contexto es el que, de algún modo, condiciona la lectura y proporciona las claves para la experiencia de la obra.

Si atendiésemos a esta definición, La luz es más antigua que el amor es una novela, pero tan sólo por el hecho de ser publicada en una colección rodeada de otras novelas –esa es quizá la misma razón que obras como las de Eloy Fernández Porta sean ensayos y no novelas–. Aunque quizá las razones que mantienen a este libro en el ámbito de la novela sean, como se ha apuntado más arriba, el dominio de las emociones, la capacidad para erizar el vello de la nuca o para hacer que el estómago se encoja.

La manera en la que el autor trabaja la relación entre la realidad y la ficción enriquece y problematiza la lectura y la supuesta asunción pasiva del conocimiento, apostando por una puesta en suspenso de la certeza de lo contado que activa al lector, y que lo pone en todo momento bajo sospecha. A esa activación contribuye también la estrategia metaliteraria, que a su vez introduce una dimensión afectiva y cercana al relato que dialoga con maestría con la dialéctica de las distancias que articula a lo largo de la obra.

Como quiera que sea, lo cierto es que, tras la lectura de este libro, uno tarda bastante para quitarse de la cabeza a De Robertis, al Rothko, a Semiasin y, por supuesto, a Bocanegra, el escritor que está en el origen de todo.

El libro me interesa especialmente porque se adentra en el territorio del arte
y plantea una serie de cuestiones de primer orden que siguen preocupando a los estetas y a los teóricos y a las que Menéndez Salmón propone una solución narrativa.

La belleza, la locura y el sentido del arte como contrapartida a la miseria del mundo se plantean como problemas centrales. El arte es visto como una especie de lugar para la resistencia, como lugar de la belleza ante la miseria, pero también de la humanidad ante lo inhumano. Esto nos conduciría a Lyotard (sus "lecciones sobre la analítica de lo sublime" y "Lo inhumano") y a la concepción de belleza inexpresable que es, según él, la esencia de la pintura moderna (él tenía en mente a Barnett Newman, pero también a toda el expresionismo abstracto y a la abstracción en general como procuradora de un visible para lo visible). Una esencia sublime que, como bien muestra el escritor, está más allá de un período concreto del arte y se encuentra –si uno busca bien– en el fondo mismo de anhelo del artista desde los inicios del arte. El dar forma al caos preservando en la forma algo del caos, conteniéndolo y no eliminándolo del todo.

En el libro también se plantea con gran lucidez la relación entre el arte y el poder, y los diversos tipos de censura (la física, que tacha el lienzo; y la inmaterial, que intenta tachar la creatividad). Problemas que nunca cambian y que se perpetúan en el tiempo.

Pero entre todas las cuestiones que plantea el libro, sin duda la que más me ha llegado en estos momentos (quizá porque es en lo que trabajo ahora a nivel académico) es la profunda reflexión sobre la temporalidad, que está en el título, en la estructura, pero también en la manera en la que se imbrican y entrelazan los problemas y los argumentos.

Hay un momento en el que el autor sugiere que Semiasin, el pintor del siglo XXI, se consideraba contemporáneo de artistas de otra época, que está más cerca de De Robertis o de Andrei Rubliov que de sus los artistas con los que comparte cronología. O también describe a De Robertis como un pintor que está fuera de su tiempo. Ese no habitar el tiempo de uno para Agamben es el sentido central de lo contemporáneo. Ser contemporáneo es salirse del quicio del tiempo.

Este sentido del tiempo trastornado, arrugado y vuelto del revés sobre el que trabaja el libro entra de lleno en uno de los problemas centrales de la teoría y del arte en nuestros días: las maneras de articular el tiempo. ¿De quién somos contemporáneos? ¿Cómo hacer una historia del arte más allá del tiempo lineal, cuyo relato se ha roto en mil pedazos?

Mientras leía el libro, no sé por qué, me venía en todo momento a la cabeza la obra de Georges Kubler (La configuración del tiempo), que ahora comienza a ser de nuevo rescatada, pero tampoco podía olvidar a Aby Warburg y su temporalidad en espiral. Y sobre todo Benjamin y Bloch, y las pervivencias e interrupciones del tiempo.

