10/4/09

Gestualidad

Me ha tocado esta mañana quedarme en el hospital con un familiar. Para aprovechar al máximo el tiempo me he traído aquí el ordenador y la conexión a Internet. Quería acabar un texto que tengo que entregar esta tarde, pero me temo que la cosa va a ser imposible. La realidad no me permite evadirme del todo. El hombre de la cama de al lado me recuerda demasiado a mi padre. Aunque por lo que se ve tiene hijas, no hay nadie con él. Lo dejaron aquí Miércoles Santo y desde entonces no han venido a visitarlo. No me meto en eso. Cada cual tendrá sus razones. Pero debe ser tremendamente triste encontrarse así de solo. Sobre todo porque está consciente. Demasiado consciente, diría yo.

Sobre la mesita el hombre tiene una pequeña botella de agua con una pajita que me ha recordado a las que bebía mi padre durante los meses de enfermedad. Hace un momento ha pedido agua. Cuando me he acercado y le he arrimado la botella a la boca, he sentido una punzada en la nuca, mil alfileres clavándose en la médula y erizándome todo el cuerpo. Un déjà vu terrible. Un encuentro con lo real condensado en un solo gesto. En el simple movimiento de levantar la mascarilla de oxígeno para que el hombre pudiera beber estaba concentrado toda una historia de sufrimientos de hospital en hospital. Levantar la mascarilla del hombre ha sido como levantar una losa pesada. Demasiados estratos de tiempo, demasiadas horas haciendo lo mismo. Me he dado cuenta entonces de que los gestos no son neutros, que tienen una historia y una memoria, que concentran unos miedos y unos deseos. Cada gesto actúa como marcador de nuestra historia, pone en juego todo nuestro pasado, pero también nuestro horizonte de expectativas.

Un gesto, como una imagen, vale más que mil palabras. O, al menos, condensa más de mil palabras, más de un millar de vivencias. Al final de nuestra vida, en nuestra tumba, mejor que una foto o un nombre y una fecha, habría que trazar un gesto. Quizá el último, el más funesto, el del retorcimiento y la convulsión del cuerpo ante la muerte.

3 comentarios:

JUANJO dijo...

Muchas cosas de las que nos rodean tienen una historia que podríamos contar en clave de nostalgia: los gestos y las imágenes, como dices; pero también los olores y la música. Si atendemos bien, casi siempre encontramos algo que nos recuerda a un amor perdido, o a lo que pudimos tener y nunca tuvimos, o a un familiar o un amigo que nos dejó para siempre. A veces, hasta la temperatura del aire que respiramos puede hacernos evocar sensaciones y sentimientos, e incluso puede hacer que alberguemos deseos de felicidad que, por supuesto, nadie ni nada nos garantiza. Un Saludo. Me gusta mucho tu blog.

JUANJO dijo...

De hecho, MAHN, para mí, la Semana Santa es una de esas fechas en las que todo me recuerda a algo. Te pondré un ejemplo: mi padre también falleció hace algunos años, pero sin embargo yo siento que de alguna manera participa en las procesiones al ver un bombo que era de él y que dejó en la banda en la que tocaba para que otros percusionistas se hicieran cargo. Esta mañana mismo, sin ir más lejos, he recordado a mi padre al ver ese bombo, y me he sentido orgulloso al ver que sigue desfilando en la banda de música que mejor suena de todas las procesiones.

Anónimo dijo...

Al margen de ese contacto con lo Real, ese gesto (el de dar de beber al enfermo) condensa una humanidad terrible. Confirma que el ser un humano es un ser social que necesita de los otros, y que en un gesto tan banal pero tan necesario se concentra mucho de lo que somos.
Dar de beber, una caricia o estrechar una mano a un enfermo cura más que todo el prozak del mundo.