18/11/13

Presente continuo 11

VIERNES 8
Tecnología.
Nuevo teléfono. Llevabas algunos meses queriéndolo cambiar. Con las actualizaciones continuas se había quedado demasiado lento y llegaba a desesperarte. El nuevo es mucho más rápido. Una máquina fascinante.

La tecnología te apasiona. Siempre te han atraído las maquinitas. Eres un geek. Lo reconoces: te gustan todos los gadgets. Es un vicio, casi tanto como los libros. Cuando piensas en todos los cachivaches electrónicos que has ido teniendo a lo largo de los años, te ruborizas. Sobre todo porque ahora ya ninguno sirve para nada. Cada dispositivo venía con una promesa de felicidad. Y ninguno llegó a cumplirla del todo. Todos fueron sustituidos en la plenitud de su vida. Obsolescencia programada. Caminos cortados, vidas posibles, cajones llenos de sueños que no llegaron nunca a hacerse realidad.


SÁBADO 9
Gravedad.
Sientes cierta culpabilidad por haber estado toda la noche con el nuevo juguete. Así que te levantas temprano y te pones a escribir. Toda la mañana. Escribes precisamente este diario, la parte publicada la semana pasada. Tenías que haberlo enviado anoche, pero con el móvil te distrajiste y ahora vas con el tiempo justo. Necesitas más de dos horas para escribirlo. Esta semana apenas has podido sentarte frente al ordenador y ahora tienes que reconstruirlo todo a partir de unas simples notas.

Después de comer, en la hora de la siesta, ves el Madrid con L. en El Parlamento. Gana el Madrid. Sin solución de continuidad, y antes de volver a casa, en un bar de copas de Pérez Casas ves empatar al Murcia. Son las ocho de la tarde y te das cuenta de que llevas varios gin-tonics encima. Has quedado con R. para ir al cine a ver Gravity y L. dice que te vas a marear entre el 3D y las copas. Pero no te mareas, no. Lo que sí ocurre es que Gravity te enerva. Es una película plana, sin historia, sin guión, sin profundidad emocional alguna. Es pura superficie, efectismo burdo. Crees que funcionaría mejor como el vídeo promocional de un planetario que como película. Imágenes impactantes, todas construidas digitalmente. Pero ya está. Experiencia visual despojada de todo lo demás. Y muy pretenciosa. Sales cabreado del cine. R. comparte tu indignación.

DOMINGO 10
Lo imposible.
Ves las noticias del tifón de Filipinas y te quedas sin habla. Es imposible hacerse cargo del número de víctimas. Lo inimaginable tiene lugar. Si lo pensaras detenidamente te romperías por dentro. Quizá por eso no lo piensas, para seguir escribiendo, para seguir leyendo, para seguir comiéndote los macarrones con queso después de las imágenes que muestra el telediario. Unas imágenes que no te afectan. Son tan inconcebibles que no es posible asumirlas. Al final del telediario, sin embargo, vuelven a ponerlas. Esta vez, con música. Utilizan la banda sonora de Lo imposible. Y la realidad se convierte en una película. Es entonces cuando consiguen emocionarte. Y te enfadas contigo mismo porque sabes que la emoción y el estremecimiento no provienen de la realidad, sino de la ficción. Si ahora lloras con las imágenes es porque la música conecta con un imaginario establecido de sensaciones y emociones. El espectáculo sustituye lo real.

LUNES 11
Texto para un cuerpo.
Pasas toda la mañana preparando el recital literario que tienes por la tarde en el Zalacaín. Estás nervioso. Es tu primer recital. En alguna ocasión has leído cuentos en público, pero ha sido siempre algo breve. Así que lo preparas a conciencia. Quieres leer un poco de todo, desde tus primeros cuentos hasta algún fragmento de la novela que estás escribiendo ahora. Y también hacer algo diferente. Algo que escribiste ayer y llevas pensando unos días. Un texto para un cuerpo. El jueves pasado, hablando sobre cómo colaborar con el colectivo La Mano Robada, pensaste en que esa sería una buena manera de hacer algo juntos. Un cuento-performance. M. ofreció su cuerpo como página en blanco. Y tú aceptaste el reto.