Me parece este libro un ejemplo práctico, literario, de muchos de los conceptos que manejan historiadores del arte como Georges Didi-Huberman (con su historia del arte anacrónica) o Mieke Bal (con su historia preposterior y trastornada). No sé si de modo consciente o inconsciente, Menéndez Salmón ha entrado a cuchillo en uno de los temas candentes de la reflexión sobre la disciplina. Y creo que ha salido más que airoso.

No sé si es el mejor libro de Menéndez Salmón. No sabría decirlo. Superar La ofensa debe ser algo muy difícil. Pero realmente eso no importa tanto. El libro es un piso más del edificio que el autor pretende construir. Menéndez Salmón sube un peldaño y da otra vuelta de tuerca a los problemas que ya había planteado en sus otras novelas. No creo, sinceramente, que esté más allá de la trilogía del mal, ni que sea un punto y aparte en su obra. Y no sé ni siquiera si será un punto y seguido. Me parece que es simplemente una pieza más. Una pieza lograda, magistral, ineludible, imprescindible. Una pieza sin la que el edificio que seguirá construyendo en libros venideros Menéndez Salmón no podrá sostenerse.

15/9/10

Cóctel de libros

Recupero, poco a poco, la normalidad lectora. Después de un verano compulsivo, ahora las cosas ya van más lentas. La rentrée al trabajo ha venido con exámenes varios y algún que otro texto que debía entregar. Aun así, he podido leer alguna cosa estos días.

Sin duda, la joya es La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral). Un lujo de libro que me ha tocado y conmovido por varias razones (personales y académicas) que contaré con detenimiento en un próximo post. Dedicaré a este libro una reseña extensa en unos días.

También leí Brindis, de Ismael Grasa (Xordica). No dije nada aquí. Pero me parece una novela redonda. Supuestamente simple, pero sutil y equilibrada. Cayó, asímismo, Pantanosa, de Francisco Miranda Terrer (Libertarias), una novela generacional que a los murcianos nos resulta entrañable y curiosa, aunque no sé si tanto para los lectores de otros lares. Seguí ahondando en Philip Roth, y después de Sale el espectro, que me pareció magistral, en medio de una "sesión remember", leí El mal de Portnoy, otro ejemplo de buen hacer y sabiduría narrativa. Un clásico moderno. Regresé a Houellebecq y revisité Ampliación del campo de batalla, y me resultó mucho más floja y débil que Plataforma (hasta el momento, para mí, lo mejor que ha escrito).

Volví momentáneamente la vista a la juventud y leí Zumbido, de Juan Sebastián Cárdenas (451). No me desagradó. Pero desde luego no llegó a dejarme k.o. y perturbarme como lo hizo La ciudad en invierno, de Elvira Navarro (Caballo de Troya). Había leído este libro con mucha premura cuando Elvira vino a Murcia, y tenía pendiente leerlo como Dios manda. Y caí rendido a sus pies. Acabé la lectura desconcertado y con una sensación de desasosiego como he tenido pocas veces.

Por cosas que tienen que ver con lo que estoy escribiendo ahora (para espiar fórmulas y soluciones), desfilé momentáneamente por Murakami. No había leído aún Tokio Blues. Y no recuerdo haberme saltado tantas páginas de seguido en una novela en mucho tiempo. Esto sí que lo vi ñoño y sin fuerza hasta decir basta. Si Al sur de la frontera al oeste del sol era un pastel, esto es una inmersión en el azucar y en lo empalogoso. Me gustó, en cambio, After Dark. Creo que es, con diferencia, lo que más he disfrutado del japonés.

Y hablando de azúcar y pastel, casi de carambola cayó en mis manos Castillos de cartón, de Almudena Grandes. Y de esto, para quedar bien, mejor no hablo. Hay que leer de todo. Es cierto. Y todo está permitido. Pero a veces el Mujer Hoy resiste mejor el análisis literario que alguna que otra obra de amoríos estudiantiles.

Creo que por ahí se me escapa algo más. Ah, por supuesto. He disfrutado, he aprendido y me he reído como hacía tiempo con €(R)0$. La superproducción de los afectos, el ensayo de Eloy Fernández Porta. Creo que es de las cosas más lúcidas que se han escrito en nuestro país sobre la sociedad postindustrial y el capitalismo avanzado, o emocional. Esperándome está la Pornotopía, de Beatriz Preciado. Seguro que, para variar, tampoco me decepciona.

