18/11/13

Presente continuo 10


VIERNES 1
Viajar en el tiempo.
Las tres y media de la tarde. El cementerio está vivo. Parece un día alegre, de una extraña felicidad nostálgica. Flores, bullicio, gente que se mueve de un lugar a otro. El cementerio convertido en un pueblo. Un pueblo vivo al que ahora tú regresas. Y de camino hacia el panteón familiar tropiezas con muchos rostros conocidos. Compañeros de colegio, madres que iban a recoger a sus hijos, gente que esperaba en la parada del autobús, que hacía cola en el kiosco, en la librería… figuras que fueron el paisaje visual de tu infancia y que cada año vuelves a encontrar en el cementerio. A algunos no los reconoces del todo, a otros muchos sí; sus rostros han cambiado, pero hay algo en ellos que te lleva al pasado. Aun así, no los saludas. Los miras de reojo, pero no los saludas. No los saludabas en el colegio y no lo vas a hacer ahora. Eran simplemente parte de una imagen, estaban allí, como figurantes, eran el telón de fondo de todo lo que sucedía en aquellos años. E imaginas que tú también debiste serlo para ellos. Paisaje, atrezo, mera escenografía de esa gran obra de teatro que es la vida. Por eso sientes también que eres mirado, que para los demás formas parte de esa imagen que ahora vuelve a ser construida. Qué paradoja, piensas, con ellos –con esos que nunca saludaste aunque conviviste de algún modo– compartirás este espacio para siempre. Pero entonces ya no os veréis, ni os miraréis de reojo. Tan solo seréis paisaje. Esta vez sí. Paisaje mineral, cosa, objeto, tierra, polvo.

Pasas unas horas frente a la tumba de tus padres con tus hermanos. Es extraño. Habéis naturalizado la pérdida. Miráis las fotos y ya no sentís esa punzada de los primeros años. Ahora las fotos os miran pero ya dicen menos. O siguen diciendo, pero de otro modo.

Sentados en unas sillas parece que estéis representando una reunión familiar. Habláis entre vosotros, pero mentalmente –y eso ninguno lo dice– también incluís en la conversación a los que están detrás del mármol, como si ellos os pudieran escuchar, como si todo lo que decís estuviera reverberando en otro lugar. Quizá por eso habláis de la huerta, del lugar que todos habitaron alguna vez, y J. dice que ha plantado patatas pero que les está costando salir. No es tan fácil ser agricultor. Sobre todo después de toda una vida trabajando en otra cosa. Ya no quedan huertanos como los de antes, dice P. Apenas quedan unos cuantos que sepan cómo respira la tierra. Son los últimos habitantes de un mundo que ya hace algún tiempo que se fue. Los nuevos huertanos tienen que aprender desde cero. Huertanos de Internet, los llama tu sobrina. Porque J., su padre, mira en Internet cómo se cultiva, qué tipos de patatas son los mejores para la tierra… pero aun así no siempre salen las cosas. Hay que escuchar la tierra, dice el vecino. Los huertos hablan. El problema es que ya no hay nadie que sepa entenderlos. Se ha perdido todo, vuelve a decir. Y entonces se hace el silencio. Miras las fotos de las lápidas. Miras a tus hermanos. Habéis perdido mucho, es cierto. Pero no se ha perdido todo, piensas. Nada se pierde para siempre.

Cuando subes al coche para volver a casa ni siquiera pones la radio. Necesitas ese espacio de silencio para poder regresar al presente. En quince minutos vuelves a 2013. Existen los viajes en el tiempo. De eso estás seguro. Este es uno de ellos.


DOMINGO 3
Leer.
Pasas el sábado y el domingo encerrado leyendo una tesis de la que serás tribunal el lunes en Granada. Lo has dejado para el último momento y se te ha echado el tiempo encima. R. se quedó a dormir con su madre y tú has pasado la noche en vela con las más de quinientas páginas de la tesis. No es la mejor que has leído, pero es buena. Aprendes cosas, anotas ideas, descubres algún libro que no conocías.

Apenas has dormido para intentar hacerlo en autobús. En tren puedes leer y trabajar, pero en autobús te mareas y sabes que la única opción que te queda es dormir. Es lo único productivo que puedes hacer durante el viaje. Sin embargo, el autobús que te toca en el trayecto hacia Granada es tan estrecho que apenas puedes moverte. Y cuando el pasajero del asiento de delante se reclina, el espacio que te queda es prácticamente inexistente. Las tres horas y media se te hacen eternas y llegas con un dolor de rodillas que ya no se irá en toda la semana.

