31/12/13

En todo. Feliz 2014.

Último post del año. Estás feliz. 2013 no ha podido ser mejor. Para ti, claro. Para ti ha sido maravilloso. No le puedes pedir más. Ha sido un año lleno de sueños cumplidos. Pero sabes que para otros la cosa ha estado muy jodida. Más que de costumbre. Así que no pides más para ti. Tienes suficiente. Mucho más que eso. En todo. Por eso pides para los demás. Para los que conoces y para los que no. Todo lo mejor para el año que entra. Quizá los deseos no sirvan de nada. O quizá sí. Por si acaso, eso es lo que deseas ahora. De verdad. Mientras escribes. Mientras respiras profundamente y sientes cómo el pecho se llena de aire. Feliz 2014, amigos. Que sea bueno. Que sea mejor. En todo.

27/12/13

Ideas para escribir un post sobre Nymphomaniac

–Después de Melancolía la cosa estaba jodida.

–Lo mejor son las escenas de humor. La de Uma Thurman es grandiosa.

–Las metáforas sexuales son burdas, simples y mal traídas.

–Lo de Bach y la polifonía es para cagarse.

–Y lo de la pesca con mosca es surrealista.

–Me puse más palote con Verano Azul.

–La única vez que he sentido algo en el pantalón ha sido un whatsapp.

–El final es para matar a Lars von Trier, a los distribuidores y a todos los implicados.

–Yo tampoco siento nada, Lars.

–Lo bueno de que te dejen a medio es que así no te tienes que tragar el resto.

–Lars von Trier es un genio del marketing.

–Para tan poco viaje no hacía falta tantas alforjas.

–El vol. 2 que me lo cuenten.

17/12/13

Mis cinco libros de 2013

Como todo hijo de vecino, yo también hago mi lista de lo mejor de 2013. Mi Top five. Una lista que es absolutamente subjetiva y que, como no puede ser de otro modo, está basada sólo en las cosas que he leído –es decir, en una mínima parte de todo lo que se ha publicado–. Por supuesto, he leído otros muchos que también me han gustado bastante –de hecho, tengo la suerte de que me gusta gran parte de lo que leo, así que disfruto mucho con la literatura–, pero estos son los cinco que me han marcado este año, los que han quedado en mi retina y los que volvería a leer para recordar lo que en 2013 supuso para mí la buena literatura.

Aquí van, aunque no sé si en orden o en desorden, eso lo tengo menos claro.



1. Jérôme Ferrari, Donde dejé mi alma, Demipage. El descubrimiento de este pequeño libro se lo debo a los chicos de Tipos Infames, que me lo recomendaron una de las veces que fui a su librería en Madrid. Confieso que lo compré casi por compromiso, por quedar bien, y que el argumento no me apasionaba especialmente. Pero fue abrirlo y quedar enganchado. Ha sido una de las lecturas que más me han marcado este año. Una reflexión sobre la ética, la guerra, la violencia, la memoria y la historia absolutamente conmovedora. Después de leerla, me enamoré de la escritura de Ferrari y esperé con ansiedad a que Mondadori publicara El sermón sobre la caída de Roma, la novela con la que el autor ganó el Goncourt. Pero no sé si fue porque esperaba demasiado, o porque la novela no era la gran obra que había imaginado, el libro supuso para mí una decepción mayor. Una obra correcta, con una prosa muy poderosa, pero sin la fuerza y el dramatismo de Donde dejé mi alma. Aun así, aquí tiene Ferrari un seguidor que ya espera lo próximo. Alguien capaz de escribir un libro como ese, está llamado a hacer grandes cosas.




2. Rafel Chirbes, En la orilla, Anagrama. También confieso que no había leído nada de Rafael Chirbes. Sabía que era uno de los grandes, pero había postergado su lectura varias veces. Sin embargo, lo que descubrí en esta novela me pareció magistral. Una inteligencia, un modo de narrar y una visión del mundo que sólo tienen los escritores excepcionales. En la orilla es España, es la modernidad periférica, es el centro de todos los problemas, es el mundo en el que vivimos, es un monumento narrativo y una novela epocal que está a la altura de los más grandes. Después, seguí con Chirbes varios libros más (Mimoun, Cremator, El novelista perplejo) y confirmé que su literatura es de lo mejor que ha pasado en España, y en español, en las últimas décadas. Un maestro con mayúsculas que es ya historia de la literatura.




3. Sergio del Molino, La hora violeta, Mondadori. Cada vez que pienso en este libro me emociono. Recuerdo llegar a la última página y estallar a llorar incontroladamente. Es un libro bello y triste. Un libro terrible sobre lo más terrible que le puede ocurrir a una persona –perder a un hijo–. Pero al mismo tiempo –y ahí creo que está su grandísimo acierto– es un libro que entra en el campo de la literatura por la puerta grande. Más allá de su contenido, La hora violeta es pura literatura. Una obra de arte creada a partir del dolor. Aquí escribí con más detalle lo que pienso de la novela. Su lectura no se olvida jamás. Nos acompaña siempre. Y eso es lo que sucede con los grandes libros, que se nos meten dentro y acaban convirtiéndose en parte inseparable de nosotros.




4. Isaac Rosa, La habitación oscura, Seix Barral. De Isaac Rosa lo había leído todo, y cada novela me había gustado aún más que la anterior. Es uno de nuestros mejores narradores. Quizá el que mejor ha sabido desplegar una narrativa que cuestiona los formatos establecidos y que al mismo tiempo está apegada a la realidad social y al compromiso con el presente –aunque ese compromiso a veces se produzca a través de la reflexión sobre la historia y el pasado–. La habitación oscura es un paso más en ese edificio narrativo que ha ido construyendo poco a poco; y, desde mi punto de vista, una de sus obras más logradas. Una visión sobre el desmoronamiento de los sueños de una generación y sobre los peligros y contradicciones de este mundo en el que nos ha tocado vivir. Una obra incómoda y bellamente escrita que nos confronta con ese otro invisible que somos y que a veces no sabemos –o, mejor, no queremos– ver.