Y ahora tengo la mesita llena. Iré poco a poco acabando lecturas. Allí están, por orden de depósito: La carte et le territoire, de Michel Houellebecq (Flammarion), Mi amor desgraciado, de Lola López Mondéjar (Siruela), La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré (DVD), Metamorfosis, también de Ferré.

Y, por supuesto, mi última adquisición, la de esta mañana, Perder teorías, lo último de Enrique Vila-Matas (Seix Barral). Intuyo que esta misma noche, este librito adelantará por la izquierda a todos los demás y caerá de una sentada –bueno, de una acostada–. Recuerdo con especial cariño la noche en que escuché parte de la conferencia que está en el origen del texto. Una noche que, en adelante, y por razones que me abstengo de revelar, fue conocida como la noche del "candidatu único".

13/9/10

Columna SalonKritik. Ideas infectadas

We Never Sleep. Ideas infectadas - Miguel A. Hernández-Navarro

A José Luis Brea, in Memoriam

“Si puedo ver el mundo más allá de mi desaparición, es que soy inmortal”
Jean Baudrillard

[Nota: Mientras redactaba este texto recibí la noticia de la muerte José Luis Brea. Tras la conmoción y la tristeza, inmediatamente pensé en que debía dejar de escribir, y que hablar de imágenes, de películas o de ideas culturales no tenía demasiado sentido en un momento así. Pero después lo medité unos segundos y continué la escritura, sin modificar ni un ápice el texto, intentando hablar de imágenes… a pesar de todo. José Luis siguió hasta el último momento disfrutando del conocimiento y de la escritura. Miraba siempre hacia delante, hacia esa comunidad por venir de la que siempre habló. Pensé entonces que el mejor homenaje que podía hacerle en ese momento era continuar escribiendo el texto tal y como lo había comenzado, siguiendo el camino que él abrió. No es necesario decir nada más. José Luis habitará siempre cada palabra de las que escriba. Siempre ha sido un maestro. En la distancia y en la cercanía. Y ahora, desde el lugar sin nombre, lo seguirá siendo, para siempre.]

Jamás podrán robarnos las ideas. Es lo único que no se llevarán. Lo tienes tatuado en tu cuerpo. Pero ya has olvidado por qué lo escribiste.

Recuerda a Alex. No lo olvides. Escríbelo sobre tu cuerpo. No lo olvides. Recuérdalo sentado frente a la pantalla, con la camisa de fuerza blanca y los ojos abiertos de par en par. Centro Médico Ludovico. Recuerda también las palabras del doctor Brodsky: “La prisión le enseñó la sonrisa falsa, las manos untuosas de la hipocresía, la sonrisa obsequiosa y baja. Le enseñó otros vicios, además de confirmar los que practicaba desde hacía tiempo.”

Allí las ideas todavía no se podían robar. Escríbelo. Escríbelo en el papel, escríbelo en la pantalla y escríbelo sobre todo en el cuerpo. Porque allí el cuerpo seguía siendo el lugar de la escritura. El cuerpo domado, docilizado, adoctrinado. Los ojos seguían siendo cuerpo. La retina se espesaba. Había que humedecerla. Los ojos eran un cuerpo abyecto. Un cuerpo que quería vomitar.

Allí había imágenes, es cierto. Pero aún estaba el cuerpo. Y el cuerpo contenía su deseo. Un deseo que era necesario contener desde la imagen. Pero un deseo que siempre permanecía. Sujetado, apresado, latente, a punto de explotar en cualquier momento.

Tatúalo en algún lugar visible: “allí había cosas que aún no se podían robar.” Si el tratamiento se hizo —si Alex se expuso a la línea de aquella pantalla— fue precisamente porque había cosas que no se podían robar. Lo dijo claramente el burócrata. ¿Acaso no lo recuerdas? Había que vaciar las cárceles de delincuentes habituales y violentos. Había que vaciarlas de gente corriente que no sabía sublimar los impulsos. Eso era fácil. Sólo había que contener el deseo. Pero con las ideas no se podía hacer nada. Recuerda las palabras del burócrata: “los presos políticos son incurables. El tratamiento no es efectivo con ellos.”

