3/1/10

Improvisación en toda regla

Ayer, para comenzar el año, y siguiendo con mi tradición de no saber decir que no, me dejé liar para tocar en la gala de clausura del festival de cine Bullas Opera Prima. La actuación consistía en improvisar al piano mientras Luis Espín hacía una VJ session. Es decir, poner música a las imágenes de la pantalla, cosa que siempre me ha gustado. Aunque los dos íbamos a improvisar, habíamos ensayado una secuencia más o menos lógica, de modo que, en cierto modo, se contase una historia con las imágenes, y la música pudiera contribuir a la producción de esa narración hasta cierto punto articulada. Pues bien, esa era la intención. Pero lo que ocurrió realmente fue bien distinto. Si yo no sé decir que no, parece que las máquinas aprenden a decirlo nada más nacer, y lo hacen cuando a ellas les sale literalmente de las conexiones. Y anoche parece que estaban con las conexiones agrias y, sobre todo, con ganas de fastidiar al personal. Como si se hubiesen confabulado todos los astros, la maquinaria empezó a fallar. Las imágenes no entraban, el orden se perdió, y el piano dijo que iba a sonar como a él le diera la real gana.

Nada más empezar, ya con las luces apagadas, y por alguna razón que se escapa al conocimiento humano, observé que el pedal de expresión no funcionaba. Eso, en la música que hago yo, es como si al coche de Fernando Alonso no le funciona el volante. Es decir, una catástrofe. Pero no podía parar. Así que comencé a tocar acordes que mantenía todo el tiempo posible para crear el efecto de sostenido. Sin embargo, así no podía estar mucho tiempo, y tampoco podía seguir a las imágenes, que en ese momento, más o menos, iban según lo previsto. Así que comencé a ponerme algo nervioso, pensando en el desastre que iba a suceder cuando cambiase a algún tema más rápido. En esas, y ya con un rato de concierto, cabreado, y harto de pisar el pedal hasta casi atravesar el suelo, decidí soltarlo y mandarlo a freír espárragos. Y cuál fue mi sorpresa cuando el efecto de sostenido comienzó entonces a aparecer poco a poco. Tuvo que pasar un rato para que me diese cuenta de que, otra vez por causas inexplicables, se había invertido la acción del pedal: cuando lo dejaba suelto, funcionaba, y cuando lo pisaba, quitaba todos los efectos. Eso era un desastre, pero al menos estaba el efecto. Así que, aunque con muchas dificultades, conseguí hacerme con el orden inverso y controlar la situación a contrapié. Yo pensaba en estos momentos en los cowboys que domestican a los caballos salvajes y que al final acaban cabalgando plácidamente sobre ellos. Pues algo así me sucedía. Todo esto ocurría, claro está, mientras improvisaba e intentaba acompañar a las imágenes, que ya en aquel momento comenzaban a aparecer de modo extraño.

Cuando más o menos, y a pie cambiado, me logré hacer con la situación, comencé a darme cuenta de que lo que sucedía en la pantalla también se había invertido. Aparecían las imágenes sin orden ni concierto (nunca mejor dicho). Entonces el nerviosismo vino porque intenté acomodarme a ellas, pero no había manera. Algo sucedía en la cabina de proyección. Luego me enteré de que Luis estaba sudando incluso más que yo, porque a él también el ordenador se le había rebelado, negándose a cargar las imágenes que iba a pinchar en directo.

El colmo llegó con la cuestión del tiempo. Habíamos planeado quince minutos de sesión, pero con la alteración, ya no sabíamos por dónde íbamos. Yo tenía el cronómetro sobre el piano, así que veía el tiempo y sabía que habíamos comenzado a pasarnos. Entonces empecé a intentar terminar. Pero no había manera. Era como una condena olímpica. Yo me veía como Sísifo, subiendo la piedra una y otra vez. Y es que cada dos o tres minutos hacía como que acababa, pero Luis no conseguía oírme y seguía pinchando imágenes, así que yo continuaba. Era como un coitus interrumptus infinito. Así estuvimos más de media hora, acabando una y otra vez. A los 33 minutos, cuando la gente ya comenzaba a estar desesperada, decidí que había que acabar de alguna manera y en un momento determinado cuando se colaron unas frases de mi libro Demasiado tarde para volver, vi el cielo abierto y decidí dejarlo ahí. La gente ya no sabía si aplaudir o esperar a que comenzase de nuevo. Afortunadamente, alguien inició el aplauso y así Luis pudo escuchar que había que finiquitar la cosa.

Al final, a pesar de los pesares, parece que la gente no se dio cuenta de lo que ocurría. Les pareció raro, pero no más que otras cosas. Esto del arte moderno es lo que tiene, que no hay manera de quedar mal. Pase lo que pase, parece que todo ya estaba previsto. Y si no, siempre queda cool y trash, algo que, por supuesto, mola mogollón.

2 comentarios:

Pilart dijo...

Hola! En primer lugar gracias por agregarte a mi espacio como "seguidor". Supongo que lo habrás conocido porque, como tú, yo también participé en el encuentro de "redes de arte" creado por Arte10.
Te leo analógicamente desde hace mucho tiempo (de hecho, soy una gran admiradora de algunos de tus ensayos sobre género), pero ahora que he descubierto tu blog también te leo virtualmente.
Ésta última entrada me ha hecho muchísima gracia. Supongo que a ti ahora, retrospectivamente, también, pero no en el momento. Sí, es cierto eso del azar y de la tecnología insurrecta en momentos críticos. Peor que un bebé.
También, y cambiando un poco de tercio, me ha sorprendido tu faceta creativa. Pensaba que yo era la única teórica (si es que me puedo permitir aplicar dicho término) con afán creativo. Me encantaría que alguna vez vinieses a ver alguna actuación de Pilart.

Ya no me enrrollo más; sólo decirte que te sigo leyendo.

Un saludo afectuoso,

Pilar

mahn dijo...

querida Pilar, en efecto, desde que te descubrí gracias a arte10, me he hecho seguidor de tu blog y de tus críticas ácidas y creativas.
Me alegra mucho que compartamos esa faceta creativa. Es sin duda (supongo que en tu caso también) con lo que uno más disfruta (en esto del arte, digo).
Espero, por supuesto, poder ver alguna vez una actuación de Pilart. Seguro que se da la ocasión. Mientras tanto, también yo te seguiré leyendo.