26/7/07

El tosedor

Me he tomado un momento de relax y me he escapado al concierto de Barbara Hendricks en el Auditorio de Murcia. Acabo de llegar fascinado con la señora Hendricks (no me esperaba menos) pero consternado con la cantidad de toses que he tenido que escuchar. Es algo que siempre me ha obsesionado. A veces pienso que hay gente que va a los conciertos sólo para hacerse notar, y espera a los pianísimos para tocar a los demás lo que no suena. Las toses de hoy me han recordado a un relato que escribí hace mucho y que tenía perdido en los archivos del antiguo ordenador. Es una cosa de juventud y está muy mal escrito. Pero al releerlo, he sentido que transmitía bien lo que ha sucedido esta noche. Como no tengo pudor alguno, y tampoco tengo tiempo ahora para ponerme arreglarlo, lo voy a colgar tal y como lo he encontrado. Ya me contáis qué os parece.

El tosedor

Nadie sabía la razón exacta que le impulsaba a toser en los conciertos, pero, al parecer, venía de largo. La primera vez que su madre lo llevó a un concierto, comenzó a toser con tal intensidad que el director tuvo que detener la pieza y rogar, por favor, a la madre que sacase al niño de la sala. Como es lógico, el sofoco de la mujer bastó para que el niño, durante toda su infancia, no volviera a pisar una sala de conciertos.

Él amaba la música y, por todos los medios, buscó una solución a su mal. Probó todo, absolutamente todo, pero ningún médico halló problema alguno que solucionar. Pero no hubo remedio que fuese convincente. Sólo encontró respuesta en el psicoanálisis, aunque los resultados no fueron de su agrado. Según el psicoanalista, esa pulsión tosedora ante el goce de la música se debía a un trauma infantil, una especie de variación auditiva de la escena primordial freudiana, producido por la continuada escucha, durante de sus primeros años de vida, de un rítmico gemir en la habitación de sus padres, lo cual había producido una traumática insatisfacción ante la imposibilidad de mediar en aquella jadeante melodía. Según Freud, la curación de dicho trauma, hasta el momento, no había sido posible. Así que debía acostumbrarse a vivir con esa cruz.

Estudió canto y tenía una voz prodigiosa, pero, siempre, antes de finalizar cada pieza tenía el impulso de estornudar y no podía aguantarlo. Como es lógico, nadie quería trabajar con él, y fue expulsado del conservatorio.

No pudo soportar un destino tan cruel. Así que decidió que si él no podía disfrutar de la música en vivo, nadie más lo podría hacer en paz. Y fue entonces cuando se forjó la leyenda del tosedor, cuando comenzó a repartir sus estornudos por todas las salas de conciertos de la ciudad.
Siempre actuaba con premeditación, en el instante más inoportuno. Calculaba el pasaje preciso de su intervención: habitualmente aprovechaba los silencios o los pianísimos, pero no hacía ascos a los solos –preferiblemente de sopranos– o a los recitativos, de los que le daba igual la figura con tal de poner nervioso al cantante.

Él soñaba a veces que era invitado formalmente a toser en los conciertos, que su nombre aparecía en los programas, que se sentaba junto al primer violín de la orquesta, que el propio director le daba la entrada y que, al final, salía a saludar, con el resto de los intérpretes.
Lo cierto es que el tosedor había actuado durante mucho tiempo. Había pasado toda su juventud y madurez interrumpiendo en los conciertos. Pero ahora ya estaba cansado. Además, tenía a la policía detrás del asunto. Los músicos salían nerviosos al escenario y en el público se había creado una sensación de ansiedad verdaderamente incómoda. En cierto modo, había conseguido su propósito: en su ciudad ya nadie podía disfrutar tranquilo de la música. Con lo cual, ya podía dejar de jugar.

Y fue entonces cuando se propuso hacer su última actuación. Sería en el concierto del día de la Nación, el sábado por la noche.

La preparó durante varias semanas. Sólo tosería una vez, en el punto culminante de la pieza. Todo estaba calculado. Su tos pasaría a la posteridad. Era lo único que le faltaba, una grabación. En un concierto conmemorativo, con un director afamado, con un gran discográfica, la sala a rebosar, todo era perfecto. Tan perfecto que, entre las piezas del programa, se encontraba su obra fetiche, la primera que interrumpió –en su infancia– y la última que boicotearía en libertad –porque estaba seguro que tras la intervención de esa noche no podría escapar a la policía. La obra: Caballería Rusticana, de Pietro Masgani, el segundo movimiento. Lo tenía claro: actuaría en el pianísimo, el momento más bello de toda la composición.

Lo había estudiado durante semanas, incluso con la partitura delante, llegando a señalar el momento exacto en el que debía producirse el estornudo. Definitivamente esa noche pasaría a la posteridad y su tos quedaría grabada para siempre.

La noche del concierto se sentó en la cuarta fila del patio de butacas, en el lugar donde, según todos sus cálculos, era más audible el estornudo. Comenzó la última obra. El momento de la gloria estaba a punto de llegar. Con sigilo, sacó de la chaqueta la partitura, y, cuando comprobó que apenas quedaban tres compases para su intervención, preparó la garganta para toser con fuerza, se aferró nervioso a la butaca. Ya se acercaba, poco a poco, cada vez más piano, cada vez más bello. Había llegado su hora.