Luego lo olvidaste todo. Escribiste algo sobre tu cuerpo, pero el resto lo olvidaste. Y decidiste entonces, sólo desde el olvido, que las ideas podían robarse. Decidiste que el tratamiento Ludovico era excesivo. Y que había que buscar algo más sutil. Lo escribiste en algún lugar —esta vez ya lejos del cuerpo¬—. “El tratamiento Ludovico es demasiado obsceno. Hay en él una cierta tortura. El sujeto sigue consciente durante el proceso. Luego, mantiene esa consciencia y sabe que no es dueño de sus actos.”

Continuar leyendo el texto en Salonkritik

9/9/10

JLB. El explorador y la luz

Hace ya más de una semana que perdimos a José Luis Brea y aún no he podido escribir nada en condiciones sobre él. Siento, más que nunca, que me faltan las palabras. Es algo que me ha ocurrido en muy pocas ocasiones. Pase lo que pase, siempre, al final, encuentro algo que decir. Pero en este caso me resulta muy difícil poder escribir algo con sentido. Y creo que eso le ha ocurrido también a otros muchos. Es curioso que casi todos los blogs y páginas que se han hecho eco de la pérdida, tras anunciar la noticia, ceden la palabra a Brea y adjuntan un texto suyo. Para hablar de su ausencia ha sido necesario afirmar su presencia. La presencia de su pensamiento y la intensidad de sus escritos. ‘Los últimos días’, ‘La escritura póstuma del nombre propio’, o el bello y lúcido ‘Mineralidad absoluta’ han dicho todo lo que había que decir mejor que cualquiera de nosotros.

Aun así, sabiendo que no es posible decir nada, creo que en este no(ha)lugar hacen falta ahora unas palabras sobre Brea. Lo que ocurre es que no puedo hilar el discurso. Que me pongo a escribir y me vienen al mismo tiempo recuerdos, ideas y sensaciones, y quisiera decir mil cosas. Y me cuesta trabajo ordenarlas. Y no veo otra manera de escribirlas que hacerlo tal y como vienen, de modo desordenado, una detrás de otra. Pero las escribiré. No dejaré de nuevo que se me escape la palabra. Porque los lectores de este blog tienen derecho a saber que José Luis Brea ha sido uno de los más grandes. Y que tras su muerte todos nos hemos quedado un poco huérfanos. Yo, al menos, esta semana ya he comenzado a percibir esa orfandad intelectual.

Brea era un explorador. Él iba el primero, con la linterna, explorando territorios intelectuales. Y después, lejos, muy lejos, algunos le seguían, muchos se perdían, y otros ni siquiera se enteraban de que había tierra allá donde José Luis buscaba. Como he leído en algún blog, se movía tan rápido que era muy difícil darle alcance. Llegar al lugar en el que Brea estaba era como conseguir el goce para un lacaniano, una tarea imposible, porque cuando uno llegaba allí, el objeto de deseo se había trasladado hacia otro lugar.

Brea apostó por un tipo de arte intelectual, conceptual, profundo y «no banal», un paradigma de arte sincero, no espectacular, un arte sutil y casi imperceptible. Pero un arte que él consideraba verdadero. Creo que es la persona con mejor gusto artístico que jamás he conocido. Era elegante y refinado, equilibrado, sobrio y austero.

Como ha recordado Fernando Castro, a Brea casi no se le oía. A mí me dolía la oreja cuando lo llamaba por teléfono porque hablaba tan flojito que me tenía que apretar el auricular del móvil al oído para poder escucharlo. En ese tono dulce y casi imperceptible te podía derribar un paradigma intelectual sin inmutarse.

José Luis era de los pocos que siguió creyendo en la universidad. Trabajó como ninguno buscando la excelencia universitaria, el futuro de esa institución denostada y la necesidad de que se situase como el lugar de producción del conocimiento. Frente a los museos y otras instituciones, él creyó que la universidad era el espacio del saber, el lugar de la libertad y la esperanza para el conocimiento. Quizá esa faceta fue la más invisible. Pero fue una de las más fructíferas. Pensó la educación como nadie, y trabajó en proyectos de todo tipo para mejorar el sistema educativo y promover la investigación en el ámbito de las humanidades. Los caminos que dejó indicados en ese campo deberían algún día ser recorridos.

