10/5/16

Diario de Ithaca 28 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 09/05/16. Escuchar Podcast] 

Dedico una clase a las tesis sobre la filosofía de la historia de Benjamin. Dos horas en las que las leemos en voz alta y las comentamos con detenimiento. Siempre he querido hacer eso con los alumnos. Pero en inglés es algo más difícil de lo esperado y no logro lucirme como había imaginado.

Por la tarde, logro vender la bicicleta estática que me compré al principio de la estancia. Apenas la he usado. Me había visualizado haciendo ejercicio todas las noches y escuchando el curso de inglés que había traído conmigo. Ninguna de las dos cosas ha sucedido. He ganado peso y el inglés lo hablo cada vez hablo peor.

El viernes, después de pasar la mañana contestando mails, me acerco al Big Red Barn con Joe y Maria. Ha llegado la primavera y la temperatura no puede ser más agradable. Tomamos unas cervezas y nos encontramos con varios amigos, entre ellos una pareja muy simpática de la que me enamoro inmediatamente. Maria y yo acabamos cenando en su casa. Ella se va y yo me quedo con la pareja un poco más. Me encanta la conversación y tengo por primera vez la sensación de estar integrado en la vida americana. Al poco, inesperadamente, ella se siente cansada y dice que se va a acostar. No es demasiado tarde, pero siento que debo regresar a casa. Has estado bien la noche. Me acuesto con la sonrisa de quien ha encontrado nuevos  amigos.

Al día siguiente, mientras preparamos una barbacoa en el jardín, María me dice que ayer, justo después de irme a casa, la pareja rompió y que ya no se hablan. Un drama. Yo comienzo a atar cabos y todo me cuadra. Ella, inesperadamente cansada. Él, que quería seguir hablando conmigo. Creo que fui yo quien sacó la conversación que derivó en la ruptura. Parece un cuento de Carver. No dejo de pensar que, en adelante, cuando recuerden aquella noche aciaga en la que todo se fue al traste, yo estaré en su memoria, como una sombra, como una presencia desconocida de la que ya no podrán escapar. Esbozo un cuento sobre esta historia y no dejo de darle vueltas al modo en que a veces manchamos los recuerdos de los demás.

Acabamos tarde la barbacoa. Sueño en inglés. Despierto con resaca.


Durante la semana me dedico casi exclusivamente a escribir cartas de recomendación, contestar emails y gestionar algunos asuntos de la universidad. Ni siquiera aquí puedo escapar de eso.

La clase del jueves, por alguna razón que no llego a comprender, sale perfecta. Me siento cómodo y casi olvido que estoy hablando en inglés. Al terminar, algunos estudiantes se acercan y me dicen que quieren invitarme a un lunch o a una cerveza porque estoy trabajando duro y están aprendiendo. Eso me alegra la mañana y le da sentido a todo lo demás.

Comienzo a trabajar en un texto sobre Benjamin y los viajes en el tiempo y leo varios ensayos sobre ciencia ficción. En varios días acabo fascinado con el tema y pienso que me gustaría dedicarle más tiempo del que tengo ahora. Al final termino escribiendo un texto corto en el que apenas puedo incorporar algunas referencias de lo que he leído. Como tantas y tantas cosas, esto también queda postpuesto.          

El fin de semana lo paso en una casa de madera junto al lago Cayuga. Jessica ha tenido la idea de hacer una fiesta sorpresa para Maria y ha alquilado una casa impresionante a la orilla del lago.


Ahora sí que estoy dentro de una película. Una serie de amigos que se juntan una noche en la casa aislada junto al lago. Hacemos una hoguera, comemos perritos calientes, bebemos cerveza, bailamos y contamos historias. Falta el asesino en serie. O la caja con el libro encuadernado en piel humana. Todo es una imagen. Una imagen de celuloide.


Incluso con la resaca del día siguiente, la imagen permanece, especialmente cuando Craig prepara el desayuno para todos: bacon, tortitas, sirope de arce, huevos… he vivido tantas veces este momento en la pantalla que ahora lo experimento con una normalidad extraña. Entonces me miro al espejo y me veo, con la gorra de béisbol y la sudadera de Cornell. Y no sé si formo parte de la escena o estoy sobreactuando y todos se han dado cuenta de ello.

Cuando salimos de la casa y nos despedimos, me doy cuenta de que la película es real, que ahí he encontrado amigos, que lo que hemos vivido estos días ha sido hermoso, y que ya nunca se borrará. Aunque sólo hubiera sido por esto, venir a Ithaca ha merecido la pena.