Entrevista en "Contrapunto"
A partir de ahora, en este blog también iré dejando rastros de algunas de las entrevistas que me vayan haciendo. Me he dado cuenta de que en Facebook todo se pierde y luego es muy difícil volver a ellas. Así que aquí va la que me hicieron Fernando Larraz y Gema Cuesta en el número 45 de la revista Contrapunto. Podéis descargar el pdf de la revista entera aquí. Pero también os la dejo como entrada del blog:
Arte y Literatura. Entrevista a Miguel Ángel Hernández
Por Fernando Larraz y Gema Cuesta
Arte y Literatura. Entrevista a Miguel Ángel Hernández
Por Fernando Larraz y Gema Cuesta
Miguel Ángel Hernández Navarro (Murcia, 1977) es escritor y profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia. Junto a una sobresaliente actividad como crítico de arte contemporáneo, ensayista y comisario de exposiciones, es autor de una interesante obra literaria de ficción narrativa que incluye diarios, microcuentos, cuentos y dos novelas, ambas publicadas en Anagrama y reseñadas en Contrapunto (números 3 y 26): Intento de escapada (2011) y El instante de peligro (2013), que fue finalista del Premio Herralde. En esta entrevista anuncia la próxima publicación, en primavera, de su tercera novela: El dolor de los demás.
¿De
qué manera se produjo el tránsito desde tu trabajo como crítico e historiador
del arte a la creación literaria? ¿Qué ofrece la ficción narrativa en la
articulación de tu discurso teórico y
crítico sobre la expresión artística?
Se produjo de un modo
muy progresivo, y quiero creer que natural. Comencé al mismo tiempo a escribir
narrativa y crítica de arte. Mi primer libro de relatos (Infraleve) es, de hecho, anterior a mi primer ensayo. Sin embargo,
en un principio, casi que lo llevaba en secreto. Me parecían mundos
desconectados que sólo se unían en mi cabeza. Poco a poco fui dándome cuenta de
que formaban parte del mismo impulso y que, en realidad, era el mismo sujeto el
que escribía narrativa e historia del arte. Así que digamos que los mundos
comenzaron a juntarse. Y posiblemente fuera con Intento de escapada cuando esa fusión tuvo lugar. Precisamente en
esa novela pude comprobar el potencial de la ficción narrativa para hablar
sobre el arte. Sobre todo, me todo me interesó el modo en que el conocimiento
podía modularse y presentarse de un modo menos autoritario que en el ensayo, y
también de una manera más afectiva. Tengo la sensación que lo que cuenta una
novela lo aprendemos de un modo más profundo que lo que transmite el ensayo. De
algún modo, esa relación con lo afectivo y la experiencia personal –esencial en
la narrativa– también ha acabado contaminando mi aproximación al arte.
Hay
una serie de preocupaciones comunes entre tu obra ensayística y de ficción
narrativa: la capitalización de la intimidad, la hipervisualidad y el
hiperrecuerdo, la sociedad escaparate en la que vivimos, los usos de la memoria
y la temporalidad… ¿Cómo llevas esa preocupación a la experiencia de los
personajes de tus novelas?
Es cierto que los
personajes de mis novelas encarnan algunas ideas teóricas que manejo, pero
intento que no sean ilustraciones o ejemplos de esas ideas, sino sujetos
complejos y contradictorios. El riesgo de trabajar con algo que podríamos
llamar “novela filosófica” es reconocer claramente el modo en que cada
personaje representa una posición del discurso. Por supuesto, la novela no es
la vida, y para que funcione una narración uno siempre está obligado a subrayar
ciertos rasgos característicos. Yo intento que las ideas atraviesen a los
personajes, pero que sean mucho más que eso.
A
menudo trata temas que están fuera de la normatividad y que llaman la atención
de muchos de sus lectores, el poliamor es uno de ellos. ¿Crees que existe
escapatoria real ante las normas culturales que se nos imponen?