Los libros de Brea marcan, poco a poco, la gestación de un pensamiento particular y de un posicionamiento claro y definido. Se podía estar o no de acuerdo con sus argumentos, pero era clara la postura que defendía. Ha sido uno de los pocos para los que la crítica y la escritura es un lugar, una posición, una postura. Una postura en ocasiones incómoda.

La escritura de Brea se producía siempre en el fuera de campo. La manera de analizar los conceptos, a través de un vocabulario enrevesado, complejo y a veces muy difícil de seguir hacía que muchos dijeran que era imposible entenderlo –aunque al final, con esfuerzo, era de una claridad meridiana–. Y sin embargo siempre daba en la clave. Y no se cortaba para apuntar directamente a los lugares que había que apuntar. Brea nunca se escondió. En ninguno de los sentidos. Frente a una pantalla, a un teclado, pero también frente a un micrófono, era implacable (aunque muchas veces su tono no delatase la profundidad de sus argumentos).

De entre todos sus libros me quedo con dos, Un ruido secreto y Las tres eras de la imagen. En el primero, publicado en Murcia por Mestizo a mediados de los noventa, se encuentran, a mi juicio, algunos de los textos más intensos, bellos e inspiradores que jamás se han escrito sobre arte contemporáneo. Allí están«Los últimos días», pero también está «El inconsciente óptico y el segundo obturador», o «Por un arte no banal», además de un bellísimo e inolvidable texto sobre Glenn Gould, «El espíritu de la música». Las tres eras de la imagen es su último manifiesto sobre el tema que tanto le obsesionó, la imagen. Escrito con una prosa envidiable y una pasión literaria difícil de lograr en un ensayo, el libro articula una de las tesis centrales de Brea (la de la existencia de tres registros básicos de la imagen que surgen de modo diacrónico pero que se pueden articular de manera sincrónica y entrecruzada) y sienta las bases para el estudio del fenómeno visual más allá del arte. Un texto magistral que sigue a la espera de la acogida que merece.

Creo, sinceramente, que a Brea en este país no se le ha reconocido como debiese. Ha sido uno de los más grandes. Una figura central a quien se le debe mucho. En Latinoamérica comprobé como sus textos eran considerados fundacionales. Y la gente se cuadraba y hacía reverencias cuando escuchaba su nombre, que era citado al mismo nivel que otros grandes como Jean Baudrillard o Rosalind Krauss. Allí encontré más querencia a la producción en español que en nuestro país, donde alguien que se llame José Luis correrá siempre el riesgo de ser tomado menos en serio que alguien llamado Giorgio, Jacques o Gilles.

Brea fue el presidente del tribunal de mi tesis doctoral. Recuerdo aquel día con especial cariño. Por supuesto, porque leía la tesis y me quitaba un peso de encima. Pero también porque fue intenso y divertido. Especialmente para recordar fue la larguísima intervención de Fernando Castro, que, con su sagacidad e ironía habitual, desmontaba la tesis página por página, argumento por argumento. Y luego la defensa enardecida de Brea. Fue un debate intelectual sobre la relación entre la estética y los estudios visuales. En un día caluroso de julio, Fernando defendía que aquello era estética, y José Luis, vestido por supuesto con jersey de cuello alto, sostenía que estábamos en medio de un nuevo paradigma, el de los estudios visuales. Al final no se sacó nada en claro, salvo que mi inglés (como demostré en la intervención para el Doctorado Europeo) era terrible. Pero yo me sentí muy feliz por formar parte de todo aquello.

