3/7/11

Ideas

Para un texto sobre el paisaje y la locura, me adentro en la obra de Remo Bodei. Leo casi de un tirón Paisajes sublimes, una obra reciente sobre la relación entre el paisaje y la idea moderna de lo sublime como desbordamiento de la belleza. Releo también Las lógicas del delirio: razón, afectos, locura. Y me vuelve a fascinar la obra de este pensador italiano. Su claridad, su manera de poner las cosas en su sitio, entrando en Freud y otros psicoanalistas aparentemente casi sin esfuerzo pero con una lucidez tremenda.

En este pequeñito libro sobre la locura, redescubro algunas ideas que habían estado pululando por mi mente estos últimos años y que ahora ya sé de dónde vienen. Muchas veces, uno lee algo y lo toma prestado. Y con el tiempo lo va modulando y transformando hasta que se lo queda en propiedad. Me suele ocurrir a menudo. Me pasa con la música, con las ideas o con los argumentos para cuentos o novelas. Cada vez que se me ocurre algo, tengo que comenzar a pensar de dónde proviene. A veces, identifico claramente la fuente y dejo de lado la idea. Pero cuando no encuentro el origen, comienzo a pensar que es algo mío y me lo quedo. Luego, como me ha sucedido ahora con Las lógicas del delirio, ocurre que puedo encontrar al padre biológico de la idea –al menos a algún familiar directo– y me resisto a dejar partir aquello que creía mío. Y es que aunque uno no sea el padre, ha educado y alimentado la criatura, la ha convertido en alguien de la familia. Aunque no tenga la misma sangre, sí que tiene la misma historia. Y, además, las ideas no pertenecen a nadie. Están ahí. Uno las adquiere, las toma de alguien que a su vez las tomó de otro lugar, las modifica, las transforma y las vuelve a poner en circulación.

Las ideas son como cadáveres exquisitos en perpetuo estado de mutación. Uno actúa sobre ellas, pero ellas siguen su curso a través de un largo viaje lleno de meandros, saltos, regresos, nuevas partidas, olvidos y reencuentros.