El problema de las
normas culturales que se imponen es que se imponen de modos que no siempre
sabemos reconocer. No creo que haya escapatoria completa porque no hay un
afuera puro. En el caso del poliamor, por ejemplo, lo que puede llegar a
considerarse una alternativa a modos establecidos de relación, ha acabado
convirtiéndose ya en una marca de diferencia, en una tendencia y, claro está,
en un “nicho de mercado”. Esta es una de las tragedias del sistema en el que
vivimos, que enseguida fagocita todo intento de resistencia y acaba
integrándolo dentro de su lógica perversa. Quizá sólo los queden las pequeñas
resistencias, las tácticas más que las estrategias.
¿Crees
que puede encuadrarse algunas de tus preocupaciones de narrador con las de
otros escritores españoles o europeos de tu generación?
Estoy convencido de que
nadie escribe –nadie piensa, en verdad– fuera de su época. Y por supuesto, hay
una serie de preocupaciones comunes entre quienes escribimos en el presente. Lo
que no sé es hasta qué punto esas preocupaciones se encuentran localizadas en
ámbitos geográficos. Por supuesto, hay un sistema de relaciones, una estructura
editorial e institucional que está ligada a los espacios. Pero hoy las
influencias y tendencias llegan de contextos que desbordan la proximidad
geográfica. Por ejemplo, yo me siento más cercano a lo que escribe un autor
norteamericano de mi generación como Ben Lerner que a lo que pueda escribir un
autor murciano nacido en mi mismo año para quien su interlocutor pueda ser, qué
sé yo, Cartarescu. Y en ese mundo global hay una serie de preocupaciones en las
que creo se puede contextualizar lo que escribo: el trabajo sobre el yo
(Knausgard, De Vigan, Del Molino…), la puesta en cuestión de los límites entre
los géneros (Vila-Matas, Teju Cole…), la carga filosófica de la escritura
(Menéndez Salmón, Javier Moreno, Sergio Chejfec…) o la atención al mundo del
arte visual (Hustvedt, Lerner, Kopf, Fonseca…).
¿A
qué narradores contemporáneos lees?
Soy un lector compulsivo
y leo todo lo cae en mi mano. La lista de lo que me gusta sería interminable.
Por mencionar referencias internacionales irrenunciables que disfruto con
vicio: Don DeLillo, Paul Auster, Michel Houellebecq, Emmanuel Carrère, Delphine
de Vigan y la grandísima Siri Hustvedt. Me interesa también mucho lo que
escribe narradores de mi generación en otros contextos. Teju Cole y Ben Lerner
son los autores de referencia. Entre los narradores en español, me siento en
deuda con todo lo que ha escrito Enrique Vila-Matas. Javier Cercas también es
una de las referencias centrales. Y, al otro lado del Atlántico, leo con atención
a Sergio Chejfec y Mario Bellatin. A mis “contemporáneos” los leo con especial
devoción. Creo que hay una generación de narradores excepcionales. Me dejaré
muchísimos, pero ahí va una lista de imprescindibles: Javier Gutiérrez, Carlos
Fonseca, Patricio Pron, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Mario Cuenca, Aixa
de la Cruz, Javier Moreno, Sergio del Molino, Nere Basabe, Elvira Navarro, Juan
Gómez Bárcena, Iván Repila, Leonardo Cano, Sara Mesa, Lara Moreno o Miguel
Serrano, Vicente Luis Mora, Agustín Fernández Mallo… Y muchos más. Una de las
mejores cosas que me ha dado la literatura ha sido el privilegio de poder
conocerlos.
Dinos
algo sobre el origen de Presente Continuo.
Diario de una novela. Volviste al
género del diario en Diario de Ithaca ¿A
qué responde ese proyecto? ¿Qué implica el pacto de referencialidad
autobiográfica con los lectores?
