27/9/09

Movilidad

Como escribía en el post anterior, la luz artificial llegó a modificar por completo nuestra percepción del tiempo, introduciendo un ritmo de vida que ya no estaba vinculado con los tiempos naturales, sino con lo que podríamos llamar tiempo-máquina. Esa modificación del régimen cronológico de Occidente es la causante de gran parte de los problemas de sostenibilidad que acechan el “Primer Mundo”, entre ellos la cuestión de la movilidad. Esta semana que está acabando, precisamente, se ha reivindicado en todo el mundo la posibilidad de una movilidad sostenible, que apuesta por medios de transporte limpios y saludables cuyo ejemplo por excelencia es la bicicleta. Tal reivindicación nos tendría que llevar a pensar en algo más complejo y que está detrás de todo lo demás. El debate hoy se desarrolla en torno a la tensión entre el coche y la bici. Y dado el actual estado de cosas, la segunda opción parece la única viable para un futuro sostenible en la ciudades.

Lo único extraño en este debate es que nunca se cuestione la propia idea de movilidad, siempre saludada como productiva y beneficiosa. Quizá sea hora de que nos pongamos a pensar en por qué hay que moverse tanto (y tan rápido) para poder llegar al trabajo, para comprar el pan o para ver una película. La cuestión no es tanto la movilidad como la distancia y el tiempo. Y ése es en el fondo el problema de la Modernidad, que instauró un modo de vida que superaba las posibilidades de lo humano. Un modo de vida en el que los individuos necesitan de todo tipo de prótesis para afrontar el nuevo mundo moderno: prótesis de comunicación, de transporte, de productividad, etc. Precisamente, la bicicleta fue un invento moderno que intentó paliar esas nuevas necesidades de la época de las máquinas. Una máquina precaria, pero que encarnaba a la perfección la idea de un mundo basado en la velocidad, el traslado y el viaje. Una Era en la que el cuerpo ha devenido obsoleto e insuficiente incluso para habitar el mundo que le rodea.

En definitiva, que vivimos en Era de la "prosteticidad" (o como quiera que se diga "el tiempo de las prótesis").

4 comentarios:

Ramón Monedero dijo...

Yo vivo en Altorreal y estaba cansado de tener que coger el coche hasta para ir a comprar el pan, de modo que me compré una bicicleta. El primer día que la cogí, sólo para tantear el terreno, intenté llegar al badulaque donde venden por aquí comida, periódicos, lo típico...
¡Dios! casi muero en el intento!! Absolutamente desfallecido. Sudé más que cuando salgo a correr, los muslos se me pusieron rudos como paredes de hormigón y llegué a casa sin pan, sin periódico y con las piernas temblando...
Yo apoyo las bicis, y la tranquilidad a la hora de moverse, pero existe una cuestión más; el terreno. El accidentando relieve de esta llamada urbanización que es Altorreal es completamente incompatible con una bicicleta a menos que te estés entrenando para el Tour...

Leandro dijo...

No basta con las bolsas de plástico. Hay que suprimir los coches, los aviones, los teléfonos móviles, las bombillas, los ordenadores y las vacaciones en la playa. Todo sea por un mundo sostenible. Lo que no sé es dónde se va a sostener, ni para qué

Angelus dijo...

Apoyo el andar con los pies, o con patines, monopatines, skates.

Las bicicletas me dan alergia, nunca termino de entender por qué (el grupo de músculos que trabajo, o qué: no me gustan).

Pero vivo en un pueblito en medio de la nada: necesito tracción mecánica para ir a cazar.

El Vocero dijo...

Es que la prótesis ya es entendida como prolongación de uno mismo.

Por otro lado el tema de la velocidad es sumamente interesante. Me recuerda "La lentitud" de Kundera.