5/1/10

Los reyes adultos

A veces decimos que la Navidad es para que la disfruten los niños. Creemos que se trata de un tiempo concebido para la infancia, pero no es así. La Navidad está pensada para nosotros. Es un rescate del tiempo mágico de nuestra niñez, ese tiempo mítico que configura la base de nuestra psique y que, aunque creamos haberlo dejado atrás, emerge frente a nosotros una y otra vez. En Navidad, las ciudades se llenan de luces, hay señores que vienen a traer regalos, y una especie de espíritu extraño se apodera de la gente. El mundo ordinario se convierte en un mundo sorprendente y encantado, como si el orden mágico de los niños se instaurase en el mundo real.

Si uno lo piensa bien, ese orden maravilloso es mucho más necesario para los adultos que para los niños. Por eso nos empeñamos en guardar el secreto de los Reyes Magos. No por los niños, sino por nosotros mismos. Somos nosotros quienes necesitamos de su existencia. Necesitamos su magia para recubrir la obscenidad de la mercancía. Somos nosotros los que envolvemos la crudeza del consumo con el velo de la imaginación. Un velo que nunca puede ser descorrido del todo, ya que si quitamos de en medio esa fantasía, la cosa no sólo pierde toda su gracia, sino que deja de funcionar. Para que el sistema no se resquebraje, recubrimos la desnudez del capital con la ilusión y la imaginación. Por eso nunca sabremos realmente quiénes son los Reyes Magos. Porque no podemos hacerlo. Es como intentar acceder a la verdad absoluta. Imposible. Así que, por mucho que, aparentemente, dejemos de creer, en el fondo la fantasía sigue trabajando, aunque ahora la proyectemos hacia el mundo de los niños, fingiendo que sabemos que los Reyes son los padres.

1 comentario:

zaloette dijo...

Muy acertado tu comentario y genial poder dedicarle 1 minuto a la lectura del mismo. Un saludo,