En el momento en que los violines parecen surcar los mares con su suave pianísimo, el mas suave, casi imperceptible, el más bello de toda la historia de la música; en ese momento, en el que debía estornudar, en el que su tos debía quedar signada para siempre en un disco memorable; en ese preciso momento, por alguna misteriosa razón que no pudo comprender, no sintió la necesidad de estornudar. Su tos se contuvo por primera vez.

La belleza de la música lo había curado. Y en ése mismo momento, una extraña sensación azotó su pecho, una vibración súbita que lo estremeció de arriba abajo, algo que, asimismo, provocó un tremendo pitido que se escuchó por toda la sala. Fue entonces, en el momento en que su guturación debía haber pasado a la historia de la música, cuando el tosedor recordó que, con los nervios, no había desconectado su teléfono móvil.

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8 comentarios:

sushi de anguila dijo...

Fantástico!!! Y con eso está todo dicho.

womahn dijo...

A pesar de que conocía el final, me sigue gustando este relato. Se pone uno más nervioso de pensar en lo que va a pasar y no poder evitarlo

paco dijo...

Cojonudo, Miguel, como siempre. TE planto aquí lo que escribí yo en su día a este mismo u homólogo respecto:
" Para hacernos una idea de adónde nos lleva el nefasto empeño progresista de poner de moda la cultura, basta con ir a una sala de conciertos. El público, muy mayoritariamente ajeno, refractario y aún hostil a la música que allí suena, pasa las dos horas que dura la audición revolviéndose inquieto en sus asientos, carraspeando y tosiendo inverosímiles esputos nerviosos, retorciendo caramelitos, sobando el programa, chascando las uñas... En el entreacto salen todos muy felices (ahí sí) al selecto ambigú, donde tienen ocasión de lucir las pieles y las joyas propias o gananciales. Al terminar el recreo vuelven con resignación disimulada a sus butacas de tortura. Prosiguen con sus rituales de contención mal resuelta. Hasta que, por fin, escuchan la coda final y prorrumpen en aplausos largos, jubilosos, agradecidos, violentos, espasmódicos, con los que sueltan parte de la tensión acumulada, y, sobre todo, se celebran a sí mismos por haber sido tan cultos como para soportar sin reventar toda aquella matraca fúnebre y porculera tan ajena a sus almas, las cuales les piden a voces el encuentro con la Pantoja, a todo tirar."

juanitagonzalezdios dijo...

¡Magnifico! Miguel, era una pena que este relato del TOSEDOR durmiese en las tripas de tu antiguo ordenador, seguramente nos sorprenderás con alguna que otra cosita que tengas olvidada, sigue haciendo esfuerzos y asistiendo a esos actos que te obligan a mirar hacia tu espalda

Lilith, la Eternamente Libre... dijo...

que buen relato, esta poca madre, saludos desde mexico, y una cosa, el "tosedor" anda en todos lados, no solo en los conciertos, en el cine, en la sala de espera de los hospitales, en los restaurantes, hijo de su madre que nadie le puede dar una jarabe???

Leandro dijo...

Será una cosa de juventud, pero en absoluto está mal escrito. Es ingenioso y divertido. Es un relato excelente. De hecho, creo que merecía (y merece) unos minutos para ponerse a arreglarlo, y como soy un bocazas y no puedo evitarlo, ahí van algunas sugerencias:

(...) rogar, por favor, a la madre que sacase al niño de la sala (...): yo quitaría ese por favor y las comas que lo encierran; redunda con el rogar y rompe el ritmo de la frase. Claro que esto es sólo cuestión de gustos

(...) pero ningún médico halló problema alguno que solucionar. Pero no hubo remedio (...): aquí sí me parece menos discutible que sobra un pero

(...) durante de sus primeros años de vida (...): sobra el de; cosas de las correcciones rápidas, seguro

Con lo cual, ya podía dejar de jugar: yo eliminaría ese con lo cual

También están mis problemas con las comas, en los cuales no pienso abundar para no ponerme pesado y porque, además, son míos. Los problemas, digo.

Pero es un relato estupendo, que conste.

mahn dijo...

querido leandro,
muchas gracias por tus comentarios. de ningún modo llegan a destiempo. además todos son muy pertinentes, sobre todo los de las comas. acostumbrado la escritura de ensayo, tengo que purgar el uso excesivo de este recurso que en narrativa interrumpe más que otra cosa.

Leandro dijo...

De nada. Lo cierto es que me gustan mucho los relatos que has ido dejando por aquí, y observo con preocupación que sólo me queda uno. No obstante, si sabes lo que te conviene, no harás demasiado caso a mis comentarios; puestos a buscar una opinión crítica, busca la de alguien que sepa de lo que habla. Todo eso, por supuesto, sin perjuicio de que yo siga haciéndolos. Como te dije, soy un bocazas. Sobre todo aquí, protegido por el anonimato de la red; en vivo y en directo ya es otra cosa.