6/10/15

Diario de Ithaca 2 (Preferiría no hacerlo)

[ Transcripción del texto leído en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. Escuchar el podcast aquí (Mins. 27'-33')]



La única obligación de la beca durante este semestre es asistir al seminario de los miércoles. Cada semana, uno de los becarios envía un texto a los demás y durante dos horas lo discutimos en profundidad, como si nos fuera la vida en ello. Es una especie de performance académica en la que uno tiene que mostrarse y afirmar que sabe lo suficiente para estar aquí.

Reconozco que me está costando acostumbrarme. Los miro a todos, comprometidos con lo que dicen, inteligentes, leídos, perfectos… y tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Hay momentos en los que no llego a saber del todo si soy el más listo de la clase o si no me he enterado de nada, si he llegado a esto demasiado tarde o demasiado pronto. Me pasa lo mismo con mucho de lo que leo. Nunca tengo claro si estoy de vuelta de todo y he adquirido ya la distancia justa para ver las cosas con una mirada crítica o si en el fondo nunca he llegado del todo a estar en este lado y no soy más que un impostor que ni siquiera sabe cuándo está fingiendo. Como digo, n o lo tengo nada claro. En los seminarios me consuelo pensando que la culpa la tiene el inglés.

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Domingo de festival y luna sangrienta. El porchfest llena los porches de Fall Creek de música de todos los estilos. La gente del pueblo toma las calles y se percibe una especie de buen ambiente extraño. Todo se mueve entre lo hippie y lo hipster. Entre lo ecológico y lo cool. Entre el Quechua  y las camisas de cuadros. Así es Ithaca. Ecoológica y hippyster. Estos son los únicos juegos de palabras que de momento puedo hacer en inglés.

Por la noche, contemplo el eclipse de luna desde el observatorio de la Universidad. Camino en la oscuridad y siento que algo se mueve por dentro, como si realmente comenzase a recuperar el tiempo. ¿Será necesario que la luna se vuelva roja para que por fin todo se ralentice? De vuelta a casa, compro un sándwich sin pararme siquiera a ver de lo que es y me tiendo en el césped de un parque a disfrutar del momento. Son las once de la noche. El sándwich es de mermelada y crema de cacahuete. Todo está en silencio. Miro la luna. Comienzo a estar aquí.



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Lectura pública de Colson Whitehead organizada por el departamento de inglés. He leído Zona Uno, una especie de thriller culto sobre zombis que, aunque me dejó algo frío, me pareció una apuesta interesante. Ricardo, uno de los becarios, ha escrito sobre él y me recomienda vivamente El intuicionista. Es su novela de verdad, dice. Después de la lectura, compro el libro sin pensarlo demasiado, cautivado por lo que veo y escucho en la sala. La puesta en escena es brillante: rastas, chaqueta de cuadros, camiseta verde, impostación perfecta de la voz, elegancia… es un escritor como los de las películas. La lectura, con la sala a rebosar de fans, parece, de hecho, una escena típicas de las películas sobre escritores. La recepción posterior la sirven en la segunda planta, junto al lounge Pálido Fuego, una especie de santuario profano dedicado a Nabokov. Me quedo allí un momento capturado por las imágenes y los libros. Me sobreviene de pronto una especie Stendhal al verme desde fuera en ese lugar. 

Comento a unos amigos que también yo escribo ficción. Cuando me preguntan si he publicado algo y digo que sí, siento cómo se transforman las miradas. So you are a published writer, my God. Tengo la sensación de que aquí realmente importa haber escrito un libro. Aquí eso es algo serio. Aquí un libro es un libro.


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Ocurre en este lugar algo con los pies que no acabo de entender. Una pulsión de chancla, una tendencia incluso a ir descalzo que me llama profundamente la atención. En casa, todo el mundo. Y en la calle, también. No importa que llueva, truene o haga frío. Abrigo y chancleta. Y pies polvorientos, llenos de barro y encallecidos. Sé que me pierdo algo en la conexión con la naturaleza, pero nunca he podido con la sensación de tener los pies sucios. Soy demasiado urbanita para eso. Me siento extraño fuera de los calcetines. Por alguna razón necesito esa profilaxis para caminar. Calcetines y zapatillas. Esa es mi desnudez.

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Me he emborrachado varias veces con mis vecinos. Joe es americano y hace años trabajó de camarero en Ithaca. Conoce todos los bares y me asesora con las cervezas. Maria es irlandesa y tiene más aguante del que yo jamás podré soñar. Además, lee a Joyce en voz alta y escribe sobre cine  .  Los viernes comienzan en su casa. Vino, whisky y cerveza. Luego bajamos al Downtown y tomamos unos cócteles junto al restaurante francés. Después siempre hay algo en casa de alguien. No importa la hora que sea. Hay bebida gratis, música y conversación. Sin embargo, en ese momento del día mi inglés ya se ha derrumbado del todo y a veces incluso he perdido mi acento.

Al final ha sido una suerte tener que cambiarme de casa. En el fondo esto es lo que andaba buscando. Una puerta abierta al mundo real. Ithaca ha dejado de ser una postal exótica. Comienzo por primera vez a tener la sensación de que habito este lugar. Siento por fin que empiezo a estar dentro de la imagen.




1 comentario:

Unknown dijo...

Jajaja y El nino de Rosemary al fin de noche :-)