19/8/14

Presente continuo (Semana del 8 al 14 de agosto)

VIERNES 8 / Escritores de verdad
Despiertas temprano en Marbella. La ventana se quedó abierta y a las siete de la mañana todo el ruido del mundo ha entrado en la habitación del hotel. Te duchas, desayunas, metes el ordenador en la mochila y sales a dar un paseo. Te sientas en una cafetería frente al mar y allí intentas escribir el “Presente continuo” de la semana. Enseguida te quedas embobado viendo a la gente pasear y apenas puedes escribir unas cuantas frases.

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A las doce has quedado con R., el escritor que admiras, en el hotel. El resto de los ponentes de la mesa redonda ya han abandonado la ciudad y vosotros pretendéis hacer tiempo hasta que os recojan para ir al aeropuerto. Decidís caminar durante casi una hora por el paseo marítimo frente al mar. Aunque está lleno de veraneantes, la conversación es tan intensa que casi consigue que te abstraigas de la multitud. Habláis sobre literatura. Aprendes más en una hora que en varios meses. La temperatura es agradable. Coméis pescado frito en un chiringuito frente al mar y la conversación continúa. Escritores, libros, ideas, modos de plantear la escritura… percibes sinceridad en cada una de sus palabras. Sinceridad incluso cuando habla de tu novela y te deja claro que hay cosas que no le han gustado, que sigue esperando algo más, algo que está convencido que puedes dar. Es así como hablan los amigos, sabiendo que a veces la verdad no hiere, sino todo lo contrario. Eso es lo que más aprecias.
Ves en sus ojos el amor por la literatura. Lo ves cuando habla de escritores que admira. En un momento, cuando recuerda a David Foster Wallace, incluso se le humedece la mirada. Es un escritor de verdad. De esos que se toma en serio la literatura. De esos a los que algún día te gustaría parecerte. De esos que agradeces haber podido conocer.
Su avión sale un poco antes que el tuyo. Os despedís en la puerta de embarque con un gran abrazo. Te quedas un momento saboreando la situación, pensando en cómo han cambiado las cosas en el último año, en cómo este momento, esta sensación de “formar parte” –aunque sea una parte mínima y anecdótica– de un mundo que te fascina, todavía pertenece al dominio de los sueños.
En el avión hasta Madrid te da tiempo a terminar el “Presente continuo” en el iPad. Lo escribes con dificultad y estás convencido que va a llegar lleno de erratas. Mientras embarcas en el avión hacia Alicante pones punto y final y lo envías por correo.
En ese último vuelo comienzas a darle vueltas a la novela. Todo lo que te ha dicho R., todo lo que ya sabes. Sigues pensando en eso mientras conduces hasta casa, cuando, cansado del viaje, te acuestas y no puedes dormir, e incluso cuando R., tu mujer, se tumba a tu lado y tu cuerpo se despierta.

SÁBADO 9 / Estilo
Nada más levantarte comienzas las pruebas. Comienzas a cambiar la novela a tercera persona, más frío, menos empático. Pero no funciona. Eso lo descubres a las doce la noche después de estar todo el día encerrado. Cada historia pide ser contada de un modo. Aún así todo esto te sirve para estar alerta y fijarte en cosas que no funcionaban en Intento de escapada. Ahora pondrás más atención en el lenguaje, en el estilo, intentando evocar algo de lo que escribiste en Cuaderno […] duelo, aunque sin llegar al lirismo.
En los intermedios de escritura acabas de leer El palacio de la luna, que te acompañaba en las últimas semanas. Es una historia mítica, quizá la más típica de Auster. Pero las casualidades son excesivas. La semana pasada acabaste diciendo “el azar es una verdad poderosa”. Sin embargo hay un momento en que esa verdad, de tanto repetirse, se vuelve inverosímil o siniestra. Auster está en ocasiones en el límite de lo siniestro. De hecho, piensas que su uso del azar tendría más potencia si se alejase de lo maravilloso y dejara paso a lo terrible.
Por la noche ves Hannah Arendt, la película, y te hace pensar sobre la banalidad del mal. El mundo sigue repleto de burócratas anodinos del crimen. El mal está donde uno menos se lo espera.

DOMINGO 10 / Desafinado
Te levantas temprano y te pones de nuevo frente a la pantalla del ordenador. Desistes definitivamente de cambiar la forma de la novela y sigues con la revisión de lo que llevas escrito. Ahora es lenta. Te fijas en todos los detalles. A veces te gusta lo que lees. Otras sigues sin estar convencido y no sabes cómo vas a hacer que ciertos pasajes suenen bien. Todo es cuestión de tono, de sonido. Esa es la clave. Y lo que has escrito te sigue sonando demasiado sucio, desafinado, torpe. Vas a tener que volver sobre ello más veces de las que habías previsto.
Por la tarde viene tu suegra, tu cuñada y tu sobrino. Aunque te encierras al principio a escribir, al final el niño entra en la habitación y acabas jugando con él. Pintáis, escribís y luego tocáis un poco el piano. Todas las cosas son ahora nuevas, todas diferentes. Te gusta esa sensación. Pero P. es incansable. Su capacidad de volver a sorprenderse una y otra vez acaba siendo agotadora. Piensas que eso es lo que hace aburridos a los adultos, que las cosas nuevas dejan de serlo enseguida, cada vez más rápido.