Por la tarde, antes del recital, pasas por la casa de los chicos de La mano robada para guiarlos en la escritura y asegurarte de que vas a poder leer el texto. J.I. comienza a escribir en el brazo de M. y, a las pocas palabras, te das cuenta de que no entiendes del todo su letra. Será mejor que lo escribas directamente. Esto no estaba planeado. Aun así, decirles hacerlo. Y lo que sucede en ese momento es extraño. Aunque el cuento ya está pensado y escrito en el papel, escribirlo sobre el cuerpo desnudo de M. es como volver a materializarlo. Te sientes como una especie de copista medieval. Recuerdas mientras escribes algunas escenas de The Pillow Book, la película de Peter Greenaway en la que el cuerpo se convierte en un libro. Y eso es para ti ahora el cuerpo de M., un libro. O mejor, un cuaderno. Un cuaderno vivo que recorres con tu escritura. Ella está desnuda. Completamente. Es joven. Muy bella. Su piel es suave. Sus pechos son hermosos. En otras circunstancias probablemente estarías excitado. Sin embargo, cuando escribes, cuando recorres su piel con tu escritura, cuando tienes que tocar sus pechos para escribir en uno de sus pezones, cuando recorres su vientre o incluso cuando tienes que arrodillarte frente a su pubis y posar tus manos sobre su sexo para escribir en él, paradójicamente, te das cuenta de que tu libido ha sido sublimada. Es un acto puro, despojado de toda sexualidad. Estás ante un cuerpo. No un objeto, ni mucho menos. Sino un cuerpo que siente, lleno de vida. Un cuerpo que respira. Ésa es la clave. Eso es lo que hace que la escritura tenga sentido. Vida desnuda, intensa, natural, salvaje.

Más tarde, cuando leas su cuerpo para finalizar el recital, de nuevo volverás a sentir esa extraña neutralidad paradójica. Una sublimación absoluta. Un texto que es un cuerpo. Un cuerpo que es un texto. Una escritura viva. Un acto de belleza.

El Zalacaín está lleno de amigos y también de gente que no conoces. Tus nervios aumentan por momentos. Y un instante antes de ponerte frente al micrófono, tu corazón comienza a palpitar con intensidad. Es raro, has dado más de doscientas conferencias, has recorrido los espacios más variopintos y te has enfrentado a todo tipo de público. Pero esta noche es diferente. No sabes por qué, pero lo que sientes no se parece a nada que hayas experimentado antes. No es exactamente nerviosismo. Y de eso te das cuenta en el momento en el que comienzas a leer uno de los primeros cuentos que escribiste. Aumentan las palpitaciones y notas cómo algo se mueve por dentro. A diferencia de lo que ocurre con las conferencias, donde sientes que te vas gastando conforme avanzas, ahora sientes todo lo contrario; es como si te estuvieses llenando de energía. Imaginas entonces las palpitaciones como el parpadeo de la luz en el cargador de una batería. Cuando acabas, estás pletórico. Es como un subidón de una extraña droga de diseño.

Por la noche no puedes dormir. Todo vibra. Tienes que hacer una meditación para sacar de tu cuerpo la energía sobrante. Imaginas que sale por tu pecho, como una explosión hacia el resto del mundo. Mientras lo haces, intentas saborear el momento. Te gustaría retenerlo para siempre. Quisieras que fuera posible meter algo de esto dentro de una cajita para poder rescatarlo en el futuro. Porque eres consciente de que todo pasa y las cosas no van a ser así para siempre. Precisamente por eso quieres detener el tiempo, apresar este instante de absoluta felicidad. E intentas grabarlo a fuego en tu memoria. Para que cuando las cosas sean diferentes puedas decirte: sí, ese día fue feliz, estuvo ahí, existió.

MIÉRCOLES 13
Magma.
Presentación de la Revista Magma en el Espacio Pático. No cabe un alma. Tienes que decir unas palabras. Apenas tienes tiempo de preparar nada e improvisas sobre la marcha. No es difícil esta vez. Sólo tienes que agradecer: agradecer que hayan contado contigo, que existan iniciativas así, que la gente no se quede parada en tiempos como estos, que nazca una plataforma para dar voz a la cultura en Murcia, y que lo haga de esa manera, elegante, con estilo, con inteligencia, como si fuera una revista cultural de Brooklyn. Larga vida a Magma, dices para acabar. Y esperas que sea así.


JUEVES 14
Fin de fiesta.
Sales temprano para Huesca. Haces escala en Madrid durante unas horas y aprovechas para solicitar el visado chino. Al final te convencieron para viajar a Pekín. Cuando llegas a Madrid no das crédito a lo que sucede con la basura. Lo habías visto en la televisión, pero no podías imaginar que estaba por todas partes. La sensación es extraña. Parece el día después de algo. Un día de resaca. El fin de una fiesta bizarra.
Después, comes con A. y, entre otras cosas, habláis precisamente de esa sensación de post-festum. Reconoces que eres un afortunado habiendo nacido unos años antes, cuando había oportunidades. Ahora ni siquiera habrías podido conseguir una beca. Por muchas matrículas de honor que hubieras sacado. Porque ahora las cosas son mucho más difíciles. Es el final de una fiesta. Es el día después. El momento en el que todo ha comenzado a resquebrajarse.


A las nueve llegas a Huesca. Está lejos. Hace frío. Mañana hablas sobre arte y memoria. Estás cansado. Caes a la cama y te duermes sin leer.