2/3/09

El dolor de las imágenes (una reflexión a partir de la obra de Menéndez Salmón)

Uno de los argumentos más célebres acerca de la imagen contemporánea es el que habla de la indiferencia y pasividad del espectador ante las fotografías y representaciones de la tragedia. Como sugiere Susan Sontag, “saturados de imágenes de una especie que antaño solía impresionar y concitar la indignación, estamos perdiendo nuestra capacidad reactiva. La compasión, extendida hasta sus límites, se está adormeciendo”. Es decir: hemos visto tanto, que ya no nos afectan las imágenes. Nuestra retina está tan saturada de imágenes terribles, que éstas ya no son capaces de provocar en nosotros la más mínima emoción.

En La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón presentaba magistralmente ese estado de saturación ante las imágenes de lo terrible. El protagonista se vuelve insensible tras ver la crudeza del terror. Se trata en realidad de una puesta en obra del trauma, que, como un mecanismo de autodefensa de la psique, forcluye y olvida aquello que no puede asumir. El sujeto queda completamente desbordado por la visión de lo terrible. Paralizado, inmóvil, insensible.

Esa insensibilidad ante la imagen del dolor, o, mejor, directamente, ante el dolor de los demás, es lo que queda puesto en suspenso en El corrector. Una de las ideas presentes en esta obra es precisamente que hay ciertas imágenes que cruzan la pantalla y nos punzan, que sigue habiendo hechos dolorosos que nos tambalean. Estamos saturados por la catástrofe, es cierto, pero aún somos capaces de conmovernos, es decir, de movernos con el otro, ante el dolor del otro. ¿Cuándo sucede esto? Cuando en el otro atisbamos un yo-posible, cuando en el otro nos encontramos a nosotros mismos, en definitiva, cuando el otro deja de ser otro y pasa a ser un “prójimo”, pasa a ser uno-con-nosotros. Cuando entendemos que nosotros somos el otro.

Los atentados del 11 de marzo de 2004 constituyeron uno de esos momentos de suspensión de la subjetividad y puesta en marcha del sentido de comunidad. Allí no eran otros los que morían, éramos todos. Todos nosotros. Aquel atentado, por su cercanía, y sobre todo por su sinsentido, nos removió de nuestros asientos y nos hizo salir a la calle.

El protagonista de La ofensa vio el mal en su estado puro. Pero aquel mal se ejercía sobre el otro, en este caso, el judío. Kurt quedó paralizado, insensible, saturado por la imagen de la violencia. Sin embargo, en nosotros, ante los atentados del 11 de marzo, se produjo un movimiento del ser. Aquello que ocurría nos concernía a todos. Se rompían las barreras entre el dolor de los demás y nuestro dolor. Allí había un mismo dolor, un dolor común, el dolor de una comunidad.

Habitualmente, le echamos la culpa de nuestra insensibilidad a los medios de comunicación y al modo en el que éstos tratan las imágenes de la catástrofe. Como sugiere Georges Didi-Huberman, “la información televisada maneja muy bien dos técnicas, la nada o la demasía, para enceguecernos mejor –por una parte, censura y destrucción; por la otra, asfixia por proliferación”. Esto es cierto. Pero creo que centrar toda la atención en el papel de los medios tiene un peligro. Un peligro que pasa por quitar toda la responsabilidad al espectador.

¿Son los medios los únicos causantes de nuestra inmunidad icónica, o tenemos nosotros también algo de culpa? En las páginas de El corrector, pero también es algo que aparece en Derrumbe, Menéndez Salmón no exculpa al espectador. Es más, esa insensibilidad, como también aparece en La noche feroz, es vista como constituyente de la condición humana. No podemos evitar nuestra monstruosidad por el hecho de que esa pérdida de sensibilidad haya sido producida por la hipertrofia de la comunicación. No estamos ciegos porque alguien nos haya tapado los ojos, sino que, desde un principio, no teníamos demasiada intención de ver.

El espectador es culpable. Culpable de no querer ver, culpable de cerrar los ojos. Sólo se redime en ocasiones, cuando la herida duele en el propio cuerpo. Una de esas heridas es la que aparece descrita en las páginas de El corrector, donde se muestra cómo, a veces, la indiferencia queda suspendida. Es algo que ocurre sólo de modo excepcional. Pero ocurre. Ocurre cuando damos un cuerpo y una voz al otro, cuando el otro deja de ser un número, una imagen. Aquí toma verdadero sentido la observación de Jacques Rancière: “No es que veamos demasiados cuerpos que sufren, sino que vemos demasiados cuerpos sin nombre, demasiados cuerpos que no nos devuelven la mirada que les dirigimos, de los que se habla sin que se les ofrezca la posibilidad de hablarnos”.

La clave para conmovernos ante el dolor de los demás quizá esté en el grado de cercanía y posibilidad de la catástrofe, esa idea de que el desastre nos puede suceder a nosotros en cualquier momento, algo que nos hace enseguida ponernos en el lugar del otro. Y ese re-conocimiento, ese saber que el otro es un yo, es precisamente lo que nos permite acompañar el sufrimiento y sentir plenamente “compasión”, es decir, padecer-con, doler-con, estar cerca del otro en la desolación. Esto, que parece natural cuando la tragedia irrumpe en nuestro mundo de posibilidades, resulta mucho más difícil cuando el otro no ocupa el papel de prójimo y es apenas una cifra, un dato o una imagen.

Cuando el otro se aleja, nos volvemos indiferentes. Las víctimas parecen contar menos cuando no se hallan en nuestro ámbito compartido de experiencia. Evidentemente “a cada cual le duele lo suyo”, y esto no podemos cambiarlo. Pero sí que deberíamos comenzar a preguntarnos qué es exactamente “lo nuestro”. Y si acabamos deduciendo que lo nuestro es la humanidad, entonces el otro no sólo será el que más cerca esté de nosotros, sino también aquel con quien nada tenemos en común.

Es muy posible que nuestro filtro de acercamiento a los acontecimientos se haya saturado de imágenes, que apenas podamos verlas, o que, aunque las veamos, no nos afecten. Pero también es cierto que algunas rompen esas barreras y nos tocan, nos punzan y nos zarandean. Y lo hacen porque rompen el régimen de lejanía de la imagen. Pero esa ruptura no se produce en la parte de la imagen, sino en la parte de la mirada. Somos nosotros quienes realmente rompemos la pantalla. Es pues la parte del espectador la que está aquí en juego.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me resulta muy cercano todo esto, Miguel Ángel. O sea, que tendré que leer a Menéndez Salmón.
Nos vemos pronto, espero.
Salud,
FB