5. Ricardo Piglia, El camino de Ida, Anagrama. Por último, me quedo con El camino de Ida, quizá la novela más inteligente de todas las que he leído este año. Piglia escribe un ensayo disfrazado de novela en el que uno aprende literatura a través de la experiencia. Hay páginas en este libro que son pura teoría de la literatura. Como quien no quiere la cosa, con una escritura aparentemente sencilla pero muy precisa, Piglia monta una historia que por momentos nos recuerda al mejor Auster y que reverbera mucho después de que uno cierre el libro. Una historia de amor, una novela intelectual, una investigación policial y una reflexión sobre la historia cultural. A veces uno no sabe por qué le gustan tanto algunos libros. Pero el caso es que cuando acabé de leer esta novela, me dije: "así quiero escribir yo. Este es libro que me gustaría escribir". Me ocurrió lo mismo este año con La velocidad de la luz, de Javier Cercas, que no había leído aún: "esto es lo que yo quisiera escribir". Por eso me gusta Piglia, por eso me gusta Auster, por eso me gusta Cercas. Porque es el tipo de literatura que yo anhelo algún día poder hacer.

16/12/13

Presente continuo (6-12 diciembre)

[Diario personal publicado semanalmente en el periódico La Opinión]

VIERNES 6
La política como religión
Sales temprano a correr. Hace casi dos semanas que el resfriado no te lo ha permitido. Pero el cuerpo lo necesita. Como una droga. Aunque esta mañana no aguantas demasiado y regresas a casa agotado antes de tiempo.

Miras Internet, y la muerte de Mandela lo eclipsa todo. Es una noticia fundamental. Mandela es un signo de esperanza. Su vida –su lucha– es el ejemplo palpable de que las cosas pueden ser cambiadas. Sin embargo, no te gusta la banalización a la que los medios someten su figura. Rápidamente, se convierte en icono. Ya todos dicen “Madiba”, como si lo conocieran de toda la vida. Y sobre todo todos alaban el personaje por encima de ideologías. Y eso es lo más perverso. Ver a líderes mundiales hablando de un hombre bueno más allá de la política. Pero lo que hizo Mandela fue política. E ideología en estado puro. Mandela fue un revolucionario de izquierdas. Y eso hay que tenerlo claro. Eso fue precisamente lo que le llevó a romper con lo establecido. Si fuera por la ideología de muchos de los que hablan en los telediarios y después acudirán al funeral, las cosas en Sudáfrica –y en el mundo– seguirían igual. Por eso no te gusta que desideologicen a Mandela y lo transformen en una especie de santo. Por eso no te gusta que conviertan la política en religión o en mito. No. La política es una lucha humana. El mito es otra cosa.

Es curioso que se hable de Mandela como el hombre que cambió las cosas precisamente en el día en que celebramos algo que parece que no puede ser cambiado: la Constitución. Por supuesto, la constitución sudafricana no tenía nada que ver con la española. Pero aún así, siempre se pueden cambiar cosas. No es un texto sagrado. A pesar de que cuando hablamos de la Constitución a veces casi parezca que nos estamos refiriendo a algo escrito al dictado directo de alguna instancia sobrenatural. Al final, Carl Schmitt tenía razón, la política es una especie de teología moderna. Y los textos fundacionales acaban convirtiéndose en objetos cuasi-divinos, emancipados de las manos humanas –y contingentes– que los escribieron.      
  
SÁBADO 7
Reencuentro
Boda de E. en Cieza. Es un día feliz. Él está pletórico, como no podía ser de otro modo. Al final de la misa, se sube al estrado y habla mejor que el propio sacerdote. Siempre fue bueno con los discursos. Envidias su locuacidad.

La boda es la excusa para el reencuentro. En la mesa, coincidís antiguos compañeros de la universidad privada en la que trabajaste. Fueron muy buenos tiempos aquellos. Conociste allí a grandes amigos y grandes profesionales. Ahora, después de algunos momentos malos, cada uno está en un lugar. Poco a poco todos han vuelto a encontrar su sitio. Y es curioso que, cuando os juntáis, sólo recordáis los buenos momentos. Las tertulias, las comidas, las lecturas, las risas… la amistad. Porque allí se forjó una comunidad de amigos. Allí surgió la amistad. Y la de verdad, la sincera, no hay fuerza humana que pueda derribarla.

DOMINGO 8
Sin culpa
Te levantas temprano para correr e intentar bajar la comida de la boda. Al volver, comienzas a preparar la charla sobre Xu Bing que tienes en Pekín el próximo sábado. Te acaban de decir que no serán más de veinte minutos y tienes que recortar más de la mitad de lo que tienes escrito. Toda la argumentación se va a quedar en una caricatura. Y además, en inglés. Y con público chino. Ya empiezas a ponerte nervioso y a pensar que esta vez tenías que haber dicho que no. Vas a hipotecar una semana de tu vida en esto.

Por la tarde, mientras piensas en cómo recortar tu intervención para que cuadre en veinte minutos, consigues ver por fin The Act of Killing. Te la habían recomendado mil veces. Y lo que ves te deja sin palabras. Un documental sobre las matanzas de comunistas en Indonesia en el que los asesinos intentan rememorar sus crímenes rodando una película. Hablan ante la cámara de sus asesinatos sin complejo de culpa. Para ellos matar era necesario. Había que hacerlo en aquel momento. Y había que hacerlo con estilo, como si fuera una película de gánsteres. La violencia de la pantalla, dicen, configuró sus estética del crimen. El cine influyó en su modo de matar. Es la obscenidad más absoluta. El asesinato más allá de la ética. Es la violencia sin redención posible. Te deja tocado. Y con muchas ganas de escribir.

