4/4/07

Obsesión

Últimamente, al levantarme, me cuesta mucho separar el sueño de la realidad. Algunos sueños me dejan casi una hora intranquilo, otros me duran prácticamente toda la mañana. Pero nunca ninguno me había durado tanto tiempo como el de la semana pasada. Si no he escrito aún de eso es porque esperaba quitármelo de la cabeza. Pero se ve que no puedo.

Soñé que abrazaba a alguien y que ese alguien (mujer cercana, cuya identidad no desvelaré) me besaba. Me besaba de un modo que jamás hubiese imaginado que existiese. Un beso como nunca antes había experimentado. Era un beso intenso, tanto que, en el propio sueño, me dejó paralizado. Un beso que condensaba todos los besos, como si en un momento todos los besos de la historia, no sólo los míos, se hubiesen concentrado en aquel beso. Por eso, quizá, no era un beso apasionado, sino un beso que colmaba el deseo. Un beso fuera de toda sexualidad, al menos de la sexualidad tal y como la entendemos, es decir, como un camino hacia el orgasmo. No. Aquel beso, a diferencia de todos los besos, no era un beso que incrementase el deseo. En el sueño, el beso paraba el mundo. Y yo no necesitaba nada más. Pero sobre todo, el beso del sueño tenía un sabor particular. Un sabor del que todavía, pasada una semana, no me he podido desprender. Un sabor que, de vez en cuando, vuelve a mi boca.

Y ahora no sé qué hacer. El beso era pleno, abstracto, condensado. Un beso que colmaba todo deseo, que pacificaba. En teoría, no necesitaría nada más. Pero me obsesiona el hecho de que un beso así pueda existir. Y sobre todo me obsesiona que pueda morar en la boca de esa mujer del sueño. Sé que si la besara, el misterioso sabor se desvanecería. Pero necesito experimentarlo. ¿Y si no fuera así? ¿Y si ella tuviese el secreto de la pacificación del deseo? O, peor: ¿y si, tras besarla, el deseo se acrecentase en lugar de desaparecer? Así que no sé lo que haré. De momento, se lo he dicho a mi mujer. Y ha sido comprensiva; el inconsciente juega malas pasadas. Pero lo peor es que, como dije en el post anterior, yo no soy distinto a mi inconsciente. Si Ortega decía que el hombre era de acuerdo a sus circunstancias, tendré que decir aquí que yo soy yo y mi inconsciente. Mi yo es tanto el que escribe, el que habla amistosamente con vosotros, como el que desea con todas sus fuerzas besar a esa mujer prohibida.

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2 comentarios:

Dadan Narval dijo...

Miguel,
Cuando era pequeño leí un cuento hindú en el que el alumno preguntaba al maestro cómo podía permanecer impasible ante el sentimiento humano. El maestro le contestaba algo así: "Imagínate que tú sueñas que vas en un barco y eres el único de los pasajeros que ves que se está hundiendo. En ese momento te despiertas. ¿Volverías a dormirte para avisar a los habitantes de tu sueño de que el barco se hunde?"
La moraleja del cuento era que el sufrimiento humano no es real, que hay que trascender este mundo para llegar al verdadero, etcétera. Pero yo siempre pensé que el alumno debió volver a dormirse para avisar a los viajeros de que el barco se hundía. Poco importa si son soñados o reales, lo importante eran sus acciones.
Pasamos la mitad de nuestra vida dormidos, somos, pues, tanto sueño como vigilia. Por esto, también somos lo que soñamos y somos en sueños. Pero cuidado, hay una frontera entre las dos caras de lo que somos. Así, si tu beso soñado deviene real dejará de ser soñado y el real no será como el del sueño. La vivencia y el recuerdo del real enterrarán al soñado, que perderá la magia que tus palabras describen.
Quizá mejor dejar las cosas como están y esperar otro sueño que se resista a desaparecer bajo el peso de lo real, ¿no?

mahn dijo...

querido amigo,
no sé si afortunada o desafortunadamente, cada vez me estoy convirtiendo en más realista. Y cada vez más "el peso de lo real" cae sobre mí, hasta el punto en que, como un niño que destripa el juguete para saber cómo funciona, no puedo sino ir destripando las ilusiones y los sueños, para saber cómo funcionan. El problema, claro está es que, en el momento en que el niño ve cómo funciona el juguete, deja de interesarle. Se rompe la ilusión. Quizá ahora me interese más romper que jugar. Aunque sé el riesgo que eso supone.