16/8/08

Colitis

Como imaginaba, lo único mágico de los hongos que venden por aquí es que mi estómago aún no se ha roto en mil pedazos. Pedazos que se han conservado milagrosamente después de un día algo más cansado. La culpa, por supuesto, la tiene Van Gogh y su museo, y, cómo no, las colas que hay que hacer para entrar a cualquier sitio en Agosto.

Lo que más me sigue llamando la atención es la resignación con la que los turistas aguantan las colas. No importa el tiempo que haya que esperar: parece que hemos asumido que hacer turismo es sinónimo de hacer cola. Algunos lo tienen tan presente que incluso lo pasan bien y se convierten en auténticos profesionales de la espera. Esto me ha llevado a pensar que podríamos definir al turista contemporáneo como un ser que padece “colitis”, una suerte de adicción y tendencia hacia las aglomeraciones lineales.

Lo más extraño de todo es que muchas veces es la misma cola la que produce la aglomeración. El turista piensa: quizá no haya nada que ver, pero si hay gente por algo será. Es como una especie de magnetismo que lo hace ir siempre hacia donde hay más gente, un horror vacui que, bien pensado, es de lo más humano. Y es que una de las características del homo sapiens es que actúa por imitación. Desde que nacemos toda la configuración de nuestra subjetividad se basa en la identificación con modelos y estructuras. No es de extrañar, pues, que sigamos rigiéndonos por el célebre “allá donde fueres, haz lo que vieres”. Y si lo que “vieres” es que la gente se aglomera para ver o hacer no se sabe qué, por descontado, habrá que ponerse en cola.

1 comentario:

Antonio Rentero dijo...

Leí tu columna sobre el tema... quizá acabaría con tu anonimato pero podrías colocarlas tb aquí.