MARTES 10
A última hora
Te levantas cansado y preparas el viaje a China. Has visto la temperatura –ocho bajo cero– y se te ponen los pelos de punta. Así que sales a comprar algo de ropa. Es algo que te encanta. Ahora. Antes ir de compras era una tortura. Nada te venía y tenías que gastarte un dineral en ropa de tallas especiales. Ropa horrible para gordos. Ahora ya hay otros sitios y otra ropa, pero recuerdas que tu adolescencia estuvo llena de camisas anchas a lo Jesús Gil, chaquetas de abuelo y pantalones de pinzas. Afortunadamente, las cosas han cambiado.

Entre las compras y las gestiones se te va el día. Por la tarde, planchas, haces la maleta y revisas todo lo que te falta. Como siempre, te das cuenta a última hora de que te quedan cosas por hacer. Y te vas a la cama demasiado tarde.

MIÉRCOLES 11
Paraíso
Hoy hace nueve años que te casaste. Y lo pasas volando hacia Pekín. Apenas puedes darle un beso a R. y desearle feliz aniversario. Y decirle que casarte con ella es lo mejor que te ha pasado. Y que cada día estás más convencido de eso. A pesar de todo. A pesar de ser como eres. O quizá sea por eso. Porque ella te entiende. Porque es, de hecho, la única que lo hace. El matrimonio es un pacto, un contrato entre dos. R. y tú lo tenéis claro. Eso es lo importante. Lo único importante. Y el amor, claro. Sin eso no hay nada.

Tienes tiempo de pensar todo esto durante el viaje. Quince horas que pasan mejor de lo que esperas. Aprovechas para preparar el Power Point de tu intervención. Y también para leer. En el vuelvo a Amsterdam disfrutas con El verbo se hizo carne, el libro de Rubén Castillo que presentas la próxima semana. Vas todo el viaje con una sonrisa perversa y en ocasiones incluso sientes una pequeña presión en el pantalón.

En el vuelo a Pekín te toca salida de emergencia. Y eso lo cambia todo. Hace cinco años sufriste este trayecto. No cabías en el asiento —quizá también porque pesabas treinta kilos más— y el viaje se te hizo eterno. Esta vez es distinto. Comienzas la última novela de Pérez Reverte y casi la acabas del tirón. El tema te interesa. Es cierto que está llena de tópicos y clichés. Pero aún así casi te la bebes. Es innegable su manejo del lenguaje. Aunque la protagonista hable exactamente como el escritor y uno no consiga quitarse de la cabeza al personaje público. Pero lo disfrutas. Como también disfrutas
la comida.

Siempre te ha gustado el menú de los aviones. Sabes que eso es extraño; todo el mundo que conoces lo odia. Sin embargo a ti siempre te ha parecido una especie de regalo sabroso. Todo lo que comes en un avión te sabe mejor. Quizá es porque eres consciente de la sensación de excepcionalidad. De lo que significa comer mientras vuelas. También te gusta la comida del tren. E incluso si dieran algo en el autobús seguramente también sería de tu agrado. Te gusta todo. Pero sobre todo lo inesperado. Y probablemente sea porque en el fondo todo te recuerda a los bocadillos de viaje. Esos que te hacía tu madre. Bocadillos de Nocilla. O de lo que fuera. Todo estaba bueno. Sobre todo las galletas Príncipe, que nunca sabían tan bien como en el autobús o en la habitación del hotel.

El caso es que disfrutas comiendo mientras viajas. Es todo un ritual. Te atrae el sentido de comunidad inesperada en el que todo se transforma. Todo el pasaje del avión, al mismo tiempo, en la misma tarea. Es la infancia, el comedor del colegio, la provisión del Maná no solicitado. Es un cierto retorno al paraíso. 

JUEVES 12
China
A pesar de todo, llegas a Pekín cansado. En el aeropuerto te recibe S.-Y., que ha organizado el congreso al que has sido invitado. Te lleva al hotel y te espera para la comida. Vais a un restaurante coreano. Si no te lo hubiera dicho probablemente no te habrías dado cuenta. No encuentras los matices, pero él dice que son cocinas muy distintas.

Durante la comida, después de hacerle una foto a los platos de la mesa y decir “esto va para Facebook”, S.-Y. te mira extrañado y te aclara: “aquí no lo tenemos permitido.” Y sólo entonces te das cuenta de dónde estás.

Cuando llegas al hotel compruebas que no puedes entrar a Facebook, ni a Twitter, ni a tu blog, ni a las páginas en las que se cuestiona al gobierno. Por primera vez sientes lo que es la privación de la libertad de expresión. En España uno se queja de todo, pero al menos se puede quejar. Aquí, literalmente, faltan los espacios y las maneras para poder hacerlo. Tienes que pensar con detenimiento sobre esto. La semana que viene, más.