Cenas temprano y te subes al hotel a leer tranquilamente. No tienes sueño, la tele no funciona y lees prácticamente de un tirón lo que te falta de Fuera de aquí, las conversaciones de Enrique Vila-Matas con su traductor francés. El libro es maravilloso. Vila-Matas habla de sus inicios en la escritura, da claves sobre cada uno de sus libros, menciona a sus referentes, sugiere lecturas… una joya para los vilamatianos como tú. Cuando acabas de leer te entran unas ganas terribles de ponerte a escribir y una frase te taladra la cabeza: “Escribir siempre, ser como una rueda, una máquina: escribir mañana y pasado mañana, en días de fiesta, en verano, escribir constantemente.”

LUNES 4
Cum laude.
Casi todas las tesis a las que asistes acaban con el cum laude. Algunas lo merecen, otras no tanto. Esta es muy buena, y sin duda lo merece, al menos el cum laude que se da en España. Porque quizá el cum laude debería quedar solo para alguna ocasión excepcional, para esas tesis que te dejan sin respiración, para esas que aparecen muy de vez en cuando y siempre se recuerdan.

Conoces en Granada a gente interesante. Al final, la experiencia es provechosa. La ciudad es preciosa y huele bien. Te llama la atención el olor a especias de las calles por las que te llevan al restaurante después de la lectura. La vuelta es mucho más agradable que la ida y tienes más espacio en el autobús. Puedes dormir algo. Sueñas con Vila-Matas. Te dice que escribas. Te lo ordena.

MARTES 5
Escribir.
Sales a correr temprano y nada más volver te pones a escribir. Es un mandato. Es necesario. Te lo ha dicho Vila-Matas. La novela estaba casi parada desde que regresaste de Venezuela. Después de cada viaje tu cabeza necesita un tiempo para volverse a poner en marcha. Lees lo que llevas escrito hasta el momento. La distancia te hace ser demasiado crítico y apenas salvarías nada. Aunque es cierto que hay partes que te gustan. Y decides continuar por ahí. Escribes del tirón diez páginas de las que te sientes contento. La semana ha tenido sentido.

MIÉRCOLES 6
Política.
Te das cuenta de que en este diario apenas hablas de política. Te parece todo una gran parodia trágica. Cierran Canal 9 y te parece un disparate. Pero los argumentos te parecen un disparate mayor. Todo puro cinismo. Pero lo que te indigna cada vez más es lo que sucede con la educación. Crees por un momento que lo que hace el Ministro Wert es una performance. No es normal que en época de crisis, el ministro peor valorado sea el de educación, por debajo del de economía o la de empleo. Los demás ministros deben de estar encantados con él. Es la cortina de humo perfecta. De no ser porque lo que está llevando a cabo, pasito a pasito, no es solo el recorte y la reforma de algunas cosas, sino la transformación paulatina de todo un sistema. Es un cambio de modelo, un paradigma peligroso que nos lleva hacia otro estado de cosas. Y eso es grave. Muy grave. Prometes reflexionarlo otro día cuando tengas más espacio y más argumentos.

JUEVES 7
Fuisteis yo.
Por la mañana, después de correr, tienes un encuentro con alumnos de Bellas Artes que han leído tu novela. La experiencia es interesante. Cambio de rol. Entrar en un aula como escritor y hablar de “tu obra” en lugar de hablar de la obra de los demás. Te emociona ver que a muchos les ha gustado y les ha servido para transformar su visión sobre algunas cosas. Esa era la intención. No puedes estar más contento.

Por la tarde, visitas Fuisteis yo, la exposición de Tatiana Abellán en Molina de Segura. Acabas emocionado y perturbado con sus fotografías borradas y su poética de la fragilidad. Estás enamorado de sus obras y del modo en el que visualiza la destrucción de la memoria. Aún no lo sabe mucha gente –supones que a partir de ahora mismo ya será público–: la protagonista de la novela que estás escribiendo hace exactamente lo mismo que Tatiana, borra fotos antiguas intentando encontrarse en las huellas de los otros. Por eso Fuisteis yo te emociona tanto. Por eso no puedes quitarte de la cabeza esas imágenes que se ofrecen a la mirada y que ya nadie es capaz de reconocer.