5/1/09

Clement Rosset: las sombras de lo real

Clement Rosset, Fantasmagorías. Seguido de lo real, lo imaginario y lo ilusorio, Madrid, Abada, 2006
(118 páginas. 14 euros)

Clement Rosset (Normandía, 1939) es uno de los pensadores franceses más singular y paradójico. Su obra, que no se ajusta a ninguna de las modas filosóficas, se ha centrado en la exploración la naturaleza de lo real y nuestra manía de desdoblarlo y hacerlo desaparecer por medio de la representación. Este interés por lo real y su imagen o representación, ha hecho que el pensamiento de este alumno de Althusser y Lacan se convierta en una referencia central para el ámbito artístico. Pensadores como Mario Perniola han trabajado sabiamente sobre sus argumentos, especialmente el que tiene que ver con la idiotez y lo real. Un libro como Lo Real. Tratado sobre la idiotez muestra una concepción del idiota como ‘el único’ ser auténtico y real que ha hecho a Perniola decir que el arte contemporáneo se articula en torno a un intento constante de encontrar la idiotez primordial.

La concepción ‘rossetiana’ de lo real debe mucho a la de Jacques Lacan: lo Real como aquello irrepresentable, aquello que está más allá de lo Simbólico y que siempre se escapa cuando intentamos apresarlo. Lo Real como lo que nos sujeta y, al mismo tiempo, nos tambalea. A lo largo de la obra de Rosset, lo real ha sido concebido de esta manera: como aquello a lo que aspiramos pero nunca podemos experimentar de modo directo, porque de hacerlo nos rompería. Lo real es siempre cruel, tal y como es descrito en El principio de crueldad. Lo real es aquello tan crudo que no podemos digerir. Por eso nos conformamos con las copias de lo real, sus dobles, esas imágenes que cocinan y hacen digestiva la realidad.

Fantasmagorías, el librito que comentamos aquí, se propone, como el propio autor sugiere, acabar de una vez por todas con el largo periplo de cuestionamiento de la realidad y sus dobles, comenzado en 1975. En esta ocasión, Rosset continúa el trabajo que inició en Impressions fugitives (2004), un libro que reflexionaba sobre el estatuto del reflejo, el eco y la sombra como dobles de la realidad, argumentando que se trataba de un tipo particular de dobles, que no disuadían de la realidad sino que la complementaba. El reflejo, como el eco o la sombra son partes constitutivas de un objeto real. En Fantasmagorías, sin embargo, Rosset se interroga por aquellos dobles artificiales que evolucionan a través del reflejo, el eco y la sombra, a saber, la fotografía, la grabación sonora y la pintura. Y según su punto de vista, estos dobles de los dobles muestran una realidad que ya no existe, mantienen una relación imposible con lo real. Muestran la realidad descafeinada. No nos sirven como experiencia de lo real, sino que precisamente nos alejan de ella.

Merece especial atención la parte dedicada a la fotografía, prácticamente la mitad del libro. Para Rosset, la imagen fotográfica no tiene nada que ver con una aparición de lo real, sino con una construcción artificial. Para argumentar esto, se enfrenta y desmonta todas las creencias que se forman en torno a la fotografía desde sus orígenes, esencialmente la idea de que la fotografía por fin nos daba la posibilidad de tener una imagen fiel del mundo, una imagen real que podía sustituirlo. Rosset hace especial hincapié en derribar las tesis de Roland Barthes sobre la realidad fotográfica. En La cámara lúcida, Barthes observaba que la fotografía mantenía un contacto directo y real con el mundo. Sin embargo, no tenía en cuenta que la fotografía la realiza un sujeto, no una máquina. O, en todo caso, que la máquina está dominada por el sujeto. Es decir, que la fotografía puede ser manipulada y trucada. Rosset se inclina, pues, por buscar una genealogía ilusionista de la fotografía que daría la contrapartida a las tradicionales y habituales genealogías ilusionistas.

Por otro lado, Rosset vincula a la fotografía, pero también al cine, con la idea del vouyeur, y con la imposibilidad que éste tiene para alcanzar su objeto de deseo, que siempre está alejado por la visión. La fotografía y la imagen cinematográfica acrecentarían el deseo, pero nunca contribuirían a su satisfacción. La foto y el cine decepcionan. Y sobre todo fracasan en el intento de capturar la realidad. Y, en este sentido, muestran lo que el autor considera una de las esencias de lo humano: la incapacidad de poseer cualquier cosa. Y lo mismo sucede con la pintura o con la reproducción sonora, que no pueden captar las cosas tal y como son, porque esas cosas ya han dejado de ser.

Todo el libro se encamina a la declaración de inutilidad filosófica de los dobles, que no nos pueden decir nada sobre la realidad que no nos la diga ella misma, argumentando que lo real no puede ser sustituido porque no podemos siquiera hacernos una imagen de él. No hay doble que pueda captar lo real porque, precisamente, una de las características esenciales de lo real es su resistencia a ser imaginado. Nada sabemos de lo real, salvo que deshace sus imágenes: "lo real es lo que disipa las fantasmagorías". Lo más curioso del pensamiento de Rosset es su convicción de que aunque los dobles de lo real no valen por lo real, son las únicas cosas por medio de las cuales conocemos lo real: la memoria, la imaginación, la evocación… momentos de representación que nos ponen sobre las pistas de una realidad que sólo captamos cuando la hemos matado.

2 comentarios:

Leandro dijo...

Desde hace mucho tiempo estoy convencido de que una buena fotografía es aquella que hace parecer las cosas distintas de como son en realidad: más bellas, más feas, más crueles, más grandes, más pequeñas... incluso irreconocibles. Y una fotografía extraordinaria, la que nos sugiere cosas que van más allá de la imagen fotografiada.

Kenny dijo...

Me ha hecho mucha gracia (e ilusión, ¿por qué no decirlo?) que hayas respondido a mi entrada sobre "Tripas", sobre todo porque tuve que salirme de una de tus clases hace unos años.

Nunca hablé contigo de eso, pero el motivo no fueron las diapositivas sino cierta performance protagonizada por una mujer, un vaso de leche y una cuchilla de afeitar. Es el inconveniente de imaginarse mucho (y cuando digo mucho, quiero decir "mucho") las cosas.

A pesar de ello, leeré "Snuff".

Un saludo :D