9/12/13

Presente Continuo 14 (29 noviembre - 5 diciembre)

[Diario personal publicado semanalmente en La Opinion de Murcia]

VIERNES 29
Nostalgia del paraíso
Despiertas con fiebre, mocos y dolor de cabeza. El resfriado ha ido a más. No deberías haber salido la noche anterior. Buscas el paracetamol y te lo tomas como si fueras un adicto, creyendo en el milagro absoluto. Intentas escribir, pero de nuevo no puedes. La cabeza no te lo permite. Así que te quedas navegando un rato por la red y, casi por casualidad, acabas siguiendo en directo el final de Canal 9, retransmitido en la tele y en streaming. Sientes que estás contemplando algo histórico, el apagado de una tele con la que has crecido. Recuerdas perfectamente el día en que tu primo L. subió al tejado para girar la antena hasta pillase la señal de ese nuevo canal en el que ponían los dibujos de los que todos hablaban, Bola de drac. Ése fue un día feliz. Teníais un canal más. Y durante un tiempo tu mundo se organizó en torno a la programación de Canal 9. No sabías nada entonces de intrigas políticas, manipulaciones y otras cosas vergonzosas que estaban detrás de aquello que tú simplemente disfrutabas. Y quizá por eso cuando hoy ves el fundido en negro te da un vuelco el corazón. Por supuesto, piensas en toda la gente que se va a la calle, en cómo pagan unos por los errores de otros… en muchas cosas. Pero sabes que si el apagado te pone melancólico es en el fondo por otra cosa. Es porque, a pesar de todo, Canal 9 te sigue sonando a infancia, a paraíso, a felicidad.

Por la tarde sigues en pijama y bata de casa. Y te das cuenta de algo extraño: hoy es el día de las librerías y no has comprado ningún libro, precisamente tú, que no puedes pasar por la puerta de una librería sin entrar a curiosear. Así que para homenajear a esos lugares en los que te gustaría vivir para siempre, reemprendes la lectura de Librerías, el libro de Jordi Carrión que quedó finalista en último Premio Anagrama de Ensayo. Es un texto emotivo y lleno de conocimiento. Te reconoces en muchas de las reflexiones sobre el significado de los libros y las librerías. Reconoces la pasión. Y la compartes. Y sabes que si algún día llega el fin del mundo es muy posible –por pura probabilidad– que te pille dentro de una librería.

SÁBADO 30
En construcción
Nuevo espacio artístico en Murcia. AB9. Desde el colectivo curatorial 1er Escalón –que componéis I., A. y tú– habéis preparado una actividad para inaugurar el espacio, En construcción. Los artistas que habéis seleccionado (Sergio Porlán, Tatiana Abellán, Rosell Meseguer, María José Climent y Eduardo Pérez Salguero) muestran las cosas que están haciendo ahora y hablan acerca de su obra y sus modos de crear arte. No es exactamente una exposición de tesis, sino más bien un espacio de contacto entre artistas y público. Estáis todo el día allí, desde las once de la mañana hasta la noche, y no para de venir gente. Los artistas han sido muy generosos, y sobre todo M.A., de ArtNueve, que es la verdadera promotora del espacio. Acabáis satisfechos porque os dais cuenta de que estos lugares son necesarios. Son espacios de relación, la excusa perfecta para reunirse a charlar de cualquier cosa a partir de las obras de arte.

Después ves el Madrid con L., D. y M.L. mientras tomáis unos negronis en El Parlamento Bar y habláis de literatura. A pesar del resfriado se te abre el apetito. Tras la cena, sigues un poco más con L. y te tomas la última en el Pura Vida. Ron con Sprite. Te lo bebes como si fuera agua. Pero estás incómodo. Te huele la ropa a fritanga del sitio en el que habéis cenado. Es algo que no puedes soportar. Prefieres el olor a sudor o a cualquier otra cosa. Pero no ése. Sientes que todo el bar te está oliendo y acabas yéndote enseguida.

DOMINGO 1
Lo inasumible
De la siesta te despierta un mensaje de R.: “ Dice P. que te diga que se ha muerto Pepe Clemente”. Te quedas unos segundos sin saber cómo reaccionar. La luz está apagada y sigues sin tener muy claro dónde estás. Antes de que te despiertes del todo y comiences a pensar, suena el teléfono. Miras el número y ves “José Clemente”. Enseguida intuyes que es alguien que te va a comunicar la noticia. Pero por unas décimas de segundo –mínimas, pero reales– te imaginas a Pepe al otro lado. Y no sabes si contestar. Pero lo haces. Es su secretaria. Le dices que ya te estás enterado y aprovechas para preguntarle a qué tanatorio lo van a llevar.

Hablas con M. y quedáis para ir juntos. Ya fuisteis hace unas semanas al hospital y ahora volvéis a pasar el mal trago. Es un momento difícil. Sabes lo que es porque lo has experimentado más de una vez. En ese mismo tanatorio velaste hace años a tu padre. Por eso aprietas los dientes y los puños cuando ves a los hijos de Pepe y cuando hablas con su mujer. Y se te cortan las palabras. Y no sabes qué decir. Y tan solo miras. Y tocas. Y abrazas. Y acabas diciendo que mucha fuerza y que mucho coraje para lo que queda. Porque lo queda no es fácil. El tiempo cura algo, pero no todo. Hay heridas que no cierran nunca. Lo sabes bien. Nunca podemos acostumbrarnos a la muerte del otro. Nada es más natural y, sin embargo, no hay nada más difícil de asumir.

LUNES 2
Ficción necesaria
En el entierro te da tiempo a pensar muchas cosas. El tanatorio está lleno. Puedes advertir el amor y el dolor. Pepe confió en ti para escribir una columna semanal y jamás tocó una coma. Tuviste libertad absoluta. Y eso que muchas veces lo que escribías chocaba con la ideología del periódico. Recuerdas con especial cariño las “cenas” de Navidad en la redacción. Parecía una familia. Y él, una especie de padre bonachón satisfecho de congregar a todos junto a una gran mesa llena de pasteles de carne, empanadas, saladitos, vino y cerveza.

