15/12/14

Entrevista en la revista "Pliego Suelto"

"El arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y actuar sobre las cosas"
Entrevista realizada por Raquel Moraleja y publicada Pliego Suelto
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Más allá de la escritura académica, ¿cómo has afrontado la escritura y publicación de tu primera novela?
Ha sido todo un reto. No es fácil escapar de un modo de escritura encorsetado y lleno de fórmulas hechas e inamovibles, como el de la crítica y la historia del arte, y adentrarse en un espacio de absoluta libertad como el de la novela. Creo que, en el fondo, ha sido una liberación. Algo que necesitaba. La literatura era desde bien temprano mi pasión oculta, y con la escritura de esta novela la he dejado salir a la superficie.

¿Qué hay de autobiográfico y de alter egos en los personajes de la novela: Marcos, Helena y en el propio Jacobo Montes? 
En toda escritura hay siempre algo de autobiográfico, por mucho que uno se esfuerce en ocultarlo. A mí es algo que me interesa poner en juego. En todos los personajes de mi novela hay algo de mí, aunque quizá sea más evidente en Marcos, con quien comparto un modo de ser, al menos durante mi adolescencia. Quien me conoce no deja de identificarme con él, aunque las diferencias sean abismales. También, claro, está Helena. Sus clases son como las mías, y su biblioteca es la mía. O incluso Montes: hay ideas y pensamientos artísticos que son comunes. Uno no puede escapar a su experiencia.


La trama de Intento de escapada se desarrolla principalmente en una facultad de Bellas Artes de una ciudad de provincias. Como profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, ¿qué te interesa transmitir fundamentalmente a tus alumnos?
Aquí volvemos a lo autobiográfico. Me identifico bastante con las ideas de Helena sobre la docencia. Ella intentaba mostrar el arte como herramienta de acción y pensamiento. Y yo también. Me interesa hacer ver a mis estudiantes que el arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y también para actuar sobre las cosas.
A menudo mis clases son más sobre el mundo que sobre el arte. Quizá sea porque el arte trata más sobre el mundo que sobre el propio arte. Hablar de arte es hablar de mil cosas. Es hablar de amor, de muerte, de poder, de justicia, de ética. Es, como digo, una plataforma para pensar y para hacer. Porque el arte también hace el mundo, lo cambia, lo transforma, actúa sobre él. Por eso es tan importante.
En la novela se plantean debates acerca de los límites del arte contemporáneo y se hacen alusiones a algunos creadores actuales reales, como Abel Azcona, que se encierra 60 días en una habitación “en busca de sí mismo”, o Santiago Sierra, que desgarra las espaldas de una fila de personas, ¿por qué debe considerarse arte este tipo de acciones? 
Es un debate complejo. Son arte porque pertenecen a una tradición artística. Ambos artistas se insertan en una historia. Sus obras están llenas de referencias a esa tradición. No se podrían entender, ni haber tenido lugar, sin sus precedentes. Y esa tradición, la que se comienza a establecer en la modernidad y se desarrolla hasta nuestros días, observa el arte como una experiencia de intensificación del mundo, es decir, como una toma de conciencia –habitualmente crítica– de aquello que nos rodea.
Arte es todo lo que la institución arte entiende como tal –esa es la definición institucional–, pero para estar ahí suele haber una historia compartida, y un modo de entender la práctica. A mí, como digo, me interesa el arte que propone experiencias de intensidad que cuestionan nuestro modo cotidiano de experimentar la vida. Las prácticas que nos hacen ver y sentir las cosas de modo diferente.
Hay muchas dudas sobre el arte contemporáneo que rondan a Marcos, tu joven protagonista. ¿Crees que el arte contemporáneo es apto para todos los públicos o solo para aquellos “educados” al respecto?
El arte contemporáneo se ha convertido en un espacio para minorías, para élites culturales. Pero no todo. Hay un arte que sigue siendo para las masas, un arte kitsch y fácil de consumir. También hay otro excesivamente hermético, casi para críticos y especialistas. Entre esos dos extremos está la virtud.
En cualquier caso, lo que hay que tener claro es que el arte contemporáneo –como el arte del pasado– solo se entiende si uno pone algo de su parte, si lee, si intenta comprender aquello que está viendo. Las obras no se abren como por arte de magia ante nosotros y nos muestran sus significados.
El arte se lee, se interpreta, y solo así se experimenta. Es como un libro. Uno tiene que abrirlo y leerlo; no puede juzgarlo por el lomo, o simplemente después de hojearlo. Con el arte sucede lo mismo: hay que intentar leerlo. Y claro, para eso es necesario un proceso de alfabetización artística. No es tan difícil. Es cuestión de dedicar algo de tiempo a mirar con la mente. A través de vistazos uno no entiende nada.