25/8/10

Escuchar, perder melodías

Siguiendo con el catálogo de olvidos, confusiones y alteraciones de la realidad en el que vivo sumido últimamente, en las últimas semanas me ha pasado algo particularmente extraño. Un día, tocando el piano, esbocé una melodía y me quedé enamorado de ella. Era como si, por fin, hubiese encontrado la melodía perfecta que tanto había buscado. La repetí tantas veces que la hice mía, la interioricé hasta soñar varias veces con ella. Melancólica, triste, emotiva... era la melodía perfecta para el cortometraje cuya música tenía que componer. Pero había algo en esa perfección que no me cuadraba. Algo en la melodía me era demasiado familiar. Pero no sabía qué. ¿Y si no era mía? ¿Y si yo la había escuchado en algún lugar? Empecé entonces a revisar todas las bandas sonoras a lo que aquello me sonaba. El paciente inglés, todo Morricone, todo Alberto Iglesias, El cartero y Pablo Neruda, yo que sé, cientos de lugares donde aquella melodía podría haberse originado. Escuché uno por uno todos los discos que tengo en itunes, pero no había nada que me recordase siquiera lejanamente a la melodía. Incluso en mi perfil de Facebook pedí ayuda a mis amigos, para que me dijeran si les sonaba de algo. Nadie me contestó (tampoco sé si alguien se lo tomó en serio). Por supuesto, también toqué la melodía delante de womahn en infinidad de ocasiones, con cientos de variaciones, pero ella tampoco sabía decirme nada. No sabía si la música le sonaba porque me la había escuchado tocar más de cien veces, o le sonaba de antes. Así que, con el tiempo, no demasiado convencido, decidí que la música, en el fondo, era mía. Y que debía aceptarlo. Me sonaba precisamente porque era mía. Y esto me hizo acordarme de inmediato uno de mis chistes preferidos:

- Oye, tu cara me suena.
- Claro, soy tu hermano.
- No, de otra cosa, de otra cosa.

Aquí, ante esta música, yo no podía sino repetirme: "oye, esa melodía me suena. Claro, la has compuesto tú. No, de otra cosa, de otra cosa". Y entonces también recordé la escena de La muerte en Venecia (la de la película de Visconti, no la de la novela) en la que Gustavo Aschenbach no reconoce (o no quiere reconocer) su propia música tocada por otro al piano.

Como quiera que sea, la cosa es que me convencí de que la música era mía. Pero hace dos días, mientras leía, y tras programar mi itunes para una sesión aleatoria de toda la música que tengo allí, una melodía me sacó inmediatamente del libro. Allí estaba la música que tanto había buscado. Miré a la pantalla del ordenador y descubrí entonces a Ryuichi Sakamoto, con su pelo blanco y brillante, tocando extasiado "The Sheltering Sky". Quedé conmocionado. Era la misma melodía. No parecida, ni semejante, sino exactamente igual, como si la hubiese copiado a conciencia tras varias horas de trabajo. Por alguna razón que aún no logro adivinar, la música, que había escuchado apenas una vez, se me había metido por la puerta de atrás y se había asentado en mi cerebro, como un déjà vu, pero auditivo. Lo grave es que yo la había tomado como algo mío, y si no llega a ser por esa casualidad de volver a encontrarla, en breve la melodía habría estado campando a sus anchas por las pantallas de los cines, a la espera de ser denunciada por cualquier fan de Sakamoto.

Después de reflexionar un poco, la cosa incluso llegó a asustarme. ¿Y si todas las demás melodías que he compuesto hubiesen también entrado así? ¿Y si me pasase lo mismo con la escritura, con los personajes, con los argumentos, con las historias, con las voces, con los tonos, con los estilos...? ¿Y si todo me hubiese sido inducido de esa manera? Entonces, por supuesto, se me vino a la cabeza Origen, la película de Nolan, y la manera en la que una idea, un sentimiento, es inoculado, como un virus, y luego se extiende por todo el cuerpo. Y pensé por unos momentos que alguno de esos detectives del sueño me había metido la melodía en la cabeza y me había hecho pensar que era mía. Alguien, sin duda, había manipulado mi subconsciente. Luego descarté la idea (quien sabe si también inducido por la idea de descartarla) y simplemente di las gracias a la divina providencia y al azar objetivo por haber resuelto la situación antes de que la cosa fuese a más. Intuyo que tal y como sucedió todo, con ese convencimiento, si la música tarda algo más en aparecer probablemente me habría planteado emprender acciones legales contra Sakamoto por plagiar mi composición.

En cualquier caso, lo que queda claro es que ahora he perdido mi melodía. Me han quitado algo que yo creía mío. Si no hubiese vuelto a escuchar nada más, habría vivido con la ilusión de haber compuesto esa música.

En el post anterior escribí que leer, de alguna manera, es perder memorias. Ahora debo escribir que escuchar, sin lugar a dudas, no es otra cosa que perder melodías.

2 comentarios:

Leandro dijo...

Ahí hay todo un cuento. A por él

mahn dijo...

Pues sí, lo cierto es que ahí está. A veces la realidad es pura ficción. Tendré que retomar todas estas cosas para mi particular "experimentos con la verdad"