En el entierro el cura habla de vida eterna, de resurrección, de felicidad en la muerte. Lo has oído tantas veces… Aun así eres consciente de que en estos momentos es reconfortante. Es una ficción. Pero una ficción necesaria. Un barniz que cubre lo más terrible, una manera de dar sentido a algo que, de otro modo, es absolutamente inadmisible: el hecho de que todo esto se apague para siempre cuando uno menos se lo espera.  

MARTES 3
Lugares para escribir
Pasas toda la mañana en la universidad recibiendo doctorandos y alumnos que quieren hablar contigo. Pareces un médico en la consulta. Pero en lugar de medicamentos recetas libros. Prescripción bibliográfica. Los libros son siempre la mejor medicina.

Querías haber escrito algo, pero el tiempo se te ha pasado sin poder hacer nada de provecho. Es lo que ocurre cada vez que estás en el despacho de la universidad. Nunca –aunque no tengas alumnos que recibir– has podido trabajar a gusto en un despacho. Por alguna razón, sólo puedes escribir en pijama o en chándal. No puedes concentrarte, ni siquiera para leer. Te pasa igual en las bibliotecas. Necesitas soledad. No hay lugar como tu habitación oscura, tus trastos y tus rutinas. Es como un templo. Un espacio sagrado en el que tú eres el sumo sacerdote.

MIÉRCOLES 4
Parar el tiempo
Es el cumpleaños de R. Tres años más que tú. El tiempo pasa rápido, pero ella sigue pareciendo una niña. Al menos a ti te lo parece. Quizá sea porque nunca vemos envejecer a quienes tenemos a nuestro lado. Sólo envejecen los demás, los que viven de puertas para afuera. Los nuestros siempre se mantienen igual. El hogar, la familia, es un lugar en el que el tiempo se detiene. O eso al menos es lo que a veces creemos, aunque sepamos que es mentira. De nuevo, otra ficción necesaria.

Por la tarde, das una conferencia sobre zombis en Cartagena. Recuperas algo que ya hiciste y vuelves a reflexionar sobre esa figura central del imaginario contemporáneo. En los últimos días te ha sorprendido el siniestro parecido que guardan las imágenes de los zombis de Guerra Mundial Z intentando saltar el muro de Jerusalén con las imágenes de los inmigrantes saltando la valla de Melilla. Subes a tu blog esas dos imágenes. Las asociaciones entre ellas son tantas y tan perversas que te quedas sin palabras. Prometes reflexionar con más detenimiento acerca de todo esto.

JUEVES
Volver a empezar
Llevas varios días dándole vueltas a la necesidad de cambiar el punto de vista de tu novela. Has estado escribiendo mentalmente y has visto que así no vas por buen camino. Por fin, esta mañana te levantas temprano y te pones a escribir. Comienzas de nuevo y tiras a la basura las cien páginas que llevabas escritas. A veces es mejor empezar otra vez antes que seguir perdiéndose. Tanto trabajo… para nada. O no, piensas mejor. No ha sido trabajar en balde. Ahora sabes cosas que no sabías al principio. Hay un camino que antes no existía. En ocasiones uno tiene que escribir demasiado para llegar a saber lo que quiere escribir.

3/12/13

Curso avanzado de cultura visual en dos simples imágenes

Las relaciones que se pueden establecer entre estas dos secuencias son tantas que casi es mejor callar y pensar. Muros, vallas, fronteras, amenazas, miedos, muertos, raza, dentro, fuera, civilización, barbarie, masa informe, animalidad, control, seguridad, ejército, tecnología, epidemia, alteridad, seguridad... y mil cosas más; todas perversas. A veces las imágenes hablan por sí solas y las palabras se atragantan.




Escena de Guerra Mundial Z (Mark Foster, 2013)



Inmigrantes saltando la valla de Melilla (2013)


Presente continuo 13 (22-28 Noviembre)

VIERNES 22
Casa de hojas
Sales a correr con J. Hoy, vuelta corta. El flato no te respeta. Cuarenta minutos y a casa. Después, ves el último episodio de American Horror Story Coven. Es una serie que te tiene hipnotizado. Aunque esta temporada no es la mejor, sigue siendo muy imaginativa. Es la mezcla de todos los géneros de terror. Serie absolutamente posmoderna. Como posmoderna –y también de terror– es la “novela” que has comenzado a leer. La casa de hojas, de Mark Z. Danielewksy. Un libro monstruoso, lleno de pasadizos y lugares extraños. Un desafío para el lector. Crees que te llevará meses terminarlo. Aun así no desistes. Y el libro te engancha y te perturba. De algún modo, tiene que ver con American Horror Story, con la mezcla de todos los tópicos de terror. La casa encantada, la película y los documentos encontrados, y sobre todo las crisis de pareja, que siempre suelen ser los desencadenantes del miedo.

SÁBADO 23
Nostalgias
Comes en la huerta, en la casa de tu hermano J., y ves al bebé de tu sobrina. El tiempo pasa tan rápido... Todos han crecido. Tú has comenzado a envejecer también. Tu cuñada dice que te han salido canas en la barba. El tiempo pasa, sí. Comienzas a ser consciente de eso.

Cuando terminas de comer, te montas en el todoterreno antiguo que ha arreglado tu sobrino. Os dais una vuelta por carriles llenos de baches como si fueseis unos críos haciendo motocrós. Por un momento, vuelves a la infancia. Hacer algo por el mero hecho de pasárselo bien. Sin ninguna otra finalidad. Volver a la huerta es siempre volver al pasado.