El intento de exploración de los estudios visuales y el análisis cultural fue quizá la única aventura intelectual en la que lo seguí. Llegué ya tarde a sus otros intereses, aunque, a posteriori, y revisitados, los sigo considerando centrales. Para el CENDEAC fue un pilar básico. El impulso que dimos desde ahí (y que ojalá se siga produciendo) a los estudios visuales fue, en gran medida, gracias a él. Los cursos y encuentros en ARCO y especialmente la revista Estudios visuales, que no es sino una versión 2.0. de la célebre Acción paralela, fueron las herramientas básicas de este empujón. Y de ellos, por supuesto, José Luis era el centro pensante. Era quien guiaba las reflexiones, quien indicaba el camino que había seguir. No me pesa decirlo, me encantaba seguir sus pasos. Fue lo más parecido a un maestro, aunque fuese un maestro en la distancia. Una figura a imitar.

Realmente yo conocí a José Luis no hace tanto, creo que en 2001, en curso que organizaba con Pedro A. Cruz en la Fundación Cajamurcia. Yo estaba entonces haciendo mi tesis sobre el minimalismo, y sus investigaciones sobre el neobarroco eran esenciales para mí. Nuevas estrategias alegóricas, el libro que había publicado como resultado de sus conferencias en el Instituto de estética, había marcado mi manera de entender el arte contemporáneo. Era una visión que nada tenía que ver con lo que había leído anteriormente. Benjamin, Derrida... una capacidad de análisis profunda, y una prosa envidiable. Recuerdo (a veces recuerda uno lo más banal) el primer encuentro que tuvimos, en el taxi que nos llevaba a la sala de conferencias. Allí le mostré mi admiración y le dije que había leído su libro y que su concepto del neobarroco me resultaba básico. Él me dio ánimo para seguir trabajando. E inmediatamente, al pasar al lado de El Corte Inglés, saltó de Derrida y el parergon a lo más banal y me dijo que aquel Corte Inglés le encantaba porque se había comprado ahí unas zapatillas comodísimas que le conjuntaban con el traje. Fue la primera vez que fui consciente de que los grandes popes del pensamiento hacen otras cosas aparte de escribir. Yo tenía 24 años y Brea era mi Dios.Y allí descubrí que llevaba zapatillas y, no sólo eso, sino que dedicaba tiempo a pensar si eran cómodas o no. En cierta manera, allí descubrí su extrema y sincera humanidad. Esa humanidad que lo ha acompañado hasta el final y por la que, poco a poco, fui tomándole un cariño especial. Creo que fue en ese momento cuando aparte de al maestro, descubrí al amigo. A ese que echaré de menos, a ese que, sin embargo, ya no será posible olvidar.

5/9/10

Las últimas palabras, los primeros pasos

Siempre, al final, sus palabras. Y nada más. Y nada menos. El último escrito. Y ahí la verdad toda. Si no revelada, sí al menos presente, viva, en el latido de un piedra, en el abrazo mudo –pero inevitable– de lo mineral. Y ahí también la reverberación, que no cesa. El eco, que nos atraviesa. La voz, que permanece. Siempre en la palabra. En la palabra como cosa, en la piedra de las letras. El trazo, duro y firme, y sin embargo inmaterial, evanescente, escrito sobre la pantalla de luz, rasgando la iconostasis de lo irrefutable. La risa del cristal, sí, es cierto, pero también el duelo del pensamiento. Y no sólo dolus, sino sobre todo duellum. Dolor, tristeza, pesar, pero también batalla, guerra, combate. Una lucha entre las palabras y las cosas, entre el lenguaje y lo real, entre lo que se pierde para siempre y lo que ya nunca más se irá de nosotros.

Gracias José Luis. Por todo.

Mineralidad absoluta (el cristal se venga) - José Luis Brea

El cristal ríe –decía Smithson.

Hay toda una lógica de la producción de estructuras dinámicas que tiene en contradecir su destino aparente –en la entropía, en el devenir carente de la capacidad de obrar- su gracia. Es cierto que podemos considerar ese comportamiento avieso, contradestinal, una jugada humorística.

Acaso sobre todo en el sentido humoral: como un tender a lo líquido –también para la física del estado sólido, del –incluso diríamos- el más sólido de los estados posibles. Pongamos que se trata sobre todo de un aflojamiento de las estructuras, que hacen que todo lo que parece tender máximamente a la estabilidad, la homeostasis, la auto-contención de todo juego de fugas y derivas –conoce a la postre dinámicas de erosión o transformación interna, estructural, que lo liberan de una forma de ser que no tendría gran diferencia en su modo del no estar siendo –no devenir, no ser su propio juego del diferiri de sí, ya en cuanto al tiempo, ya en su molecularidad más propia e insistente- con la más perfecta e implacable nada.

