29/6/08

Muerte y vida

Hoy es día de fútbol. Una final histórica. Pero desafortunadamente hoy también es (como todos los días) día de muerte. El cáncer ha podido con mi prima Maruja, y tras dos años de espera esta noche no ha podido resistir más. Mis primos son casi como mis hermanos. Hemos vivido toda la vida juntos. Por eso para mí es una muerte cercana. Así que llevo prácticamente todo el día en el tanatorio, en el mismo lugar en el que estuvo mi madre.

Son momentos tristes, es cierto. Pero también son momentos de reencuentros. Reencuentros con el pasado, con la infancia, con el hogar, con las raíces. En el velatorio se da cita la comunidad de los vivos. Hace muy poco veía cómo otros me daban su apoyo, mostraban su vida ante mí, ofrecían su "estar vivos" como signo de anclaje con el mundo. Hoy me ha tocado a mí mostrar la ofrenda de lo humano y hacerme el vivo. Y por extraño que parezca, lo cierto es que en estos momentos, aunque digamos el manido "no somos nada", tomamos consciencia de que somos muchos, que somos un todo, una comunidad de iguales.

La muerte, más que ninguna otra cosa, nos hace humanos, nos hace evidenciar la vida, sacarla hacia fuera, poniéndonos también todos "de cuerpo presente". Pero un cuerpo lleno de sentido, precisamente lo que falta al cuerpo inerte en el lecho de muerte.

3 comentarios:

Antonio Rentero dijo...

Lamento mucho que de nuevo el dolor te ronde tan cerca. Ya no quedan palabras pero sabes que tu sufrimiento esta presente en los buenos deseos y las oraciones de quienes te queremos.

No tengo que decirte como es de fuerte el abrazo que te mando.

Anónimo dijo...

Sonó otra vez más a las nueve de la mañana, otra vez más una voz entrecortada dá la noticia, la muerte otra vez. Es como un dedo, que hurgando en la herida todavía sin cicratizar pretendiera que no se acabe el dolor.
El cerebro, mi cerebro, ese descerebrado compañero de viaje que llevaré hasta el último latido de mi corazón, automáticamente me proyecta unas imágenes, imágenes que estaban olvidadas en no se que carpeta de mi memoria, las de la boda de los “primos” cincuenta años atrás, un mes de agosto casí cuarenta grados en una Iglesia pequeñita y un cura que sudaba como todos los demás, con el agravante que el peluquin barato que le tapaba la tonsura desteñia, dos chorreones negros le caian por las patillas, cada vez que intentaba secarse el sudor teñia más y más su cara. Todos intentamos mantener el “tipo” y los pobres novios más. El resto de las imágenes son tan tristes y penosas que alabo el sentido de la selección del descerebrado cerebro que me acompaña.
Descansa en Paz.
emilio

Paul Spleen dijo...

Y qué muertos están los muertos… Lo siento, hombre.