Por la noche ves Blue Jasmine, la última película de Woody Allen. Sales del cine con la sensación de no haber visto nada nuevo. La misma historia de siempre, repetida hasta la saciedad. Aun así, Cate Blanchett está de Oscar. Y hay un mínimo atisbo de conciencia social que estaba ausente en gran parte del cine de Woody Allen, que, como las telenovelas latinoamericanas, habla siempre de un mundo de ricos en el que el problema del dinero parece solucionado y, por tanto, lo que importa sólo son los sentimientos.

DOMINGO 24
Demasiado lejos
Te levantas temprano a correr. Quieres hacer hoy un recorrido nuevo. Y casi por inercia te ves corriendo hacia tu casa, por el Reguerón, entre caminos de huerta. La tienes en mente. Pero antes de llegar tu cuerpo no te respeta y tienes que volver. Once kilómetros son demasiados para ti. Cuando llegas, eres consciente de que se te ha ido la mano y que, además, has pasado algo de frío. Mientras te duchas comienzas a estornudar. El catarro ya está aquí.

Después de cenar te notas cansado, pero no tienes sueño. Estás en crisis con la novela. Empiezas a no verle el sentido a lo que tienes escrito. Te encierras en la habitación hasta solventarlo. Y comienzas a escribir de nuevo con otro tono. Pero ves que tampoco funciona. Así que vuelves a lo que estás escribiendo y sigues con un capítulo más. Escribes seis páginas de un tirón de un capítulo que no habías previsto. Quizá la cosa funcione. Te acuestas cansado y sin tenerlo demasiado claro.
  
LUNES 25
Resfriado
El catarro comienza a apoderarse de tu cuerpo. Te acostaste demasiado tarde escribiendo y has dormido fatal. Es curioso, cada vez que te vas a la cama justo después de escribir, tienes pesadillas. O, mejor, sueños de los que te levantas cansado. Es cierto que en alguna ocasión los sueños han resuelto alguno de tus textos. Pero no siempre. Por lo general lo que sucede es que no descansas. Y al día siguiente tu cabeza es un caos.

Estás cansado y resfriado. Y aun así, decides salir a correr con J. por la tarde. Ocho kilómetros mientras habláis. Llegas a casa no demasiado cansado. Te duchas rápidamente y coges la moto para ir a Murcia a escuchar la charla de Luna Miguel que organiza el Gremio de Editores. Y es en ese tránsito donde definitivamente te resfrías.

Después de la conferencia, algunos os quedáis a cenar. La cena es divertida. Y más aún la post-cena. Acabáis en uno de los pocos bares que hay abiertos un lunes en Murcia. Allí, creyendo ingenuamente eso de que el alcohol es bueno para el resfriado, pides ron con Sprite. Durante un momento hablas con L. Y te quedas prendado. Lo confiesas ahora. Es una mujer cautivadora. Tiene una presencia y un aura que percibes claramente cuando estás delante de ella. Habláis de literatura, de autores que os gustan y de libros por venir. Te hipnotiza.

Acabáis la noche en la casa de L., el L. de Murcia –esto de poner iniciales es a veces confuso–, con L., A. y N. Llevas el ron que trajiste de Venezuela y quieres que lo prueben. Las chicas sólo beben agua. Vosotros tres entráis al ron a palo seco. Cada vez que lo saboreas vuelves mentalmente a la Hacienda Santa Teresa.

Acompañáis a L. al hotel, a A. al taxi y luego os quedáis hablando N. y tú un momento. No sabes si es el ron o el resfriado, pero el caso es que la cabeza ya no da más de sí. En cualquier caso, la noche es para enmarcar.

MARTES 26
Casa y libros
El catarro te ha entrado fuerte. Te levantas como puedes y contestas los e-mails urgentes. Intentas escribir, pero no estás lúcido. Así que lees. Quisieras entrar de nuevo en La casa de hojas, pero no es el libro para hoy. Y comienzas a leer Una historia sencilla, de Leila Guerreiro. Lo tenías sobre la mesita unas semanas, pero ayer viste a J. con el libro en la mano y decidiste que era el momento. Es un libro delicioso. Una crónica escrita con una prosa elegante que se torna poética justo en el momento justo. Una pequeña joya.

MIÉRCOLES 27
Fantasmas del pasado
Entrevista para la revista del Casino basada en la influencia de Thomas Bernhard en tus textos. C. lo ha leído todo y ha encontrado conexiones entre El malogrado e Intento de escapada que tú ni siquiera habías pensado. Es la primera vez que alguien hace teorías sobre tu novela que no se te habían pasado por la cabeza. Eres muy consciente de lo que escribes. Demasiado. Como crítico, estás habituado a teorizar sobre la obra de los demás y a escribir que a veces las obras dicen más de lo que los artistas saben. Pero ahora, cuando alguien dice eso sobre tu obra te resulta extraño. Te deja pensativo durante un buen rato. Hay cosas que están ahí y que aparecen sin que te des cuenta. Es perturbador.

Precisamente ese mundo latente lo tienes presente toda la semana. Cada vez que te sientas frente a la tele y pones el telediario escuchas como ruido de fondo cosas que conectan con otro tiempo. Escuchas de nuevo el pueblo Alcàsser, Anabel Segura, violadores, terroristas, casas cuarteles, atentados de ETA… Los criminales del pasado están saliendo a la calle. Parece el argumento de una serie de J. J. Abrams. Pero el caso es que todos estos nombres te llevan a un tiempo diferente. Finales de los ochenta y principios de los noventa. Estabas en el instituto y nunca imaginaste que verías este momento. O pensabas que no sería tan rápido. Han pasado más de veinte años de todo aquello y verlos salir ahora, aparte del sinsentido en muchos casos en los que no hay rehabilitación posible, es una puesta en evidencia de que el tiempo pasa. Nada es eterno. Todo llega. Tarde o temprano. Por mucho que se posponga. Los fantasmas del pasado no pueden ser quitados de en medio. Y regresan para atormentarnos.

