Son pequeñas certidumbres que nos hacen mantener la cordura en un tiempo en el que todo fluye. Quizá ése sea el verdadero sentido del ritual, imponer marcadores temporales que sirvan de anclaje para los individuos, lugares a los que agarrarse cuando todo se viene abajo. Frente a la repetición de la rutina y el déjà vu del tiempo maquinizado de la cadena de montaje que anula tanto el presente como la experiencia del pasado, el tiempo ritual introduce una brecha de experiencia significativa en el mundo. Confieso que no me gustan las procesiones, pero entiendo que cada año los cofrades, los nazarenos y todos los devotos vivan estas fechas con emoción. Y es que son días de retorno del Paraíso –por mucho que lo que parezca retornar sea la Pasión–, de la ilusión del contacto con lo sagrado, pero también de un tiempo eterno que suspende la tiranía de la cotidianidad y dota a nuestros actos de una profundidad de sentido que, al menos momentáneamente, llega a paliar la pobreza de experiencia del presente.
[Publicado en La Razón, 6/4/12]
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