13/11/10

El lenguaje herido

De nuevo vuelvo a dejar de lado este no(ha)lugar. Ha sido una semana intensa, con mil cosas, pero también ha sido un tiempo para encontrarse con amigos a los que hacía tiempo que no veía. En Madrid parlamenté de Walter Benjamin en el Congreso de estética y creo que más o menos la cosa salió aceptable. Volví a ver allí, aunque fuese de refilón, a algunos colegas. Al final, esto de los congresos es una excusa para volver a encontrarse. Cada vez es lo que más me importa, la afectividad, el encuentro con amigos, el estar rodeado, aunque sea momentáneamente, de buena gente.

De Madrid a Barcelona, y de Walter Benjamin a José Luis Brea. Esto ha sido mucho más difícil. De hecho, creo –estoy convencido– que es la conferencia más difícil que he dado en mi vida. ¿Cómo hablar sobre un amigo y un maestro? ¿Y cómo hacerlo articulando la distancia que posibilite la enunciación? Difícil. He comenzado con valentía, entrando con un texto poético sobre la distancia y la potencia del lenguaje, creyendo que así, de algún modo, con el texto, sin mirar nunca a nadie a los ojos, podría aguantar. Pero conforme avanzaba en la lectura, conforme levantaba la vista, conforme era consciente de que estaba hablando de alguien tan cercano como José Luis, he sentido progresivamente el peso de lo real, y las palabras han ido desarticulándose, el lenguaje ha comenzado a espesarse y apenas he podido balbucear algunos de los argumentos que quería exponer. Las palabras –aquellas que había escrito y repasado– se han vuelto extrañas, y mi propio lenguaje se me ha demostrado como ilegible. He pasado en un día de la elocuencia y la solvencia al hablar de Benjamin al balbuceo y el tartamudeo al hablar de Brea. Ni siquiera en las preguntas o en los comentarios me he sentido a gusto. Era como si el lenguaje no me perteneciese. En todo momento me he visto desde fuera, como si el cuerpo que hablaba y se enredaba una y otra vez en las mismas cosas no me perteneciese. Incluso después, incluso ahora, sigo sin dar del todo el habla. Es extraño, tremendamente extraño. Desde luego, me he dado cuenta de que aún no estoy preparado para hablar sobre ciertas cosas, y que la distancia aún es imposible. Como decía en la charla, en el combate entre el lenguaje y la experiencia, la palabra siempre queda herida. La mía ha sido hoy una palabra tambaleante, sangrante, enmudecida, que ha querido proclamar una y otra vez la admiración y la amistad, y que lo ha hecho, pero no a través de la elocuencia, sino del balbuceo de un niño.

A pesar de todo, ha sido un día muy importante. Hablar de José Luis es difícil, pero sobre todo es necesario. Por eso hay que agradecer la magnífica iniciativa de la Asociación Catalana de Críticos de Arte. Hay que comenzar a intentar poner las cosas en su sitio, a tomar consciencia del alcance de sus propuestas, de la belleza de su lenguaje, de la potencia de su discurso, del verdadero lugar que ocupa en la historia de las ideas, en la teoría de la cultura. Brea ha sido nuestro Benjamin. Como sugería Pep Agut, pertenece sin duda a la estirpe de estos grandes pensadores. El tiempo nos irá dando la razón.

Por otra parte, estos días, he vuelto a leer sus textos y me he dado cuenta de que estaban llenos de ideas que yo había creído mías. Sabía que mi modo de entender el arte y el mundo era deudor en muchos aspectos de su obra, pero no sabía en qué medida. Y me he sorprendido al encontrarlo ya todo allí de un modo u otro. Cosas incluso que yo creía que eran creencias subjetivas totalmente particulares. Es como si los detectives de Inception las hubiesen puesto en mi cabeza y yo las hubiese in-corporado. Esto me frustró en un primer instante –al mismo tiempo que hizo crecer mi admiración–, pero en seguida comencé a comprender que esa es la magia del pensamiento, el modo en el que las ideas viajan, se transmiten, casi como un virus, se incorporan, se transforman y se metabolizan, convirtiéndose en verdadera potencia de transformación, en fuerza de acción. Estoy seguro de que cuanto más lea sus textos más cuenta me daré de que las ideas que he metabolizado estaban ya –de un modo otro– en su pensamiento, y en su escritura. Creo que aún no somos conscientes de todo el trabajo que nos ha legado y sobre el que debemos seguir trabajando, volviendo a leer, volviendo a comprender, volviendo a llegar a ese lugar que siempre está llegando. Nuestra tarea debería ser, de algún modo, la de "comenzar a llegando".

3 comentarios:

G. Aguiar Masuelli dijo...

"he vuelto a leer sus textos y me he dado cuenta de que estaban llenos de ideas que yo había creído mías."
tengo la misma sensación cuando lo leo, me hace sonreír de manera cómplice leerlo, además de generarme esa bella admiración que sólo logran provocar las personas luminosas.

Antonio Miñano dijo...

me ha parecido "mágico" cuando en el último párrafo hablas de la "magia" de las ideas y de como se trasladan y van de un sitio para otro ocupando las mentes para transformar el mundo...

Leandro dijo...

Cuando descubro en un texto alguna idea que yo había creído mía es cuando más me gusta y más disfruto de este texto. Afinidad, creo que lo llaman. No obstante, me temo que en ningún texto de José Luis Brea encontraré una sola idea que pueda creer mía; de hecho, sería verdaderamente sorprendente que la encontrase