12/7/08

La filosofía en invierno

Hace unas semanas, al escribir acerca de las relaciones entre poesía y pensamiento, recordaba Chantal Maillard en Babelia que “el que lee filosofía, levanta a menudo la cabeza, como hace un pájaro al beber. Así, lo leído se filtra, como el agua en la garganta del pájaro, y se asienta en el entendimiento”. Justo entonces acababa yo la lectura de Derrumbe, la última y magistral novela de Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971), y en uno de los momentos más impactantes del libro, me sorprendí levantando la cabeza durante varios minutos con lágrimas en los ojos intentando asimilar lo que sucedía en un extraño lugar llamado Promenadia. Fui consciente entonces de que la obra que leía, por encima de cualquier otra cosa, era monumento al pensamiento. Al pensamiento, en este caso, de lo terrible, un tema recurrente en la producción del escritor asturiano.

Fue así, tomando consciencia de que me encontraba ante una obra de alto contenido filosófico, como decidí buscar uno de los primeros libros de Menéndez Salmón, La filosofía en invierno, un texto publicado en 1999, cuando el autor tenía 29 años, y que, habida cuenta del éxito de obras como La ofensa, la editorial KRK decidió volver a publicar el año pasado, esta vez en una edición especial de tapa dura y en el contexto de la colección ‘Tras 3 letras’, una serie magníficamente bien editada que cuenta ya con algunas joyas de la literatura moderna.

La filosofía en invierno avanza ya esa escritura inteligente, sosegada y compleja que caracterizará la obra posterior de Menéndez Salmón. Aquí trabaja con dos historias entre las que median trescientos años: la de un erudito español que se debate entre su estancia acogedora y el frío invierno de las calles de Ámsterdam, y la del filósofo Baruch Spinoza, de origen español, que también habita en los Países Bajos. Ambas historias son completamente autónomas, aunque algunos elementos que hacen que se den la mano, como el amor y la muerte, presentes en ambos relatos, y sobre todo la idea de la vida contemplativa y la observación del mundo, tan carácterísticas del pensamiento de Spinoza. Es quizá esta última noción la idea clave que articula la novela, la vida como reflexión profunda acerca del mundo que nos rodea.

Esta nouvelle, de apenas cien páginas, habla de la vida contemplativa, es cierto, pero su virtud mayor es la de provocar en el lector esa misma contemplación que preside el texto, pues la lectura del libro produce una experiencia de de sosiego y de calma, introduciendo un tiempo completamente diferente al tiempo de la vida cotidiana. Como ha quedado claro a lo largo de toda su obra, y aquí es aún más evidente, Menéndez Salmón tiene la virtud de parar el tiempo. Eso es algo de gran valor en un momento como el presente, caracterizado por la prisa y la aceleración. Frente a la velocidad, que Italo Calvino definía como uno de los rasgos característicos del mundo moderno, la escritura del autor de Gijón requiere un tiempo tranquilo, pausado, presidido por la lentitud, la minuciosidad y la necesidad de degustar cada palabra. Se trata de una escritura sosegada, contenida y preñada de pensamiento. Una escritura en la que cada frase nos hace frenar y mirar al horizonte para digerir. Este característico modo de escritura quizá sea el causante de la brevedad de sus libros. Porque cada frase ocupa el tiempo mental de una página, porque cada argumento, cada reflexión, necesita de tiempo para ser asumido. Estamos, pues, ante una escritura filosófica que aúna a la perfección una prosa encomiable, una narratividad fascinante y un pensamiento apabullante.

4 comentarios:

Paul Spleen dijo...

La ofensa tiene las mejores 50 ó 60 primeras páginas que he leído nunca. Aunque sólo sea por eso, lo he regalado a diestro y siniestro a mujeres «con los ojos grandes como cerezas», así que le daré una oportunidad a Derrumbe.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Qué grande es Salmón.

Antonio Rentero dijo...

Le daremos su oportunidad, aunque si introduzco más espíritu sosegado y calmado en mi vida puedo correr el riesgo de convertirme en un ser inmóvil.

La metáfora de la cabeza y los pájaros me ha conquistado... en ocasiones caigo yo mismo en ese comportamiento... no con libros de filosofía, pero bueno, supongo que la filosofía puede sorprenderte hasta en una entrevista de un periódico.

Aún recuerdo una frase que me hizo imitar al pajaro tragando, hace más de una década, leyendo una entrevista en El Mundo al ex-juez Gómez de Liaño, que a mitad de párrafo soltó así, como el que no quiere la cosa, lo siguiente:

"El arca de la Ley no contiene la burda hacha de la venganza sino el certero bisturí de la justicia".

Recuerdo vívamente hacer de pajarillo bebedor durante unos minnutos mientras aquel hallazgo se asentaba, para siempre, en mi interior.

noticias dijo...

guaaa!! me encanta el blog, siempre encuentro temas muy interesantes.