Diario de Ithaca 18 (Preferiría no hacerlo)
Llega el día. Comienzan las clases. Me despierto temprano
y preparo todo el material. No sé qué ropa ponerme –formal o informal– y al
final opto por los vaqueros y la camisa por fuera. Al menos en eso quiero
evitar la impostura.
Subo al campus andando mientras
escucho un podcast en inglés para ir poniéndome en situación. Llego, pruebo el
Power Point y lo dejo todo preparado para la clase. Diez minutos antes de la
hora, comienzan a aparecer los estudiantes y yo aprovecho para ir por última
vez al aseo y servirme una taza de café.
Mientras subo por la escalera con la taza en la mano vuelvo a pensar en cómo
efectuar la entrada. He imaginado muchas veces este momento. Llegar al aula,
con la gran taza de café, decir Good
morning y sentarme en la mesa del profesor. Sin embargo, aquí la ficción no
funciona del todo. Es un aula de seminarios y todos nos sentamos alrededor de
una gran mesa. Son
trece. El máximo eran quince. Algunos compañeros tienen dos o cuatro. No sé qué
es mejor.
Comienzo excusándome por mi inglés.
Es, realmente, lo único que pone nervioso. Afortunadamente algunos hablan
español y eso me da confianza. Me presento y hago que se presenten. Vienen de
varias disciplinas. Historia del arte, teatro, literatura, arquitectura o
bellas artes. Son graduados y pregraduados. Son serios. Toman notas. Son un
desafío.
Hago un recorrido por el programa de
la asignatura –el maldito Syllabus–, deteniéndome en el sentido de cada uno de los textos que vamos a
leer y, cuando me vengo a dar cuenta, han pasado dos horas. Salgo contento de
la clase. Me encierro en el despacho y respiro, como si hubiera estado
trasteando una bomba de relojería y, al menos esta vez, hubiese podido cortar
el cable que la desactiva.
Por la tarde, aún con la adrenalina
por las nubes, asisto a una conferencia sobre Walter Benjamin y la radio. El
ponente también tiene problemas con el inglés. Y yo me solidarizo con él. Mientras
habla lo miro fijamente, como intentando decirle con los ojos que no se
preocupe, que en el público hay alguien
de esa comunidad secreta a la que el inglés se le resiste.
Al día siguiente comienzo a escribir
el texto para el catálogo de la exposición de La Conservera. En unos días tengo
que entregarlo y no he podido ponerme hasta este momento. Pienso que este trabajo
por sí sólo podría ocupar varios meses de escritura para cualquier persona
normal. Yo tengo que escribirlo en menos de una semana. Y tengo la cabeza en
otra cosa. No veo el momento de terminar este tipo de encargos y poder ponerme
con cosas que realmente me mueven por dentro. Me he venido aquí para aislarme
pero España me persigue.
Cuando no puedo más, bajo con Raquel
al pueblo y nos comemos una hamburguesa que apenas cabe en el plano de la foto
de Instagram. Por la noche, vemos la nueva película de Amenábar. No tiene nada
de especial. Podría haberla dirigido cualquiera.
El sábado me levanto temprano y vuelvo
a texto de La Conservera. Por la noche es la despedida de Valeria, que se va Jerusalén
hasta finales de curso. Cuando la fiesta acaba en el Lot10 intentamos entrar al
Chanticleer y no nos dejan. No aceptan ID extranjeras. Ni ganas de entrar a esta mierda de bar, digo en español, mientras me posee un sentimiento de
orgullo y rabia.
El domingo tomo unas cervezas con
Philip en Argos y después voy con Raquel al Creeker, un bar decadente y
extraño, a encontrarme con Craig, Maria y Steve. Hablamos en inglés y, gracias
a la cerveza, lo entiendo casi todo. Por la sueño que hablo un inglés perfecto
y siento que poco a poco voy entrando de nuevo en el idioma.
Lunes y martes me quedo en casa
recluido acabando los textos del libro de La Conservera. El martes por la noche,
por fin, lo envío todo y suspiro aliviado. Acabo mareado y con dolor de espalda,
como si hubiera corrido una maratón o me hubieran pegado una paliza. Escribir
es un ejercicio físico. Escribir cuesta. Escribir duele.
El miércoles, después del seminario,
comienzo a preparar la clase del día siguiente. Me doy cuenta de que, una vez más,
se me ha hecho demasiado tarde y apenas me da tiempo a leerme los textos que he
enviado a los alumnos. Pensaba que aquí sería diferente, que iba a preparar las
clases con varias semanas de antelación. Pero creo que no tengo remedio. Da
igual que esté en la Universidad de Murcia, en Madrid o en Cornell. Siempre
espero al último minuto. Algún día, lo sé, se me hará demasiado tarde.
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