27/4/10

Cenizas

Por fin remitieron las cenizas del volcán de nombre impronunciable y las cosas siguen su curso en los cielos. Sin embargo, imperceptiblemente (tan imperceptible como la ceniza), algo parece haber cambiado. Aparte, por supuesto, de las enormes pérdidas económicas en todo tipo de sectores, la erupción ha abierto también una brecha en el pensamiento y nos ha permitido reflexionar sobre la viabilidad de un mundo sostenido por hilos.

Ha sido un acontecimiento no traumático, no devastador, casi diría que poético; sublime, en el sentido romántico del término. Por vez primera, no es la muerte la protagonista de la catástrofe, y las imágenes dolorosas no han ofuscado el pensamiento. Ahora ha sido la ceniza la que ha cegado nuestros ojos, la que, paradójicamente, negando la visibilidad de los aviones, nos ha hecho ver la fragilidad de nuestros sistemas de comunicación. Y desplazándonos, dejando a miles de personas fuera de lugar, nos ha puesto a todos en nuestro sitio.

Lo curioso es que esta vez los desplazados no han sido los que huyen de su país, los que, por motivos de raza, clase o condición, tienen la movilidad «restringida». No. Esta vez los que han experimentado lo que se siente al no poder regresar a casa, al no poder cruzar los cielos, han sido aquellos que tienen el «derecho de movilidad» permanente. La naturaleza ha medido a todos con el mismo rasero. Y, momentáneamente, nos ha hecho sentir que quizá no seamos tan poderosos, y que todos esos derechos que nos damos y nos quitamos son incluso más frágiles y débiles que una nube de cenizas.

7 comentarios:

César dijo...

No tengo nada que añadir, salvo que es un gran comentario. Me quito el sombrero ante tu análisis.

César Noragueda

Leandro dijo...

Yo hubiera preferido que no remitiesen todavía. Ya puestos, se podían haber estirado hasta el próximo fin de semana y me habría ahorrado un molesto viaje a Melilla. Con permiso de las corrientes de aire, claro

Juanjo Rodríguez dijo...

Resalto que la naturaleza nos pone en nuestro sitio y nos hace ver que no somos tan poderosos como creemos. Algo así me hizo pensar hace algunos años una nube de langostas que me sobrevoló en Fuerteventura. Se me puso la carne de gallina.

I. Nikolayevich dijo...

citando a Schuster,

no hace falta decir nada más

Anónimo dijo...

Miguel Ángel, hace tiempo que te sigo, y me parece muy bueno tu blog. Me gustaría que escribieras, aunque fuera brevemente, un artículo en el que hablaras del arte como chatarra. ¿Por qué hay en tantas ciudades un monumento enrobinado? ¿Por qué parece que está de moda el robín? En Murcia hay muchos monumentos de estos, por ejemplo el cubo que hay en Juan de Borbón. José Lucas suele practicar esta técnica bastante.


Personalmente me parecen horrorosos esta clase de monumentos, pero quizá tenga algún significado el hecho de dejarlos enrobinados y yo lo desconozco. ¿Sería mucho pedir que les echasen una capa de minio y que los coloreasen aunque fuera de negro o marron? En fin, como tú eres un especialista en estética espero que puedas aclararme algo.

Felicidades por tu blog y gracias de antemano, un saludo!

periferia uber alles dijo...

también andaba yo pensando en la fragilidad de nuestro statu quo debido la ceniza islandesa. y, sí, también me parecía lírico... pero ¿nos habría parecido tan lírico si nos hubiera tocado a nosotros no poder viajar?... ay, el lirismo habría desaparecido ipso facto después de estar alimentándonos exclusivamente de sandwiches de starbucks en el aeropuerto, apolillados en los sillones de la sofisticada cadena de cafeterías intentando dormir...
aunque, en realidad, ¿quién no desea vivir en un aeropuerto? todo está suspendido, detenido...

mahn dijo...

Quizá si me hubiese pillado a mí la nube de humo negro (como la de Lost) me habría tocado mucho los mismísimos, es cierto. Pero aun así, hay algo poético en ver cómo unas cenizas pueden paralizar el planeta (bueno, el planeta que es paralizable, porque el resto ya está paralizado tiempo atrás).


Sobre las esculturas de las ciudades: algún día habría que escribir algo. Recomiendo el libro de Juan Antonio Ramírez, que en paz descanse, sobre el tema: "Arquiesculturas Margivagantes", publicado por Siruela.
Las de Murcia, es cierto, son especialmente feas. No se salva ninguna. Algunas son horrendas hasta decir basta. Yo creo que lo del óxido es casi lo de menos. Así no se ven tanto y hacen menos daño a la vista, como cierto monumento a los poetas del que no quisiera verme colgado.