11/12/07

Non olet

Hace unas semanas, el artista madrileño Santiago Sierra (1966) inauguraba en la Lisson Gallery de Londres una exposición compuesta por veintiún módulos antropométricos en la línea de la estética minimalista: formas geométricas puras que se repiten formando un todo. Esta apariencia neutral cambia cuando leemos que esos módulos han sido construidos con excrementos humanos provenientes de las ciudades de Nueva Delhi y Jaipur. Excrementos que han sido recogidos por los trabajadores del Sulabh, lo más bajo de la sociedad de castas hindúes, obligados desde pequeños a trabajar llevando mierda de un lugar a otro para purgar los malos actos de su vida anterior. En la instalación, y debido a que los excrementos han sido tratados químicamente, nada de esto es percibido. Solo vemos unas formas abstractas y asépticas. Pero detrás de eso, se encuentra todo un sistema de explotación y sumisión frente al cual ladeamos la mirada.


Uno de los aspectos más relevantes de la obra han sido los numerosos problemas diplomáticos que han surgido para que los mencionados excrementos viajen de la India a Inglaterra. El gobierno hindú se resistía a dejar salir los excrementos de su país, pero es que el inglés de ningún modo quería dejar entrar las heces de la India, como si el fantasma del colonialismo acechase de nuevo en aquellos restos. Es la presencia de un fantasma que nos acecha, algo que está ahí, delante de nuestras “narices”, pero que no podemos percibir (ni por el olfato, ni por la visión), pues se trata de la sobra que hemos intentado exiliar para siempre. Algo que hemos expulsado, como cuando tiramos de la cadena y quitamos de nuestra vista el excremento, enviándolo a otro mundo del que nada queremos saber. Un mundo que, sin embargo, vuelve una y otra vez, ya que no se ha ido del todo. Por mucho que queramos evitarlo, la sobra nos constituye. Somos lo que tenemos, pero también, y sobre todo, lo que perdemos.

[Publicado en La razón, 7-12-07]

1 comentario:

Fram Ramírez dijo...

Estimado Miguel A.:

Voy a estrenarme como comentarista en tu blog, que he descubierto hace poco. Celebro haberlo hecho y deseo que los habitantes del mundo del arte se agreguen paulatinamente para crear un espacio vivo de debate.

Debo reconocer en franqueza, que la obra de Sierra no me convenció en un principio. Me resultaba obvia, fácil, incluso hipócrita. Supongo que parte de ello se debía a mi anclaje y fidelidad al proyecto moderno y a la importancia de las formas, o a mi inclinación por el concepto clásico del arte oriental como elevador de la conciencia.

Con el tiempo, he llegado a comprender la escisión producida entre la modernidad y la posmodernidad, aunque no descarto una tesis según la cual el arte se escindió en dos caminos: el discurso de las razones y el discurso de las formas.

Pero vuelvo a Sierra y a la obra que comentas.

Sierra pertenece a la categoría de "artistas-terroristas" que colocan inmisericordemente sus bombas en la misma cara de nuestra civilización del bienestar.

Es muy pertinente su obra en la contemporánea globalización. Su papel es el de presentar y provocar ante y en el espectador el sinsentido y el malestar que todo el sistema mediático se ocupa de ocultar bajo los oropeles de la esttización publicitaria. Pero al mismo tiempo, produce una suerte de satisfacción en la conciencia de los más críticos y conscientes cuando se conoce la problemática que generan sus propuestas, y que sacan a la luz la hipocresía y lo miserable del liberalismo occidental.

Mierda como arte, pero lejos de las latas de Manzoni, que especificaban irónicamente su procedencia. La mierda que presenta Sierra es mierda anónima que ni siquiera se presenta ni reconoce como tal. Es escultura minimalista -se diría-, y como tal quedaría hasta que se conoce su identidad escatológica y el proceso de la obra.

Poco preocupado por las formas, como corresponde al arte contemporáneo, tiene, como éste, la necesidad de un mundo como el que vivimos, de ahí su pertinencia. Si la aspiración a transformar el mundo en algo más humano y habitable se hiciera realidad, el arte de Sierra, y el de sus compañeros de batalla, no tendría sentido. En el fondo, el pesimismo y el descreimiento en la mejora, subyacen en este arte. Ya lo dijo Heráclito "todo cambia a peor".

Salú-2