10/5/15

Decepción

[Publicado en La Opinión, 09/05/15]

La semana pasada, en la mesa redonda que el SOS 4.8 dedicaba a “Narrar la decepción”, defendí la tesis de que uno de los orígenes de la literatura, al menos tal y como yo la entiendo, se encuentra en el desencanto con el mundo, en la sensación de que las cosas no han salido como esperábamos, que los planes se han truncado y que precisamente por eso es necesario escribir, como un remedio ante aquello que no podemos controlar. La idea de partida me la dio Muy poco… casi nada, el fascinante ensayo de Simon Critchley sobre el nihilismo contemporáneo. Allí el pensador británico observa que el origen de la Filosofía, en lugar de provenir, según la tradición  clásica, de la admiración por la belleza y las maravillas del mundo, se encuentra en la desilusión ante la imposibilidad de dar sentido a aquello que, en algún momento, creíamos conocer. La filosofía comienza, dice Critchley, “con un sentimiento indeterminado pero palpable de que algo deseado no se ha cumplido, de que un proyecto fantástico ha fracasado”.

Critchley escribe este libro tras la muerte de su padre. Y siente que debe escribirlo porque su vida se ha desmoronado, porque todo aquello que tenía sentido ha dejado de tenerlo. En ese momento el mundo encantado desaparece y se muestra en su otro, se le ven las costuras y se revela que el truco de magia era sólo un truco, que el aparente sentido del mundo es sólo aparente. Y todo se deshilacha.

La decepción surge de la articulación de dos emociones primarias: la sorpresa y la pena. La sorpresa llega porque encontramos una realidad imprevista: porque aquello que pensábamos acaba siendo diferente, porque no se ajusta a la expectativa. Y la pena, la frustración, precisamente surge porque esa cara que muestran las cosas es lado negativo de nuestros planes.

Muchos son los escritores que se han adentrado en la decepción –no se puede entender la historia de la literatura moderna sin atender a esta sensación–, pero quizá pocos hayan llegado tan lejos como el austriaco Thomas Bernhard. Toda su obra se halla atravesada por la frustración, pero hay un libro que, casi de modo destilado, muestra el modo en que esa sensación funciona en la literatura: El malogrado, una de las novelas más terribles y lúcidas que jamás he leído. Escrita en un tono obsesivo, desgarrador y áspero –como todo Bernhard–, esta obra relata la historia de aquellos que, ante la visión del genio absoluto –el pianista Glenn Gould y su ejecución de las Variaciones Goldberg de Bach–, toman consciencia de que jamás alcanzarán la gloria del arte. Wertheimer, uno de ellos –el malogrado–, vive atormentado por no poder llegar a la altura del genio y acaba sus días ahorcándose frente a la casa de su hermana –así comienza la novela–; y el narrador, también consciente de esta imposibilidad, decide dejar la música y dedicarse a la escritura, rendir memoria, contar historias, hablar acerca del genio porque jamás él podrá serlo.


La contemplación del genio, la decepción, la frustración por no poder lograr aquello que desearíamos, se muestra aquí como origen de la escritura. Si lo pensamos bien, lo que está detrás de la novela de Bernhard es la toma de consciencia de que la propia literatura es una forma de decepción. El libro surge como respuesta a la decepción. Escribimos para afrontar la decepción ante el mundo: el rechazo, la frustración, el deseo incumplido. Escribimos para entender. Escribimos, en el fondo, porque somos malogrados.

---

1 comentario:

J. Teresa Padilla dijo...

En el caso de Bernhard, no hablaría de "decepción", de incumplimiento de una expectativa o de pesar por un desengaño, sino de un muy activo y nada contemplativo "fracaso". Y sin rastro de pena, porque se trata más bien del imperativo moral de la literatura: "hay que afanarse al menos por fracasar" (porque, como decía en "Diario de la galera" un gran admirador suyo, Kertséz, "sólo la victoria es más humillante que la derrota").