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Después de la cena, vuelves a escribir hasta bien tarde. Antes de acostarte entras por casualidad en una tienda de e-books y descubres que ya están las primeras páginas de la traducción alemana de tu novela. Las descargas e intentas leerlas sabiendo que no vas a entender absolutamente nada. La dedicatoria es lo único que logras comprender. “Für Raquel, für alles”. R. se emociona. Tú duermes feliz.

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LUNES 11 / Ser injustos
Te levantas algo más tarde de la cuenta y trabajas. Cambias algunos párrafos. Pero no eres demasiado productivo. Por la tarde vas a comprar algunos libros. Coetzee, Vargas Llosa, Pamuk y McEwan. Los hojeas y ves que alguno está cerca del tono que quieres buscar.
Cuando vuelves, sales a andar por el río. Al final consigues correr un poco. Es la primera vez desde la operación. Notas que el cuerpo te responde. Regresas a casa contento.
En las noticias el ébola ha podido con el padre Miguel Pajares. En las redes sociales no paran las críticas al gobierno por haber gastado dinero en la repatriación mientras que el resto de los enfermos sigue muriendo. También proliferan los comentarios ácidos sobre cómo la muerte de un blanco, de un europeo, sale en las noticias con nombres y apellidos, mientras que la de los demás, los que mueren todos los días, apenas se convierte en un número sin rostro. Algo de eso hay, sí. Es cierto. Pero las cosas hay que reconocerlas. Miguel Pajares, como otros muchos, ha dedicado su vida a los demás mientras nosotros criticamos las ironías de la vida y los sinsentidos de este mundo desde internet, sentados en nuestro sofá y con el aire acondicionado a tope porque hace calor. Hay que tener algo especial –entre otras cosas, muchos cojones– para ir a combatir la pobreza y la enfermedad. Desde luego, es algo que a ti falta; lo tienes claro. Dar la vida por los otros, por las razones que sean –creer que serás recompensado en el cielo, o en la tierra, o en ningún lado–, está en el límite de lo humano –o quizá sea lo más humano–. Ése sí que es el espejo en el todos tendríamos que mirarnos. Es muy fácil criticar a la ligera. Pero es injusto. Al final, las noticias de la enfermedad y muerte del padre Pajares, esas que decimos que copan los titulares mientras mueren los anónimos, son apenas una anécdota, un fogonazo –como las de los propios estragos del virus–, frente a la absoluta importancia de la espalda de Neymar, las arcadas de Messi o la rodilla de Cristiano Ronaldo.
Por la noche lees los ensayos de un premio de crítica de arte del que eres jurado. Llevas ya un tiempo leyendo alguno en los ratos libres, pero la deliberación se acerca y se te echa el tiempo encima.

MARTES 12 / Dolor
Escribes desde bien temprano. Hoy sí que consigues avanzar algo más en la revisión. A finales de la mañana, vas al gimnasio. Vuelves después de dos semanas. Te sientes bien. No sabes aún que el dolor va a acabar regresando. Por la noche el abdomen se resiente y apenas puedes moverte. No aprendes.

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MIÉRCOLES 13 / Escritura pasajera
Reescribes y retocas los párrafos que supuestamente habías dejado acabados la noche anterior. Toda frase es ahora susceptible de ser eliminada. Toda palabra es pasajera. Tienes la sensación de que las páginas son dunas de arena. Cualquier cosa puede transformarse con un mínimo soplo de viento.
En la siesta el dolor es insoportable. Sin embargo, como por arte de magia –por arte de excitación, más bien–, desaparece durante el sexo. Vuelve de nuevo con fuerza al acabar.
Lees en las redes sociales que el Murcia sube de nuevo. Ya no sabes si alegrarte o no porque aún no es oficial. Prefieres esperar y ser prudente.
Por la tarde terminas de leer los ensayos del premio. Después, antes de acostarte lees Escribir, de Marguerite Duras. Sutil, delicioso, una pequeña joya.

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JUEVES 14 / Coetzee
Te levantas temprano para acabar de rellenar las planillas de evaluación del premio. A las cuatro y media es la reunión. Videoconferencia con Colombia. Tras dos horas y media dais por finalizada la deliberación. Respiras por fin. Te sientes liberado. Aunque apenas quedan quince días de agosto, sientes que sólo ahora han acabado tus obligaciones. Lo que resta del mes, lo dedicarás sólo a leer por placer y a escribir –también por placer–.
La tarde y la noche las pasas absorto leyendo La edad de hierro, de J.M. Coetzee. Tienes la sensación de que este escritor está a años luz del resto. Es inconmensurable. Todo lo que has leído de él te ha removido por dentro. Pero esta novela va incluso un paso más allá. Un mundo a punto de extinguirse, una mujer que ya no pertenece a ningún lugar, un amor áspero y agrietado. Es un libro terrible, tremendo, desolador. Lo cierras con el vello de la nuca erizado y con un extraño sabor a barro en la boca. Tomas algo de aire para respirar y apagas la luz. Las palabras siguen reverberando en tu cabeza hasta bien entrada la madrugada.

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