Presente
Continuo fue un encargo del diario La Opinión. Al principio me
costó exponer mi intimidad, pero luego me volví adicto y casi llegó a
transformar mi vida. A veces me sorprendía llevando al límite ciertas
situaciones para poder contarlas en el diario. También, conforme escribía, fui
cayendo en la cuenta de que en el fondo estaba el diario era una especie de
cara B de las novelas y de los ensayos. Una especie de making of de lo que después se publicaba. Me gusta esa inmediatez
que luego se pierde en la elaboración de textos más complejos. Diario de Ithaca es también parte de un
encargo. Un diario narrado para el programa literario de Aragón Radio Preferiría no hacerlo. Allí narré la
experiencia americana, mi curso académico en la Universidad de Cornell, en
Ithaca. También está lleno de referencias a procesos de escritura y a lecturas
que después aparecen en las novelas. El lector que siga los diarios y lea las
novelas observará conexiones, pasadizos y también contradicciones. En realidad,
se trata todo de un texto continuo. Lo entiendo casi como una banda de Moebius.
Forma parte de la misma “obra”.
También
has transitado por el género breve e hiperbreve. ¿Qué necesidad expresiva te
llevó a él?
Los microrrelatos
llegaron en un momento concreto de la escritura, justo cuando comenzaba mi blog
en internet. Surgieron casi de la necesidad de encontrar ficciones específicas
para ese medio. Después, igual que al diario, le tomé el gusto y estuve
escribiendo cuentos breves casi durante un año. De alguna manera, mi cabeza
estaba configurada de ese modo. Todo lo que me ocurría era narrable como
microcuento. Creo que se trata de una especie de disposición. Hay que ponerse
en “modo hiperbreve” para lograr algo en el género. Confieso que ahora estoy en
las antípodas de esa brevedad, pero me sigue gustando leer microrrelatos. Un
género tremendamente difícil, porque siempre está en el límite del chiste
fácil, el chascarrillo y la tontería.
Eres
docente universitario. ¿Cómo ves la situación de la Universidad española y el
grado de inquietud intelectual de profesores y alumnado?
Me temo que aquí tengo
que ser pesimista. Al menos en parte. Creo que la universidad es uno de los
últimos refugios del saber y la cultura. O debería ser. Porque la
capitalización absoluta del mundo también ha entrado aquí. La universidad se ha
burocratizado y se ha convertido en una fábrica de producción de graduados. El
conocimiento se ha cuantificado y los profesores ya no investigan por una
pasión de saber y una obsesión, sino para lograr ítems y puntos para ser
evaluados. Profesores y alumnados comparten la misma desidia y desgana. Sólo se
hace lo que cuenta; el resto no sirve. Y lo peor es que no es algo propio de la
universidad, sino del momento en el que vivimos. La combinación es explosiva, y
poco a poco la universidad se va a convertir en una institución zombi, un
muerto viviente en el que apenas queden ecos de lo que un día fue.
¿Hay
en tu diario actual la referencia a una nueva novela? ¿En qué proyectos
literarios estás trabajando?
En efecto, es la novela
en la que he estado trabajando durante los últimos años. Se trata de un reto en
el que he estado barajando embarcarme desde que comencé a escribir. Y ahora por
fin me atrevido. Un trauma de mi adolescencia que he tardado veinte años en
poder afrontar. Es, sin duda, lo más personal que he escrito. Incluso más que
los diarios. Una novela donde autor y narrador son la misma persona. Y un mundo
sobre el que hasta ahora no había escrito: la huerta de Murcia y el mundo más
allá de las élites culturales. Ha sido todo un desafío salir del terreno del
arte contemporáneo y la novela intelectual. A priori puede parecer un viraje
hacia otro lugar, pero en el fondo forma un tríptico literario con Intento de escapada y El instante de peligro. Un acercamiento
paulatino al yo real. Y un desvelamiento de lo que se encuentra debajo de todo.
Ahora estoy terminando de corregir y, si todo va bien, saldrá en mayo. El dolor de los demás, se titula. He
acabado desfondado y, después de esto, no tengo nada claro si podré escribir
otra cosa.
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