20/9/08

La noche oscura de la escritura

“Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio”. Así comienza Un hombre en la oscuridad, la última novela de Paul Auster. Y así también yo me acerqué a ella, "solo en la oscuridad", en medio de "otra noche de insomnio". Una noche en blanco que quise llenar con las mágicas historias del maestro de La música del azar o Leviatán, y que me tuve que conformar con pasar con el escritor manierista y atascado de Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium.

Me gusta Auster, lo confieso. Me gusta demasiado. Pocos autores han sabido crear un universo tan inquietante y mágico como el que propone el escritor neoyorquino. Y aún menos han conseguido hacerlo con una prosa tan brillante y resuelta como la suya. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, Auster parece haber entrado en bucle. Desde Brooklyn Follies, sus historias y sus procedimientos se repiten una y otra vez, hasta un punto en el que uno tiene la sensación de estar leyendo siempre la misma novela. Esto, desde luego, puede llegar a fascinar a muchos de los incondicionales del escritor, pues los hace partícipes de un mundo en el que se mueven con solvencia y comodidad. Pero a otros muchos (entre los que me cuento) la cosa toma ya tintes de un déjà vu peligroso y, en cierto sentido, perverso.

En Un hombre en la oscuridad se advierte un desapego literario difícil de comprender. Uno tiene la sensación de que el libro haya sido escrito con cierta desgana y como para salir del paso. Eso, que en la mayoría de los casos daría como resultado un bodrio de magnitudes inigualables, aquí, sin embargo, sigue siendo una obra de entidad literaria. Y esta es una cuestión importante: incluso desganado y con prisas, Auster sigue siendo un titán frene a la máquina de escribir. Un titán en horas bajas, es cierto. Pero un titán que uno jamás se debe perder. Y es que, con todos los peros que se puedan poner a la novela (que, como vemos, son muchos), Un hombre en la oscuridad tiene páginas y momentos deliciosos. Eso es quizá lo que haya que extraer de ella. Algunas ideas, veinticinco páginas. Suficiente en la mayoría de los casos. Demasiado poco para un autor como Auster.

El argumento (si se puede llamar así) del libro es bien sencillo: August Brill, un anciano crítico literario insomne, tras un accidente, imagina historias para pasar la noche. Una de ellas es la de Owen Brick, un joven mago que despierta en una suerte de mundo paralelo en el que Estados Unidos está sumido en una guerra civil que solo él podrá detener. Para hacerlo tendrá que matar al propio Brill, cuya imaginación ha producido la guerra. Esta historia aparece y desaparece a lo largo del libro, y se entrecruza una y otra vez con la realidad de anciano y la relación de éste con su hija y su nieta. Apoyado en la teoría de los mundos paralelos de Giordano Bruno, Auster reflexiona aquí sobre la entidad de las cosas imaginadas. Como dice al final del libro, "lo real y lo imaginado son una sola cosa. Los pensamientos son reales, incluso los de las cosas irreales".

A través de un juego de reflejos literarios y de realidades contrapuestas, Auster no olvida algunos de los temas que más le han obsesionado últimamente. El primero y más importante de ellos es, sin duda, el de la vejez, cuestión presente en su narrativa desde un principio pero en aumento desde Brooklyn Follies y Viajes por el Scriptorium. La vejez, la ancianidad y la proximidad de la muerte como un momento en el que el sujeto establece una relación paradójica con la realidad: de un lado, el aprovechamiento de las pequeñas cosas, y, de otro, la presencia de los recuerdos. Si uno lo piensa bien, Auster está volviendo a retomar el paradigma que estableciera en La invención de la soledad, el paradigma de Sherezade, la necesidad de contar historias para evitar la muerte. Historias que aquí tienen que ver con la memoria, con dar cuenta del pasado para salvar su erosión.

Junto a esta preocupación por el paso del tiempo y la ruptura de la memoria, Auster se ocupa también aquí de hacer su ajuste de cuentas particular con la guerra y con el gobierno de su país. La guerra civil imaginada no es una menor sinrazón o sinsentido que otras guerras reales, como la de Vietnam o la de Irak, que constituyen el trasfondo de gran parte de las historias y recuerdos reales. Es en este momento donde su escritura se hace más débil y se llena de sentencias éticas que, por momentos, recuerdan incluso al Saramago más omnipresente y moralista.

4 comentarios:

Leandro dijo...

Si recuerda a Saramago, malo.

Si recuerda a Brooklyn Follies, bueno. Yo también soy incondicional de Auster, hasta el punto de haber disfrutado mucho con la muy criticada Brooklyn Follies, gente saliendo adelante a pesar de todo, a pesar incluso de la inminencia de la muerte y del desastre. Fallo mío, seguro.

Parece lógico, incluso obvio, que Auster venga mostrando preocupación por la vejez de un tiempo a esta parte. De todas formas, él puede dar por bien aprovechada su vida. A lo mejor alguien debería decírselo, pero no sé si eso evita preocupaciones frente a la proximidad de la muerte. Y más en este mundo nuestro (en el nuestro, no en el de la parte de abajo), en el que la gente funciona como si nunca se fuese a morir.

Más muñecas rusas en Un hombre en la oscuridad, por lo que veo. Yo lo leeré. Lo que no sé es cuándo. No sabéis cuánto os envidio, gente eficaz, con capacidad de concentración y velocidad lectora.

Daniel Quinn dijo...

Yo también leeré en breve la última de Auster, aunque al menos ya voy sobre aviso. Creo que en los últimos tiempo la divergencia de opiniones en cuanto a Auster ha crecido demasiado. No creo que estos últimos Auster sean tan malos, del mismo modo que tampoco creo que estén al nivel de sus primeras creaciones. Brooklyn Follies me gustó, aunque el tono sea mucho más luminoso que el de sus grandes obras. Parece que ahora vuelve a oscurecerse, pero si se parece algo a La invención de la soledad será bueno.

No he leído el texto completo para no condicionarme demasiado, pero me da miedo lo que dices de Saramago... Y los discursos políticos ya estaban algo forzados en sus últimas novelas. Con lo bien que lo hizo en El país de las últimas cosas...

Un saludo!

Mery dijo...

Yo no voy a leerla, pues ya van siendo muchos los que me han hablado fatal de ella y me fío de sus opiniones, como ahora la tuya. Mejor no perder el tiempo cuando vemos tan claramente que vamos a perderlo.
Gracias por tu crítica

Elena dijo...

Yo también he amado mucho a Auster, y acabo de leer Un hombre en la oscuridad. Este texto me ha parecido impresentable y no entiendo, como he leído por ahí, como le han dejado publicarlo. Qué penica que me da.