21/1/07

Nanopolítica

Hay pequeños placeres que hacen que la vida tenga sentido. Pequeñas subversiones, pequeños actos de resistencia o simples alardes de incoherencia que se saborean como ningún otro. Después de una intensa semana, hoy he practicado uno de ellos: acostarme después de desayunar. Éste es uno de mis vicios secretos, que sólo puedo prácticar en ocasiones especiales. Es fantástico. Te levantas temprano. Miras el mail y los periódicos. Luego desayunas. Y después, sin lavarte los dientes (esto es esencial para estar rememorando el gusto de las tostadas), te vuelves a acostar al menos una hora. No estás cansado, pero te entra el sueño de la digestión del desayuno. Es uno de los sueños más placenteros, porque es como una pequeña siesta. Una siesta que, de algún modo, enlaza con el sueño de toda la noche. Incluso los sueños son como capítulos o segundas partes de los que han ocurrido por la noche. Una coda. O mejor, una especie de "bis" del sueño.
Reivindico este acto de nanopolítica como un intento de resistencia a los ritmos impuestos por la sociedad laboralista. Lo único que no sé es cómo llamarlo. En Murcia hay una siesta, imprescindible en verano, que se duerme a las 12 del mediodía y se llama siesta del borrego. Quizá otro animal deba inspirar el nombre del sueño postdesayunal. No sé, el marrano puede ser una buena opción.