Lo que me gusta de ese experimento interior al que incluso lo más crudo y rancio de lo que es, lo mineralógico si se quiere de una materialidad absoluta, … piensa al hacerlo -derivar, estar, fluir también. En efecto, en ese movimiento en que todo crece -¿quién puede observarlo?, decía Nietzsche- todo piensa, todo conoce, todo es conocimiento y productividad de sentido …

O pensar, quiero decir, es también esa movilidad imprevista de lo que tendería a depotenciarse hasta el absoluto, hasta el cero de la nada de pensamiento, estupidez profunda y misteriosa de lo imponderable, negra noche de un agujero oscuro en el centro de la materia.

Pero no: incluso en ese núcleo se aborta luz, chispas sinápticas que incurren en direcciones evolutivas imprevisibles –y cada una de ellas diferencia un sentido. Incluso allí –vive la negentropía, canto daliniano de la catástrofe matemática de lo material como territorio de afloramiento de un logiciel –de una presintaxis- en la propia arquitectura formal del hard, de la materialidad rala y mera –de cristal o figura relacional cualfuera, red de puntos interconectados.

Me interesa decir que ésa es la sede más extraña de un inconsciente –que también nos interpela, que también es nuestro: que también porta en sus arquitecturas –pongamos el sistema de los objetos- el testimonio y el arañazo del sentido: del querer decir que –como la trackleana cuchillada de fuego- también atraviesa y desgarra a todo aquello que en apariencia es mudo e insensible …

No sólo –entonces- un ics que nos retrotajera hacia animalidad perdida –qué innecesario salvarnos de la bestia dentro: qué escolástico y venial-, sino éste que nos trae mineralidad olvidada. Hay un ics funcionando en nuestro cuerpo sin órganos, sí, que juega la potencia de discurso de lo puro mineral, de lo material absoluto. Y él no sólo dice un saber del ser telúrico y contracenital –ese saber, el más mistérico, que responde a la pregunta primera por excelencia: por qué el ser y no más bien la nada- sino que porta al mismo tiempo la sabiduría de toda época, tal y como ella se transfiere, por la vía de la producción técnica, desde el funambulismo capcioso del juego del pensamiento –a las arquitecturas consteladas concretas en su frugalidad perecedera, asiento fugacísimo de los gestos que trasponen el pensamiento desde la territorialidad de lo psíquico desgajado de mundo … a lo puramente mundo, colonia de la tierra.

Y es un inconsciente que, en efecto, y a diferencia del animal (fundamentalmente reproductivo), es productivo. Fundamentalmente ríe, asentado en los objetos, en las materias producidas: juega siempre con el porvenir y nunca con la nostalgia rememorativa de ser lo que ya hubo sido, retenido en la pasión de su permanencia (instinto de conservación, lo llamarían) … Pero este ics enuncia sólo enuncia el sentido hacia delante: es inventivo, es acaso un inconsciente político, porque sólo siente la nostalgia de lo que no hay. Es pensamiento técnico, es la forma en que lo técnico … es fundamentalmente pensamiento, obraduría de concepto.

Ningún pensamiento que no escuche ese sonar de las cosas, ese decir el sentido que cobra cada articulación del sistema de los objetos como escenario de pregnancia del sentido, de aterrizamiento en materia de la fuerza de los conceptos, sería para siempre ciego a su propia elucidación –por perder el escenario de plasmación efectiva por excelencia de lo que se piensa, se quiere, se desea o se simboliza … en el registro en el que todo ello, cobra cuerpo. Materia. Mineralidad absoluta.

[Publicado en Salonkritik]


2/9/10

José Luis Brea, In Memoriam

Qué difícil es ahora decir nada. Mejor entonces guardar silencio. Y volver a leer lo que ya ha sido escrito. Aunque dijeras mil veces Noli me legere. Has sido siempre nuestro Ruido secreto. Y lo seguirás siendo mientras haya palabras para decirlo. Espéranos allí, tras ese tercer umbral cuya luz ya has podido ver. Aquí mañana quizá podamos escribir.

