22/5/10

Losing Lost

Hoy domingo, después de seis temporadas, acaba Lost. Por cosas del destino, podré ver el final de la serie en directo desde Estados Unidos. Desde las siete de la tarde, estaré pegadito al televisor para tragarme las cuatro horas y media de emisión especial que programa la cadena "Abc". Si España llegase a la final del Mundial de Fútbol, no sé si la emoción iba a ser la misma. Y es que Lost me tiene agarrado por los mismísimos e intuyo que no me va a soltar hasta el último minuto.

Creo que ha sido Antonio Rentero el que mejor ha resumido el argumento de la serie. No creo que haya mejor manera de decirlo: «un avión se estrella en una isla y a partir de ahí se arma un lío de tres pares de narices». Una isla misteriosa que se mueve en el tiempo, unos personajes con un pasado complicado y una trama que está a medio camino entre lo paranormal y lo mitológico. Y mil cosas más, por supuesto. Pero sobre todo una pregunta (la misma que se ha hecho el ser humano desde sus orígenes): ¿por qué estamos en el mundo (en este caso, en la isla)? ¿Se trata tan solo de un mero accidente o, por el contrario, todo esto responde a un plan que no alcanzamos a comprender? La respuesta que se nos da aquí es que «todo ocurre por una razón», es decir, que nuestras preguntas pueden ser contestadas, aunque la verdad, como rezaba el lema de otra célebre serie, esté ahí fuera.

Pero el éxito de Lost no está sólo en formular esa pregunta manida, ni en el argumento, ni siquiera en lo bien construidos que están los personajes. Lo que hace que la serie sea casi tan adictiva como una droga es la estrategia de los guionistas a la hora de dosificar la información y construir el relato. Es decir, la manera de contar. La magia de la serie está en la capacidad de narrar, de dejar las cosas en suspenso, de no decirlo todo, o de decir solo la mitad. Lo que realmente hace de Lost una gran serie es que enlaza directamente con la tradición de Sherezade, aquella joven que, en Las mil y una noches, para evitar su muerte, entretenía al Sultán contándole historias.

Contar historias es una manera de salvar la vida, una manera de mantener a raya nuestra animalidad, nuestras certidumbres, y de desplazarlas a través del lenguaje. Contar historias es una especie de escudo ante lo real, una armadura que nos permite adentrarnos en el mundo. Y cuando esa armadura es fuerte, uno no quisiera que la historia se acabase jamás. Porque si contar historias es aplazar la muerte, terminarlas es volver a convocarla. Cuando una historia llega a su fin, sufrimos un adelanto de la muerte. No de la nuestra, sino de la de los otros (nunca mejor dicho). Es decir, se nos viene encima la pérdida, la nostalgia por el tiempo en el que, durante la historia hemos sido uno-con-el-lenguaje, en tiempo el que, en cierta medida, hemos recordado ese mundo encantado de nuestra infancia que aún pervive en la ficción. Porque, si uno lo piensa bien, la ficción no es otra cosa que la pervivencia de ese mundo mágico de la niñez. Si no, "a cuento de qué" (nunca mejor dicho otra vez) íbamos a temblar ante una nube de humo negro que no es la del volcán de nombre impronunciable, sino la de un señor calvo con una cicatriz en la cara. Nos emocionamos con las historias porque hay algo de ese mundo infantil que aún no se ha ido. Algo que, sin embargo, es esfuma cuando las historias acaban. Por eso no quisiera que Lost acabara nunca. No quisiera despertar al mundo real. A veces es mejor vivir en el cuento que caer en la cuenta.

5 comentarios:

R dijo...

y contar nuestra historia? qué me dices de eso?
ya me contareis entre todos el gran final de Lost!

la desaparecida.

Nachete dijo...

por desgracia, se acaba la puta serie....


=(


Buen blog, por cierto.

Leandro dijo...

Contar historias es una manera de salvar la vida, una manera de mantener a raya nuestra animalidad, nuestras certidumbres, y de desplazarlas a través del lenguaje. Contar historias es una especie de escudo ante lo real, una armadura que nos permite adentrarnos en el mundo, cierto. Y escucharlas (o leerlas, o mirarlas en una pantalla), es la otra cara de exactamente lo mismo

Antonio Rentero dijo...

Mi madre lo resume aún mejor:

"aquí el guionista empezó a liarse, cogió al primer tontiloco que pasaba por la calle y le dijo, anda, sigue tú".

Anónimo dijo...

Ese avion o uno parecido se estrelló en mi habitación anaranjada hace ya unos cuantos años,y desde entonces Sherezade, me refiero a la auténtica Sherezade, la de tapas en Azul Prusia y letras doradas ya no sueña con salir de su prisión, ni salvar a sus hermanas, tiene miedo del mundo, tu artículo me gusta, me emociona, y además es un regalo de cumpleaños.Saludos. Marta