JUEVES 26
La felicidad en reposo
Tienes pesadillas y te levantas sobresaltado. Es una pesadilla muy real. Alguien tira del edredón hacia un lado. No lo ves. Pero parece algún tipo de engendro pequeño que tira con la boca. Tú no puedes moverte ni hablar. Te vas ahogando poco a poco porque el edredón te aprieta en el cuello. Y lo único que puedes hacer es respirar fuerte por la boca para que tu mujer te escuche y te despierte. Al final eso es lo que sucede. Te despierta. Es solo una pesadilla. Pero ya no puedes dormir en toda la noche. E incluso ahora, cuando escribes este párrafo, conservas esa sensación angustiosa.

A medio día, comida de San Eloy. La organiza el profesor R. –como el resto de eventos en torno al patrón de los plateros– y se ha convertido en una festividad para la carrera de Historia del Arte. Parece una boda o, mejor, Nochevieja. Los alumnos van vestidos con sus mejores galas. Este año, sin embargo, tú no llegas a estar del todo bien. La fiebre y el dolor de cabeza te imposibilitan disfrutar como otras veces. Pero a finales de la comida, casi llegando al postre, se produce un giro. Un e-mail de Anagrama te informa de que Éditions de Seuil ha presentado una oferta de traducción de Intento de escapada. De golpe se te quita todo el malestar. Te levantas de la mesa corriendo y llamas a R. Habías estado soñando algún tiempo con este momento. Por alguna razón piensas que Francia es el contexto ideal para tu novela –incluso más que España–. Y, además,  Seuil es una editorial que te fascina. Cuando miras su catálogo de literatura extranjera –Coetzee, Saramago, Pynchon, Murakami…–, te entra el vértigo y la alegría te desborda.


Después de la comida, en el Kennedy, bailas y sigues un momento de fiesta con compañeros y antiguos alumnos. Estás feliz, pletórico, aunque el cuerpo no te acompañe. Pero tienes ganas de llegar a casa y saborearlo en soledad, con R., que es la que sufre contigo y la que sabe lo que todo esto cuesta y supone. Por eso regresas antes de tiempo, y la abrazas, y experimentas, ahora sí, la felicidad en reposo.

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27/11/13

Presente Continuo 12

VIERNES 15
Cursos y seminarios.
Despiertas temprano en Huesca. Demasiado temprano. Te has traído la ropa de deporte para ir al gimnasio del hotel, pero en el último momento te arrepientes y subes a la habitación. Quizá la próxima vez.

La jornada es larga. Cinco conferencias y una mesa redonda desde la nueve de la mañana a las nueve de la noche. El tema es el álbum familiar y las maneras en las que ha cambiado la representación de la familia en los últimos años. Entre los ponentes hay de todo: artistas, guionistas, cineastas, antropólogos y tú, historiador del arte, que hablas de las obras de arte que reflexionan sobre el pasado para construir relatos familiares. Hablas de la memoria, del recuerdo, del olvido, de la guerra, del trauma. Y te sientes muy cómodo. Es una charla parecida a la que diste en Helsinki hace unos meses, pero ahora es en español, y puedes improvisar sobre la marcha, saltarte cosas e introducir nuevas ideas. Mientras lo haces piensas en la libertad que permite el lenguaje cuando eres tú el que lo domina y no al revés.

En la cena te sientas junto a S., cuyo último corto ganó un Goya el año pasado. Su trabajo te parece muy interesante, pero sobre todo su personalidad y sus intereses. Conectáis de inmediato. Y pasáis toda la noche hablando de literatura. Es curioso, comparte contigo autores, temas y rutinas de lectura. A veces uno encuentra almas gemelas de modo fugaz. Y es consciente de que esas personas, si vivieran cerca, seguramente estarían entre sus mejores amigos.

SÁBADO 16
Más que literatura.
El AVE hacia Madrid sale a las ocho. Te levantas a las seis y media para hacer la maleta y llegar a tiempo a la estación. Apenas has dormido y el día va a ser también intenso. Quieres ver exposiciones en Madrid y pasar la tarde en el festival Eñe. Y el trayecto del tren, las dos horas y pico, lo quieres dedicar a escribir el Presente Continuo de la semana pasada que, una vez más, lo has dejado para el final y lo vas a escribir de un tirón, a partir de las pequeñas anotaciones que has ido tomando durante la semana.

Subes al AVE, sacas el ordenador y comienzas a escribir. A los quince minutos de viaje, el tren se para. Sigues escribiendo, metido de lleno en los recuerdos de la semana. Para no escuchar a la gente del vagón, tienes la música a todo volumen. Es un manera de abstraerte del entorno y poder concentrarte. Después de un tiempo, vuelves en ti, miras a tu alrededor y te das cuenta de que el tren no se ha movido. Lleva ahí media hora. Te quitas los auriculares y por fin escuchas: se ha roto, nos vamos a quedar aquí hasta que venga otro tren.

Así, parados, estáis más de tres horas, sin cobertura móvil y en medio de ninguna parte. Al final llega un tren. Tenéis que bajar todos –los treinta y cinco viajeros– por una escalera hacia las vías y subir en el otro tren. Comienza a llover. Hace cada vez más frío. La Guardia Civil ha venido para ayudar a la gente a acceder al nuevo tren. No es demasiado fácil subir por la escalerilla que han puesto allí. Tú no tienes demasiado problema. Pero piensas en las señoras mayores que iban en el asiento de al lado. Haces fotos de la escena. El tren llega a Madrid a las dos, con cuatro horas de retraso. Adiós exposiciones.

