20/8/13

Textos, idiomas y más lecturas

Por fin he podido acabar el texto sobre Xu Bing y su Background Story. Era de los últimos encargos que había recibido. El año pasado. Uno acepta estas cosas que vencen a los siete u ocho meses creyendo que nunca llegará el plazo. Pero al final siempre llega. Todo llega. Y llega siempre en el peor momento, cuando uno menos se lo espera o cuando uno quiere descansar o cuando uno está en otras cosas. Sea como sea, siempre te pilla con el paso cambiado. Y el caso es que al final uno aprende. Por que, si no, ¿de qué otro modo me iba a haber yo puesto a leer con intensidad sobre el arte chino contemporáneo? Ha sido una forma de ampliar horizontes. Y la obra me ha gustado. Muy inteligente. Y muy sutil su crítica de la tradición y de la banalización a la que la somete el mundo global y el discurso de la alteridad.



En cualquier caso, una cosa hecha. Mesa limpia, libros colocados en sus estanterías –cada texto en el fondo es un viaje de los libros de la estantería a la mesa–, y a por lo siguiente. Y lo siguiente es la conferencia que tengo dentro de dos semanas en Turku sobre arte, trauma y memoria. Allí volveré a la cuestión del arte de historia, esa que analicé en Materializar el pasado, y hablaré un poco sobre la obra de Francesc Torres. Lo tendré que hacer en inglés. Y eso me angustia. El inglés me mata. Es mi asignatura pendiente. De siempre. No importa el tiempo que haya pasado en los Estados Unidos, el tiempo que haya estudiado, los libros que haya leído, las películas y series que haya visto... no importa, no, mi inglés es un desastre. Es un desastre cuando lo hablo y es aún más desastre cuando lo leo. Porque cuando lo hablo, aunque tenga miles de fallos gramaticales, al menos hay cierta fluidez y cierto tono de tensión, de realidad; pero cuando lo leo, a los cinco minutos aquello ya no hay quien lo escuche. Por alguna razón, al ver escritas las palabras en el folio acabo pronunciándolas aún peor.

Imagino que ya no hay solución. Hay gente que tiene siempre un problema que no puede ser arreglado. El mío está claro que es el inglés. Bueno, si fuera sólo el inglés...

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Aparte de estas cosas, después de volver de Londres, he seguido con mi disciplina lectora de narrativa. He intentado volver a ciertos clásicos que tenía pendientes –otra laguna que voy ir paliando poco a poco–, Viaje al fin de la nocheRayuelaEn el camino. Aunque por todos ha pasado el tiempo, Céline y Cortázar me han cautivado; Kerouac no tanto. Puedo llegar a comprender lo que supuso, pero ha sido una lectura muy pesada.

Para no perder el pulso del presente, estas lecturas las he ido combinando con cosas más recientes: Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, de Llucia Ramis, una muy interesante novela familiar que tiene unas reflexiones sobre la memoria muy, muy sugerentes. Además, Llucía escribe como los ángeles. Mimoun, de Rafael Chirbes, delicia de novela que ya apunta lo que será el gran Chirbes y que se adentra en el Marruecos más desconocido y menos exótico. Uno acaba de leerla sintiendo el sudor y el ambiente de Mimoun. El error, de César Aira: no he llegado a entrar en el mundo de Aira del todo. Tiene reflexiones y momentos ensayísticos que me gustan mucho, pero uno tiene la sensación de que hay una dejadez y una falta de intensidad que al final te saca de la lectura. Aun así quiero seguir leyéndolo, porque sí que está claro que ahí hay un gran escritor, sin duda.

También me he atrevido con La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, un thriller decepcionante que se lee muy rápido, pero casi más para sacárselo de encima que para disfrutar de la lectura. Todo el mundo habla del libro y lo de los premios no se entiende. Es un thriller normalejo tirando a malo, que no es mucho mejor –ni tampoco mucho peor– que lo que se encuentra en la mesa de novedades del Eroski. El marketing a veces hace mucho daño. A veces los libros es mejor no esperárselos. Entonces sí que te sorprenden. Y eso es en cierto modo lo que me ha pasado con Donde dejé mi alma, de Jérôme Ferrari, publicado por Demipage. Puedo decir que es uno de los mejores libros que he leído en lo que va de año. Una novela sobre la guerra de independencia de Argelia, sobre el sistema de torturas del ejército francés, pero especialmente sobre lo que ocurre en el interior de los hombres que luchan por algo que no saben muy bien qué es. Una muestra más de que la literatura puede llegar al un lugar al que la Historia difícilmente puede acercarse: el interior del alma humana. Pedazo de escritor este Ferrari. Sin duda seguiré leyéndolo.