«Es así la escritura la única que posee el poder de devolver lo pasado, de rescatar el tiempo. Y, al mismo tiempo, es en ella -en la escritura- y sólo en ella donde puede constituirse un sujeto -el del narrador, al mismo tiempo autor. Como territorio de ese misterioso rescate, de ese recobramiento -que, en última instancia, es el de sí mismo: su propia producción. Sólo en este espacio de la escritura el sujeto se constituye como identidad no totalizada de acontecimiento -y sólo en la lectura y por su gracia puede el espectador, el lector, obtenerse a sí mismo como por emanación, por contaminación y simpatía, por reverberación y sintonía.

»Nada sino la escritura ostenta ese poder de recolectar en el espacio de un nombre único la dispersión de lo acontecido. Sólo en ella el pasado se muestra pleno en su presencia mantenida -y sólo en ella, por tanto, la ficción de la subjetividad encuentra consistencia. Consistencia que se regula desde la eficacia misma del signo mudo, en que la escritura se entrega como máxima y única forma de espiritualización de la materia. Es en ella donde se cumple todo poder de decir. Y este poder de decir no se refiere al sujeto, no se efectúa como vibración pletórica de su verbo, de su palabra, no como presión ilusa del sentido pleno en el recorrido de un ahora inmóvil y definitivo; sino como eficacia posterizada de la escritura en tanto pura potencia de significancias. Es sólo en ella, en la escritura como música, como signatura muda, donde la subjetividad -como eficacia plena de la materialidad absoluta- se constituye. Como espacio de conocimiento y presencia plena del tiempo en cuyo territorio más que escribirse la memoria, la autobiografía de un sujeto previo, se produce al sujeto mismo, como póstumo.

[…]

»Lo que fue, es para siempre.»

–José Luis Brea, «La escritura póstuma del nombre propio»

31/8/10

Posturas establecidas

A principios del siglo XX, Aby Warburg observó cómo a lo largo de la historia era posible atender la presencia de una serie de gestos que se repetían en las representaciones visuales. Pinturas y esculturas, con independencia de su contenido, ofrecían un catálogo limitado de actitudes y poses estereotipadas en las que se mostraba inconscientemente todo un sistema cultural. Esos gestos mínimos repetidos que en ocasiones pasan desapercibidos, y que también interesaron al psicoanálisis, hablaban de la personalidad del sujeto individual y, sobre todo, de lo que éste había adquirido culturalmente. Revelaban las ideas, las creencias, los órdenes… el complejo entramado que conforma una cultura. Los gestos y las poses nos muestran quiénes somos y dónde estamos.


Hoy esas poses reveladoras siguen vigentes. Y operan sobre todo en el ámbito de la autorrepresentación de los individuos, la manera en la cual nos presentamos ante el otro. Si uno echa una ligera ojeada a las fotografías de Facebook o de cualquiera de las redes sociales, se encontrará una serie de poses limitadas que se repiten constantemente. Las más sorprendentes sin duda son las gesticulaciones y poses pseudopornográficas de un gran número de adolescentes femeninas. No hay perfil de Facebook o Tuenti que no cuente con su típico beso con lengua (o el acercamiento “para-lesbiano”) entre amigas (el beso Madonna-Britney Spears es quizá uno de los epítomes de la serie). Una “imagen epocal” que siempre va acompañada de una miradita seductora hacia la cámara. Y es que lo importante no es el beso, sino la conciencia de representación, el mirar a cámara para que la supuesta transgresión de la norma se haga efectiva (el de Madonna y Spears es precisamente la excepción que confirma la regla; ellas son profesionales y no les hace falta mirar). Este conato de transgresión, si uno lo piensa bien, en el fondo es todo lo contrario: una afirmación de un sistema cultural regresivo en el que la mujer actúa como si fuese una fantasía masculina, mostrándose como objeto de deseo ante el ojo de un hombre, pues está claro que la cámara, aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo un objeto con un género claro y determinado. De nuevo, bajo las formas de la supuesta liberación nos volvemos a encontrar repetidos los mismos roles, las mismas actitudes, que afirman, una y otra vez, el orden establecido.

[Publicado en La Razón, 27/08/10]