Comes con L. y B. en un restaurante cubano. Empezáis a beber daiquiris para acompañar la yuca y la carne mechada y acabáis justo a tiempo para llegar al Círculo de Bellas Artes y ver la primera mesa redonda de la tarde. No tenéis entrada. J. llevaba unas cuantas pero aún no ha llegado. Así que os coláis. Entráis con decisión y nadie os para. Os han visto cara de escritores. O algo así.

Entre charla y charla saludas a muchos amigos y conoces a varios escritores y editores. Desvirtualizas a muchos que sólo conocías a través de las redes sociales. Cuando los saludas parece que os uniese una gran amistad. Es extraño. Más que conocer, parece que ahora la gente se reconoce. El primer contacto no es exactamente el primero. Es una suerte de déjà vu siniestro.

Después, cena y copas. En el Galdós, dejas que G. te pinte los labios de rojo sangre. Mientras estáis sentados hablando de literatura, oyes un estruendo y ves que alguien está tirado en el suelo. Es R., que ha tropezado con la puerta y ha tenido una caída monumental. Os acercáis corriendo para ver si está bien. Perfectamente. Ha sido un lapsus, dice. La literatura tiene estas cosas.

La noche se alarga bastante. Se forman parejas extrañas. Os quedáis al final sólo unos cuantos. Cuando lo cierran todo, B. os lleva a un antro cuyo nombre no recuerdas. Está cerrado. Toca a la puerta durante varios minutos con suavidad diciendo “Tony, Tony, Tony”. A ti te recuerda a Sheldon Cooper. A esas horas todo recuerda a algo.

Allí pides un Oporto que ya no te puedes beber. Te das cuenta de que a lo largo del día has bebido vermú, vino, cerveza, whisky, ron, ginebra y ahora, el Oporto. Sólo de pensar en la resaca del día siguiente te entra un mareo. Son más de las cinco. No puedes seguir la conversación. Te adentras hacia el baño con dificultad y por allí te encuentras a otros escritores que te saludan. Decides que es hora de volver al hotel.

DOMINGO 17
Deseos.
La resaca es de las mayores que has tenido. L. dice “esto ha estado a punto de salir mal”. Y es verdad. El dolor de cabeza es tremendo y el traslado en taxi hasta Chamartín es duro. Quizá si vomitaras… El viaje va a ser largo. Lo vas a sufrir. Cuando te subes en el tren, el vagón parece una guardería. Niños que no paran de gritar y dar saltos. Estás rodeado. Va a ser largo, sí. Sin embargo, como por arte de magia, al abrir La calle Great Jones, de Don DeLillo, el mareo desaparece. Te sumerges en la lectura y apenas das dos o tres cabezadas. Llegas a Murcia siendo persona, pero al levantarte te das cuenta que no puedes ni con tu alma. Te arrastras hasta el coche prometiéndote no volver a repetir estas cosas.

En casa, R. te ha preparado una sorpresa que no cuentas por pudor y que te despierta del todo. Creías que estabas muerto, pero tu libido está por las nubes. Sucede en el sofá. Es de los mejores que recuerdas. Después de tanto tiempo juntos, el sexo no sólo no se ha resentido sino que cada vez es mejor. Es diferente, conocéis ya de sobra el cuerpo del otro. Pero hay algo que sigue latente desde la primera vez y que revive en cada momento. Algo secreto, oculto, invisible, que aparece cuando menos te lo esperas y hace que sientas la necesidad imperiosa y urgente de recorrer de nuevo ese lugar que ya habitas. No sabes cómo llamarlo. Amor, claro. Pero hay algo más. Deseo. Animal, puro, sin destilar.


MARTES 19
Afectos.
Asistes en el Espacio Pático a la presentación de El verbo de hizo carne, el libro de relatos erótico-religiosos de Rubén Castillo. Tienes pendiente leerlo. Después, os quedáis un rato hablando entre amigos sobre arte y literatura. Se produce un pequeño momento de tensión que, afortunadamente, acaba arreglándose al final. Te das cuenta de que ante la cultura no puede uno posicionarse desde un punto de vista meramente racional. Es como la vida; está construida a través de emociones y afectos. Y éstos son delicados y sensibles.


JUEVES 21
Futuro.
Por la mañana, conferencia de José Carlos Somoza sobre Shakespeare y la novela de suspense. La disfrutas y aprendes. Somoza es uno de tus escritores favoritos. Es autor de thrillers. Un autor best-seller, se podría decir. Pero su imaginación y su capacidad para crear suspense y tensión es excepcional.

Por la tarde, sigues con la literatura y acudes a la presentación de Edición anotada de la tristeza, el libro de poemas con el que José Alcaraz ha ganado el Premio de Poesía Joven de RNE. Es un libro hermoso, construido a través de grandes espacios en blanco y pequeñas notas al pie. Recuerdas que su lectura fue sobrecogedora. La presentación también lo es. Y acabas con la sensación de que quizá sea cierto eso de que Murcia es un lugar de escritores. Están sucediendo muchas cosas. O quizá siempre han sucedido y ahora tú les prestas más atención. Pero acabas teniendo claro que si algo no está en crisis en esta región, eso es, sin duda, la literatura.

Después, en la noche, la presentación de otra iniciativa más: AHARMUR, la asociación de Historiadores del Arte que han iniciado unos jóvenes con ganas de hacer cosas. Está claro: nadie se queda parado, la gente se mueve. Y esto es un signo de esperanza. El futuro se construye así. Desde el presente, creando, haciéndose ver, mostrando que seguimos vivos, que está surgiendo vida en medio de toda la mierda que nos rodea. El futuro es ahora. En todas estas pequeñas grandes cosas. Hay que comenzar a saber verlo.